Me tenías en vilo, atrapado en tu tela de araña, enrollado en la persiana de tus ojos, de tal modo que subía y bajaba en ellos cuando los abrías y cerrabas tan despacio.
Pude huir, es cierto, pero ¿a dónde? ¿Hacia dónde se puede huir cuando tus pasos los guía la curiosidad de quedarse? ¿Cómo esconderse para que no te pueda encontrar quien uno ha imaginado con tanto detalle que casi parece real?
Traté de despertarme, lo juro. Me pellizque en el muslo, en la cara, en las redondeces del sueño que me atravesaba. Noté un dolor sordo de pinchazos de realidad, pero lo ahogaron tus palabras en mi oído, tus gemidos, tu manera de acariciar.
Me sentía como un pulso herido, acorralado contra tu ausencia. Por eso tuve que besarte en el aire -¡tantas veces!- en legítima defensa.
A MANO AMADA
A mano amada,
cuando la noche impone su costumbre de insomnio
y convierte
cada minuto en el aniversario
de todos los sucesos de una vida;
allí,
en la esquina más negra del desamparo, donde
el nunca y el ayer trazan su cruz de sombras,
los recuerdos me asaltan.
Unos empuñan tu mirada verde,
otros
apoyan en mi espalda
el alma blanca de un lejano sueño,
y con voz inaudible,
con implacables labios silenciosos,
¡el olvido o la vida!,
me reclaman.
Reconozco los rostros.
No hurto el cuerpo.
Cierro los ojos para ver
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo:
la memoria.
(Ángel González)