Algunas veces, el universo cabe
en la palma de la mano
y al cerrarla, para que no escape,
la encontramos llena de otras manos.
A ratos, sin previo aviso,
el mundo hace un alto en el ángulo preciso
para anunciar el tiempo de los abrazos
y raramente, pero sucede,
consiguen escapar vivos
los sueños después de alcanzados.
Algunas tardes creo
que son posibles todos los milagros;
incluso, que de vez en cuando la vida,
esta misma vida que nos separa,
me bese en la boca
con tus labios.
Deambulando por la noche, a las horas en que el universo cabe dentro de mí, he encontrado estas historias que me quitan el sueño, pero me dan la vida.
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lunes, 3 de diciembre de 2012
martes, 9 de octubre de 2012
La vida secreta de las palabras
Me habló de su sueño con "tata de tocholate" y tuve que reírme a todo pulmón. Me invitó a asistir a una estancia rural y rechacé la oferta. Me contó sus problemas de intendencia como disculpa para las cervezas y me extrañó su acercamiento a estas alturas de partido.
Me pidió que arreglara un ordenador y le expliqué el mecanismo del enchufe. Me propusieron que arreglara otros dos más y les recordé las precauciones que no habían tomado. Me contó la operación de su madre y me alegré de que ya estuviera en casa.
Me dijo que su hijo estaba mejor y sonreí al saberlo. Me invitó a subir al coche y preferí bajar la cuesta, aunque luego me alegró que, cargado, a la vuelta, me la subiera sin pies.
Me comentó sobre una película con bolero y le recordé un chiste antológico. Me escribió "anexos" y yo respondí con "zafes". Me preguntó cuántos kilos de tomates y le dije que dos. "Fortuna" fue la palabra que le dije mientras me preguntaba con cara de circunstancias. Me dijo sin pronunciar ninguna erre que la tela de mosquitero estaba en la otra tienda y le di las gracias.
Me habló de su infancia valenciana y respondí con una frase genérica. Me dijo que vendría hoy y mañana, y le dije que cuando quisiera. Me pidió un número de teléfono y se lo dí con los dedos. "Bienvenido", parpadeó; y yo le dije "Retirada de efectivo". En tres mensajes apareció mi nombre, en la ventanita de una factura y en la foto de un comentario.
Primero fue "ni hao" y luego "zian jian". Ninnette dice que está embarazada y el señor de Murcia calla. Los muertos vivientes no dicen nada, solo muerden; y ella tampoco dice mucho, solo dispara. Hay que dejar la bellota una noche en agua antes de plantarla, dijo a la audiencia, mientras yo pulsaba el seis.
Estrategias metodológicas rezaba el apartado que borré por accidente. Le dejo escrito en una nota que me cobre los productos de limpieza que faltan. Su pedido ha sido confirmado, decía el email. "Es que no estoy en la casa, luego te lo digo" me dice cuando le pregunto por la cena. Suena el móvil con dos pitidos y al leer reflexiono que las palabras no deberían perderse con el suministro eléctrico. En todo caso, que se pierdan en el aire; o en la traducción.
Se me ocurrió decir algo para matar el silencio y darle ánimos, me respondió con una serie de catastróficas desgracias y un beso. Este texto se titula "la vida secreta de las palabras". Tecleo "palabras", "vida", "secreta", "decir", "contar", "hablar", "comunicación" y algunas otras etiquetas más. Le doy a "publicar".
Entonces releo el artículo y recuento todas las palabras propias y ajenas de hoy. Y echo de menos las que no he dicho, las que no me han dicho. Las pronuncio en voz baja, muy baja, tan sólo para mí; como si esas palabras tuvieran una vida secreta que se deshace cuando, otro yo, las lee o las escucha.
Y muy bajito vuelvo a decírmelas, mientras pienso que a dónde irán a parar -a qué oscuro pozo de memoria, a qué claro manantial del olvido-, todas las palabras que nacen y mueren en este nueve de octubre, y que no me han servido para nada.
Algún día encontraré una palabra...
Algún día encontraré una palabra
que penetre en tu vientre y lo fecunde,
que se pare en tu seno
como una mano abierta y cerrada al mismo tiempo.
Hallaré una palabra
que detenga tu cuerpo y lo dé vuelta,
que contenga tu cuerpo
y abra tus ojos como un dios sin nubes
y te use tu saliva
y te doble las piernas.
Tú tal vez no la escuches
o tal vez no la comprendas.
No será necesario.
Irá por tu interior como una rueda
recorriéndote al fin de punta a punta,
mujer mía y no mía
y no se detendrá ni cuando mueras.
