Mostrando entradas con la etiqueta corazón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta corazón. Mostrar todas las entradas

viernes, 16 de noviembre de 2012

Perfecta

De sobra sé que no es perfecta, que nada lo es. ¿Y qué importa? El ideal no existe; y si existe, no me llega, no me hace temblar, no me conmueve.

Si supiera, si tuviese el don de esculpirla de la nada, no encontraría el modo de mejorarla con estas manos mías, con estos ojos propios, con este corazón envejecido y envalentonado.

Yo también soy mis errores, mis manos torpes, mi cuerpo moldeado por los genes y la pereza. Y estoy tan hecho de sueños como de fracasos, con tanto entusiasmo como decepción.

Aquí aparezco, tal vez, como si supiera de lo que hablo, como si todo rodara suavemente por una cuesta ligera y las palabras surgieran solas, seguidas, en una misma secuencia de plano contraplano.

Pero es pura coquetería la de ocultar los lunares de la espalda, el pellizco ansioso de una tarde de domingo y el asqueroso vicio de fumar a deshoras. Coquetería necesaria, pero que no me engaña. De sobra sé que no soy perfecto... ¿y qué importa?

Y como yo no lo soy, ella no puede serlo. Su imperfección no es un defecto, sino eso, exactamente eso que hace que ella sea como es. Eso que tanto me gusta.


Estoy empaquetando Lo que no se ve en los poemas.

Me gusta este poema en el que quiero contar que el proceso de creación es más complicado de lo que puede parecer.

Las palabras no salen solas. Uno empieza a escribir con un chispa que vislumbra esperando que el texto arda solo. Y pasan las horas, las noches y hasta los meses, y el texto que a uno le temblaba en el pensamiento no consigue encenderse.

Y si acaso se enciende, hay que retirar las cenizas antes de presentarlo, limpiarlo a los ojos del mundo.

Pero todos los poemas tienen una trastienda, un almacén lóbrego y lleno de polvo, que corro a ocultar debajo de la primera alfombra que pillo.

Uno nunca escribe lo que quiere, lo que le gustaría; sino lo que puede, lo que se deja.

viernes, 12 de octubre de 2012

Así en la Tierra como en el Blog

Amor mío,
que estás siempre al otro lado,
santificado sea tu nombre;
venga a mí tu corazón;
hágase tu voluntad
así en la tierra como en el blog.

Dame hoy el aliento de cada día;
perdona mi gramática y mi ortografía,
como también yo perdono
a quienes no me entienden;
no me dejes caer
al pozo oscuro de la poesía
y líbrame de la soledad.

domingo, 7 de octubre de 2012

Mensaje en una botella

Es verdad que no parece mucho,
solo un mensaje de naufrago
tirado al mar de la distancia,
aparecido apenas entre las letras
rigurosamente raras que practico
encadenando versos
                             a la deriva.

Cada vez que todo se derrumbe
o sientas el vértigo del abismo,
no dejes de entender su secreto,
tácito pero cierto, limpio. Tú sólo
intenta llevarlo de la mano contigo,
guardarlo en el corazón desamparado
o en la memoria
                      de la noche.

Verás que el mensaje no se borra
incluso aunque le llores miedo encima;
disipa con él tus sueños amargos de ceniza,
ábrele paso hacia las nuevas olas
                                              que se avecinan.




Que el azar me lleve hasta tu orilla,
ola o viento, que tome tu rumbo,
que hasta ti llegue y te venza mi ternura.

(Darío Jaramillo Agudelo)


domingo, 30 de septiembre de 2012

Fina lluvia

¿Aún recuerdas? Mis labios cayeron sobre ti como fina lluvia, como un concierto esponjoso de burbujas que encerraban el aire que guardaste para mí dentro de tu pecho.

Mis brazos fueron la hiedra que cubrió tu estatua conmovida, cincelándola en caricias sobre el torso inolvidable que sostenía tu corazón. Y en el jardín de tu piel creció el musgo de mis dedos, muertos de sed, por entre los pliegues cálidos en donde palpitaban tus secretos mejor guardados.

Quizá recuerdes, también, que los dos brotes que surgieron de tu pecho, se deshicieron en flores cuando me convertiste en un insecto de mil ojos de colores en busca de miel. Enroscado en tu piel, navegando en la curvatura de tu espalda, pude ver cómo se cerraban tus ojos, invocando sílabas extrañas con las que proteger en la memoria aquel sueño compartido.

Yo no dejo de recordar. Ni consigo apartar de mis oídos, convertidos en caracola, aquel mar de ruidos que me dejó escritos tu lengua espiral surgiendo de las sombras. Ni soy capaz de calmar este temblor de mis dedos cuando echan de menos tus manos, ni encuentro materia distinta del sueño con la que rellenar el hueco que me dejaste en los brazos.

Sólo que, algunas veces, no sé si trampa o mano que me tiende la vida, una voz que se descuelga me enciende la emoción contenida. Hablas disfrazada, tapándome con un dedo, haciendo bailar letras encadenadas, recordando el sonido de una canción… ¡Qué pronto se me acaba!

Después, miro por la ventana cómo el día ha abandonado el gris y el agua guarda silencio en las aceras. Entonces, me dejo sumergir de nuevo en esta dulce melancolía del sol cuando me abraza, que me lleva deprisa al principio sin fin. A cuando mis labios cayeron sobre ti, como lluvia fina.

¿Aún la puedes sentir? La fina lluvia anda difuminada en el barro y se ven las huellas de los pasos perdidos que una vez dimos para alcanzar ese sueño en el que, ahora, llueve a cántaros.


sábado, 29 de septiembre de 2012

Juego de niños

Y algunos niños idiotas han encontrado por las cocinas
pequeñas golondrinas con muletas
que sabían pronunciar la palabra amor.
F.G.LORCA

“E-cinco” dijiste la primera vez; como si nada, lo primero que vino a tu mente, cosas del azar. Yo me sentí tocado nada más empezar este juego de secretos, cavilando el roce de las miradas desatadas que nos propinamos sin querer.

