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miércoles, 15 de febrero de 2012

Anillo

Ha perdido su anillo y anda como loco buscándolo. Ha revisado los muebles del cuarto de baño, la mesa de su escritorio, los cajones, todo...

Ha perdido su anillo y aunque no llora como el lagarto, en su cara puede verse el desconsuelo. Ha vaciado y vuelto a llenar todos los bolsillos, ha hecho un examen de todo lo que hizo y se ha dedicado a repetirlo, por si en la memoria de los gestos pudiera encontrar algún rastro que le indique su paradero.

Me ha llevado a desandar mirando en los brillos del suelo todos los pasos que dio mirando al cielo. Se ha encogido en el asiento del coche y se ha hecho un ovillo mientras se apretaba el dedo que ahora le parece desnudo.

No me resulta nada agradable verlo navegar sin rumbo en busca de su anillo, no puedo evitar que me arrastre a una desolación compasiva, porque la tristeza se contagia igual que se contagia la alegría.

Ha perdido su primer anillo a los quince años, no hay consuelo posible para el él que es ahora. Todavía no sabe nada y quizá sea mejor que aún no lo sepa.

Yo tampoco sé nada, ni quiero saberlo. Y sin embargo, al verlo así, al verme como yo era, al recordar el paso de los años, presiento que, tarde o temprano, perdemos todos los anillos que alguna vez hemos tenido en la mano.

Recubrimos algunas cosas, casi sin querer, como sedimento que deja el torrente de la vida, con una fina capa de amor depositado; de ese mismo amor simbólico que nos devuelven las cosas cuando las apretamos en las noches oscuras y dejamos de sentirnos solos.

Todos los días me pierdo en este anillo, alegremente; pero el día que este anillo me pierda a mí, yo también lloraré como lagarto mientras “un cielo grande y sin gente monta en su globo a los pájaros”.




LOS OBSTINADOS

«El aire es inmortal. La piedra inerte...»
F. G. Lorca

Al fondo de rincones escondidos
crecen flores ocultas entre hierba.

Hay raíces clavadas a la piedra
que aguardan impertérritas la lluvia.

Al sur del los veranos agostados
se oye la seca espera de los pozos.

Tanta belleza vive, tanto amor...

Bajo la nieve sueñan los caminos
con los días azules del deshielo.

(Irene Sánchez Carrón, Escenas principales de un actor secundario, 2000)

miércoles, 4 de enero de 2012

GPS

Tengo el gps estropeado, lo noto. A veces no sé dónde estoy ni cómo he venido a parar aquí. Y no sé si tengo que hacer la rotonda o tomar el cruce.

Supongo, que no lo sé, que a todo el mundo le habrá pasado lo mismo alguna vez, que se estropea el gps que llevamos de fábrica incrustado en el corazón. Lamentablemente, soy un modelo antiguo y ya no cabe garantía que reclamar. Así que tendré que comprarme alguno.

Envidio a aquellos que les funciona perfectamente, esos que siempre saben qué camino tienen que tomar, los que no dudan de su trayecto y nunca miran atrás para ver si se equivocaron en alguna glorieta. Los envidio cuando los veo andar con paso firme, aunque dejo de envidiarlos si los veo llegar a sitios en los que yo no quiero estar.

Quizás sean los satélites, que se han alineado mal. Los vientos estelares, las manchas solares o algún efecto extraño de la gravedad cuando pasamos por mitad de un huracán. Quizás vaya por épocas o por instantes.

O tal vez resulte que también tengas el tuyo apagado, porque el caso es que no te encuentro por ningún lado. Y mira que te busco.

Pero no oigo las voces que me digan "tome la salida 47 dentro de quinientos metros", "siga recto", "pase la rotonda", "cruce a la izquierda". No veo tu icono brillando en el mapa, parpadeando como un sueño que late siempre a la misma velocidad.

Y es que tengo el gps estropeado y a veces te siento tan cerca y otras veces ¡tan lejos!... Incluso hay momentos en que te siento las dos cosas a la vez.

Me da pena quitarme el antiguo, porque, bueno, ya ves, hasta aquí me ha traído. Quizás mi gps tenga arreglo y se ponga a funcionar bien si le das un par de besos. De esos, de los que lo aclaran todo y convierten la meta en el viaje.

¡Ay! No sé. Hasta es posible que, el que esté estropeado, el que no tenga arreglo ni quiera tenerlo, sea yo.



EL CAMINO

Es el camino de la muerte.
Es el camino de la vida…

En la frescura de las rosas
ve reparando. Y en las lindas
adolescentes. Y en los suaves
aromas de las tardes tibias.

Abraza los talles esbeltos
y besa las caras bonitas.

De los sabores y colores
gusta. Y de la embriaguez divina.
Escucha las músicas dulces.

Goza de la melancolía
de no saber, de no creer, de
soñar un poco. Ama y olvida,
y atrás no mires. Y no creas
que tiene raíces la dicha.
No habrás llegado hasta que todo
lo hayas perdido. Ve, camina…
Es el camino de la muerte.
Es el camino de la vida.

(Manuel Machado)