(Roberto Juarroz)
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martes, 24 de abril de 2012
Despiste
He mirado por todas partes y no lo encuentro. Debajo del montón de libros que tengo en el escritorio y dentro del lapicero en el que acumulo los clips de colores que nunca uso. He rebuscado por entre las cajas de esas grapas rosas pequeñitas que no sirven nada más que para adorno. Pero no lo encuentro.
¡Qué rabia no tenerlo a mano! Siempre pasa lo mismo con todo, justo ahora que lo necesito, no doy con él. Ya he mirado también en los cajones y los he puesto patas arriba. Y estaban llenos de bolindres, de papelorios y de pamplinas, que guardo en ellos como un absurdo tesoro. Pero tampoco estaba ahí.
He mirado también en la carpeta Mis documentos, por debajo de la impresora, en la mesilla de noche. He revuelto la cómoda, he abierto el armario y he mirado, de uno en uno, en todos los bolsillos de las camisas y de los pantalones. Nada, aquí tampoco.
A primera vista no se ve encima de la tele ni entre los cojines del sofá, ni en el armarillo de las medicinas, ni en el escurridor. ¿Se habrá caído dentro de la lavadora? No, no creo. Digo yo que eso flota, aunque no lo sé.
Ni en la alacena del chocolate. Bueno, ahí sabía que no estaba, pero no he podido evitar tirar un mordisquito para la ansiedad. Ni en la puerta de las cacerolas, ni en el frigorífico. Ni en los bolsillos, ¡eh, que no soy tonto!, que me he tanteado la ropa y me he mirado las manos. Ni en el pelo, ni en los ojos, ni en la boca. Creo que me voy a dar por vencido. No sé dónde puede estar.
Esto me pasa por desordenado, por este atolondramiento que tengo para las cosas importantes. Y lo peor de no encontrarlo es que ahora me avergüenza la duda y no sé si podrás perdonarme este despiste. ¡Qué rabia! ¿He perdido tu beso o es que, al final, no me lo diste?
¡Con la falta que me haría tenerlo ahora! Para taparme con él la boca y dejar de hablar solo.
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viernes, 3 de febrero de 2012
Es copia fiel del original
Entreabrió los ojos como quien despierta de un sueño, con la cabeza vencida hacia el peso de la imaginación.
Me rozó el cuello con las manos para atraerme una vez más hacia su boca. Destensó la sonrisa tibia de su rostro y contrajo la respiración.
Con sólo medio paso pegó su aroma a mi cuerpo. Giró su cabeza, como siempre hace, hasta el ángulo justo que despierta el temblor del deseo en mi mentón.
Dejó que latiese su corazón tres veces consecutivas mientras, muy lentamente, posó el caramelo de sus labios en el espacio abierto que le ofrecían los míos. Cerró los ojos, como abandonándose, como cayendo suavemente hacia otro mundo de luces apagadas.
Y en ese instante de tanta oscuridad como resplandor, cuando el silencio exterior se traduce en un tumulto de sangres que laten y lenguas que se enredan, en ese instante, acaricié todos sus méritos.
Noté los mismos efectos, la misma piel cristalina, el mismo sabor. Era el mismo aire el que compartía, el mismo deseo, la misma saliva, el mismo pellizco de felicidad. Efectivamente, aquel trozo de amor condensado, aquel maravilloso beso artesano, era copia fiel del original.
Lo cual certifico para que conste a los efectos oportunos.
CANCIÓN DE ANIVERSARIO"...incómodosde no sentir el peso de los años".J. Gil de Biedma
Son
extrañamente hermosos todavía,
estos labios de hace ahora tres años
y me parece inédito
el gesto de tu beso,
este llegar aquí cada vez más tranquilo,
con la serenidad
del que tiene por cómplice la vida
y su rutina.
Hoy sabemos que entonces,
cuando tus veinte años y mi primer abrazo,
empezamos por ser
sobre todo indecisos: la tímida torpeza
de la primera noche
y la dificultad
con que dejar las manos
en el hábito infiel de nuestros vicios.
Ahora
extrañamente hermoso estar aquí,
demasiado a menudo y decididos,
incómodo
de no sentir el peso de los años
aprendiendo contigo la premeditación
y escribiendo en tu piel mi alevosía.
Porque suele haber bancos donde se espera siempre,
aceras que prefieres por costumbre
o líneas de autobús al mediodía.
Y sin embargo tú
reapareces inédita en tu gesto
para decirme hoy
que le conteste al tiempo y sus preguntas
el práctico saber que tienes de mi cuerpo.
(Luís García Montero, Poemas de Tristia, 1982)
miércoles, 4 de enero de 2012
GPS
Tengo el gps estropeado, lo noto. A veces no sé dónde estoy ni cómo he venido a parar aquí. Y no sé si tengo que hacer la rotonda o tomar el cruce.
