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viernes, 16 de noviembre de 2012

Naufrago

Cuando llegó a la isla, perdieron el contacto. No encontraba palos secos para hacer señales de humo por las noches y, durante el día, la selva de los acontecimientos se interponía.

Buscó un promontorio en el archipiélago de la isla, pero todos los canales que encontraba tenían contraseña. Luego probó con el dedo gordo, pero era tan poco hábil con ese dedo solo y tuvo tan poco éxito, que se desanimó a seguir haciéndolo. Y entre tanto, se le acabó la batería.

Para cuando volvió, ya nadie le esperaba. La vida sigue, le decían todos. Y es que es rigurosamente cierto que hay que vivir. Incluso ella le había dado por desaparecido y estaba con otro.

A pesar de todo, a Tom Hanks aún le dura esa manía de hablar solo y mandar mensajes en tristes cocos que se alejan lentamente, como flotando en el mar. Pobre tipo... ¡a su edad!




Aprendí a hablar solo hace ya mucho tiempo. Creo que desde siempre he hablado solo.

Lo nuevo fue hacerlo en voz alta. De ahí que me lleve para la mudanza este Soliloquio que tanto bien me hizo, aunque hace meses que ya no lo necesito. Me lo llevo por si acaso vinieran otra vez tiempos de angustia.

A pesar de los versos de Machado, pensaba que era cosa de locos. Y es que tal vez yo lo estaba. Pero, al irse desgastando la saliva sin interrupción, sin ojos de plato que te escuchen como jueces, parece convertirse poco a poco en un bálsamo para las dudas.

Y el paisaje hace el resto. Engulle los dobleces del corazón y los nudos de la memoria que uno va soltando paso a paso mientras recorre la tarde.

Si pudiera, también empaquetaría para llevarme aquel río.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Se vende (por cambio de negocio)

Puedo imaginarla a mi gusto, con piernas perfectas y un rostro delicado y sereno. Rubia o morena o la mitad de cada.

Vendrá vestida como yo quiera, adoptará la forma de mis sueños y me irá diciendo al oído todo aquello que me gustaría oír de sus labios.

Temblará al contacto con mis manos, gemirá entrecortadamente como derramando bendiciones con los ojos cerrados y, un poco más tarde, sonreirá con picardía mientras se recompone el cabello.

La literatura es el paraíso artificial en el que siempre resido. Me mudé hace ya mucho tiempo y apenas salgo del barrio: para ir a trabajar, echar una cerveza con los amigos o llevar y traer a los niños.

Sería perfecto para alguien que se conformara con poco. Yo, sin embargo, preferiría que adoptara su propia forma, que me espetara impertinencias en el más mágico de los momentos y que las presillas del sujetador me dejaran inexorablemente en ridículo.

Preferiría que no fuese de mi talla, sino de la suya. Que su rostro fuese inconfundible y que trajese la misma vestimenta que lleva puesta todo el día. Incluso preferiría que no siempre que me lo anunciase, pudiese venir a mi encuentro.

Prefiero otro paraíso más imperfecto, en donde no todo salga como estaba previsto y hubiera que amoldarse a lo que el azar envíe. Un paraíso dividido entre los días intactos y los días de beso, que tuviera vistas al infortunio y al dolor propio y ajeno.

Ya decidí, hace tiempo, que aunque siguiera esculpiendo en el aire con la materia de la que están hechos los sueños, volvería a comer con pan o sin él, alternativamente; decidí que volvería al calor del pijama de invierno y a hacer piruetas horizontales con la almohada. Y que dejaría, al menos durante un tiempo, este otro paraíso de palabras.

Me arden los dedos de tanta piel que no consigo tocar, me empiezan a picar los ojos de tanto no mirar los tuyos, me duele la espalda de estar encorvado sobre el porvenir.

Ahora me mudo, nuevamente, a otro cielo adyacente y más recogidito. A un sótano más modesto y más oscuro de deseo no siempre correspondido, me vuelvo con mis maletas a ese lugar tan frágil y tan cotidiano, a ese espacio que queda entre el teléfono y la tarde.

Quiero irme a vivir a un país donde no tenga que imaginarte, a una provincia en la que no necesite conocerte, a una ciudad en la que podamos habitarnos.

Vendo este inmueble y empiezo la mudanza hoy mismo. Si quieres, puedes mirar como voy envolviendo los trocitos de corazón que me gustaría llevarme conmigo.


Lo primero que voy a empaquetar son los Contrarios.

Este poema me asaltó cuando leía un pasaje de una novela de Gioconda Belli en la que narra una posible historia de Adán y Eva, "El infinito en la palma de la mano".

Un novela llena de poesía y de clase especial de ternura que rezuma sensibilidad.  Mi poema, en cambio, salió mundano; y por eso es precisamente por lo que más me gusta.

martes, 9 de octubre de 2012

La vida secreta de las palabras

Me habló de su sueño con "tata de tocholate" y tuve que reírme a todo pulmón. Me invitó a asistir a una estancia rural y rechacé la oferta. Me contó sus problemas de intendencia como disculpa para las cervezas y me extrañó su acercamiento a estas alturas de partido.

Me pidió que arreglara un ordenador y le expliqué el mecanismo del enchufe. Me propusieron que arreglara otros dos más y les recordé las precauciones que no habían tomado. Me contó la operación de su madre y me alegré de que ya estuviera en casa.

Me dijo que su hijo estaba mejor y sonreí al saberlo. Me invitó a subir al coche y preferí bajar la cuesta, aunque luego me alegró que, cargado, a la vuelta, me la subiera sin pies.

Me comentó sobre una película con bolero y le recordé un chiste antológico. Me escribió "anexos" y yo respondí con "zafes". Me preguntó cuántos kilos de tomates y le dije que dos. "Fortuna" fue la palabra que le dije mientras me preguntaba con cara de circunstancias. Me dijo sin pronunciar ninguna erre que la tela de mosquitero estaba en la otra tienda y le di las gracias.

Me habló de su infancia valenciana y respondí con una frase genérica. Me dijo que vendría hoy y mañana, y le dije que cuando quisiera. Me pidió un número de teléfono y se lo dí con los dedos. "Bienvenido", parpadeó; y yo le dije "Retirada de efectivo". En tres mensajes apareció mi nombre, en la ventanita de una factura y en la foto de un comentario.

Primero fue "ni hao" y luego "zian jian". Ninnette dice que está embarazada y el señor de Murcia calla. Los muertos vivientes no dicen nada, solo muerden; y ella tampoco dice mucho, solo dispara. Hay que dejar la bellota una noche en agua antes de plantarla, dijo a la audiencia, mientras yo pulsaba el seis.

Estrategias metodológicas rezaba el apartado que borré por accidente. Le dejo escrito en una nota que me cobre los productos de limpieza que faltan. Su pedido ha sido confirmado, decía el email. "Es que no estoy en la casa, luego te lo digo" me dice cuando le pregunto por la cena. Suena el móvil con dos pitidos y al leer reflexiono que las palabras no deberían perderse con el suministro eléctrico. En todo caso, que se pierdan en el aire; o en la traducción.

