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viernes, 23 de marzo de 2012

El animal acuático origen del mundo

La ola que siempre regresa,
la sal que corrompe la química,
la corriente que te arrastra.
La piedra que se desmorona en arena
y se transforma en monte y en playa.

Soy un animal acuático, un animal
pegado a una roca, soportando
los embates de la espuma.
El tiempo pasa despacio
cuando se nada en mares de dudas.

¡Tantas dudas y un solo mar!
¡Tantas palabras y una sola abertura!

Soy un animal acuático, un animal
pegado a una hendidura antigua,
soportando los embates húmedos
de las mentiras y la media verdad.
El tiempo pasa de prisa
cuando las olas siempre regresan
y las rocas se desmoronan
y te escuece en los ojos la sal.

Yo soy un animal acuático constante,
pensativo y visceral,
soy el origen del mundo.

Nada me da más miedo
que los granos de arena
y los vasos de agua.



EL ORIGEN DEL MUNDO

A Felipe Benítez Reyes

No se trata tan sólo de una herida
que supura deseo y que sosiega
a aquellos que la lamen reverentes,
o a los estremecidos que la tocan
sin estremecimiento religioso,
como una prospección de su costumbre,
como una cotidiana tarea conyugal;
o a los que se derrumban, consumidos,
en su concavidad incandescente,
después de haber saciado el hambre de la bestia,
que exige su ración de carne cruda.

No consiste tan sólo en ese triángulo
de pincelada negra entre los muslos,
contra un fondo de tibia blancura que se ofrece.
No es tan fácil tratar de reducirlo
al único argumento que se esconde
detrás de los trabajos amorosos
y de las efusiones de la literatura.

El cuerpo no supone un artefacto
de simple ingeniería corporal;
también es la tarea del espíritu
que se despliega sabio sobre el tiempo.
El arca que contiene, memoriosa,
la alquimia milenaria de la especie.

Así que los esclavos del deseo,
aunque no lo sospechen, cuando lamen
la herida más antigua, cuando palpan
la rosa cicatriz de brillo acuático,
o cuando se disuelven dentro de su hendidura,
vuelven a pronunciar un sortilegio,
un conjuro ancestral.
Nos dirigimos
sonámbulos con rumbo hacia la noche,
viajamos otra vez a la semilla,
para observar radiantes cómo crece
la flor de carne abierta.

La pretérita flor.

Húmeda flor atávica.

El origen del mundo.

(Carlos Marzal, Metales pesados, 2001)


Gustave Courbet (1819-1877) 
El origen del mundo1866
 Óleo sobre lienzo
 Alt. 46; Anch. 55 cm.
 París, museo de Orsay
 © photo RMN

martes, 19 de julio de 2011

Viaje

Ir para volver. Cambiar de contexto, estirar los brazos y los ojos, suprimir las ataduras y dejarlas al mínimo.

¿A dónde vas este verano? Y uno contesta, en función de muchas circunstancias afectivas y económicas, que se viaja a Malasia, a Bali, a Nueva York, a Galicia, a Cantabria, a Valencia, a la playa o a un bar chiquitito de la calle Navas.

No es que no lo sepan, es que se olvida que un viaje solo es viaje si acaba en el punto de partida. Cualquier otra cosa, acaba siendo una huida. Van, pero para volver, esa es la meta.

Y para el camino, hay que ir preparando el equipaje. Darse cuenta de todo lo que no nos va a hacer falta, ignorando que solo a la vuelta se puede saber lo que se ha echado de menos.

¿A dónde voy yo este verano? ¿No te lo he dicho todavía? Este verano me voy de viaje hacia septiembre. Tengo el billete en la mano y el equipaje preparado. Llegue como llegue, sólo entonces sabré qué es lo que verdaderamente voy a echar en falta.

Lo que nunca se termina de saber, ni a la ida ni a la vuelta, es quien te ha echado de menos a ti. Ni por qué.


POÉTICA

Porque apenas recuerdo
la vida no vivida
voy dejándola escrita
en unos cuantos versos.


(Javier Bozalongo, Viaje improbable, 2008)


NUBE DE NADA

Hay un lugar en que la vida tiembla
ante el viento y la noche
igual que un pensamiento equivocado.
Un lugar de cristal que alguien ha roto
y en que ya no andará descalza la inocencia.
Un lugar en que flota
el cadáver de un niño ahogado en un mar de relojes
que giran con el dolor de los juguetes averiados.
Y ese mar suena a orquesta de difuntos que interpreta
las partituras indescifrables del tiempo.
Y hay un baile de espectros incesantes,
y sus rostros son los mismos de aquellos
que andaban por la casa, que hablaban de viajes y países,
que traían regalos de ultramar,
cuando tenía
antifaces la vida, y era la dama loca
que se abría como una flor de nieve
cada día en los ojos
que miraban asombrados los naufragios
de los buques fantasmas,
el vuelo de las cometas en la playa errabundas
y la fugacidad
de los castillos de pólvora, al final de los veranos eternos,
cuando se desgarraban los toldos por el viento y volaban
por las calles vacías los sombreros perdidos,
plumas de gaviotas y arenisca, los jirones
de carteles de cines y de circos
que traían el silbido de las balas,
la furia de las fieras
y los ojos vendados del lanzador de cuchillos
ante la ruleta de la muerte.
Hay un lugar en que aún suenan
los broncos abordajes de piratas a los barcos británicos,
el rugido de tigres de Bengala
y la sonrisa rota
de los magos de Holanda y de Turquía.
Hay en ese lugar
imágenes borrosas de mujeres
en cuartos de hotel, en asientos
traseros de unos coches furtivos, parados en los bosques
como brillantes amuletos de juventud;
imágenes borrosas de mujeres
en alcobas prestadas, en pasillos
de edificios que tienen
la condición de laberintos recordados.
Hay un lugar en que recorren
las sierpes del rencor la arena blanca.
Hay un lugar en que todo está dicho
y todo está perdido.
Y ese lugar —apréndelo— es tu corazón.

(Felipe Benítez Reyes, El equipaje abierto)