“E-seis”, continuó tu maniobra, y me volviste a tocar. Yo estaba contento porque, en el fondo, a todos nos gusta ser descubiertos en otras manos suaves y blancas. Después de eso, ya se sabe que con un solo beso se alteran las brújulas y se redibujan las cartas de navegación.

Bastó poco para que afinases la puntería con un ”E-siete”. Me dejaste herido de muerte, hundido sin remisión en tus ojos, deseando que tu abordaje me durara para siempre.

Hice trampa, ahora puedo confesártelo, y, sin que tú me vieras, moví mi corazón un poquito para que pudieras darle más fácilmente. Y en verdad que no hubiera hecho falta, porque hay algo en tus ojos que me adivina el rumbo, desde el principio; como hay algo en tu boca que mueve todos los vientos a tu favor.

Pero ahora que es mi turno de estar hundido, ahora que tu recuerdo me tiene ahogada la voz, te escondes detrás del tablero y, a todos los números y letras que digo, siempre me respondes con lo mismo: agua, agua, agua...

Y nunca acierto a tocarte el corazón.



CONSEJOS

Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
—así en la costa un barco— sin que al partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;
porque la vida es larga y el arte es un juguete.
Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera,
aguarda sin partir y siempre espera,
que el arte es largo y, además, no importa.

(Antonio Machado, Campos de Castilla, 1907-17)

sábado, 18 de agosto de 2012

Otro monólogo de Segismundo

Nadie vive en eso que llamamos mundo. Nos engañan los sentidos y la piel, este traje de buzo expuesto a la intemperie, que nos separa a unos de otros.

Parece que ésta es la sombra de un árbol, que aquello que suena es un río, que esto que me envenena la sangre cuando lo acaricio es tu piel. Pero uno solo vive y vive solo en este universo indivisible que hay por dentro de la cabeza.

Nadie es libre. Nos engaña la terminología y nos mentimos para consolarnos, creyendo que podemos ser de un modo o de otro, que tenemos algún poder sobre los otros, que dominamos el mundo.

Pero nadie es libre para elegir las cosas que le hieren, aunque después uno sepa adivinar que le herirán. Que puedas decir adiós no significa que alguien pueda escoger ese otro alguien de quien enamorarse. Nadie decide qué cosas le gustan ni cuáles odia, ni por qué.

Encerrados en nuestra biología, encadenados a los designios de la química fugaz, llamamos vida, amor, sueño o ternura, a ese milagro que sucede cuando, por un gesto, por una palabra, por una caricia, parecemos salir de nuestro cuerpo y ser comprendidos, entrar en otro ser humano y comprender, comprobar que por sus adentros sucede lo mismo que en los nuestros.

Si no me comprendes del todo, si crees que yo te comprendo sólo un poco y eso te turba y te hace derramarte hasta la decepción, deberías saber que no eres libre, que nadie elige lo que detesta, que se llora lo que se llora, que se presiente lo que se presiente sin razón aparente y sin necesidad de que todo tenga sentido.

No obstante, encerrados en nuestra psique y encadenados a las células, lo que sí podemos elegir es un consuelo. A mí me consuela, del milagro de entenderte sólo un poco, saber que no hay nada grande en este mundo ni en ningún otro, que no empezara siendo pequeño.

Lo malo es que ni siquiera somos libres para crecer, mucho menos para hacerlo al mismo tiempo. Sólo nos queda la palabra y este corazón defectuoso que traemos por defecto.



AIRE LIBRE

Si algo me gusta, es vivir.
Ver mi cuerpo en la calle,
hablar contigo como un camarada,
mirar escaparates
y, sobre todo, sonreír de lejos
a los árboles...

También me gustan los camiones grises
y muchísimo más los elefantes.
Besar tus pechos,
echarme en tu regazo y despeinarte,
tragar agua de mar como cerveza
amarga, espumeante.

Todo lo que sea salir
de casa, estornudar de tarde en tarde,
escupir contra el cielo de los tundras
y las medallas de los similares,
salir
de esta espaciosa y triste cárcel,
aligerar los ríos y los soles,
salir, salir al aire libre, al aire.

(Blas de Otero)



jueves, 2 de agosto de 2012

Mariposas en el estómago

Soñar despierto, padecer alguna enfermedad benigna que se aloja en el alma para dejarla mullida y tenue. Enamorarse o, tal vez, inventarse un yo mejor que ese de todos los días cuando va espantándose de los espejos.

El mundo da una tregua breve de mediodía, alborotada sólo por las chicharras. A veces, todos los asistentes dejan su cargo a disposición del olvido, se ponen el corazón en la boca y besan con palabras nuevas, recién aprendidas.

Cada uno pone su pasado sobre la tierra que hay debajo de los pinos y esparcen, como si estuvieran hablando sólos, la longitud de un pensamiento que se comparte despacio: cambiar o ser el mismo, moverse o mover el mundo, hacerse otro o continuar la inercia de permanecer siempre en el mismo sitio. Dieciséis años ya eran muchos al principio. Cuarenta y siete, al final, no fueron tantos.

Y entonces sentí mariposas en el estómago. Tal vez soñar despierto, tal vez lo benigno y lo enfermo de sentirse entendido, tal vez acicalarse delante de esos ojos que se miran en ti como en un espejo.

Él tenía la cámara y fotografió el momento. Ese momento en que habíamos dejado de ser parientes cercanos para expandimos más allá, mucho más cerca, donde sólo el afecto puede conducir a los seres humanos.

