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domingo, 11 de noviembre de 2012

Intocable

Te has vuelto de humo, criatura prodigiosa, te has vuelto intocable. Flotas a mi alrededor, como jirones de gloria, rellenando las pompas del aire que no puedo palpar. Hebras de vida ondulada que suben hasta las nubes bailando al compás de la brisa. Meces tu risa entre mis manos que te buscan y, con un solo movimiento de viento, vienes, resbalas, besas y te vas.

Te has vuelto juguete del aire, vestida de espuma de mar. Te has vuelto fragancia, aroma, que entra, que sale del pecho y no me deja respirar sin haberme recordado un beso, sin haberme recordado un final.

Te has vuelto niebla. Te has vuelto sombra. Te has vuelto, sin mirarme, y te has vuelto a marchar.

Me has vuelto impalpable. Como cuando se quiere olvidar.




Si recordaras, amor mío, qué es lo que te aguarda...

Si recordaras, amor mío, qué es lo que te aguarda tras las
      seguras paredes de la espera.
Si recordaras cómo ¡y qué cruelmente! el deseo atendido
      oculta su puñalada de decepción.
Si recordaras que, una vez que la pasión estalla, el secreto
      deja de ser escudo y huida,
no me insistirías para que te mostrara, para que te ofreciera,
      para que te otorgue.
Sino que te resignarías a sobrevivir dentro de mí en el dúctil
      territorio de los sueños, donde todos los modos de ternura
      que puedas inventar son permitidos, toda tempestad música
      y ningún temor es irrevocable.
Si recordaras, Amor mío, qué es lo que te aguarda tras las
      seguras paredes de mi corazón,
no me obligarías a levantarme en armas contra ti, a detenerte,
      a desmentirte, a amordazarte, a traicionarte...
antes de que te me arrebaten, dulce silencio mío,
mi único tesoro, insensato e irreductible sentimiento.

(Ana Rossetti, Punto umbrío, 1995)

martes, 24 de julio de 2012

Atrapado

Me capturó con su dulzura y sus malas artes, hace ya tanto tiempo que ni me acuerdo. Al principio, eso si lo conservo en el directorio principal de mi memoria, me daba un poco de miedo. Había oído hablar a otros, alertándome de que atraía un cierto peligro que expresaban en términos un tanto vagos y misteriosos, como de no haberlo experimentado en carne propia.

No les hice caso. Bueno, tampoco es que fuera una decisión completamente consciente, sino más bien un acomodo paulatino. Empieza por no molestarte su presencia; luego, el atrevimiento de los acercamientos tímidos, con precaución desmedida, que se va desmoronando a fuerza de constatar que te sientes muy bien a su lado y que no tienes la sensación de que te haga daño, da paso a lo cotidiano, a lo normal, al roce continuo.

Más tarde, hay noches de calor que te asoman al precipicio de la desesperación y caes en el cielo del viento de sus caricias invisibles que te ponen la piel de gallina. Te envuelven, te transportan, te elevan a la cima del mundo. Todo se calma, la noche se hace menos espesa y reencuentras espacios de vida que dabas por aniquilados de forma permanente.

Y llega la primera noche completa. Siempre hay una primera noche, hermosa, delicada, intensa. Una noche que pasa como un suspiro en el paraíso, que desaparece cuando el sol asoma por las rendijas y te sorprende en sus brazos. Y aunque no puedes evitar un cierto sentimiento de culpa que asoma por tu garganta carrasposa, en realidad, te sientes tan feliz que deseas interiormente que pase deprisa el día para volver a encontrarte de noche con sus abrazos frescos de viento.

Entonces, te das cuenta de que estas completamente perdido. Cautivo feliz del ritmo de sus andanzas, prisionero de sus soplos, recluso de su influencia. Inquieto, sudorosamente febril en su ausencia, eres rehén de su frío en pleno síndrome de Estocolmo. Atrapado para siempre en las garras de su frialdad.

Fiel amigo de este tecleador, compañero de aburrimientos, inestimable paladín del sueño, imprescindible y discreto en el amor. No sé qué sería de mí, en estas noches tórridas de verano, si me faltaran los besos suaves… de mi aire acondicionado. ¡Qué sería de mí!




Cuando hace frío la mayoría de las cosas van más deprisa, o llegan antes. Me refiero a las casualidades. Me encanta que haga frío. Una tarde de mucho frío leí una pregunta de amor, demasiada bonita para la letra de un niño.

Aquel mensaje lo tenía que compartir, no sabía que hacer con él.

(Los amantes del Círculo Polar, película de Julio Medem, 1998)


domingo, 30 de mayo de 2010

Viento

Uno conversa con el viento tantas veces
que parece
no existir otra cosa que viento.


Viento son las palabras que decimos,
las que nos dicen.
Viento son los besos,
aire que cambia de recipiente
y de pecho.


De viento están hechos
los sueños que nos arrastran,
los fantasmas que arrastramos,
las ausencias, los deseos.


Las preguntas van al viento
y en el viento, amigo, en el viento
están flotando las respuestas.


Electrónico viento
que empuja velas cuadradas
el que nos trajo aquí.


Sóplame para alterar
esta memoria de peces
en el acuario
y volvamos a la misma canción
que un día cantamos.


[youtube 8-ilzp-gO6E]