Se me ocurrió decir algo para matar el silencio y darle ánimos, me respondió con una serie de catastróficas desgracias y un beso. Este texto se titula "la vida secreta de las palabras". Tecleo "palabras", "vida", "secreta", "decir", "contar", "hablar", "comunicación" y algunas otras etiquetas más. Le doy a "publicar".

Entonces releo el artículo y recuento todas las palabras propias y ajenas de hoy. Y echo de menos las que no he dicho, las que no me han dicho. Las pronuncio en voz baja, muy baja, tan sólo para mí; como si esas palabras tuvieran una vida secreta que se deshace cuando, otro yo, las lee o las escucha.

Y muy bajito vuelvo a decírmelas, mientras pienso que a dónde irán a parar -a qué oscuro pozo de memoria, a qué claro manantial del olvido-, todas las palabras que nacen y mueren en este nueve de octubre, y que no me han servido para nada.



Algún día encontraré una palabra...

Algún día encontraré una palabra
que penetre en tu vientre y lo fecunde,
que se pare en tu seno
como una mano abierta y cerrada al mismo tiempo.

Hallaré una palabra
que detenga tu cuerpo y lo dé vuelta,
que contenga tu cuerpo
y abra tus ojos como un dios sin nubes
y te use tu saliva
y te doble las piernas.
Tú tal vez no la escuches
o tal vez no la comprendas.
No será necesario.
Irá por tu interior como una rueda
recorriéndote al fin de punta a punta,
mujer mía y no mía
y no se detendrá ni cuando mueras.

(Roberto Juarroz)

martes, 31 de julio de 2012

A veces no me entiendes

Cuando te prenoto ahí, en el envés de la planalla, intento darte una explicancia de mis sentiverdades. Conmenearte un instante, tizar un hilo que dose la cabezoide y el corazoneo, esmanzanar que se filen mis lapabras en tus tespañas.

Reautobuso en mi adentror más proderrito el sentido de las cosas que me trascruzan en cada momentez, para transredactarlo en el distante que nos mansujeta tan jelos y avallarme cuanre menos.

Pero no sé que ocuzta que, cuanre tercavas de leerme, siempost me miracionas con ésicos ójulos de no estar encolgando nada. ¡Es infactible! Pa jaroces me nonece, que en lagur de leer lo que estamizo, café incompras mis lapabras.

Lobonque resé que, pa jaroces, no me encuelgo ni mismor.




ARIDANDANTEMENTE

Sigo
solo me sigo
y en otro absorto otro beodo lodo baldío
por neuroyertos rumbos horas opio desfondes
me persigo
junto a tan tantas otras bellas concas corolas erolocas
entre fugaces muertes sin memoria
y a tantos otros otros grasos ceros costrudos que me opan
mientras sigo y me sigo
y me recontrasigo
de un extremo a otro estero
aridandantemente
sin estar ya conmigo ni ser un otro otro

(Oliverio Girondo, En la másmedula, 1963)

sábado, 7 de julio de 2012

Semejantes

Cuando abrimos los brazos para sentir el volumen de otro cuerpo que se acerca, cuando notamos su calor y el mundo se convierte en aroma, cuando tal vez, sentimos su respiración como un suspiro propio, siempre miramos a lo lejos.

Miramos a lo lejos, unas veces con los ojos cerrados y otras abiertos. Abandonamos la vista hacia lo que no está tan cercano, sonreímos a los otros que nos observan, preparamos el cuerpo para la separación antes siquiera de haber sentido el abrazo.

El afecto es un arma de doble filo, porque nos convierte en adictos y siempre miramos a lo lejos. Cuando un amigo te cuenta ilusionado el placer que ha sido conocer a otro que no está presente, uno se siente y se sienta en el banquillo de los reservas para no perder el equilibrio.

Es un arma de doble filo porque se funde con la costumbre y a la tercera vez que no te dicen que te quieren, hay algo que se estremece por dentro como un fracaso. Y, sin embargo, cuando no te lo dicen nunca, uno inventa que lo ha visto en un gesto, en un ademán medio escondido o en una abreviatura escrita en la esquina de un papel.

Porque arrastra el pasado consigo, el afecto es un arma de generoso doble filo. Porque ponemos en él la esperanza cuando habría que ponerla en nosotros mismos. Porque estamos más atentos al que recibimos que al que somos capaces de dar.

Llega entonces el huraño, el ridículo, ese que apartarías de tus hijos y de tu buen nombre, y pone la voz abrupta y retuerce las palabras hasta encontrar un hilo que se había quedado suelto. No dan crédito tus ojos cuando te das cuenta de que eres tú mismo, que la metralla que lanzas no era lo que traías en la mano. Te preguntas por el beso que se te ha esfumado en la punta de los labios y te preparas para odiarte a ti mismo.

Miramos a lo lejos cuando nos abrazan los que más cerca queremos tener. Y cuando dejan de abrazarnos, los echamos de menos, los odiamos como si fuéramos inocentes, nos hinchamos de dolor pretérito, los apartamos con una mano y los buscamos con la otra, sin dejar nada quieto hasta que vuelven al abrazo. Y entonces, abrazados de nuevo, volvemos a mirar a lo lejos.

Tú y yo somos semejantes. Tan semejantes que me pregunto si no estamos equivocados y deberíamos aprender a vivir uno con otro antes de intentar vivir con nosotros mismos.

Tan semejantes que yo tendría que ir aprendiendo a contarte mi corazón por teléfono.




ÉCHALE A ÉL LA CULPA

A José María Álvarez y Carmen Marí

Hoy te has ido de fiesta con amigas,
y sin que tú lo sepas me regalas
un tiempo de estar solo que ya empieza
a ser raro en mi vida, un tiempo útil
para intentar pensar en ti como si fueras
lo que siempre debiste seguir siendo
cuando pensaba en ti: aquella persona,
en todo semejante a cualquier otra,
que una noche lejana tuvo el gesto
generoso y extraño de entregarme su amor.
Pero el amor nos cambia, nos convierte en espías
ridículos del otro, en implacables jueces
que condenan sin pruebas y comparten
sus estúpidas penas con el reo.
El amor nos confunde y trata ahora
de que vea en tu fiesta una traición.

Por huir de esa trampa me amenazo
con los nombres que cuadran al que cae en su vacío:
egoísta, ridículo, inseguro, celoso...
Y como un ejercicio de humildad pienso en ti
divirtiéndote sola: te imagino bailando
y mirando a otros hombres;
al calor del alcohol
confiesas a una amiga algunas cosas
que te irritan de mi sin que yo lo sospeche,
y por unos instantes saboreas
una vida distinta que esta noche te tienta
porque eres humana, aunque no me haga gracia.

Ahora caigo en la cuenta de que dudas
como yo dudo a veces, y que también te aburres,
y que incluso algún día habrás soñado
follar como una loca con el tipo que anuncia
la colonia de moda.
Para calmarme un poco
tras la última idea, yo me digo
que el amor es un juego donde cuentan
mucho más los faroles que las cartas,
y procuro ponerme razonable,
pensar que es más hermoso que me quieras
porque existen las fiestas, y las dudas,
y los cuerpos de anuncio de colonia.