El instante se esfumó en el aire, como una mariposa que agita sus alas en busca de otra sombra de julio. Quién sabe del caos y si tal vez aquella tarde llovió sobre Nueva York.

Pero a mí me quedaron mariposas en el estómago, las gafas de sol desatendidas sobre el pecho y una camiseta que me respiraba muy bajito, ocultando la anchura nueva de mi corazón antiguo.





martes, 31 de julio de 2012

A veces no me entiendes

Cuando te prenoto ahí, en el envés de la planalla, intento darte una explicancia de mis sentiverdades. Conmenearte un instante, tizar un hilo que dose la cabezoide y el corazoneo, esmanzanar que se filen mis lapabras en tus tespañas.

Reautobuso en mi adentror más proderrito el sentido de las cosas que me trascruzan en cada momentez, para transredactarlo en el distante que nos mansujeta tan jelos y avallarme cuanre menos.

Pero no sé que ocuzta que, cuanre tercavas de leerme, siempost me miracionas con ésicos ójulos de no estar encolgando nada. ¡Es infactible! Pa jaroces me nonece, que en lagur de leer lo que estamizo, café incompras mis lapabras.

Lobonque resé que, pa jaroces, no me encuelgo ni mismor.




ARIDANDANTEMENTE

Sigo
solo me sigo
y en otro absorto otro beodo lodo baldío
por neuroyertos rumbos horas opio desfondes
me persigo
junto a tan tantas otras bellas concas corolas erolocas
entre fugaces muertes sin memoria
y a tantos otros otros grasos ceros costrudos que me opan
mientras sigo y me sigo
y me recontrasigo
de un extremo a otro estero
aridandantemente
sin estar ya conmigo ni ser un otro otro

(Oliverio Girondo, En la másmedula, 1963)

lunes, 18 de junio de 2012

Agradecer el ridículo

A Salvador Morales Lupiañez, gracias.

¿Qué edad tendríamos? Ya ni me acuerdo.

Malos tiempos en casa. Como conclusión de aquel fin de semana, yo tenía que escribir una carta. Y al ver mi papel en blanco, te dije que no podía, que me sentía ridículo.

Me contaste entonces, cinco minutos duró la charla, que la verdad sólo está en la pugna de los contrarios. Que el dolor y el placer, dan la verdad cuando se encuentran. Que la alegría y la tristeza, vienen del mismo sitio.

Preguntaste con aquella media sonrisa del que es mayor y ya sabe la respuesta que ofrece la vida -andaba yo empezando a descubrirme el corazón en otras manos-, si los besos de aquella chica que vinieron después de los nervios, fueron ridículos. Y claro que no lo fueron, respondí yo.

Entonces la frase que me cambió la vida. Ha habido más desde entonces, pero aquella fue la primera y fue tuya. "Hay que saber hacer el ridículo", me dijiste, "para que los demás te tomen en serio". Seguramente aquella fue la primera vez que lloré escribiendo, escribiendo una carta estremecida que, todo hay que decirlo, no sirvió para lo que pretendía, excepto para cambiarme la vida.

Antes de irte, debería haberte agradecido mejor aquellos cinco minutos y el resto del tiempo en que nos conocimos.

No has llegado a saberlo del todo, me leíste un par de veces solamente. Por eso me gustaría que supieras lo ridículo que, a veces, aquí y allí, me siento escribiendo las cosas que me pasan por el corazón y por la cabeza.

Pero al sentirme ridículo comprendo que habrá alguien, al otro lado de las ventanas, que me va a tomar en serio. Es un alivio saberlo.

Y escribir no es el único ridículo que acometo.



FE DE VIDA

Nadie sabrá las veces, las mil veces,
después de la tristeza o de la humillación,
que envidié la sonrisa de los cínicos,
esa distancia fría de sus labios
ante la realidad. Son como estatuas
sobre el declive amargo del otoño,
y en las seguridades de la piedra
no conciben el riesgo de la fe,
la luz que se hace vida, pero luego
puede sentir la mordedura,
el veneno amarillo
de la vejez, la quiebra y el ridículo.

No conciben heridas. Será porque recuerdan
la pureza metálica del justo
que agita su sermón
más allá de las dudas y de las decisiones,
clamando contra el filo de los sueños,
contra la incertidumbre,
sin asumir ninguna
responsabilidad en la quietud,
con su orden de muerte y de injusticia.

Al caminar un día
sobre los arrabales de la Historia,
mientras la luz deshecha buscaba solidez
en el cemento y en los vertederos,
sentí -igual que se perciben
las inquietudes y los atardeceres-
que la verdad abstracta
es legitimación de la mentira.
Y no pude salvarme, ni ser puro,
ni sonreír con labios de distancia.
No me quedé en los márgenes,
ni en mesas de camilla,
ni en la capa del noble, ni en la canción del infierno.

Pero la luz se enfría débil sobre los campos
y quien regresa siente las manchas de la tarde.

Nadie sabrá jamás
las veces, las mil veces,
que envidié la sonrisa de los cínicos,
la pureza metálica del justo,
después de los regresos y de la humillación,
al sentirme manchado por la luz
y al conservar en la memoria,
en la izquierda vacía de mi cama,
como la sombra hiriente del cuerpo que se ha ido,
la memoria dudosa y palpitante
de algún amanecer.

Porque tal vez la vida
sólo nos quiere dar
aquello que después sabe quitarnos.

(Luís García Montero, La intimidad de la serpiente, 2003)

miércoles, 6 de junio de 2012

Si las paredes hablaran

He borrado las señales evidentes, los errores plasmados, la vida escrita a desconchones sobre la pared. Se han ido también las huellas de todos los roces, las marcas verticales del tránsito cotidiano, los agujeros equivocados que tapaban los cuadros.

