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domingo, 9 de diciembre de 2012

Cuatrocientos golpes


Él era un profesional de cierto prestigio local, tenía don de gentes y un físico agradable, según diversas opiniones femeninas.

Un día resolvió dar el salto. Dejó mujer, hija, casa y empleo. Se fue a Madrid con una buena oferta de trabajo y decidido a convivir con su amante de toda la vida. Salió en todos los periódicos como noticia local y en todas las maledicencias, en portada.

Le he visto un año después, a lo lejos, tan a lo lejos como lo conocía... Y me han contado la resultante. Que su amante dejó de amarlo al tenerlo tan de cerca, que la buena oferta no era tan buena y que Madrid es demasiado Madrid para alguien de provincias. Que su hija no quiere ni verlo, pero que su ex está deseando que comparezca en el juicio. Y que vive en casa de sus padres porque el paro no da para un alquiler.

Los sueños no siempre se cumplen y, lo que se cumple, no siempre son sueños. Nadie puede decir, sinceramente, que está preparado para una experiencia parecida, porque es imposible levantar los pies del suelo sabiendo que va a romperse la cuerda.

El alma caritativa que corrió a relatarme el sucedido, quiso poner la guinda melodramática contándome, bajo secreto, una terrible confesión que le hizo el propio individuo: "Me he equivocado en todo y me queda toda la vida para pagarlo".

Mi interlocutor se quedó mirándome, como esperando algún comentario compasivo o perverso, otra puntilla para el árbol caído o una tirita para su lengua. O quien sabe si, al mismo tiempo, pretendía evaluar cuánto me afectaba el caso, indagando en la complicidad de mi respuesta.

Me acordé de la otra certeza, pero no se lo dije. En cambio, le expliqué que equivocarse en todo es tan difícil como acertar siempre. Esa es una irrefutable verdad de números.

Que la posibilidad de que la vida pueda ser peor que ahora, no hace que nos guste más la que tenemos, todo lo contrario, hace que nos sintamos todavía más atrapados y sin salida. Que si lo último que hay que perder es la esperanza, de lo primero que hay que deshacerse es de la resignación. Y que la vida es muy ancha, que le brotará por otro nudo una rama nueva.

Yo tampoco estoy preparado para eso, claro que no, nadie puede estarlo. Ni ha dejado de darme un miedo atroz el descalabro, pero ya no me paraliza. Lo que sí que estoy perdiendo del todo es la resignación. Y lo cuento sentado en el columpio, como el que estira los pies y los levanta del suelo para mecerse suavemente. O caer de boca en el charco que siempre hay debajo.

Quiero ver el mar, bañarme, embriagarme con sus olas y que me ponga horizontal el horizonte. Quiero ver el mar.

Aunque en cada abrazo salado que consiga darle todo el mundo me señale como a un desertor. Aunque sea ese mismo mar en el que me ahogue y me tenga guardados sus cuatrocientos golpes para dármelos uno a uno.



Vamos, ayúdame a mantener mis sueños en pie.
Por si noto que me faltas, quiero desencadenar el artificio y mantenerlo encendido para que quien trazó laberintos encuentre su salida.

Me llevo los deseos de año nuevo y ese ruido de agua hirviendo que me sigue sonando en el corazón.

Lo que ya no quiero es seguir vendiendo humo. Sino comprar cada día todas esas cosas que no me habían pasado nunca.


LA OTRA CERTEZA

Algunas veces,
el aire que impulso me deja sordo,
se arruga, se encoge, se frunce
hasta quedarse rancio.
Y no se apagan las velas cuando soplo.
Y aquel pastel, que parecía tan dulce,
lo mastico muy amargo.

Algunas veces,
la noche no empieza con caricias,
no rasga su velo con un susurro menor
y el rostro del amor
no se transfigura en orgasmo.

Es entonces
cuando más necesito un error.
Cuando más lo rebusco a fondo
con un ansia imposible,
urgido por la oquedad
que me crece en el pecho.