Lo que quiero que sepas es que entiendo
mejor de lo que piensas ciertas cosas,
que soy tu semejante, que he pensado besarte
cuando llegues a casa; y que es el amor
-ese tipo grotesco y marrullero-
el que va a hacerte daño con palabras
absurdas de reproche cuando vuelvas,
porque ya estás tardando, mala puta.

(Vicente Gallego, La plata de los días, 1996)

domingo, 1 de abril de 2012

La anchura del corazón

La anchura del corazón no se mide en centímetros, sino en ausencias.

No está más alto el que menos suplica, ni mejor amueblada la cabeza que menos se ofusca, ni es más indiferente la piel que menos caricias necesita.

Tampoco se mide el amor en las horas que se tarda en responder una pregunta o una llamada perdida. Ni en el número de veces que una palabra consabida se persigue a sí misma en medio de un párrafo sentimental.

En la escena del sofá los corazones no miden su altura, sino la distancia que los separa. En las lágrimas con las que alguien dice que se va, en la música viscosa con que se escucha un adiós, sólo se mide la voluntad.

Las veces que se pronuncian los "te quiero", la aspereza de los "me da igual", el escozor de los "ya veremos", no sirven tampoco para la medir la altura de una vida que tenemos a distancia de abrazo o de desdén.

Sólo hay algunas formas de temblar que dan la dimensión exacta de un sueño, sólo algunas maneras de cerrar los ojos descubren los dobleces del pasado y consiguen estirarlos en toda su amplitud.

Medirse es inevitable, el modo de saber lo que se quiere y cómo se esperan las palabras que tanto cuesta pronunciar. Y aunque ya hace tiempo que le perdí el miedo a no estar a la altura de la vida, no quiero, de ninguna manera, vivir con un corazón más estrecho que el tuyo.

Te lo digo por si te pareciera verme temblar. Piensa que quizás no sea de frío, sino del miedo que me da que llegue el día en que mi corazón adelgace, se quede en los huesos y mi ausencia te pase desapercibida, como una sombra, como un leve recuerdo que se apaga.


OTRO ROMANTICISMO

"...las aguas del olvido "
Garcilaso

"Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!"
César Vallejo

Te escribo nuevamente desde una tarde helada
de esas en que nos puede el sentimiento
y la obsesión -ese pingajo de la soledad-
te derriba, te ocupa, sienta plaza en tu cuerpo
y, lo más peligroso, te alumbra, te interroga.

Y ves que los renglones se estrechan,
las letras se amontonan
y comprendes el hueco imposible,
el espacio que nunca compartimos
y este bello recurso de contarte la vida
poblando de historia y de sueños
las hojas tibias del dolor
que tanto me recuerdan tus muslos o tu espalda.
Por ellos navegué durante tanto tiempo,
en ellos aprendí tantas cosas extrañas,
tanto golpe de mar,
que parece imposible olvidarte así, de pronto,
como quien tira la luz por la ventana,
como quien se despuebla de golpe de esperanza.

¿Quién puede responder sin ningún truco
a las preguntas viejas, enquistadas,
hechas parte de ti?

¿Quién cruzará de un salto las aguas del olvido
sin sentir cómo quema en la carne la sorpresa de un día,
las sábanas de un día, los cuerpos ofreciéndose,
las ojeras del gozo al amanecer?

¿No volverá el amor ,
aquel juego con náufragos y cofres,
a sorprendernos con su mano abierta,
a dejar en la playa de un hombro
como alga de plata que reposa
la saliva brillante del deseo?

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!

Por eso he de decirte -aunque sea por escrito-
f que está la casa abierta para ti,
que te esperan los libros, el té, mi soledad,
las dudas de las tardes de domingo,
la pequeña verdad
que no se tiene en pie sin tus palabras.

No es posible saber cuando todo enmudece
y la vida se ha vuelto una sórdida esquina
si nos falló el presentimiento
o será que el mercado nos fue tragando
con sus comadres y su algarabía,
que no supimos vernos ni hablarnos
entre anuncios de sopas luminosas,
promesas y altavoces
pregonando los últimos saldos
de la felicidad.

Será que llevaremos inevitablemente
un lenguaje podrido que amarga el paladar
y te pone a escupir en mitad de la urgencia
cuando toda la historia apenas si consiste
en decirnos que sí, que nos amamos.

Y los golpes, tan fuertes, las aguas del olvido,
tan hondas... Yo no sé!

Hay cosas en la vida
que sólo se resuelven junto a un cuerpo que ama.

Y cartas que se escriben
cuando la prisa clava su aguijón
y te deja colgando del alero
y te da por pensar
que es posible que no nos conociéramos
aunque fuimos viviendo el mismo frío,
la misma explotación,
el mismo compromiso de seguir adelante
a pesar del dolor.

(Javier Egea, Paseo de los Tristes, 1982)

jueves, 29 de marzo de 2012

Tres minutos

Perdona que te escriba de nuevo pero, ya ves, no puedo remediarlo. Necesito que me escuches un momento, no voy a entretenerte demasiado, lo prometo.

Créeme, no es una cuestión de soledad ni de tristeza por lo que te busco. En realidad, la vida me sonríe, más o menos, con los altibajos propios de un azar que no se propasa conmigo. ¿Melancolía?… Bueno… sí… puede que un poco, pero tampoco es lo que me mueve.

Más bien, sé que suena extraño, es un asunto de costumbre. Un vicio que se me ha instalado desde hace tiempo en los dedos. Una especie de adicción que, cuando no la hago, por lo menos un ratito todos los días, siento como si me faltara algo, sin saber exactamente qué. Seguramente no me falte nada y sea sólo que me ataca ese desasosiego común de las rutinas interrumpidas, ese misterioso acto reflejo de las usanzas, esa desazón que da la abstinencia imprevista.

El caso es que, aunque no tenga nada que decir, necesito creer que estás ahí. Hacerme a la idea de que me miras atentamente mientras escribo, como si te interesara adivinar mis pensamientos, como si te importaran mis palabras inútiles y mis rimas absurdas. Como si tú y yo existiéramos a la vez en algún lugar, en algún tiempo, en algún doblez de la realidad.

Ya está, estoy terminando. Al fin y al cabo, tanta palabra parece que no es nada, puro relleno. Pero para mí es mucho más, muchísimo más. Porque en el rato que he tardado en escribirte esto, un instante a lo sumo, y sin tú saberlo, como efecto inverosímil de la magia blanca, te han traído hasta aquí mis palabras. Incluso, no debería decir esto para que no dudes de mi cordura pero, me ha parecido que me las ibas leyendo en voz alta y de una en una.

Por eso, para agradecer tu visita y tratarte como te mereces, para dejar que eches la cabeza en mi hombro o espantarte los fantasmas o darle un descanso a tus dudas, quiero invocar la energía de todas las musas, de todas las fuerzas de la magia electrónica. Para que me permitan viajar a tu lado en un momento y estar contigo un rato, no sé, tres minutos si acaso, o lo que dure el instante que tardes en leer conmigo este texto.



