Mostrando entradas con la etiqueta sombra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sombra. Mostrar todas las entradas

domingo, 2 de diciembre de 2012

Propulsión

Nadie escoge el hueco, el hambre de los dedos,
la sed inacabable de mirar por las ventanas
para concentrar la resonancia del futuro.

Nadie escoge sentirse árido, torpe, abyecto,
susurrarse trayectos que dejan a medias el consuelo,
tenderse sobre la cama de las legañas
doblándose al dolor de unos labios nómadas
y en el vilo de corazones ajenos.

Nadie escoge el hueco, la grieta,
no se dejan ignorar las fieras y el tumulto,
el rigor que aprieta el nudo sobre el cuello,
las horas a las que se paraliza el ímpetu.

Pero tenemos que sembrar de sangre fría
la mirada propia, arrojarnos sin red a la vida,
saludar al fogonazo de la esperanza,
extender las otras manos vacías al aliento,
conservar entornado el destino, apaciguar el miedo,
desdeñar la mochila de andarse por las ramas.

Porque nadie escoge el hueco, tenemos
que abandonar los retales de toda sombra,
propulsarnos hacia la luz esquiva de otro sueño,
arder en los otros viajeros que transitan,
y andar con los ojos abiertos,
porque tampoco nadie sabe
el camino exacto de los encuentros,
pero siempre ocurren a la vuelta de una esquina.



Estoy envolviendo cuidadosamente un plan para llevarme. A veces cuesta empaquetar la esperanza en bolsitas que pueda uno ir consumiendo según pasan los días del calendario. Tener vocación de nube, ayuda.

Hay que confiar en el juego del azar y musitar alguna oración de viernes.

Porque a pesar de que casi nunca sale siete y que sé que llego tarde, quiero creer en los próximos prodigios que están al llegar.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Intocable

Te has vuelto de humo, criatura prodigiosa, te has vuelto intocable. Flotas a mi alrededor, como jirones de gloria, rellenando las pompas del aire que no puedo palpar. Hebras de vida ondulada que suben hasta las nubes bailando al compás de la brisa. Meces tu risa entre mis manos que te buscan y, con un solo movimiento de viento, vienes, resbalas, besas y te vas.

Te has vuelto juguete del aire, vestida de espuma de mar. Te has vuelto fragancia, aroma, que entra, que sale del pecho y no me deja respirar sin haberme recordado un beso, sin haberme recordado un final.

Te has vuelto niebla. Te has vuelto sombra. Te has vuelto, sin mirarme, y te has vuelto a marchar.

Me has vuelto impalpable. Como cuando se quiere olvidar.




Si recordaras, amor mío, qué es lo que te aguarda...

Si recordaras, amor mío, qué es lo que te aguarda tras las
      seguras paredes de la espera.
Si recordaras cómo ¡y qué cruelmente! el deseo atendido
      oculta su puñalada de decepción.
Si recordaras que, una vez que la pasión estalla, el secreto
      deja de ser escudo y huida,
no me insistirías para que te mostrara, para que te ofreciera,
      para que te otorgue.
Sino que te resignarías a sobrevivir dentro de mí en el dúctil
      territorio de los sueños, donde todos los modos de ternura
      que puedas inventar son permitidos, toda tempestad música
      y ningún temor es irrevocable.
Si recordaras, Amor mío, qué es lo que te aguarda tras las
      seguras paredes de mi corazón,
no me obligarías a levantarme en armas contra ti, a detenerte,
      a desmentirte, a amordazarte, a traicionarte...
antes de que te me arrebaten, dulce silencio mío,
mi único tesoro, insensato e irreductible sentimiento.

(Ana Rossetti, Punto umbrío, 1995)

jueves, 8 de noviembre de 2012

El lago de los cisnes

Los bailarines descendieron cuidadosamente hacia la parte inferior del escenario, diseñado a dos alturas, hasta colocarse en la posición inicial. Se diría que temían un mal paso o que traían los pies atenazados con un manojo de nervios.

Él, con un suave ademán, indicó con la mano el camino hacia el centro, dando el primer paso. Ella le siguió de puntillas, sin hacer ruido, casi como una sombra púrpura. Entonces, en una especie de juego de los de antaño, comenzaron a girar persiguiéndose alrededor del centro de gravedad de la escena. Al principio despacio, lentamente, como una deriva a merced de la corriente que iba incrementando el ritmo y la tensión poco a poco, anunciando remolino o catarata, pero condenada a no resolverse hasta el tercer acto.

Después, con un interludio de pasos breves e indecisos, tan sutil como el humo, se reúnen en un lateral. Su técnica se pone de manifiesto, el equilibrio, la expresividad en la pose de las manos, la flexibilidad de los cuerpos.

Ella, sobre sus puntas y ayudada por los brazos del bailarín, gira velozmente, levanta las manos hacia lo sublime como un cisne que preparara su vuelo con pequeños saltos mientras le asoma el cielo por las pupilas.