He pintado de blanco el pasado, tapando con pintura todas las historias contenidas en el polvo, cambiando de tono la luz que entra por la ventana. He estirado los brazos hasta que no ha quedado nada por alcanzar, porque pintar es escribir sobre lo escrito, combinar el pasado con un instante nuevecito y reluciente.

Tienen memoria la vida, el corazón y el papel. Todo les deja marca y por eso es imborrable lo que en ellos he escrito. Pero el yeso no, y yo ando pintando paredes blancas, llenando el suelo de estrellas enanas que llevan en sus entrañas un universo plano.

Y si tengo el corazón vacío y la vida baldía y el papel en blanco, si vivo encerrado entre estas cuatro paredes que cambian de color lentamente por mi roce de mi mano, nada tengo que temer de la memoria del ladrillo. Si las paredes hablaran, las mías se taparían los oídos, como me los tapo yo para seguir vivo.

Si las paredes hablaran, estas cuatro paredes mías no sabrían qué más decirte.






EL RETORNO

Las paredes tienen oídos,
vientre y sangre.
Pero que no lo sepa el aire,
que lo ignoren el invierno
y el vendedor de esponjas;
que no se enteren mis fotografías que hablan;
que mi amor, oh montañas, oh cielos,
no levante su voz como raíz dulcísima.

Las paredes tienen oídos,
dientes, venas.
Pero que yo nunca, fumando,
diga su breve nombre de madera.
Que yo nunca sonriendo, pronuncie
su verdad: la cálida verdad.

Porque las paredes, como los sótanos,
tienen grandes oídos de herrumbre y frío,
desesperanza y pavor,
desconsuelo y locura.

Que yo nunca, en voz baja,
diga que he vuelto a amar.

(Efraín Huerta, La rosa primitiva, 1950)

viernes, 6 de abril de 2012

Mirador

Lo decías, quizás no de mí, pero lo decías. Pedías la existencia de un agujerito, un mirador por el que saber lo que va rondando en las cabezas, en algunas cabezas.

Nunca te subestimo, pero aun así siempre me sorprendes. Cada vez que escribo y aparto la vista de la pantalla para revisar notas o ajustar las rimas, noto como una sombra que se mueve por entre los renglones.

Entonces, aunque todo está aparentemente en su sitio, las letras bailan, las palabras se bifurcan en suaves significados, los pensamientos se entrelazan con metáforas que aparecen de improviso.

Los párrafos, dichosos párrafos obtusos, se estremecen ocultando esa sonrisa interior de quien ve venir alguna travesura. Y el texto, así, en general, se ondula gelatinoso alrededor de la idea primitiva que, efectivamente, demuestra no servir más que de ancla.

Y eso que procuro no hablar de nadie sino de todos, que intento describirme a través de las pequeñas cosas indescriptibles que suceden en cualquier parte de la ciudad. Esas pequeñas cosas que no siempre significan lo que parecen, ni siempre parecen significar algo.

Si existiera ese mirador que dices, si es que no lo has encontrado ya y me lo ocultas para que ande tranquilo, si miraras por él en este instante, que es un instante como cualquier otro, me verías solitario, pero no solo. Me verías contento, pero no del todo. Me verías pequeño, como soy, pero estirándome hacia arriba.

Si miraras por él, si es que no has mirado esta tarde -qué curiosidad tengo de saber cómo demonios lo consigues, tan cerca, tan lejos-, si miraras hasta el fondo de mi abismo con la atención que siempre pones en aquello que me ronda la cabeza, no te subestimes nunca, te verías en él.

Desde el otro mirador, desde ese por el que se sabe lo que siente mi corazón ambiguo y deshilachado, desde ese por el que me muestro camuflado entre líneas discontinuas y sonámbulas, quizás verías el mar.

Siempre me sorprendes, aunque nunca te subestimo. Fíjate que ahora, si existiera ese agujero por el que puedes mirarme, no me extrañaría nada que lo hubieses excavado tú, sólamente con dos dedos.



FRÍO COMO EL INFIERNO

Roma, 1995
Estamos en invierno y esto es Roma
y tú no estás.
Yo voy de un lado a otro
de tu nombre,
lo mismo
que un oso en una jaula;
marco un número;
pongo la radio, escucho una canción
de Patti Smith dar vueltas dentro de Patti Smith
igual que un gato en una lavadora.

Estamos en invierno y yo busco un cuchillo;
miro la calle;
pienso en Pasolini;
cojes una naranja con mi mano.

Y esto es Roma.
La nieve
convierte la ciudad en una parte del cielo,
ilumina la noche,
deja sobre las casas su ángel multiplicado.

Y tú no estás.
Yo cierro una ventana,
miro el televisor,
leo a Ungaretti,
pienso:
la distancia es azul,
yo soy lo único que hay entre tú y este frío.
Estamos en invierno y esta ciudad no es Roma
ni ninguna otra parte.
Miro atrás
y puedo verlo: acabas de apagar una lámpara;
has cerrado los ojos
y sueñas con un bosque;
de repente
alargas una mano,
buscas una manzana
que está en el otro lado de la mujer dormida...

Mientras,
yo odio este mundo frío como el infierno
y el cansancio que caza lentamente mis ojos;
odio al lobo que has puesto en la palabra noche
y la forma en que llenas la habitación vacía.
Odio lo que veré
desde hoy y para siempre: tus pisadas
en la nieve de Roma, donde nunca has estado.

(Benjamín Prado, Todos nosotros, 1998)

domingo, 1 de abril de 2012

La anchura del corazón

La anchura del corazón no se mide en centímetros, sino en ausencias.