POÉTICA

Yo sé que estoy aquí
para escribir mi vida.
Que vine poco a poco
hasta esta silla.

Y no quiero engañarme.

Sé que voy a contártela
y que será mentira:
Sobre la mesa sucia
una gota de tinta.

(Ángeles Mora, Contradicciones, pájaros, 2000)

miércoles, 15 de febrero de 2012

Odio ponerme romántico

Aborrezco volverme sensiblero, trasnochado, y acabar tomando el nombre de la Luna en vano. Me desapruebo cuando embadurno las cosas sencillas con metáforas estrambóticas y cuando sólo me salen palabras empalagosas de los labios.

Detesto descubrirme con la lágrima floja a punto de caramelo, suspirando por cosas que no tienen remedio. Reniego de mí mismo cuando, con la voz afectada y el gesto estreñido, me acerco despacio para susurrarte al oído todas esas palabras antiguas y huecas en las que nunca he creído.

Odio ponerme romántico, entrecortar las frases, trascender a destiempo y terminar hablando siempre de estrellas. Y relamer versos caídos de tu piel mientras observo en tus ojos que me miran del revés, como si de verdad me entendieras.

Porque, entonces, tengo la fea costumbre de hablarte de amor como un hecho consabido. Como si yo supiera lo que no sé, como si alguna vez lo hubiera vivido y pudiera jurar que siempre será cierto todo lo que ahora te digo.

Pero si es que yo no entiendo de eso, yo no sé clavar pupilas azules con mis ojos marrones. Ni puedo ver si titilan las luces del cielo, o si riela la luna sobre olas de plata, si no llevo puestas las gafas. Ni nunca coincidió mi gusto con el de Bécquer; que siempre me pareció que le faltaba ron y le sobraba melaza.

Y, sin embargo, ya ves, esta noche me gustaría saber hacer de todo eso. Entender de cosas sutiles, inventar palabras tiernas que me den sed y dejar que tus labios de miel me la quiten y me la vuelvan a dar otra vez.

Porque esta noche me empuja un no sé qué, una inquietud, un alboroto de mariposas, un agobio de sombras que secuestra los colores y no deja pasar la luz. Un qué sé yo que me inclina, doblando las manecillas, a recordar balcones y a extrañar golondrinas.

Me disgusta mucho ponerme romántico, no puedo soportarlo, lo odio profundamente. Pero, ya ves, algunas noches, de tanto en tanto, no consigo sustraerme a tu encanto, ni a tu ternura, ni a ese brillo enigmático que tiene esta noche la Luna.




CÓMO NO SER ROMÁNTICO

Cómo no ser romántico y siglo XIX,
no me da pena,
cómo no ser Musset
viéndola esta tarde
tendida casi exangüe,
hablando desde lejos,
lejos de allá del fondo de ella misma,
de cosas leves, suaves, tristes.

Los shorts bien shorts
permiten ver sus detenidos muslos
casi poderosos,
pero su enferma blusa pulmonar
convaleciente
tanto como su cuello-fino-modigliani,
tanto como su piel-margarita-trigo-claro,
Margarita de nuevo (así preciso),
en la chaise longue ocasional tendida
ocasional junto al teléfono,
me devuelven un busto transparente
(nada, no más un poco de cansancio).

Es sábado en la calle, pero en vano.
Ay, cómo amarla de manera
que no se me quebrara
de tan espuma tan soneto y madrigal,
me voy no quiero verla,
de tan Musset y siglo XIX
cómo no ser romántico.

(Nicolás Guillén, La rueda dentada, 1972)

martes, 14 de febrero de 2012

Y, sin embargo...

Cuando dices que me quieres, yo no sé si te he entendido. Y no sé si me entiendes cuando te digo que vivimos atrapados en palabras, embebidos en la mágica inexactitud de lo dicho.

Cuando dices que me quieres, no adivino a descifrar si es el deseo lo que te mueve. O es quizá, tan solo, que me deseas buena suerte con un lenguaje fraternal.

Si esperas que yo también te quiera y tú haces la primera entrega esperando devolución. Si el que habla es tu corazón y con él viene también la cabeza o es que perdiste la razón en un ataque de primavera.

Y no sé si lo que me ofreces es una forma de adopción que me ocupará la vida entera. O si vas a quererme siempre o sólo hasta que me muera o tu amor es un amor corriente que se desviará hacia otra gente cuando yo ya no te quiera.

Si me quieres porque no me tienes y cuando me tengas dejarás de quererme. Si me quieres como costumbre o para entretener las horas muertas. O para que te abra las puertas y te invite a tomar café o te regale bombones programados y flores de papel.

No soy capaz de entender si, cuando dices que me quieres, me quieres llevar adherido o si quieres decir que me adquieres. Para que no pueda mirar falda que no sea la tuya ni alumbrarme en la luna de otros ojos ni sentir el tacto de otra piel. Si piensas que el amor sólo se entrega o si tú me lo entregas a cambio de serte fiel. O si crees que, que yo te quiera, acaso depende de que tú lo seas.

Porque yo no sé si el amor es una retahíla de hechizos encadenados y despiertas del anterior para caer en el siguiente conforme vas probando los labios consecutivos de princesas adyacentes. O es una etapa transitoria de infelicidad manifiesta o, por el contrario, es la suerte inmensa de no saber darse cuenta de lo que pasa.

Todas estas dudas son la prueba exacta de la existencia del sentimiento. Por eso quiero que sepas que no te miento. Y yo sé que no me mientes. Es sólo que no estoy seguro de si usamos la misma palabra para decir cosas diferentes.

Porque, cuando dices que me quieres y yo te respondo lo mismo… ¡ay, es que no sé si tú te entiendes! Y yo no sé si me he entendido.

Y, sin embargo…


viernes, 6 de enero de 2012

Mujer con abrigo

Como siempre pasa, lo importante es lo que sucede por dentro, lejos de las miradas de los testigos, aquello que se diluye o se agita en el corazón.

La misma mujer, no sé si el mismo abrigo de tres años atrás. No parecía por el envoltorio cotidiano que cupiese dentro tanta imaginación, tanta piel, tanto encanto. Nada hacía sospechar que su reticencia a los labios era sólo el lazo con el que terminar de adorar el regalo.

No nevaba, el sol aún se defendía del horizonte y apareció como por arte de magia. Cuando, después de la maniobra se acercó de puntillas y me dijo "puedes desenvolver tu regalo", yo no podía imaginar cuánto rojo, cuánto blanco, cuánto sueño descalzo delante de mis ojos.

¡Qué suerte la de los regalos! Recibirlos por la sorpresa, mirarlos con ojos de plato, besarlos contra otros labios blandos, lamerlos para golosina o enfundárselos como un guante de piel que acaricia por dentro cada vez que tocas el cielo.

El mismo abrigo, no sé si la misma mujer de hace tres años. Un abrigo que sirvió de puerta, de lazo, de suelo y de escenario para la obra. Pocas palabras cada doce segundos, ni humo, ni nieve, ni frío. Pero su faros como dos ojos abriendo y cerrando el mundo para los míos.

