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sábado, 29 de septiembre de 2012

Juego de niños

Y algunos niños idiotas han encontrado por las cocinas
pequeñas golondrinas con muletas
que sabían pronunciar la palabra amor.
F.G.LORCA

“E-cinco” dijiste la primera vez; como si nada, lo primero que vino a tu mente, cosas del azar. Yo me sentí tocado nada más empezar este juego de secretos, cavilando el roce de las miradas desatadas que nos propinamos sin querer.

“E-seis”, continuó tu maniobra, y me volviste a tocar. Yo estaba contento porque, en el fondo, a todos nos gusta ser descubiertos en otras manos suaves y blancas. Después de eso, ya se sabe que con un solo beso se alteran las brújulas y se redibujan las cartas de navegación.

Bastó poco para que afinases la puntería con un ”E-siete”. Me dejaste herido de muerte, hundido sin remisión en tus ojos, deseando que tu abordaje me durara para siempre.

Hice trampa, ahora puedo confesártelo, y, sin que tú me vieras, moví mi corazón un poquito para que pudieras darle más fácilmente. Y en verdad que no hubiera hecho falta, porque hay algo en tus ojos que me adivina el rumbo, desde el principio; como hay algo en tu boca que mueve todos los vientos a tu favor.

Pero ahora que es mi turno de estar hundido, ahora que tu recuerdo me tiene ahogada la voz, te escondes detrás del tablero y, a todos los números y letras que digo, siempre me respondes con lo mismo: agua, agua, agua...

Y nunca acierto a tocarte el corazón.



CONSEJOS

Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
—así en la costa un barco— sin que al partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;
porque la vida es larga y el arte es un juguete.
Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera,
aguarda sin partir y siempre espera,
que el arte es largo y, además, no importa.

(Antonio Machado, Campos de Castilla, 1907-17)

viernes, 8 de abril de 2011

Cada mudanza es un retorno

A las paredes no les conviene
afeitarse con el filo de las mudanzas.


Comienzan a supurar los matices, las marcas
que el tedio de los años fue amontonando,
las heridas con que el terco mobiliario se resiste
a traicionar la geometría de los armarios.


La mudanza va desgajando en cristales
las luces que parecían estar encendidas
y las estancias desnudas se tapan con el eco
de los últimos pasos del insomnio por la cocina.


Una casa vacía es un fetiche que se profana,
una ventana cerrada que solo deja entrar sombras,
es un verso fielmente intraducible a otro idioma
que no sea el lenguaje de las sábanas.


Uno pone las mismas piezas en otra casilla
con la táctica sencilla de dividir el sueldo,
pero siempre es el mismo tablero, la misma dama.
Una mudanza es un juego violento, un movimiento
de enroque sobre paredes recién afeitadas.


Cada mudanza es un retorno que deja
restos de amargura bajo las uñas,
abalorios heridos de muerte entre las bolsas,
un polvo desolado en el silencio
y la luz tenue de las horas muertas.


Por sutil que sea la mano que mece la pintura,
por bien envueltas que vayan
las lámparas hacia el precipicio,
aunque al salir se cierre la puerta
con mucho mimo y muy despacio,
todas las mudanzas incorporan de serie
las aspereza del tiempo de los abogados.


Cada mudanza es un retorno, un convenio roto
que tenían el futuro y el pasado,
cada mudanza es un retorno al otro sitio inevitable,
ese que ya nadie recordaba,
el tiempo anterior a que un nosotros
fuese un tú y un yo inhabitable.