Y sólo me deja tranquilo —y solo—,
la necesaria, la imprescindible certeza
de haberme equivocado en algo.
Para ahuyentar la otra certeza,
la de esta nausea infinita
que me acusa, algunas veces,
de haberme equivocado en todo.

domingo, 21 de octubre de 2012

Crisálida

He descubierto esta mañana una crisálida en el jardín que, colgando de una brizna de hierba doblada por el peso sobre el hormigón que separa los parterres, parece estar en el acantilado de una costa minúscula que se abre al océano de un charco.

Ahí en el filo, mirando abajo, el mar parece liso, inocuo, blando. El viento se restriega contra la espuma y te la deja respirar para que se llenen tus pulmones de aventura.

No parece tan alto el abismo cuando me revientan en las manos las ganas de volar. No parece tan terrible besar el agua, no te la imaginas tan fría como la que viene de la melancolía de mirar atrás con una lágrima en la mejilla.

El vértigo es juez y testigo de la endeblez de tus piernas cuando las llama el abismo con un eco imperceptible de ondas en azul. No se puede contener la inquietud que late en el pecho, ni las alas que da el deseo, ni la asfixia de la virtud.

Asomado al precipicio, en el borde del acantilado, nada importa saber si es pecado avanzar o cobardía retroceder. Ni si es mejor ganar o perder un equilibrio tan desesperado que sólo puede apoyarse en la imaginación.

Morir mariposa o vivir gusano. Ahora y desde hace un tiempo, en la crisálida del patio, esa es la cuestión.



EL ESPLENDOR DE LA METAMORFOSIS

Has ganado la punta de maldad que necesitan los buenos para
ser auténticamente buenos.

Has ganado la pizca de obscenidad que necesitan las mujeres
para ser auténticamente misericordiosas.

Has ganado la docena de escaleras, recámaras y dobles fondos
que necesitan los cerebros para ser auténticamente imaginati-
vos y precisos.

Has ganado un par de kilos, pero te sientan como a una diosa
anterior a la era de las liposucciones.

El cambio, de un día a otro, es infinitesimal. Pero los días se van
endeudando con semanas, las semanas imponen normas a los
meses, los meses profieren rigurosas últimas advertencias contra
los años, imperceptiblemente y sin claudicaciones

han pasado cuatro años y eres otra
la metamorfosis se ha cumplido.

Cuando te introduces en la cama a las seis de la mañana después
de haber trabajado toda la noche y quieres hacer el amor

desearía matarte desde luego, pero deseo mucho más

aunque me halle confuso como pez arrojado a la luz desde lo
más hondo del sueño submarino
hasta en tus pliegues más blancos y secretos follarte,
amiga dulcísima, mientras va amaneciendo a trompicones
en este barrio de cristianos bemeuves y glaciales céspedes ingleses
que no hemos elegido y del que esperamos poder escapar pronto.

Has esquivado la baba de la muerte prendida a un hilo de risa
y de miedo deslumbrante,

te has ganado la vida los días en que la vida era tormento
y también aquellos en que era juego,

estás aquí, intacta y recreada, inconcebible e inconfundible,
espejeante en la fuerza algebraica del deseo, en el exacto
esplendor de la metamorfosis.

¡Pero qué guapas sois las chicas morenas con los ojos claros!

Eres
mi
mujer

y estoy tan orgulloso que tenía que escribir este mensaje para
regalártelo, fax mediante, el 17 de diciembre de 1994.

(Jorge Riechmann)

domingo, 5 de agosto de 2012

La primera vez que escribo este poema

Supongo que este modo
de ir caminando por la playa
dejando que las olas y su espuma
me alboroten el camino,
que esta manera de andar
con un pie siempre más arriba que el otro,
hundiendo primero los talones en la arena
y enterrando los dedos juntos
por toda despedida de cada paso,
como mínimo estremecimiento ante el siguiente.

Supongo que esta forma
de dejar huellas fugaces en el material sensible
con que funcionan los relojes,
es una estrategia para no mirar atrás,
un modo de caminar por la nieve de estos días
sin tener que esperar una ventisca
que me borre la memoria.