Él huye, entre atormentado y ansioso; ella se aleja como arrepentida y encantada, hasta que, una vez salvada la pasarela, se vuelven a reunir en la parte superior del escenario. Entonces llega el salto, el reencuentro nervioso y un tanto torpe de aves a ras de suelo.

Allí la danza se torna estática pero crece la intensidad de su trasfondo emotivo y, como si de movimientos bajo el agua se tratase, los bailarines se engarzan en un vaivén tímido de alas que buscan cobijo, un frenesí controlado de contorsiones y figuras quedas, suaves, que armoniosamente se van haciendo y deshaciendo a ritmo de silencios de blanca entrelazados.

Entonces el gran final, la rueda definitiva, el último paso. Los brazos coraza se convierten en banderas que el viento agita. Todo ya en calma en el escenario, que no en el corazón, ella baja la vista y él arruga palabras. Y salen de escena haciendo mutis por el mismo lado de dos bambalinas opuestas y blancas, mientras cae sobre ellos el TELÓN.

Es curioso. Es curioso, pero fue precisamente entonces, al final de la coreografía, cuando empezó a sonar esa música sutil que aún sigue sonando, viscosa, interminable, como un aroma que tarda una eternidad en extinguirse...



CONFESIÓN

Yo huelo a ti.
Me persigue tu olor, me persigue y me posee.
No es este olor un perfume sobrepuesto sobre ti,
no es el aroma que llevas como una prenda más:
Es tu olor más esencial, tu halo único.
Y cuando ausente mi vacío te convoca,
una ráfaga de ese aliento me llega del lugar más tierno de la noche.
Yo huelo a ti
y tu olor me impregna después de estar juntos en el lecho,
y ese fino aroma me alimenta
y ese aliento esencial me sustituye.
Yo huelo a ti.

(Darío Jaramillo Agudelo, Poemas de amor, 1986)


viernes, 20 de abril de 2012

Último fotograma

La tarde está tendida en el sofá.
Como en un letargo
de persianas que se entornan pálidamente,
el tiempo de la realidad
se queda mirándome con expresión dura.

Sólo me deja ir sintiendo
esta soledad que me envuelve entre dos sombras
y a la que me voy acostumbrando poco a poco,
como se acostumbran los ojos del actor
a que se apaguen los focos del escenario,
a este hábito de llevarse a casa
un último fotograma de otra tarde también tendida,
cuando las persianas se entornaron dulces
y el tiempo te tapo los ojos.

La tarde muere tendida en el sofá
mientras la noche se prepara para caer,
rendida y solitaria,
filtrándose por entre antiguos fotogramas
de esa película sobre la que tantas veces hemos hablado
desde estas bambalinas de la vida,
que ahora me parece mentira que nunca
la hayamos visto juntos y abrazados.




LA PERSPECTIVA MIENTE

Esta tarde me aburro
como un guardagujas
en una vía muerta, y el verano parece
el inútil sofoco de una dama anticuada.
Por buscarle a este tiempo alguna luz
he pensado en los días de otro agosto
que en la memoria brillan como un faro:
ese agosto en que un niño fue feliz.
O lo imagina al menos este hombre
que es ahora aquel niño,
porque ha comprendido que esa luz
no le llega de entonces, y que es el recuerdo
quien la pone en escena cuando los años pasan.
Mi memoria se esfuerza
por volver a aquel tiempo y serle fiel,
y esa misma película, que hace sólo un segundo
rebosaba de brillo y de color,
ahora pasa en mi mente con la escasa
y temblorosa luz con la que fue rodada:

En un pueblo pequeño, bajo el cielo
inexplicable y alto de los viejos veranos,
unos niños se aburren: ese mundo,
con horarios de vuelta y prohibiciones,
les parece pequeño. Para matar las horas
se esconden de sus padres, fuman, dicen
que fumar a escondidas ya les cansa,
que están hartos del pueblo, de sus padres,
de esperar que la vida, la verdadera vida,
comience.

Sí, en aquellas escenas
todo fue en blanco y negro, y es ahora el recuerdo
—experto en adornar viejas películas—
el que al darles color y darles brillo
me devuelve tan bellas sus imágenes.
La experiencia me enseña que estas tardes de tedio,
cuando olvide sus sombras
atrapado en las sombras de otras tardes
todavía más negras, quedarán registradas
como un tiempo de luz en mi recuerdo,
y sabrán consolarme en las horas oscuras.
Debe haber cierta luz en las tardes de ahora,
la experiencia lo enseña.
Lo que no nos enseña la maldita experiencia
es en dónde se esconde, de qué modo gozarla en el presente,
ni por qué cruel torpeza cualquier tiempo que luego
brillará como un sol en la memoria
tenemos que vivirlo a la luz de una vela.

(Vicente Gallego, La plata de los días, 1966)

lunes, 2 de abril de 2012

En pie

Una mentira pequeña deshecha en renglones,
como flecha
que rasga el velo insólito de las noches,
eso lo que soy, lo que he sido.

Para eso sirve la utopía, para apretarla
en las almohadas y que pueble los sueños,
para que sea raíz que se siembra en el miedo
y germine tumultos en la esperanza.

