la sed inacabable de mirar por las ventanas
para concentrar la resonancia del futuro.
Nadie escoge sentirse árido, torpe, abyecto,
susurrarse trayectos que dejan a medias el consuelo,
tenderse sobre la cama de las legañas
doblándose al dolor de unos labios nómadas
y en el vilo de corazones ajenos.
Nadie escoge el hueco, la grieta,
no se dejan ignorar las fieras y el tumulto,
el rigor que aprieta el nudo sobre el cuello,
las horas a las que se paraliza el ímpetu.
Pero tenemos que sembrar de sangre fría
la mirada propia, arrojarnos sin red a la vida,
saludar al fogonazo de la esperanza,
extender las otras manos vacías al aliento,
conservar entornado el destino, apaciguar el miedo,
desdeñar la mochila de andarse por las ramas.
Porque nadie escoge el hueco, tenemos
que abandonar los retales de toda sombra,
propulsarnos hacia la luz esquiva de otro sueño,
arder en los otros viajeros que transitan,
y andar con los ojos abiertos,
porque tampoco nadie sabe
el camino exacto de los encuentros,
pero siempre ocurren a la vuelta de una esquina.
Estoy envolviendo cuidadosamente un plan para llevarme. A veces cuesta empaquetar la esperanza en bolsitas que pueda uno ir consumiendo según pasan los días del calendario. Tener vocación de nube, ayuda.Hay que confiar en el juego del azar y musitar alguna oración de viernes.Porque a pesar de que casi nunca sale siete y que sé que llego tarde, quiero creer en los próximos prodigios que están al llegar.