No está más alto el que menos suplica, ni mejor amueblada la cabeza que menos se ofusca, ni es más indiferente la piel que menos caricias necesita.

Tampoco se mide el amor en las horas que se tarda en responder una pregunta o una llamada perdida. Ni en el número de veces que una palabra consabida se persigue a sí misma en medio de un párrafo sentimental.

En la escena del sofá los corazones no miden su altura, sino la distancia que los separa. En las lágrimas con las que alguien dice que se va, en la música viscosa con que se escucha un adiós, sólo se mide la voluntad.

Las veces que se pronuncian los "te quiero", la aspereza de los "me da igual", el escozor de los "ya veremos", no sirven tampoco para la medir la altura de una vida que tenemos a distancia de abrazo o de desdén.

Sólo hay algunas formas de temblar que dan la dimensión exacta de un sueño, sólo algunas maneras de cerrar los ojos descubren los dobleces del pasado y consiguen estirarlos en toda su amplitud.

Medirse es inevitable, el modo de saber lo que se quiere y cómo se esperan las palabras que tanto cuesta pronunciar. Y aunque ya hace tiempo que le perdí el miedo a no estar a la altura de la vida, no quiero, de ninguna manera, vivir con un corazón más estrecho que el tuyo.

Te lo digo por si te pareciera verme temblar. Piensa que quizás no sea de frío, sino del miedo que me da que llegue el día en que mi corazón adelgace, se quede en los huesos y mi ausencia te pase desapercibida, como una sombra, como un leve recuerdo que se apaga.


OTRO ROMANTICISMO

"...las aguas del olvido "
Garcilaso

"Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!"
César Vallejo

Te escribo nuevamente desde una tarde helada
de esas en que nos puede el sentimiento
y la obsesión -ese pingajo de la soledad-
te derriba, te ocupa, sienta plaza en tu cuerpo
y, lo más peligroso, te alumbra, te interroga.

Y ves que los renglones se estrechan,
las letras se amontonan
y comprendes el hueco imposible,
el espacio que nunca compartimos
y este bello recurso de contarte la vida
poblando de historia y de sueños
las hojas tibias del dolor
que tanto me recuerdan tus muslos o tu espalda.
Por ellos navegué durante tanto tiempo,
en ellos aprendí tantas cosas extrañas,
tanto golpe de mar,
que parece imposible olvidarte así, de pronto,
como quien tira la luz por la ventana,
como quien se despuebla de golpe de esperanza.

¿Quién puede responder sin ningún truco
a las preguntas viejas, enquistadas,
hechas parte de ti?

¿Quién cruzará de un salto las aguas del olvido
sin sentir cómo quema en la carne la sorpresa de un día,
las sábanas de un día, los cuerpos ofreciéndose,
las ojeras del gozo al amanecer?

¿No volverá el amor ,
aquel juego con náufragos y cofres,
a sorprendernos con su mano abierta,
a dejar en la playa de un hombro
como alga de plata que reposa
la saliva brillante del deseo?

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!

Por eso he de decirte -aunque sea por escrito-
f que está la casa abierta para ti,
que te esperan los libros, el té, mi soledad,
las dudas de las tardes de domingo,
la pequeña verdad
que no se tiene en pie sin tus palabras.

No es posible saber cuando todo enmudece
y la vida se ha vuelto una sórdida esquina
si nos falló el presentimiento
o será que el mercado nos fue tragando
con sus comadres y su algarabía,
que no supimos vernos ni hablarnos
entre anuncios de sopas luminosas,
promesas y altavoces
pregonando los últimos saldos
de la felicidad.

Será que llevaremos inevitablemente
un lenguaje podrido que amarga el paladar
y te pone a escupir en mitad de la urgencia
cuando toda la historia apenas si consiste
en decirnos que sí, que nos amamos.

Y los golpes, tan fuertes, las aguas del olvido,
tan hondas... Yo no sé!

Hay cosas en la vida
que sólo se resuelven junto a un cuerpo que ama.

Y cartas que se escriben
cuando la prisa clava su aguijón
y te deja colgando del alero
y te da por pensar
que es posible que no nos conociéramos
aunque fuimos viviendo el mismo frío,
la misma explotación,
el mismo compromiso de seguir adelante
a pesar del dolor.

(Javier Egea, Paseo de los Tristes, 1982)

martes, 24 de enero de 2012

Me quedaría esperando

Me quedaría esperando, como si fuese el centro de un remolino gigantesco, y todo lo que es y ha sido alguna vez, girara en torno a mí, en espirales concéntricas que van acercándome las cosas por la mera acción de alguna clase de gravedad vital que las acabase precipitando hasta el vórtice sensorial de infinitas dimensiones que esconde el Aleph que soy en este momento.

Desprovisto de los movimientos incesantes de un corazón que tengo suspendido en un punto indeterminado del tiempo, desasistido de respiraciones que me atraganten del aire que necesito periódicamente con una frecuencia variable en función del paisaje fisiológico y de la actividad cerebral desencadenada a través de la emoción de los acontecimientos, podría quedarme esperando como respuesta trivial a los grandes enigmas del universo infinito e infinitesimal en cuya frontera indefinible me hallo desde siempre.

Me quedaría esperando si supiera desentrañar los secretos del lento engranaje impersonal del caos cuántico, si supiera adivinar los designios de los otros mundos unicelulares a los que debo la percepción exacta de mi propio yo binomial de carácter cambiante y, al mismo tiempo, inmutablemente extrapolado sobre la red neuronal que me convierte en un amasijo racional y sincronizado de seres minúsculos y exentos de capacidad de imaginación.