Cuando me dio el alto, cuando se quitó el abrigo para volvérselo a poner, cuando sonrío al patio con pasos cortos hacia la tarde siguiendo su camino, me dejó con mi precioso regalo deshilachando en palabras la memoria con la que escribo.

Tres años de distancia separan los dos abrigos. Ni era la misma mujer, ni la misma prenda, ni siquiera yo tampoco era el mismo. Sólo permanecen aquellos corazones antiguos y un hilo que los une y que, de tanto en tanto, se retuerce sin romperse.

Regalo y presente, envueltos en una mujer con abrigo. Pero no voy a mencionar, porque a nadie le incumbe, si el color del abrigo sigue siendo el mismo que el de la melancolía.




MUJER CON ABRIGO

El humo estático de una chimenea se deshilacha en algodón sobre la montaña.

Las motas blancas atraviesan un cielo gris que se deshace en frío. En un frío silencioso que interrumpe todas las conversaciones, frío de testigos que juegan a palpar sueños de madera, frío de piernas juntas y palabras intermitentes.

Por detrás de la nieve, se desliza una mujer con abrigo y la habitación se torna blanda y apartada del mundo. Faros son sus ojos, porque atraen y avisan, porque miran de fuera adentro cada doce segundos.

Migas de cielo se desparraman por el patio, como si quisieran las nubes dejar un rastro efímero. Mosquitos blancos que pululan el frío, este frío asimétrico de cristales entornados, patios vacíos y maderas yertas.

Ráfagas de palabras abiertas que alimentan otros sentidos en cada doce segundos de poesía, vuelven a conducir al desorden del principio, mientras el tiempo se agota, se va agotando lentamente y no se rompe este frío.

La mujer nieva afuera con pasos cortos, cruzando el patio de mosquitos, con sus faros como dos ojos, pero deshecha ahora del peso del abrigo.

Mientras cruza el humo testigo desde la montaña, me deshilacha en renglones las palabras con las que escribo.

(Otro mundo, Otra vida, Otro sueño de enero)

lunes, 19 de diciembre de 2011

La postura del vocabulario

Hay palabras que se miran y hay palabras que se huelen. Palabras que tienen varios sentidos, palabras que señalan en diversas direcciones.

También hay palabras que se palpan. Otras duelen, otras ríen, otras lloran. Y hay palabras, incluso, que se escuchan, simplemente, como si el viento se frotase contra las hojas.

He descubierto recientemente, aunque tal vez sólo era una infidelidad de mi memoria, que hay palabras horizontales, verticales y oblicuas. Que hay palabras sinuosas y directas, que hay palabras planas y curvas. Que los vocabularios cambian con la postura, que el mensaje se entiende mejor con la posición a favor.

Las mismas palabras que tantas veces le he oído, una vez pude sentirlas horizontales. Pero, y esto es lo verdaderamente importante, desde entonces, cada vez que las escucho, finas y lejanas, gruesas y al oído, cada vez que me las trae un flujo de viento, la corriente continua de la bioquímica o del silicio, todo lo que soy se vuelve apaisado durante un instante, ese instante en que el presente y el horizonte se enredan en equilibrio.

Y por eso manifiesto que tengo la intención recursiva de cambiar a horizontal la postura de mi vocabulario cada vez que nos encontremos en cualquier realidad vertical, oblicua o con forma de muelle. Porque estoy seguro de que la postura de nuestra palabra, siempre es la misma que la del corazón que nos escucha.




ARIDANDANTEMENTE

Sigo
solo me sigo
y en otro absorto otro beodo lodo baldío
por neuroyertos rumbos horas opio desfondes
me persigo
junto a tan tantas otras bellas concas corolas erolocas
entre fugaces muertes sin memoria
y a tantos otros otros grasos ceros costrudos que me opan
mientras sigo y me sigo
y me recontrasigo
de un extremo a otro estero
aridandantemente
sin estar ya conmigo ni ser un otro otro

(Oliverio Girondo, En la másmedula, 1956)

lunes, 12 de diciembre de 2011

Posibilidad

Estoy muy contento. Aquí sentado, con el ruido de fondo de la noche, en mitad del escenario de las cosas importantes, echo atrás la mirada y veo todos los regalos que me ha traído el día.

Como si el árbol adornado tuviese 24 horas de ancho, he ido desenvolviendo regalos. Me han regalado palabras y lotería, me han invitado a una cena, me han ofrecido un viaje.

Me han regalado chismes, recetas y secretos. He recibido conversaciones, halagos, gratitud, besos. Incluso un conocido me ha dado la confianza de su teléfono. También en el trabajo me han insistido en que prospere y suba de cargo.

He recibido, como el gran regalo que es, una mirada hasta el fondo, unas palabras desde dentro, una sonrisa abierta. Me han regalado llamadas, mensajes y hasta me han regalado alguna mentira.

Estoy muy contento porque cualquier día es Navidad. Y es eso mismo lo que he recibido, todos los regalos que antes he descrito coinciden en ser el mismo, lo único que verdaderamente se puede ofrecer sinceramente, sin miedo a equivocarse. Ningún regalo estaba repetido y, sin embargo, sí, todos me han regalado lo mismo: la posibilidad.

Estoy muy contento porque hoy, que es un día cualquiera sin nombre, he decidido que es eso mismo lo que quiero pedirle a mañana. Para los reyes magos, en cambio, me reservo pedirles lo imposible.



Con la flor del domingo ensartada en el pelo, pasean en la alameda antigua. La ropa limpia, el baño reciente, peinadas y planchadas, caminan, por entre los niños y los globos, y charlan y hacen amistades, y hasta escuchan la música que en el quiosco de la Alameda de Santa María reúne a los sobrevivientes de la semana.

Las gatitas, las criadas, las muchachas de la servidumbre contemporánea, se conforman con esto. En tanto llegan a la prostitución, o regresan al seno de la familia miserable, ellas tienen el descanso del domingo, la posibilidad de un noviazgo, la ocasión del sueño. Bastan dos o tres horas de este paseo en blanco para olvidar las fatigas, y para enfrentarse risueñamente a la amenaza de los platos sucios, de la ropa pendiente y de los mandados que no acaban.

Al lado de los viejos, que andan en busca de su memoria, y de las señoras pensando en el próximo embarazo, ellas disfrutan su libertad provisional y poseen el mundo, orgullosas de sus zapatos, de su vestido bonito, y de su cabellera que brilla más que otras veces.

(¡Danos, Señor, la fe en el domingo, la confianza en las grasas para el pelo, y la limpieza de alma necesaria para mirar con alegría los días que vienen!)

(Jaime Sabines, Diario semanario y poemas en prosa, 1961)



EL POEMA DE LAS POSIBILIDADES

Abre
tal vez sea el cartero
con un ramo de rosas que entregarte
o el amor se disfrace (disfrazado)
de cita ocasional: perdón
equivoqué la puerta y la escalera,
no vamos a negar nuestro destino ahora.
Tal vez sea la tarde
con su mejor sonrisa y alguna solución,
la realidad vestida
de cobrador de deudas que son tantas,
o algún recuerdo antiguo
de los que trae la lluvia.
Quizás
no haya nadie ya
después que te decidas.
Pero si acaso abres
y si además es ella,
pero si acaso vences
el peso de esta tarde de soledad en tus piernas
y te la encuentras quieta
mirándote a los ojos en la puerta,
no hay nada que entender,
nada es preciso,
murmúrale que todo está en su sitio,
la puerta, la escalera,
el jarrón con las flores,
la tibieza,
el visillo cerrado en la penumbra.
Ofrécele tu casa…
y su destino.