Supongo, que no lo sé, que a todo el mundo le habrá pasado lo mismo alguna vez, que se estropea el gps que llevamos de fábrica incrustado en el corazón. Lamentablemente, soy un modelo antiguo y ya no cabe garantía que reclamar. Así que tendré que comprarme alguno.
Envidio a aquellos que les funciona perfectamente, esos que siempre saben qué camino tienen que tomar, los que no dudan de su trayecto y nunca miran atrás para ver si se equivocaron en alguna glorieta. Los envidio cuando los veo andar con paso firme, aunque dejo de envidiarlos si los veo llegar a sitios en los que yo no quiero estar.
Quizás sean los satélites, que se han alineado mal. Los vientos estelares, las manchas solares o algún efecto extraño de la gravedad cuando pasamos por mitad de un huracán. Quizás vaya por épocas o por instantes.
O tal vez resulte que también tengas el tuyo apagado, porque el caso es que no te encuentro por ningún lado. Y mira que te busco.
Pero no oigo las voces que me digan "tome la salida 47 dentro de quinientos metros", "siga recto", "pase la rotonda", "cruce a la izquierda". No veo tu icono brillando en el mapa, parpadeando como un sueño que late siempre a la misma velocidad.
Y es que tengo el gps estropeado y a veces te siento tan cerca y otras veces ¡tan lejos!... Incluso hay momentos en que te siento las dos cosas a la vez.
Me da pena quitarme el antiguo, porque, bueno, ya ves, hasta aquí me ha traído. Quizás mi gps tenga arreglo y se ponga a funcionar bien si le das un par de besos. De esos, de los que lo aclaran todo y convierten la meta en el viaje.
¡Ay! No sé. Hasta es posible que, el que esté estropeado, el que no tenga arreglo ni quiera tenerlo, sea yo.
EL CAMINO
Es el camino de la muerte.
Es el camino de la vida…
En la frescura de las rosas
ve reparando. Y en las lindas
adolescentes. Y en los suaves
aromas de las tardes tibias.
Abraza los talles esbeltos
y besa las caras bonitas.
De los sabores y colores
gusta. Y de la embriaguez divina.
Escucha las músicas dulces.
Goza de la melancolía
de no saber, de no creer, de
soñar un poco. Ama y olvida,
y atrás no mires. Y no creas
que tiene raíces la dicha.
No habrás llegado hasta que todo
lo hayas perdido. Ve, camina…
Es el camino de la muerte.
Es el camino de la vida.
(Manuel Machado)
martes, 13 de diciembre de 2011
Pobreza
La luz de la lámpara ensordecida
en aquella noche sin ventanas
o el tumulto de un roce.
Las palabras, que vuelven o se escapan,
de tantas veces como estuvieron dichas.
Las lágrimas y las risas, el cuarto
del incendio, la nieve que chorreaba
en la tarde blanquecina de marzo,
algunos besos llenos de frío,
el olor a carne recién amada
y el desencanto posterior.
La parte del color del trigo
que todavía tengo clavada,
las noches de insomnio, la soledad
que se va haciendo madrugada
para que todo siempre llegue tarde.
Unos cuantos litros respirados de aire
en las proximidades de los besos,
las manos que se buscan, los ojos
que traen un sueño y el sueño
que los cierra en la lejanía,
diversos números de teléfonos que comunican
y tu aroma a melancolía.
Todo lo que he sido, todo lo que soy,
está en eso que ya no es mío:
esa es mi gran pobreza,
el desahucio a que nos somete la vida.
Aunque más pobreza la de aquel que pueda
vivir sin necesitar algún olvido
que echarse a la memoria.
en aquella noche sin ventanas
o el tumulto de un roce.
Las palabras, que vuelven o se escapan,
de tantas veces como estuvieron dichas.
Las lágrimas y las risas, el cuarto
del incendio, la nieve que chorreaba
en la tarde blanquecina de marzo,
algunos besos llenos de frío,
el olor a carne recién amada
y el desencanto posterior.
La parte del color del trigo
que todavía tengo clavada,
las noches de insomnio, la soledad
que se va haciendo madrugada
para que todo siempre llegue tarde.
Unos cuantos litros respirados de aire
en las proximidades de los besos,
las manos que se buscan, los ojos
que traen un sueño y el sueño
que los cierra en la lejanía,
diversos números de teléfonos que comunican
y tu aroma a melancolía.
Todo lo que he sido, todo lo que soy,
está en eso que ya no es mío:
esa es mi gran pobreza,
el desahucio a que nos somete la vida.
Aunque más pobreza la de aquel que pueda
vivir sin necesitar algún olvido
que echarse a la memoria.