Si el último sueño de pieles redescubiertas encontrase una vía para incardinarse en el tejido de la existencia espacio-temporal, si los neurotransmisores que se dispararon cuando creí que tu otredad andaba a unos pocos milímetros de este vello corporal erizado por la acción profunda del complicado equilibrio de las hormonas impregnadas de un origen imaginario desentramado progresivamente desde la metafísica más abstracta hasta llegar a los límites éticos de la lógica más elemental, me quedaría esperando, no te quepa la menor duda.

Pero es que el médico me ha dicho que ande, que es bueno para la tensión. Que estoy espeso y con sobrepeso.

Tú, que ya anduviste, que no paras, que acaso huyes, sabrás, por tanto, que andar es un sencillo vaivén. Me harías un favor si tomaras mi paso y me hicieras compañía con ese sencillo vaivén tuyo que tanto me gusta cuando, de tanto en tanto, te acercas y me silencias las palabras y el corazón.




miércoles, 4 de enero de 2012

GPS

Tengo el gps estropeado, lo noto. A veces no sé dónde estoy ni cómo he venido a parar aquí. Y no sé si tengo que hacer la rotonda o tomar el cruce.

Supongo, que no lo sé, que a todo el mundo le habrá pasado lo mismo alguna vez, que se estropea el gps que llevamos de fábrica incrustado en el corazón. Lamentablemente, soy un modelo antiguo y ya no cabe garantía que reclamar. Así que tendré que comprarme alguno.

Envidio a aquellos que les funciona perfectamente, esos que siempre saben qué camino tienen que tomar, los que no dudan de su trayecto y nunca miran atrás para ver si se equivocaron en alguna glorieta. Los envidio cuando los veo andar con paso firme, aunque dejo de envidiarlos si los veo llegar a sitios en los que yo no quiero estar.

Quizás sean los satélites, que se han alineado mal. Los vientos estelares, las manchas solares o algún efecto extraño de la gravedad cuando pasamos por mitad de un huracán. Quizás vaya por épocas o por instantes.

O tal vez resulte que también tengas el tuyo apagado, porque el caso es que no te encuentro por ningún lado. Y mira que te busco.

Pero no oigo las voces que me digan "tome la salida 47 dentro de quinientos metros", "siga recto", "pase la rotonda", "cruce a la izquierda". No veo tu icono brillando en el mapa, parpadeando como un sueño que late siempre a la misma velocidad.

Y es que tengo el gps estropeado y a veces te siento tan cerca y otras veces ¡tan lejos!... Incluso hay momentos en que te siento las dos cosas a la vez.

Me da pena quitarme el antiguo, porque, bueno, ya ves, hasta aquí me ha traído. Quizás mi gps tenga arreglo y se ponga a funcionar bien si le das un par de besos. De esos, de los que lo aclaran todo y convierten la meta en el viaje.

¡Ay! No sé. Hasta es posible que, el que esté estropeado, el que no tenga arreglo ni quiera tenerlo, sea yo.



EL CAMINO

Es el camino de la muerte.
Es el camino de la vida…

En la frescura de las rosas
ve reparando. Y en las lindas
adolescentes. Y en los suaves
aromas de las tardes tibias.

Abraza los talles esbeltos
y besa las caras bonitas.

De los sabores y colores
gusta. Y de la embriaguez divina.
Escucha las músicas dulces.

Goza de la melancolía
de no saber, de no creer, de
soñar un poco. Ama y olvida,
y atrás no mires. Y no creas
que tiene raíces la dicha.
No habrás llegado hasta que todo
lo hayas perdido. Ve, camina…
Es el camino de la muerte.
Es el camino de la vida.

(Manuel Machado)

martes, 27 de diciembre de 2011

Cuestiones de tacto

Quiero la fresa de tus labios para relamerme después en ese regusto ácido de la punta de tu lengua. Y que se me entornen los párpados, que me tiemble la voz y se me salga el corazón por los costados.

Mantener contigo más cuestiones de tacto, un roce divino de pieles contrarias y sextos sentidos. Beber gotas de tu pecho, fruncir tu espalda con mis dedos y notar que un hilo de tu voz me advierte del vaporoso placer de asomarme adentro.

Y cuando se enreden las piernas y nos olviden los pies fríos, cuando nos hayamos quitado de encima este silencio infinito y estemos tan en el centro y tan cerca que no podamos entender lo que pasa fuera, quiero que me arropes en mitad de un suspiro, que me suspendas en el filo de un terremoto y me pares el tiempo en ese instante.

Para darme un sitio al que volver cuando -como ahora-, ya sea demasiado tarde y sólo pueda buscarte entre los escombros de la memoria.


MITO

Mito
mito mío
acorde de luna sin piyamas
aunque me hundas tus psíquicas espinas
mujer pescada poco antes de la muerte
aspirosorbo hasta el delirio tus magnolias calefaccionadas
cuanto decoro tu lujosísimo esqueleto
todos los accidentes de tu topografía
mientras declino en cualquier tiempo
tus titilaciones más secretas
al precipitarte
entre relámpagos
en los tubos de ensayo de mis venas.

(Oliverio Girondo, En la másmedula, 1963)

lunes, 19 de diciembre de 2011

La postura del vocabulario

Hay palabras que se miran y hay palabras que se huelen. Palabras que tienen varios sentidos, palabras que señalan en diversas direcciones.

También hay palabras que se palpan. Otras duelen, otras ríen, otras lloran. Y hay palabras, incluso, que se escuchan, simplemente, como si el viento se frotase contra las hojas.

He descubierto recientemente, aunque tal vez sólo era una infidelidad de mi memoria, que hay palabras horizontales, verticales y oblicuas. Que hay palabras sinuosas y directas, que hay palabras planas y curvas. Que los vocabularios cambian con la postura, que el mensaje se entiende mejor con la posición a favor.