He pasado por tu vida como un tiempo que se añora,
como una sombra de la memoria
que tarda en difuminarse y que vuelve,
antes de haberse ido
del brillo que te distingue los ojos,
cada vez más lejana, más transparente,
niebla estéril sobre el paisaje
de los días rellenos
que corren sin descanso hacia ninguna parte.

Una mentira que a veces pudo tocarse,
manchar los dedos de un deseo indivisible,
que cambió la ruta de los volantes y supo
dibujar un cuerpo sobre el claroscuro de viejas tardes
que después se agotaron, indiferentes,
sobre noches tan olvidables como cualquier otra.

Sin embargo, aun siendo mentira,
una mentira que se ha vuelto enorme
de tanto deshilacharse por el uso,
sé que tengo un pétalo, una gota,
una verdad minúscula esparcida por los sueños
que sólo tus caricias consiguen
mantener en pie, cierta, viva,
imborrable.

Y luego viene un despertador que me la rompe
con gritos copiados de una misma hora,
para decirme que ya toca,
otra vez solo,
arriar el corazón y levantarse.




CASABLANCA

As time goes by...

Entre todos los bares de este mundo
he venido a este bar para encontrarte,
furtiva como siempre,
para rozar la piel de tus esquinas.

Y cómo me hace daño tu cansancio
-ya sabes que mañana es cada lunes-
esa vieja, tristísima, memoria
de buscarle sentido a algo que bulle
como se abre una flor,
así, de golpe.

Manías de la ausencia y tus nostalgias.
Te noto tan cansado...
Quiero dormir contigo. Busca sólo
un poco más de sueño y de tabaco.
Quiero morir contigo.
¿Por qué no me prometes un cumpleaños más?
Las arrugas ahí sí que son cosas serias
o el paso de los días,
con mis pechos que bajan a acariciar tus manos.
Y luego cuando un labio nos elude
en la piel de las ingles, ay, no muerdas,
y nos brinca por dentro...
Pero ahora llega el tren
como un viejo caballo del National
qué diestro en los obstáculos,
qué sucia su taberna,
qué mediodía oscuro al despedirte.
Te veo tan delgado
con tus causas perdidas,
tus canas en la llama de la copa,
mi amargo luchador, .
sonriendo lentamente, como si te murieras.

Como al decirme adiós.

(Ángeles Mora, La canción del olvido, 1985)

domingo, 4 de diciembre de 2011

La sombra del pájaro

A estas horas, mientras el día se va acomodando y nadie se acuerda de Santa Bárbara, este sol de invierno, blanquecino y tenue, entra por la ventana, me ataca por la espalda y deja impresa la sombra de mi cabeza sobre la pantalla.

Afuera, en el patio, un pájaro anónimo, ha pasado volando por la ventana un instante, el tiempo suficiente de dejar sus sombra de alas abiertas cerca de mí, sobre la pared primero y, brevemente, atravesándome la cabeza de lado a lado.

Me ha parecido un momento único, de esos que una cámara jamás podrá reflejar de forma exacta. Pero lo asombroso es que, durante la perplejidad de un pensamiento, el mismo pájaro anónimo u otro distinto, han vuelto a asomar su sombra grácil y minúscula sobre el encuadre de la pantalla y, en un aleteo, me ha despertado las metáforas.

Es cierto. Cierto pájaro con sombra ha transformado las nueve y poco en las nueve y pico, ha tornado un cuadro solitario en un paisaje, ha escrito en la sombra su propia silueta abierta de alas. Y el sol, siempre, a la espalda, blanquecino y tenue.

Nunca vuelven las oscuras golondrinas, ya tengo edad suficiente para aborrecer a Bécquer, pero el juego de las sombras me inquieta aún, me anima los sueños y me desvela las horas a las que me hago el dormido.

Así que escribo de la sombra de otros días y proyecto la silueta de mi cabeza quieta en la pantalla como una trampa de sombras hecha con letras. De tanto en tanto, algún pájaro anónimo cruza su sombra con la de mi cabeza y me deja unas huellas escritas, curiosamente, cuando ya el sol no percute en las ventanas.

Tal vez si la sombra que yo dejase aquí fuera la de mi corazón de hombre equivocado, me dolería con palabras cada vez que la sombra del pájaro la atravesara.




LA SOMBRA DE OTROS DÍAS


Pero, ¿alguien ha existido alguna vez
que no se retorciera de dolor por la dicha pasada?
John Keats

Bien lo sé, somos criaturas del aire,
de las corrientes aguas, puras, cristalinas,
de los árboles que se están mirando en ellas.
En un instante sube por nuestros brazos,
salvaje y espléndida,
la inmediatez de la vida;
al siguiente algo nos dice
que muy pronto será tarde y será octubre.

Pero seamos cautos:
a la sombra de otros días
esperan
el dulce veneno de los versos
y el mar abierto a la aventura.
A un paso del infierno
acecha el paraíso.

(Ángeles Carbajal, La sombra de otros días, 2002)