(Canción de Esteban Valdivieso, en la letra colaboran García Montero y Álvaro Salvador, 1988)

domingo, 4 de diciembre de 2011

La sombra del pájaro

A estas horas, mientras el día se va acomodando y nadie se acuerda de Santa Bárbara, este sol de invierno, blanquecino y tenue, entra por la ventana, me ataca por la espalda y deja impresa la sombra de mi cabeza sobre la pantalla.

Afuera, en el patio, un pájaro anónimo, ha pasado volando por la ventana un instante, el tiempo suficiente de dejar sus sombra de alas abiertas cerca de mí, sobre la pared primero y, brevemente, atravesándome la cabeza de lado a lado.

Me ha parecido un momento único, de esos que una cámara jamás podrá reflejar de forma exacta. Pero lo asombroso es que, durante la perplejidad de un pensamiento, el mismo pájaro anónimo u otro distinto, han vuelto a asomar su sombra grácil y minúscula sobre el encuadre de la pantalla y, en un aleteo, me ha despertado las metáforas.

Es cierto. Cierto pájaro con sombra ha transformado las nueve y poco en las nueve y pico, ha tornado un cuadro solitario en un paisaje, ha escrito en la sombra su propia silueta abierta de alas. Y el sol, siempre, a la espalda, blanquecino y tenue.

Nunca vuelven las oscuras golondrinas, ya tengo edad suficiente para aborrecer a Bécquer, pero el juego de las sombras me inquieta aún, me anima los sueños y me desvela las horas a las que me hago el dormido.

Así que escribo de la sombra de otros días y proyecto la silueta de mi cabeza quieta en la pantalla como una trampa de sombras hecha con letras. De tanto en tanto, algún pájaro anónimo cruza su sombra con la de mi cabeza y me deja unas huellas escritas, curiosamente, cuando ya el sol no percute en las ventanas.

Tal vez si la sombra que yo dejase aquí fuera la de mi corazón de hombre equivocado, me dolería con palabras cada vez que la sombra del pájaro la atravesara.




LA SOMBRA DE OTROS DÍAS


Pero, ¿alguien ha existido alguna vez
que no se retorciera de dolor por la dicha pasada?
John Keats

Bien lo sé, somos criaturas del aire,
de las corrientes aguas, puras, cristalinas,
de los árboles que se están mirando en ellas.
En un instante sube por nuestros brazos,
salvaje y espléndida,
la inmediatez de la vida;
al siguiente algo nos dice
que muy pronto será tarde y será octubre.

Pero seamos cautos:
a la sombra de otros días
esperan
el dulce veneno de los versos
y el mar abierto a la aventura.
A un paso del infierno
acecha el paraíso.

(Ángeles Carbajal, La sombra de otros días, 2002)

viernes, 2 de diciembre de 2011

Perdónenme las palabras

Entre palabra y palabra, entre nota y nota, siempre hay un silencio. El silencio es parte del mensaje, es la parte del mensaje en donde se pone el latido que falta, el espacio que aguarda relleno, el humo que queda por henchir.

La melodía va cambiando y ejerce una especial atracción para los sentidos. Se agria o se endulza, melosamente se restriega sobre el pentagrama de las horas hasta llegar a la niebla.

El ritmo es más insistente, más constante, la invariable del deseo que pulsa cuatro veces cada piel en un sólo compás. Y la armonía es un sueño que, si bien no es silencio, al menos nunca hace ruido.

Pero el silencio es donde se planta la raíz del mensaje siguiente, por donde crece el tronco que queda por abrazar; el silencio es el preludio del porvenir que uno no termina de creer que viene. El silencio nunca está completamente vacío.

Entre beso y beso, entre mano y piel, entre parpadeos de ojos contrarios que se buscan y se esperan, siempre hay un silencio, un silencio lleno del aire que se necesita para insistir. Un silencio de lágrimas rotas o de risas escanciadas en aquellos labios nacidos del sueño. Un silencio como vómito atascado, como ansiedad contenida, como párrafo por el que comenzar el relato de otra vida.

Cuando la piel se traspasa con un roce eléctrico, cuando la memoria rebota cansinamente sobre el mismo pensamiento, cuando el corazón gime goteras, el silencio es esa extraña frontera que nos une y nos separa.

El silencio es, sencillamente, el anuncio de las siguientes palabras que necesitamos proferir. Y esas palabras incandescentes que nos arden en el ahora esperando un luego, tú y yo ya la sabemos pronunciar. Nos las hemos dicho tantas veces, tantas, muchas. Pero todas las veces son pocas y hay que decirlas mucho más.

Y ustedes que acaban de ver pasar mis silencios sobre el éter, perdónenme las palabras. Pero es que yo sólo construyo silencios para echarlos abajo después, demasiado tarde, más allá.





PIDO SILENCIO

Ahora me dejen tranquilo.
Ahora se acostumbren sin mí.

Yo voy a cerrar los ojos.

Y sólo quiero cinco cosas,
cinco raíces preferidas.

Una es el amor sin fin.

Lo segundo es ver el otoño.
No puedo ser sin que las hojas
vuelen y vuelvan a la tierra.

Lo tercero es el grave invierno,
la lluvia que amé, la caricia
del fuego en el frío silvestre.

En cuarto lugar el verano
redondo como una sandía.

La quinta cosa son tus ojos,
Matilde mía, bienamada,
no quiero dormir sin tus ojos,
no quiero ser sin que me mires:
yo cambio la primavera
por que tú me sigas mirando.

Amigos, eso es cuanto quiero.
Es casi nada y casi todo.

Ahora si quieren se vayan.

He vivido tanto que un día
tendrán que olvidarme por fuerza,
borrándome de la pizarra:
mi corazón fue interminable.

Pero porque pido silencio
no crean que voy a morirme:
me pasa todo lo contrario:
sucede que voy a vivirme.

Sucede que soy y que sigo.

No será, pues, sino que adentro
de mi crecerán cereales,
primero los granos que rompen
la tierra para ver la luz,
pero la madre tierra es oscura:
y dentro de mí soy oscuro:
soy como un pozo en cuyas aguas
la noche deja sus estrellas
y sigue sola por el campo.

Se trata de que tanto he vivido que
quiero vivir otro tanto.

Nunca me sentí tan sonoro,
nunca he tenido tantos besos.

Ahora, como siempre, es temprano.
Vuela la luz con sus abejas.

Déjenme solo con el día.
Pido permiso para nacer.

(Pablo Neruda, Estravagario, 1957-58)

viernes, 4 de noviembre de 2011

Vendo humo

Llevo toda la mañana esperando que suenen las alarmas, que el día se espese y se doble por la mitad de la tostada o que los teléfonos resuenen más allá de las perchas ansiosas de sellos.