Las mismas palabras que tantas veces le he oído, una vez pude sentirlas horizontales. Pero, y esto es lo verdaderamente importante, desde entonces, cada vez que las escucho, finas y lejanas, gruesas y al oído, cada vez que me las trae un flujo de viento, la corriente continua de la bioquímica o del silicio, todo lo que soy se vuelve apaisado durante un instante, ese instante en que el presente y el horizonte se enredan en equilibrio.

Y por eso manifiesto que tengo la intención recursiva de cambiar a horizontal la postura de mi vocabulario cada vez que nos encontremos en cualquier realidad vertical, oblicua o con forma de muelle. Porque estoy seguro de que la postura de nuestra palabra, siempre es la misma que la del corazón que nos escucha.




ARIDANDANTEMENTE

Sigo
solo me sigo
y en otro absorto otro beodo lodo baldío
por neuroyertos rumbos horas opio desfondes
me persigo
junto a tan tantas otras bellas concas corolas erolocas
entre fugaces muertes sin memoria
y a tantos otros otros grasos ceros costrudos que me opan
mientras sigo y me sigo
y me recontrasigo
de un extremo a otro estero
aridandantemente
sin estar ya conmigo ni ser un otro otro

(Oliverio Girondo, En la másmedula, 1956)

domingo, 4 de diciembre de 2011

La sombra del pájaro

A estas horas, mientras el día se va acomodando y nadie se acuerda de Santa Bárbara, este sol de invierno, blanquecino y tenue, entra por la ventana, me ataca por la espalda y deja impresa la sombra de mi cabeza sobre la pantalla.

Afuera, en el patio, un pájaro anónimo, ha pasado volando por la ventana un instante, el tiempo suficiente de dejar sus sombra de alas abiertas cerca de mí, sobre la pared primero y, brevemente, atravesándome la cabeza de lado a lado.

Me ha parecido un momento único, de esos que una cámara jamás podrá reflejar de forma exacta. Pero lo asombroso es que, durante la perplejidad de un pensamiento, el mismo pájaro anónimo u otro distinto, han vuelto a asomar su sombra grácil y minúscula sobre el encuadre de la pantalla y, en un aleteo, me ha despertado las metáforas.

Es cierto. Cierto pájaro con sombra ha transformado las nueve y poco en las nueve y pico, ha tornado un cuadro solitario en un paisaje, ha escrito en la sombra su propia silueta abierta de alas. Y el sol, siempre, a la espalda, blanquecino y tenue.

Nunca vuelven las oscuras golondrinas, ya tengo edad suficiente para aborrecer a Bécquer, pero el juego de las sombras me inquieta aún, me anima los sueños y me desvela las horas a las que me hago el dormido.

Así que escribo de la sombra de otros días y proyecto la silueta de mi cabeza quieta en la pantalla como una trampa de sombras hecha con letras. De tanto en tanto, algún pájaro anónimo cruza su sombra con la de mi cabeza y me deja unas huellas escritas, curiosamente, cuando ya el sol no percute en las ventanas.

Tal vez si la sombra que yo dejase aquí fuera la de mi corazón de hombre equivocado, me dolería con palabras cada vez que la sombra del pájaro la atravesara.




LA SOMBRA DE OTROS DÍAS


Pero, ¿alguien ha existido alguna vez
que no se retorciera de dolor por la dicha pasada?
John Keats

Bien lo sé, somos criaturas del aire,
de las corrientes aguas, puras, cristalinas,
de los árboles que se están mirando en ellas.
En un instante sube por nuestros brazos,
salvaje y espléndida,
la inmediatez de la vida;
al siguiente algo nos dice
que muy pronto será tarde y será octubre.

Pero seamos cautos:
a la sombra de otros días
esperan
el dulce veneno de los versos
y el mar abierto a la aventura.
A un paso del infierno
acecha el paraíso.

(Ángeles Carbajal, La sombra de otros días, 2002)

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Retrato

Ando buscando otra luz en la que bañarte,
acércate a la ventana, vamos, destensa el pasado,
pierde la vista en aquel horizonte.

Quieta, así, tranquila, quiero capturar
en el poema ese brillo que tienen tus ojos
cuando me dices lo que no me dices,
cuando después lo niegas todo.

Relaja las manos, como cuando acaricias,
desabróchate otro botón, deja que el corazón
se te adivine por el borde de la camisa,
humedécete los labios.

Quieta, así, gira un poco la esperanza
pero sin mover los hombros,
baila mientras te miro, detén el reloj y el escorzo,
sonríe como cuando iluminas las tardes,
muéstrame un poco más del cuello que espera un beso,
entorna la distancia para que no duela,
cruza un poco las piernas por debajo de la mesa,
déjame mirar más adentro.

Quieta, así, no te muevas, calma,
que quiero pintarte en un poema
y estoy buscando la mezcla de palabras
que rima con la textura de tu piel,
ando detrás del color que te imprime la risa
sobre un paisaje de otoño.

Eso es, eso, así, quieta.
Por favor, ahora no muevas el corazón,
déjame que te pinte así en este poema,
como si me quisieras al leerlo,
como si escribiéndolo te quisiera yo...

martes, 1 de noviembre de 2011

La búsqueda real

Érase una vez una princesa, guapa y dulce, pero triste, muy muy angustiada con un problema y con muchas incertidumbres.

Un día, la princesa decide ir por el reino contando su problema a ver si alguien le ofrece una solución a sus males, que son los mismos males de todos.

