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lunes, 4 de junio de 2012

Por si luego no puedo

Voy a pronunciar "amor",
por si luego no puedo, por si luego
una ceniza se me atraganta,
por si luego
la lengua se me llena de espinas
y se me parte en demonios.

Voy a pronunciar "vida",
muchas veces, por si luego no puedo,
por si luego el corazón se me estriñe y los días
me pasan por encima como losas de marfil
o la memoria se me pierde en un instante
que no pudo ser el verdadero.

Voy a pronunciar "siempre",
aun sabiendo que no llegara el día,
por si luego no puedo, por si luego
no es luego sino nunca,
por si luego
todo lo que quede de mí sea una mentira
tendida a la intemperie.

Voy a pronunciar "ven conmigo",
en voz alta, muchas veces,
por si luego no puedo encontrar una llamada
que escuchar desde tus labios.

Y voy a pronunciar "lágrima",
por si luego no sé, por si luego
la lluvia de sal me inunda
y sigo sin saber nada
de todo lo que dices que sé.



POEMA DOBLE DEL LAGO EDEM

...Quiero llorar porque me da la gana
como lloran los niños del último banco,
porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja,
pero sí un pulso herido que sonda las cosas del otro lado.

Quiero llorar diciendo mi nombre,
rosa, niño y abeto a la orilla de este lago,
para decir mi verdad de hombre de sangre
matando en mí la burla y la sugestión del vocablo...

(Federico García Lorca, Poeta en Nueva York)

viernes, 23 de marzo de 2012

El animal acuático origen del mundo

La ola que siempre regresa,
la sal que corrompe la química,
la corriente que te arrastra.
La piedra que se desmorona en arena
y se transforma en monte y en playa.

Soy un animal acuático, un animal
pegado a una roca, soportando
los embates de la espuma.
El tiempo pasa despacio
cuando se nada en mares de dudas.

¡Tantas dudas y un solo mar!
¡Tantas palabras y una sola abertura!

Soy un animal acuático, un animal
pegado a una hendidura antigua,
soportando los embates húmedos
de las mentiras y la media verdad.
El tiempo pasa de prisa
cuando las olas siempre regresan
y las rocas se desmoronan
y te escuece en los ojos la sal.

Yo soy un animal acuático constante,
pensativo y visceral,
soy el origen del mundo.

Nada me da más miedo
que los granos de arena
y los vasos de agua.



EL ORIGEN DEL MUNDO

A Felipe Benítez Reyes

No se trata tan sólo de una herida
que supura deseo y que sosiega
a aquellos que la lamen reverentes,
o a los estremecidos que la tocan
sin estremecimiento religioso,
como una prospección de su costumbre,
como una cotidiana tarea conyugal;
o a los que se derrumban, consumidos,
en su concavidad incandescente,
después de haber saciado el hambre de la bestia,
que exige su ración de carne cruda.

No consiste tan sólo en ese triángulo
de pincelada negra entre los muslos,
contra un fondo de tibia blancura que se ofrece.
No es tan fácil tratar de reducirlo
al único argumento que se esconde
detrás de los trabajos amorosos
y de las efusiones de la literatura.

El cuerpo no supone un artefacto
de simple ingeniería corporal;
también es la tarea del espíritu
que se despliega sabio sobre el tiempo.
El arca que contiene, memoriosa,
la alquimia milenaria de la especie.

Así que los esclavos del deseo,
aunque no lo sospechen, cuando lamen
la herida más antigua, cuando palpan
la rosa cicatriz de brillo acuático,
o cuando se disuelven dentro de su hendidura,
vuelven a pronunciar un sortilegio,
un conjuro ancestral.
Nos dirigimos
sonámbulos con rumbo hacia la noche,
viajamos otra vez a la semilla,
para observar radiantes cómo crece
la flor de carne abierta.

La pretérita flor.

Húmeda flor atávica.

El origen del mundo.

(Carlos Marzal, Metales pesados, 2001)


Gustave Courbet (1819-1877) 
El origen del mundo1866
 Óleo sobre lienzo
 Alt. 46; Anch. 55 cm.
 París, museo de Orsay
 © photo RMN

domingo, 4 de septiembre de 2011

Dejar las adicciones

Me quiero quitar del tabaco, pero me cuesta. No sé qué hacer con las manos y noto una especie de llamada interna, un ahogo inespecífico que me sacude los pulmones, cuando no tengo la cabeza ocupada. Me cuesta, pero voy a dejarlo.

También quiero dejar de comer, no del todo, pero sí entre horas, entre minutos diría más bien. Comer lo justo para mi tipo de vida, pero me cuesta. A veces noto una ansiedad que me envenena, un deseo irrefrenable de frutas o de sal, una oquedad en el estómago que se expande al resto del cuerpo, como si tuviese un pie metido en el vértigo de estar al borde de un precipicio. Me cuesta, pero voy a dejarlo.

Quizás debería dejar de soñar, dejar de escribir bobadas en verso, coger la cuenta corriente por el haber y retorcerla hasta que suene a dinero. Cobrar los favores en carne y venderme bien, por lo menos, a mejor precio. Quizás debería también fabricarme un currículum a base de títulos inútiles o sacarme algún carnet de esos que luego te piden para ascender. Me costaría, puede que ya sea tarde, lo sé, pero también sé que si me empeño...

Entonces, mientras pienso en ello, te veo después de tanto tiempo y no sé qué hacer con las manos si te tengo cerca y noto una especie de llamada interna, un ahogo inespecífico que me sacude los pulmones, cuando me tienes ocupados los ojos y la cabeza.

Y noto una ansiedad que me envenena cuando estás sentada a mi lado y casi me rozas, siento un deseo irrefrenable de frutas o de sal, me oprime una oquedad en el estómago que se expande al resto del cuerpo, como si tuviese un pie metido en el vértigo de estar al borde de un precipicio.

Hay adicciones que no quiero dejar, ni siquiera en septiembre, que es cuando uno se propone todo lo que no consigue.