Supongo que este mecanismo
de tener un horizonte plano a un lado
y andar por donde no quema la arena,
supongo que esta necesidad
de tallar blandamente las huellas
para que nadie las descubra,
es una obligación que he contraído
a fuerza de equivocarme y tropezar,
y tropezar y equivocarme.

Y supongo que este modo
de equivocarme sobre el borde del mar,
que esta manera de tropezar sin que se note
mientras llega una ola que barre los restos,
es un modo de aferrarse a la vida que consiste
en olvidar las otras veces y creer
que ésta es siempre la primera vez:
la primera vez que llego a donde estoy ahora,
la primera vez que escribo este poema.




MUDAR DE PIEL

Lo difícil es mudar de piel
la primera vez.
Después…
Oteas como un diafragma fotográfico
el cuerpo, su intemperie
luego las clandestinas caricias
las voces en murmullo,
los besos tras la puerta
que te obligan a buscar una isla blanca
en marejadas de olvido.

Al mudar de piel vuelves a sentir,
te izas como vela.
En tus sábanas blancas
el mundo es tuyo otra vez.

Lo más difícil es arrancar raíces,
dejar trozos del rompecabezas.
No colgar el bolso de cuero
cuando ves la cama vacía...

Sabes que emigras a una nueva piel.

lina Zerón, La spirale du feu, 1999)

martes, 26 de junio de 2012

Playa

Al borde de estar mojado,
en el límite de la tierra adentro,
donde el horizonte raya el agua
como un sueño lejano que se interpone
entre el mar y el cielo,
pisábamos el contorno de la sombra
que distingue la luz con otro brillo.

En la linde que separa la vigilia del sueño,
jugando sobre el borde que delimita
un cuerpo tendido y abierto a la blandura del espacio,
una piel divisoria que se dilata hasta el margen
de otro cuerpo vertical y rígido de normas,
hablábamos sobre la orilla de una memoria
que distingue el presente con otra luz.

Estábamos en ese confín en donde se encuentran
el principio de una desnudez agradecida
con el final de las vestiduras rotas,
en esa misma duda que separa tu mano diurna
de la nocturna constelación de mis lunares,
donde la sal se acumula en contra
de todo sol que nos vuelve desierta
la sed de la vista y el hambre del deseo.

Estuvimos allí, sin sospecharlo,
donde un puñado de arena que se escapa de las manos
se enfrenta con la metáfora
de un reloj negro que se detiene,
en donde un aceite hierve de frontera
y, poco a poco,
desaparece en las mismas pieles que separa,
entre la toalla y el suelo,
entre una multitud de barbarie libérrima
y la solitaria extensión esclava de uno mismo.

Allí estuvimos, sin saberlo,
en ese punto en el que confluyen
todos los límites, al borde de todo y nada,
en el contorno de una vida
que nos rehuye y se nos escapa,
en el punto difuso donde el mundo
concurre al mismo tiempo que escurrimos,
cuando se pueden tomar todas las direcciones
que no van a conducirnos a ninguna parte.

Y aunque no regresamos intactos
porque es un tiempo que se nos tatúa,
te miro el cuerpo, me miro los sueños
y no nos descubro quemaduras.
Tal vez sobrevivamos a todas las playas
que aún nos quedan que pisar.




ESTA IMAGEN DE TI

Estabas a mi lado
y más próxima a mí que mis sentidos.

Hablabas desde dentro del amor,
armada de su luz.
Nunca palabras
de amor más puras respirara.

Estaba tu cabeza suavemente
inclinada hacia mí.
Tu largo pelo
y tu alegre cintura.
Hablabas desde el centro del amor,
armada de su luz,
en una tarde gris de cualquier día.

Memoria de tu voz y de tu cuerpo
mi juventud y mis palabras sean
y esta imagen de ti me sobreviva.

(José Ángel Valente)

sábado, 26 de mayo de 2012

La actitud del salmón

Por lejana que sea una película, siempre se puede encontrar algún detalle relevante, un fotograma hermoso, una canción delicada. De todos los ojos diferentes que somos capaces de ponernos, solemos encontrar algún par con el que mirar entornadamente lo que la gran pantalla esconde detrás.