Cuando se lo contó al juez, recibió una sentencia fría y sin azúcar.
Cuando se lo contó al médico, recibió un diagnóstico ambiguo.
Cuando se lo contó al sicólogo, recibió una larga y extenuante terapia.
Cuando se lo contó al farmacéutico, recibió pastillas posiblemente adictivas.
Cuando se lo contó a su hermana, recibió una fe posiblemente verdadera.
Cuando se lo contó a sus padres, recibió la preocupación de la impotencia.
Cuando se lo contó a su marido, recibió el cariño de la incredulidad.
Cuando se lo contó a otras esposas, recibió consejos por empatía.
Cuando se lo contó a su amante, recibió besos tibios como excusa.
Cuando se lo contó a una amiga, recibió pena por compasión.
Cuando se lo contó a otra, recibió problemas ajenos por sordera.
Cuando se lo contó al funcionario, recibió una baja laboral por depresión.
Cuando se lo contó a la maestra, recibió lecciones sobre otro tema.
Cuando se lo contó al sacerdote, recibió la absolución por penitencia.
Cuando se lo contó al poeta, recibió rimas sobre la primavera.
Cuando se lo contó al bebé, recibió ternura hecha de gorgoritos.

Cogió todo lo que había recibido y lo revisó minuciosamente esperando encontrar la solución. Pero no consiguió encontrarla.

Por ese tiempo, había también un príncipe triste por todas sus angustias y sus dudas, que decidió algo parecido pero contrario: fue por el reino preguntando preocupaciones a sus súbditos, esperando encontrar a alguien que tuviera también las suyas.

El juez le confesó que había sido víctima de una injusticia.
El médico le explicó su desorden fisiológico.
El sicólogo le contó el aburrimiento que sufría en las terapias.
El farmacéutico le explicó sus propias contraindicaciones.
Su hermana le habló del espesor de la sangre que se diluye.
Sus padres le confesaron el secreto de las croquetas.
Su mujer le explico el desamor verdadero.
Sus hijos le abrumaron con el reparto de la herencia.
Su amante le habló de la incomodidad de los escondrijos.
Una amiga le explicó cuánto duele lo perdido, y otra, cuánto duele no poder perder lo ganado.
El recepcionista le contó su problema de insomnio.
La maestra le contó la angustia que le producía su ignorancia.
El sacerdote lloró en su hombro una falta de fe.
El poeta le confesó su amor por los números.
Y el bebé sonrió ajeno a sus preguntas.

De este modo, recogió aquellos problemas intentando reconocer los suyos, pero no lo consiguió.

A veces sucede en los cuentos, y en la vida real, que una princesa que deambula se topa contra la barra de un bar y, al mismo tiempo hay un príncipe que se asoma dentro de su escote. Y puede suceder que se pregunten, que se contesten, que confiesen y que investiguen las cosas que tantas vueltas le dan en la cabeza.

Y los principes de este cuento, que eran de reinos alejados y distintos, se contaron sus historias respectivas, sus periplos personales, sus búsquedas y sus resultados... Y sucedió que en ese entresijo de intimidades, se olvidaran de sus reinos y de sus coronas. Incluso podría decirse que se olvidaron por un momento de sus problemas al despojarse de la ropa y besarse desnudos.

Conozco bien lo ocurrido porque soy el narrador de este cuento tan real pero fantástico. Y como lo conozco, sé que se despidieron felices después de haberse tocado el corazón. Porque hay problemas imaginarios que solo pueden solucionarse olvidándolos y hay asuntos en este mundo que solo puede enviarlos al olvido otro asunto mayor, o mejor, o más nuevo.

Y se fueron sabiendo lo que es imprescindible tener muy claro: que los seres humanos sólo dan lo que saben dar y que uno sólo recibe aquello que sabe recibir. Porque ella le dio preguntas y él ofreció sus oídos. Porque él recibió sus propias dudas y ella encontró sus misma angustia. Porque, en fin, solo sabemos dar eso que estamos acostumbrados a recibir.

Sus problemas continuaron, eso sí por separado, porque así continuan todos los problemas incluso después de un colorín colorado. Pero, ciertamente, las perdices se alegraron mucho de estos nuevos tiempos que corren en los cuentos.





YO NO LO SÉ DE CIERTO

Yo no lo sé de cierto, pero supongo
que una mujer y un hombre
algún día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.

Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.

Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.

(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo)

(Jaime Sabines, Horal, 1950)

martes, 4 de octubre de 2011

Me persiguen los silencios

Amaneció un día sin hojas secas
revueltas por el frío o por la distancia,
un día sin miedo,
y yo quise pintarlo de antiguo,
de cuando buscaba rosas en mayo.

La mañana se hizo suspiro
sobre las rayas horizontales de la camisa,
alrededor de la espiral de los volantes,
mientras se apartaban las montañas dejando paso.

Pero al llegar me persiguen los silencios, todos
los silencios propios y los ajenos me persiguen.
Todas las paradas, los semáforos, los atascos
me atenazan la saliva, el corazón me palpita
como una bomba, todas las manos
se me llenan de bolsillos y me persiguen
todos los humos del silencio, todas las esquinas
que guardan algún secreto.

Es verdad que mi corazón silencioso
es un verso roto e incontable,
un corazón que nunca rima,
que hace grumos inútiles
cuando se revuelve y salpica el pasado.

Es verdad que todos mis pasos penden del hilo
de una carcajada que flota en el aire,
que respiro sin estilo, que mis secretos
son bromas ya muy conocidas,
que la luz en donde veo destellos
no me impide equivocarme
ni que me duelan contra el suelo las rodillas.

Pero también es cierto que las hojas secas
pueden llegar a todos los caminos
y venir de todas partes,
así que resoplemos fuerte,
tropecemos erguidos, mantengamos en equilibrio
las heridas y el cansancio,
y desarruguemos la frente.

Nadie está a salvo, no es bueno confiarse,
porque desde cualquier vida que uno cuente
¡es tan sencillo despeñarse!