Una soledad siempre está hilvanada
a los ojos abiertos del frío
con la lentitud del olvido
y el galope de la sombra de un atardecer.
Entonces, uno abre el frigorífico
y se encuentra certezas podrídas,
botellas de sed, secretos adheridos
a las paredes escarchadas
y tarros florecidos con zumo de desgana.
Si vienes a cambiar palabras por miradas
y no te importan los arañazos
que se me escapan de las uñas,
podemos quedar en alguna plaza,
sumergirnos en lo familiar de las noches
que descosen procesiones descalzas
y asesinan la espuma.
Si vienes a cambiar palabras por miradas
y no te estorban los poemas mal doblados,
llámame y quedamos enseguida, llegaré rodando
con el libro del caballero en las manos
mientras dejo las gafas reposar en la mesilla.
Si vienes a cambiar palabras por miradas
y no te importa que fume en los renglones
puedo pintarte la noche de distancia.
Y tejeremos soledad con punto inglés
como dos arañas, tú al derecho y yo al revés,
con la lentitud del olvido, las averías de los coches
y un relato de bodas en tierra extraña.