La actitud del salmón, por ejemplo, la del salmón criado en la cautividad de unas aguas mansas del norte, que, soltado de improviso en el desaguadero de una presa yemení, deja de aceptar la corriente y decide seguir, como si fuese irrenunciable negarlo, ese instinto que nosotros le otorgamos en las enciclopedias de fauna salvaje.

Girarse, despreciar la inercia del agua y nadar contracorriente, saltar las pequeñas trampas del cauce de las aguas que fluyen; y volver al origen, al frío dulce de un nacimiento que también fue el suyo, al frío dulce de un final anunciado tras el desove. Resistirse al devenir.

Ella, como el salmón, se resistía, despreciaba la inercia de los acontecimientos. Al cabo, la actitud es lo que cuenta -eso estoy aprendiendo cada vez con más consciencia-, y no quería dar por terminado ese amor incipiente que, aún no acababa de encontrar, cuando ya se le había perdido y la había dejado perdida.

Y sin embargo, así perdida, cuando su antiguo novio reaparece de improviso en su vida, le trae un destino que le llega tarde y ella vuelve a resistirse a seguir al otro amor recién aparecido. Nadar contracorriente, siempre; y aferrarse al origen, que también es el fin.

En la actitud del salmón está la clave. Decidir en cada momento qué tentación es la que hay que vencer cayendo en ella. Dejarse arrastrar por la corriente o ir en contra. Saber que nadie se baña dos veces en el mismo río, que la ropa no puede guardarse mucho tiempo, oponerse lo justo para quedarse en el mismo sitio o perder el miedo a cambiar.

Por lejana que sea una palabra, siempre se puede encontrar un significado añadido, una nota brillante, una queja o un efecto del cariño. De todos los labios diferentes que somos capaces de ponernos para pronunciar un trozo de corazón, suelo encontrar algunos que rimen con los tuyos.

Por lejana que sea una palabra, siempre imagino que eres tú quien me la dice al oído. Y luego decidimos dejarnos arrastrar hasta la siguiente. Ir en contra, ya, es tan iluso como pescar salmones en Yemen.



LOS DÍAS VAN TAN RÁPIDOS

Los días van tan rápidos en la corriente oscura que toda salvación,
se me reduce apenas a respirar profundo para que el aire dure en mis pulmones
una semana más, los días van tan rápidos
al invisible océano que ya no tengo sangre donde nadar seguro
y me voy convirtiendo en un pescado más, con mis espinas.

Vuelvo a mi origen, voy hacia mi origen, no me espera
nadie allá, voy corriendo a la materna hondura
donde termina el hueso, me voy a mi semilla,
porque está escrito que esto se cumpla en las estrellas
y en el pobre gusano que soy, con mis semanas
y los meses gozosos que espero todavía.

Uno está aquí y no sabe que ya no está, dan ganas de reírse
de haber entrado en este juego delirante,
pero el espejo cruel te lo descifra un día
y palideces y haces como que no lo crees,
como que no lo escuchas, m hermano, y es tu propio sollozo allá en el fondo.

Si eres mujer te pones la máscara más bella
para engañarte, si eres varón pones más duro
el esqueleto, pero por dentro es otra cosa,
y no hay nada, no hay nadie, sino tú mismo en esto:
así es que lo mejor es ver claro el peligro.

Estemos preparados. Quedémonos desnudos
con lo que somos, pero quememos, no pudramos
lo que somos. Ardamos. Respiremos
sin miedo. Despertemos a la gran realidad
de estar naciendo ahora, y en la última hora.

(Gonzalo Rojas, Metamorfosis de lo mismo, 1998)

viernes, 6 de abril de 2012

Mirador

Lo decías, quizás no de mí, pero lo decías. Pedías la existencia de un agujerito, un mirador por el que saber lo que va rondando en las cabezas, en algunas cabezas.

Nunca te subestimo, pero aun así siempre me sorprendes. Cada vez que escribo y aparto la vista de la pantalla para revisar notas o ajustar las rimas, noto como una sombra que se mueve por entre los renglones.

