Hago y deshago, escribo, pienso, dudo.
Estimo la posibilidad de algún antídoto
contra la soledad infinita de estar encerrado
en una piel que nadie toca,
compendio la necesidad de una cura
contra la nausea de colgar en el vacío.
Recorro una larga lista de pensamientos,
los noto surgir por dentro, hacerme cosquillas
en la punta de la lengua, los oigo
engarzarse en palabras, en sonidos
que quedan a merced del viento.
Qué importa lo que digo, no importa,
yo solo intento demostrar que existo
y en ese pesado devaneo de razonamientos
pasan de largo todos los ojos del mundo,
se entrecruzan las señales del camino
y los semáforos se quedan intermitentes.
No importa lo que digo, ni lo que dudo,
porque después de un instante de discurso
enardecido, sangrando palabras
por la misma boca que se muere
de versos, escucho
al otro lado de la escafandra de este buzo
que alguien me dice con una sonrisa:
-¡Bah, tonterías!
Y entonces sé que existo.
Tal vez un día, puede que alguien
intente demostrar que escribo.
AL DÍA SIGUIENTE
La habitación cegada navega a la deriva
en un mar de noviembre; ventanas con verdín,
escotillas de cieno, y lodo en la recámara.
Escribiendo en el agua de un lago ya perdido,
soportando borrascas y nieve y huracanes,
aparece la sombra de un buzo incorregible
con vidrios de tristeza que ponen sordo el día.
Entonces la mañana de un nunca desdeñado,
opaca y sigilosa, se retira sin pleito.
Es el mar de noviembre almacén de congoja
que la lluvia resume sin que pueda impedirse.
(José Carlos Rosales, El buzo incorregible, 1988)