De la nostalgia
Recuerdo solamente que he olvidado el acento de las más amadas voces,
y que perdí para siempre el olor de las frutas de la infancia,
el sabor exacto del durazno,
el aleteo del aire frío entre los pinos,
el entusiasmo al descubrir una nuez que ha caído del nogal.
Sortilegios de otro día, que ahora son apenas letanía incolora,
vana convocatoria que no me trae el asombro de ver un colibrí entre mi cuarto,
como muchas madrugadas de mi infancia.
¿Cómo recuperar ciertas caricias y los más esenciales abrazos?
¿Cómo revivir la más cierta penumbra, iluminada apenas con la luz de los Beatles,
y cómo hacer que llueva la misma lluvia que veía caer a los trece años?
¿Cómo tornar al éxtasis de sol, a la luz ebria de mis siete años,
al sabor maduro de la mora,
a todo aquel territorio desconocido por la muerte,
a esa palpitante luz de la pureza,
a todo esto que soy yo y que ya no es mío?
(Darío Jaramillo Agudelo, Poemas de amor, 1986)
lunes, 12 de diciembre de 2011
Posibilidad
Estoy muy contento. Aquí sentado, con el ruido de fondo de la noche, en mitad del escenario de las cosas importantes, echo atrás la mirada y veo todos los regalos que me ha traído el día.
Como si el árbol adornado tuviese 24 horas de ancho, he ido desenvolviendo regalos. Me han regalado palabras y lotería, me han invitado a una cena, me han ofrecido un viaje.
Me han regalado chismes, recetas y secretos. He recibido conversaciones, halagos, gratitud, besos. Incluso un conocido me ha dado la confianza de su teléfono. También en el trabajo me han insistido en que prospere y suba de cargo.
He recibido, como el gran regalo que es, una mirada hasta el fondo, unas palabras desde dentro, una sonrisa abierta. Me han regalado llamadas, mensajes y hasta me han regalado alguna mentira.
Estoy muy contento porque cualquier día es Navidad. Y es eso mismo lo que he recibido, todos los regalos que antes he descrito coinciden en ser el mismo, lo único que verdaderamente se puede ofrecer sinceramente, sin miedo a equivocarse. Ningún regalo estaba repetido y, sin embargo, sí, todos me han regalado lo mismo: la posibilidad.
Estoy muy contento porque hoy, que es un día cualquiera sin nombre, he decidido que es eso mismo lo que quiero pedirle a mañana. Para los reyes magos, en cambio, me reservo pedirles lo imposible.
Con la flor del domingo ensartada en el pelo, pasean en la alameda antigua. La ropa limpia, el baño reciente, peinadas y planchadas, caminan, por entre los niños y los globos, y charlan y hacen amistades, y hasta escuchan la música que en el quiosco de la Alameda de Santa María reúne a los sobrevivientes de la semana.Las gatitas, las criadas, las muchachas de la servidumbre contemporánea, se conforman con esto. En tanto llegan a la prostitución, o regresan al seno de la familia miserable, ellas tienen el descanso del domingo, la posibilidad de un noviazgo, la ocasión del sueño. Bastan dos o tres horas de este paseo en blanco para olvidar las fatigas, y para enfrentarse risueñamente a la amenaza de los platos sucios, de la ropa pendiente y de los mandados que no acaban.Al lado de los viejos, que andan en busca de su memoria, y de las señoras pensando en el próximo embarazo, ellas disfrutan su libertad provisional y poseen el mundo, orgullosas de sus zapatos, de su vestido bonito, y de su cabellera que brilla más que otras veces.(¡Danos, Señor, la fe en el domingo, la confianza en las grasas para el pelo, y la limpieza de alma necesaria para mirar con alegría los días que vienen!)
(Jaime Sabines, Diario semanario y poemas en prosa, 1961)
EL POEMA DE LAS POSIBILIDADES
Abre
tal vez sea el cartero
con un ramo de rosas que entregarte
o el amor se disfrace (disfrazado)
de cita ocasional: perdón
equivoqué la puerta y la escalera,
no vamos a negar nuestro destino ahora.
Tal vez sea la tarde
con su mejor sonrisa y alguna solución,
la realidad vestida
de cobrador de deudas que son tantas,
o algún recuerdo antiguo
de los que trae la lluvia.
Quizás
no haya nadie ya
después que te decidas.
Pero si acaso abres
y si además es ella,
pero si acaso vences
el peso de esta tarde de soledad en tus piernas
y te la encuentras quieta
mirándote a los ojos en la puerta,
no hay nada que entender,
nada es preciso,
murmúrale que todo está en su sitio,
la puerta, la escalera,
el jarrón con las flores,
la tibieza,
el visillo cerrado en la penumbra.
Ofrécele tu casa…
y su destino.
(Canción de Esteban Valdivieso, en la letra colaboran García Montero y Álvaro Salvador, 1988)