Entonces, aunque todo está aparentemente en su sitio, las letras bailan, las palabras se bifurcan en suaves significados, los pensamientos se entrelazan con metáforas que aparecen de improviso.

Los párrafos, dichosos párrafos obtusos, se estremecen ocultando esa sonrisa interior de quien ve venir alguna travesura. Y el texto, así, en general, se ondula gelatinoso alrededor de la idea primitiva que, efectivamente, demuestra no servir más que de ancla.

Y eso que procuro no hablar de nadie sino de todos, que intento describirme a través de las pequeñas cosas indescriptibles que suceden en cualquier parte de la ciudad. Esas pequeñas cosas que no siempre significan lo que parecen, ni siempre parecen significar algo.

Si existiera ese mirador que dices, si es que no lo has encontrado ya y me lo ocultas para que ande tranquilo, si miraras por él en este instante, que es un instante como cualquier otro, me verías solitario, pero no solo. Me verías contento, pero no del todo. Me verías pequeño, como soy, pero estirándome hacia arriba.

Si miraras por él, si es que no has mirado esta tarde -qué curiosidad tengo de saber cómo demonios lo consigues, tan cerca, tan lejos-, si miraras hasta el fondo de mi abismo con la atención que siempre pones en aquello que me ronda la cabeza, no te subestimes nunca, te verías en él.

Desde el otro mirador, desde ese por el que se sabe lo que siente mi corazón ambiguo y deshilachado, desde ese por el que me muestro camuflado entre líneas discontinuas y sonámbulas, quizás verías el mar.

Siempre me sorprendes, aunque nunca te subestimo. Fíjate que ahora, si existiera ese agujero por el que puedes mirarme, no me extrañaría nada que lo hubieses excavado tú, sólamente con dos dedos.



FRÍO COMO EL INFIERNO

Roma, 1995
Estamos en invierno y esto es Roma
y tú no estás.
Yo voy de un lado a otro
de tu nombre,
lo mismo
que un oso en una jaula;
marco un número;
pongo la radio, escucho una canción
de Patti Smith dar vueltas dentro de Patti Smith
igual que un gato en una lavadora.

Estamos en invierno y yo busco un cuchillo;
miro la calle;
pienso en Pasolini;
cojes una naranja con mi mano.

Y esto es Roma.
La nieve
convierte la ciudad en una parte del cielo,
ilumina la noche,
deja sobre las casas su ángel multiplicado.

Y tú no estás.
Yo cierro una ventana,
miro el televisor,
leo a Ungaretti,
pienso:
la distancia es azul,
yo soy lo único que hay entre tú y este frío.
Estamos en invierno y esta ciudad no es Roma
ni ninguna otra parte.
Miro atrás
y puedo verlo: acabas de apagar una lámpara;
has cerrado los ojos
y sueñas con un bosque;
de repente
alargas una mano,
buscas una manzana
que está en el otro lado de la mujer dormida...

Mientras,
yo odio este mundo frío como el infierno
y el cansancio que caza lentamente mis ojos;
odio al lobo que has puesto en la palabra noche
y la forma en que llenas la habitación vacía.
Odio lo que veré
desde hoy y para siempre: tus pisadas
en la nieve de Roma, donde nunca has estado.

(Benjamín Prado, Todos nosotros, 1998)

viernes, 23 de marzo de 2012

El animal acuático origen del mundo

La ola que siempre regresa,
la sal que corrompe la química,
la corriente que te arrastra.
La piedra que se desmorona en arena
y se transforma en monte y en playa.

Soy un animal acuático, un animal
pegado a una roca, soportando
los embates de la espuma.
El tiempo pasa despacio
cuando se nada en mares de dudas.

¡Tantas dudas y un solo mar!
¡Tantas palabras y una sola abertura!

Soy un animal acuático, un animal
pegado a una hendidura antigua,
soportando los embates húmedos
de las mentiras y la media verdad.
El tiempo pasa de prisa
cuando las olas siempre regresan
y las rocas se desmoronan
y te escuece en los ojos la sal.

Yo soy un animal acuático constante,
pensativo y visceral,
soy el origen del mundo.