Estoy esperando el virus, la náusea, el delirio. He deseado un agobio de oxígeno, una tromba de melancolía que retumbe en los cristales, una noche interminable de decepción.

Pero no ha sido la tragedia, sino la lluvia, la que me ha entreabierto el corazón  hacia las persianas y no he dudado en atender su agua sin pasar de largo hacia el mediodía. Y he intentado sentirme solo, y triste de mar y herido de incertidumbre.

He visto que no puedo y, precisamente, porque no hay dos vidas iguales, porque no puedo dedicarte esos mismos minutos que tú me dedicas, he tenido que inventarme estos otros, distintos. Unos minutos que te devuelvan el vello de punta y te hagan marcar teléfonos en las sábanas y brindar con ojalás que se perdieron en la memoria.

Tienes razón, sólo vendo humo, lo sé. Y me gusta hacerlo y me gusto haciéndolo y lo sé. Y tú ya hace mucho que te diste cuenta. Lo que no sabes, lo que no puedes creerte, es que, mi humo, no... Mi humo no se lo vendo a cualquiera.

Sólo a quien, como tú, sabe tornearlo como garabatos y deshacerlo en aire.






EL AIRE HUELE A HUMO

A Gabriel Celaya y a Amparo Gastón,
Que tanto le quiso y le quiere todavía.
J.A.G.

¿Qué hará con la memoria
de esta noche tan clara
cuando todo termine?
¿Qué hacer si cae la sed
sabiendo que está lejos
la fuente en que bebía?

¿Qué hará de este deseo
de terminar mil veces
por volver a encontrarle?

¿Qué hacer cuando un mal aire
de tristeza la envuelva
igual que un maleficio?

¿Qué hará bajo el otoño
si el aire huele a humo
y a pólvora y a besos?

¿Qué hacer?¿Qué hará? Preguntas
a un azar que ya tiene
las suertes repartidas.

(José Agustín Goytisolo, 1992)

sábado, 22 de octubre de 2011

Demostración

Intento demostrar que existo.

Hago y deshago, escribo, pienso, dudo.
Estimo la posibilidad de algún antídoto
contra la soledad infinita de estar encerrado
en una piel que nadie toca,
compendio la necesidad de una cura
contra la nausea de colgar en el vacío.

Recorro una larga lista de pensamientos,
los noto surgir por dentro, hacerme cosquillas
en la punta de la lengua, los oigo
engarzarse en palabras, en sonidos
que quedan a merced del viento.

Qué importa lo que digo, no importa,
yo solo intento demostrar que existo
y en ese pesado devaneo de razonamientos
pasan de largo todos los ojos del mundo,
se entrecruzan las señales del camino
y los semáforos se quedan intermitentes.

No importa lo que digo, ni lo que dudo,
porque después de un instante de discurso
enardecido, sangrando palabras
por la misma boca que se muere
de versos, escucho
al otro lado de la escafandra de este buzo
que alguien me dice con una sonrisa:
-¡Bah, tonterías!

Y entonces sé que existo.
Tal vez un día, puede que alguien
intente demostrar que escribo.




AL DÍA SIGUIENTE

La habitación cegada navega a la deriva
en un mar de noviembre; ventanas con verdín,
escotillas de cieno, y lodo en la recámara.

Escribiendo en el agua de un lago ya perdido,
soportando borrascas y nieve y huracanes,
aparece la sombra de un buzo incorregible
con vidrios de tristeza que ponen sordo el día.
Entonces la mañana de un nunca desdeñado,
opaca y sigilosa, se retira sin pleito.

Es el mar de noviembre almacén de congoja
que la lluvia resume sin que pueda impedirse.

(José Carlos Rosales, El buzo incorregible, 1988)

sábado, 8 de octubre de 2011

Las palabras

¿Y si detrás de la palabras no hubiese
más que aire? ¿Y si las palabras no fueran barcos,
si no pudieran morder más que un trozo de idioma?

Si todo fuese sudor, dolor, espanto,
realidad que se escancia y se pudre,
tiempo de marionetas que pasa inerte,
nos moriríamos lentamente de desencanto,
nos fallaría la respiración de tanto aire
desperdiciado, caeríamos redondos
ante el ataque de algún pensamiento perdido.

Si detrás de la palabras no hubiese nada,
moriríamos de amor. Moriríamos literalmente
de un amor inútil como se mueren los pájaros
en las jaulas, nos rezumaría el olvido de los peces,
moriríamos hastiados de deseo contenido,
por explosiones de alegría sin salida
o nos quedaríamos rotos, llenos de las telarañas
de cada tristeza sin lágrimas que nos arrollara.

Yo amo las palabras porque todo lo que tengo
son palabras, todo lo que me llevo, todo
lo que me cura o me envenena, todo, son palabras.
Porque los hechos duran un segundo
y el viento se los lleva, la realidad
está hecha con las alas de un colibrí,
el presente es una muralla que nadie sabe atravesar.

Tu piel me dura apenas un roce, tus besos
miden un suspiro, tus ojos me seducen una décima,
la felicidad no puede escapar de un ahora
y todo aquello que no transforma en palabras
la memoria, se escapa y se olvida.

Pero yo amo las palabras como si todo estuviera
por detrás de ellas, como amo a las sombras
más profundamente que a las vísceras,
porque son las palabras las que aman por mí.

Ojalá las palabras fuesen barcos que buscan puerto,
espero que pueden morder más que un trozo de tu idioma,
ojalá no vinieran esos días en que me voy muriendo
con el hambre feroz del vacío, con esta sed
del desencanto y la asfixia del aire
con el que pronuncio el miedo
de que no haya nadie detrás de tu nombre.


EL AMOR

Las palabras son barcos
y se pierden así, de boca en boca,
como de niebla en niebla.
Llevan su mercancía por las conversaciones
sin encontrar un puerto,
la noche que les pese igual que un ancla.

Deben acostumbrarse a envejecer
y vivir con paciencia de madera
usada por las olas,
irse descomponiendo, dañarse lentamente,
hasta que a la bodega rutinaria
llegue el mar y las hunda.

Porque la vida entra en las palabras
como el mar en un barco,
cubre de tiempo el nombre de las cosas
y lleva a la raíz de un adjetivo
el cielo de una fecha,
el balcón de una casa,
la luz de una ciudad reflejada en un río.

Por eso, niebla a niebla,
cuando el amor invade las palabras,
golpea sus paredes, marca en ellas
los signos de una historia personal
y deja en el pasado de los vocabularios
sensaciones de frío y de calor,
noches que son la noche,
mares que son el mar,
solitarios paseos con extensión de frase
y trenes detenidos y canciones.

Si el amor, como todo, es cuestión de palabras,
acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma.

(Luís García Montero)

sábado, 10 de septiembre de 2011

Lo que no se escribe

Lo que no se escribe es, dejando aparte la propia disolución de las conciencias, ignorando la voz interior que todo lo destroza o lo abrillanta, lo que más se necesita. Todo está siempre por decir.

