ÉCHALE A ÉL LA CULPAA José María Álvarez y Carmen Marí
Hoy te has ido de fiesta con amigas,
y sin que tú lo sepas me regalas
un tiempo de estar solo que ya empieza
a ser raro en mi vida, un tiempo útil
para intentar pensar en ti como si fueras
lo que siempre debiste seguir siendo
cuando pensaba en ti: aquella persona,
en todo semejante a cualquier otra,
que una noche lejana tuvo el gesto
generoso y extraño de entregarme su amor.
Pero el amor nos cambia, nos convierte en espías
ridículos del otro, en implacables jueces
que condenan sin pruebas y comparten
sus estúpidas penas con el reo.
El amor nos confunde y trata ahora
de que vea en tu fiesta una traición.
Por huir de esa trampa me amenazo
con los nombres que cuadran al que cae en su vacío:
egoísta, ridículo, inseguro, celoso...
Y como un ejercicio de humildad pienso en ti
divirtiéndote sola: te imagino bailando
y mirando a otros hombres;
al calor del alcohol
confiesas a una amiga algunas cosas
que te irritan de mi sin que yo lo sospeche,
y por unos instantes saboreas
una vida distinta que esta noche te tienta
porque eres humana, aunque no me haga gracia.
Ahora caigo en la cuenta de que dudas
como yo dudo a veces, y que también te aburres,
y que incluso algún día habrás soñado
follar como una loca con el tipo que anuncia
la colonia de moda.
Para calmarme un poco
tras la última idea, yo me digo
que el amor es un juego donde cuentan
mucho más los faroles que las cartas,
y procuro ponerme razonable,
pensar que es más hermoso que me quieras
porque existen las fiestas, y las dudas,
y los cuerpos de anuncio de colonia.
Lo que quiero que sepas es que entiendo
mejor de lo que piensas ciertas cosas,
que soy tu semejante, que he pensado besarte
cuando llegues a casa; y que es el amor
-ese tipo grotesco y marrullero-
el que va a hacerte daño con palabras
absurdas de reproche cuando vuelvas,
porque ya estás tardando, mala puta.
(Vicente Gallego, La plata de los días, 1996)
Deambulando por la noche, a las horas en que el universo cabe dentro de mí, he encontrado estas historias que me quitan el sueño, pero me dan la vida.
sábado, 7 de julio de 2012
Semejantes
viernes, 8 de abril de 2011
Cada mudanza es un retorno
A las paredes no les conviene
afeitarse con el filo de las mudanzas.
Comienzan a supurar los matices, las marcas
que el tedio de los años fue amontonando,
las heridas con que el terco mobiliario se resiste
a traicionar la geometría de los armarios.
La mudanza va desgajando en cristales
las luces que parecían estar encendidas
y las estancias desnudas se tapan con el eco
de los últimos pasos del insomnio por la cocina.
Una casa vacía es un fetiche que se profana,
una ventana cerrada que solo deja entrar sombras,
es un verso fielmente intraducible a otro idioma
que no sea el lenguaje de las sábanas.
Uno pone las mismas piezas en otra casilla
con la táctica sencilla de dividir el sueldo,
pero siempre es el mismo tablero, la misma dama.
Una mudanza es un juego violento, un movimiento
de enroque sobre paredes recién afeitadas.
Cada mudanza es un retorno que deja
restos de amargura bajo las uñas,
abalorios heridos de muerte entre las bolsas,
un polvo desolado en el silencio
y la luz tenue de las horas muertas.
Por sutil que sea la mano que mece la pintura,
por bien envueltas que vayan
las lámparas hacia el precipicio,
aunque al salir se cierre la puerta
con mucho mimo y muy despacio,
todas las mudanzas incorporan de serie
las aspereza del tiempo de los abogados.
Cada mudanza es un retorno, un convenio roto
que tenían el futuro y el pasado,
cada mudanza es un retorno al otro sitio inevitable,
ese que ya nadie recordaba,
el tiempo anterior a que un nosotros
fuese un tú y un yo inhabitable.