Nada me da más miedo
que los granos de arena
y los vasos de agua.



EL ORIGEN DEL MUNDO

A Felipe Benítez Reyes

No se trata tan sólo de una herida
que supura deseo y que sosiega
a aquellos que la lamen reverentes,
o a los estremecidos que la tocan
sin estremecimiento religioso,
como una prospección de su costumbre,
como una cotidiana tarea conyugal;
o a los que se derrumban, consumidos,
en su concavidad incandescente,
después de haber saciado el hambre de la bestia,
que exige su ración de carne cruda.

No consiste tan sólo en ese triángulo
de pincelada negra entre los muslos,
contra un fondo de tibia blancura que se ofrece.
No es tan fácil tratar de reducirlo
al único argumento que se esconde
detrás de los trabajos amorosos
y de las efusiones de la literatura.

El cuerpo no supone un artefacto
de simple ingeniería corporal;
también es la tarea del espíritu
que se despliega sabio sobre el tiempo.
El arca que contiene, memoriosa,
la alquimia milenaria de la especie.

Así que los esclavos del deseo,
aunque no lo sospechen, cuando lamen
la herida más antigua, cuando palpan
la rosa cicatriz de brillo acuático,
o cuando se disuelven dentro de su hendidura,
vuelven a pronunciar un sortilegio,
un conjuro ancestral.
Nos dirigimos
sonámbulos con rumbo hacia la noche,
viajamos otra vez a la semilla,
para observar radiantes cómo crece
la flor de carne abierta.

La pretérita flor.

Húmeda flor atávica.

El origen del mundo.

(Carlos Marzal, Metales pesados, 2001)


Gustave Courbet (1819-1877) 
El origen del mundo1866
 Óleo sobre lienzo
 Alt. 46; Anch. 55 cm.
 París, museo de Orsay
 © photo RMN

viernes, 30 de diciembre de 2011

Decir hola cien veces

Decir hola cien veces
y no creer en las despedidas,
saludar a los años con uvas sin semilla,
sacarlas de la memoria y comérselas
sin miedo a que se gasten en otra boca,
encontrar las mismas burbujas
en las copas de todos los meses
y dejar reposar juntas las alhajas
en la misma esquina de la mesilla
que nos duerme.

Decir hola cien veces
para perdonar un hasta siempre,
practicar el oficio de los silencios
sin terror a la palabra más temida,
decir hola cien veces
sin contar el paso de los días,
decir hola cien veces, mil veces,
engarzar millones de sílabas repetidas
para que nazca un mar desde los labios,
decir hola cien veces y sin respiro,
grabarla a fuego en la lengua de trapo,
quemarla viva, abrasar el aire
con su ruido, decir hola a cada segundo,
llenar la vida de saludos enormes,
decir hola cien veces
para olvidar esos adioses
que acabas de firmar por triplicado.

Decir hola cien veces,
incluso,
a quien firmaba contigo.




PELAMBRE

Qué hermoso debe ser
tener una pelambre,
ser homogéneos contra el frío,
sentir
como una cualidad intrínseca,
y no como tarea, la vida.
Sentir por la abundancia
de los pelos
que se está vivo para algo.
Qué hermosa una pelambre
espesa,
un corazón inalcanzable,
un corazón que está juntando
muerte,
un corazón que está alcanzándose,
una verdad que se abre paso.
Qué hermosa debe ser la muerte
de los osos,
Puntual e inevitable

en las cadenas de montañas
que cruzan a lo largo de su vida.
Hay siempre una montaña
que es la última,
una pendiente que no espera solución,
algo pendiente que se va con uno.

(Fabio Morábito)

lunes, 26 de diciembre de 2011

La vida de los peces

Es mentira. Podría ser menos rotundo y decir que no es verdad, que suena más reflexivo, más prudente. Pero lo cierto es que es mentira.

Los peces del acuario no pueden vivir en el mar. Pueden soñar con playas, acercarse al cristal y desear la vida que les va pasando por fuera, a ráfagas, como fotogramas sueltos de otra realidad que casi se puede tocar con las aletas.