Cuando se espera un grito o una lágrima, cuando se sueña con una voz suave, como resurgida de entre unas sábanas, que despierte aquel viejo estado de la paz de entrañas; cuando la música que interviene parece una catarata que se desploma hacia el mismo punto sin retorno, todo lo que no se escribe es lo que más se necesita.

Se enredan los flecos en la garganta, el murmullo de los otros produce taquicardias y un pensamiento se resiste a abandonar el límite entre la realidad y el deseo. Cuando uno echa hacia atrás el cuerpo y la memoria, cuando la saliva se torna inútil y pastosa, cuando duelen heridas que aún están escondidas en la punta de un cuchillo, entonces todo está siempre por decir y, al mismo tiempo, ya está dicho.

Así pues, se escriba lo que se escriba, lo que no se escribe es lo que más se necesita. Lo que más se necesita está por llegar y lo que está por llegar, no consigue alcanzarse con palabras. Porque todo está por decir, aquí sigo, ridículo, fabulándome la vida y la esperanza.




EL POEMA DE AMOR QUE NUNCA ESCRIBIRÁS

Debería nombrar (debería intentarlo)
el afán hasta hoy por ti dilapidado
en perseguir amor, que quizá fuera tanto
como el afán de huir, fatigado hasta el asco,
de todas las trastiendas, repletas de fracasos,
que los cuerpos arrastran, y en que nos arrastramos.

Debería acoger, dar lugar a unos labios
que nombraran sin fe, sólo de cuándo en cuándo
-por momentos, sinceros; por momentos, falsarios-
diálogos de alcoba que pareciesen tangos
(eso acaban por ser, o algo más triste acaso,
siempre que en la distancia solemos evocarlos):

De esta vida tan sucia, de sus trabajos vanos,
me consuela, mi amor, el fingir, fabulando,
otra eterna contigo, cogidos de la mano.
Y habría de alojar dictámenes sagrados,
con los que, ya bebidos, tanto nos excitamos:
De entre todas las perras que en la noche he tratado,

la más perra eres tú. Debería, malsano,
contener esas citas de los domingos vastos,
insulsas y festivas, amasadas de hartazgo,
en que la vida toda se obstina en maltratarnos,
con su aire de ramera experta en el contagio
del odio hacia la vida, del tedio y del cansancio.

No podrían faltar los cuerpos del verano,
cuando la adolescencia ardía por el tacto,
en especial aquél de todo lo vedado.
Ni habría de omitir el vicio solitario,
por el amor perdido en inventar los rasgos
del amor, que, entretanto, no dormía a tu lado.

Y en él habitarían con todo su sarcasmo
-al fin y al cabo son tristes muertos de antaño,
fragmentos de tu vida que salvas del naufragio-
las cartas sin respuesta; yesos aniversarios,
tiernamente ridículos después de celebrados,
que dejan en el alma aroma a mal teatro.

Y los reproches mutuos, merecidos y agrios,
dirigidos al centro del dolor, como un dardo
con toda la miseria que acarrean los años.
El placer del acoso, cuando el amor intacto,
y cuando la ignorancia, ese bálsamo arcano,
no señalaba límites al indudable ocaso.

El maldito poema tanto tiempo aplazado,
y que no escribirás, porque el tema es ingrato,
querría redimirte de todos tus letargos.
Una voz que te daña diría murmurando:
Del amor, amor mío, te quiero siempre esclavo,
para que tus palabras no tengan que inventarlo.

Quien a ese poema de amor dilapidado
incauto se atreviera, sin calcular el daño,
amaría el amor, probablemente tanto
como el afán de huir, fatigado hasta el asco,
de todas las trastiendas, repletas de fracasos,
que los cuerpos arrastran, y en que nos arrastramos.

(Carlos Marzal, El último de la fiesta, 1897)

jueves, 1 de septiembre de 2011

Soliloquio

Cuando empecé a escribir este texto, ya llevaba más de 24 horas sin hablar con nadie.

Bien es cierto que escribí un sms y un correo, y que leí las correspondientes respuestas. Pero no he escuchado mi propia voz.

Es fiesta en el pueblo y, cómo no, hay jaleo de vecinos que suben y bajan a la feria. Más que escucharlos, los oigo como a lo lejos, como el que escucha el ruido del mar mientras lee una novela.

No es tan raro esto que me ocurre. Si eliminamos los saludos protocolarios, las conversaciones banales sobre el tiempo o contestar a la cajera del mercadona que no quiero bolsa, me ha pasado varias veces.

Todos los idiomas tienen una parte dedicada a ese no decir nada que tantas páginas u horas de emisión consume. Tantos encuentros se desmoronan en ese no decir nada que tienen todos los idiomas que, para cuando se tiene mi edad, uno ya es un experto, aun dedicándole poco esfuerzo.

Sin embargo, en esas 24 horas, no he dejado de pensar ni un solo momento, ni siquiera en sueños; aunque esa parte no la puedo demostrar.

Cuando hace unos años me decidí a escribir todo eso que pienso y que nunca le digo a nadie, ni siquiera a ti, sentí cierto alivio.

Pero, curiosamente, ese alivio no consistía en hacerme entender, ni en conseguir respuestas empáticas de los lectores; sino en el simple hecho de sacarlas de mi mente, expulsarlas como sobrante para poder olvidarlas en cuanto que las escribía y dejar paso a las palabras siguientes.

Últimamente ya no. Quiero decir que las suelto como antes, las escribo cuidadosamente, pero no se me van. Se quedan, girando, enmarañándome los pensamientos y la soledad, orbitando a mi alrededor como satélites que me cercan y me vigilan estrechamente, a todas horas, buscando un hueco en mi memoria al que volver.

No tengo teoría al respecto, simplemente te lo cuento por si tú sabes de qué estoy hablando o por qué me pasa esto. No lo sé y, al tiempo que me fascina el cambio, me preocupa.

Sólo sé que, últimamente, escribir se me parece mucho a hablar solo.



miércoles, 20 de abril de 2011

Si vienes a cambiar palabras por miradas

Una soledad siempre está hilvanada
a los ojos abiertos del frío
con la lentitud del olvido
y el galope de la sombra de un atardecer.


Entonces, uno abre el frigorífico
y se encuentra certezas podrídas,
botellas de sed, secretos adheridos
a las paredes escarchadas
y tarros florecidos con zumo de desgana.


Si vienes a cambiar palabras por miradas
y no te importan los arañazos
que se me escapan de las uñas,
podemos quedar en alguna plaza,
sumergirnos en lo familiar de las noches
que descosen procesiones descalzas
y asesinan la espuma.


Si vienes a cambiar palabras por miradas
y no te estorban los poemas mal doblados,
llámame y quedamos enseguida, llegaré rodando
con el libro del caballero en las manos
mientras dejo las gafas reposar en la mesilla.


Si vienes a cambiar palabras por miradas
y no te importa que fume en los renglones
puedo pintarte la noche de distancia.
Y tejeremos soledad con punto inglés
como dos arañas, tú al derecho y yo al revés,
con la lentitud del olvido, las averías de los coches
y un relato de bodas en tierra extraña.