Pero es mentira, todo es mentira. Quienes se asoman de tanto en tanto al cristal, no existen, no son reales. Sólo son deseos que se proyectan sobre el vidrio, rostros que la difracción de la luz engrandece hasta hacerlos más hermosos.

Pero no puede ser. Los peces de acuario pueden soñar con el mar abierto, pero si los sacas y los llevas a donde rompen las olas, se ahogan de libertad, le asusta el agua interminable y la sal les pone la tensión por las nubes. Es mentira, los peces del acuario no saben navegar.

A lo más que llegan es a quedarse en la orilla, levantar otros muros de vidrio que les separen de lo real y a llorar sin párpados la intensa realidad de saber que, aquello que no se hizo, no podrá deshacerse jamás.

Y tú y yo somos peces de acuario, un tanto extraños porque nuestra memoria no es de pez, pero somos criaturas que vemos la vida de los demás pasar por detrás de unos cristales que, al mismo tiempo que nos encierran, nos dan la única libertad que nos tomamos: la de mirar al pasado y soñar con lo que pudo ser.

Los peces del acuario no salimos buscando el mar inagotable, sino otro acuario con vistas a una mentira más veraz. Una nueva mentira que nos dé golpecitos en el cristal para anunciarnos que las migajas que siempre nos echa son la única verdad.

Y habrá quien diga que fui yo el primero en olvidar...



Andrés (Santiago Cabrera), que vive en Alemania desde hace diez años, regresa a Chile para liquidar su pasado antes de asentarse definitivamente en Berlín. Sin embargo, durante la fiesta de cumpleaños de uno de sus amigos, entra en contacto de nuevo con el mundo que abandonó e incluso vuelve a ver a Beatriz (Blanca Lewin), su gran amor. Ese reencuentro podría cambiar los proyectos y la vida de Andrés para siempre. (FILMAFFINITY)

La vida de los peces



viernes, 4 de noviembre de 2011

Vendo humo

Llevo toda la mañana esperando que suenen las alarmas, que el día se espese y se doble por la mitad de la tostada o que los teléfonos resuenen más allá de las perchas ansiosas de sellos.

Estoy esperando el virus, la náusea, el delirio. He deseado un agobio de oxígeno, una tromba de melancolía que retumbe en los cristales, una noche interminable de decepción.

Pero no ha sido la tragedia, sino la lluvia, la que me ha entreabierto el corazón  hacia las persianas y no he dudado en atender su agua sin pasar de largo hacia el mediodía. Y he intentado sentirme solo, y triste de mar y herido de incertidumbre.

He visto que no puedo y, precisamente, porque no hay dos vidas iguales, porque no puedo dedicarte esos mismos minutos que tú me dedicas, he tenido que inventarme estos otros, distintos. Unos minutos que te devuelvan el vello de punta y te hagan marcar teléfonos en las sábanas y brindar con ojalás que se perdieron en la memoria.

Tienes razón, sólo vendo humo, lo sé. Y me gusta hacerlo y me gusto haciéndolo y lo sé. Y tú ya hace mucho que te diste cuenta. Lo que no sabes, lo que no puedes creerte, es que, mi humo, no... Mi humo no se lo vendo a cualquiera.

Sólo a quien, como tú, sabe tornearlo como garabatos y deshacerlo en aire.






EL AIRE HUELE A HUMO

A Gabriel Celaya y a Amparo Gastón,
Que tanto le quiso y le quiere todavía.
J.A.G.

¿Qué hará con la memoria
de esta noche tan clara
cuando todo termine?
¿Qué hacer si cae la sed
sabiendo que está lejos
la fuente en que bebía?

¿Qué hará de este deseo
de terminar mil veces
por volver a encontrarle?

¿Qué hacer cuando un mal aire
de tristeza la envuelva
igual que un maleficio?

¿Qué hará bajo el otoño
si el aire huele a humo
y a pólvora y a besos?

¿Qué hacer?¿Qué hará? Preguntas
a un azar que ya tiene
las suertes repartidas.

(José Agustín Goytisolo, 1992)