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jueves, 6 de diciembre de 2012

La piel deshabitada

Hay caminos que el corazón recorre sin retorno, viajes del sentimiento que sólo tienen billete de ida, cambios minúsculos o gigantescos que no tienen vuelta atrás.

"La piel deshabitada" es una obra que pone voz a criaturas sobrecogidas y que habla de los encuentros como regalo, del amor como objeto de felicidad y sufrimiento, del esfuerzo de nadar río arriba para evitar las cataratas.

Es una obra extensa en la que da tiempo a analizar a quienes le rodean, a vestirse y desnudarse varias veces, empuñando las ausencias a veces como heridas y a veces como espada. Los personajes de la obra bailan entre palabras y canciones, sienten la impotencia y el arrebato, mudan de costumbres y de pieles.

De ahí el título, porque todos los episodios juntos parecen una colección de pieles que se han quedado deshabitadas y que sólo la memoria y un sentimiento profundo pero extraño, consiguen revivir todos los días durante unos minutos robados a la vida real, esa que nos mantiene locos y cuerdos, tiernos y huraños, nostálgicos y entusiasmados.

"La piel deshabitada" es un principio que no encuentra nudo y que vive aterrado por el desenlace. "La piel deshabitada", estimados espectadores, puede ser cualquiera, ésta misma que aquí les dejo, la que no se toca durante meses.

Puede pasarle también a ustedes.


Han sido casi 400 textos, publicados durante algo más de tres años, aunque escritos durante mucho tiempo más. He recibido casi 300 comentarios que se han quedado aquí grabados, y otros tantos, o quizás más, en conversaciones de cigarro o de cerveza.

Este insomnio que ha sido la vida, ha sido visitado por unos doce mil pares de ojos aunque, posiblemente, la mitad de las miradas hayan sido mías.

La entrada con más visitas es la que se titula Intención literaria, no sé bien por qué. Esto de los gustos es complicado. Me resultaría muy difícil decidir cuál es la creación de la que más orgulloso me siento.

Ocurre, cuando se escribe y se relee lo escrito un tiempo después, que más que la calidad de las metáforas o de la sintaxis, uno se fija en las emociones que tuvo (y contuvo) cuando escribió.

Y ordenar emociones es muy difícil, porque se encabalgan unas sobre otras, se potencian a ratos y a ratos se atenúan, en función de las propias del momento en que se vuelven a leer los textos.

Pero yo sé que me dejo aquí el esqueleto, aunque nadie me lo haya visitado nunca. Como creo que se me ha acabado el tiempo mientras tanto y estoy, completamente seguro ya, de saber acerca del ridículo y de cuánto lo agradezco.

También sé, y no me duele, que cuando me vaya, ya nunca habré estado aquí.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Autodefensa

Y, sin embargo, a pesar de su longitud y de su anchura, todas las ausencias son breves. Todas encuentran asiento de ventanilla por donde asomarse, todas siguen ocupando tiempo y espacio en el corazón.

En todas tenemos emisario dispuesto a traer noticias y en todas hay sitio donde apostarse para disfrutar de las luces y los olores que descubrimos guardados en una esquina.

De lo enjuto de las ausencias, de lo reseco que uno se queda, el trago peor, aunque lo parece, no es la despedida. Sino la rabia, el golpe, el temblor y la ira de saber que, mañana mismo, sin haber despertado de la pesadilla, tendremos a mano la certeza de que hay muchas otras ausencias a la vista.

Pero… ¿sabes?… Todas las ausencias son breves, todas se convierten en instantes que se traga el vértigo de la vida. Por eso ahora -y siempre- lo más importante, lo que no admite espera, es que me levante, que te levantes conmigo, y que sigamos, entre ausencias, defendiendo la alegría.

Porque aquellos que nos dejan, no nos dejan, sólo se nos adelantan en llegar a la meta. Y se quedan permanentes, invisibles, dentro de lo que somos y de lo que hemos sido, mientras juegan con nosotros al escondite de los recuerdos por entre las habitaciones de la memoria.

Nos queda una deuda pendiente que saldar con ellos, un compromiso ineludible que contrajimos al quererlos: que aunque puede ocurrir que la vida no sea mejor que esto, estamos obligados a empeñarnos en que lo sea.







Es muy madura para su edad, por eso me ha sorprendido verla llorar tan desconsoladamente. No podía hablar, tan solo asentía lánguidamente a todo lo que le decía cuando, cogida en mi regazo, le preguntaba que qué era lo que le dolía.

Hasta que, quizás un recuerdo perdido, quizás una lágrima más alta que otra, despegó los labios para decir entre sollozos: "quiero irme con mi mamá".

Cualquier otro día sólo hubieran sido gajes del oficio, marañas de niebla que se espantan con una llamada. Pero hoy -¡qué extraño es este noviembre frío y descarnado!- su tristeza me ha dejado helado y para entrar en calor he necesitado rebuscar en la memoria el juego de luces de una chimenea.



DEFENDER LA ALEGRÍA

Él siempre le hace caso, por lo menos lo intenta. Lo que le dice siempre tiene sentido, él siempre se lo encuentra, y lo procura.

Cuando le dijo: "No te instales en la tristeza, oblígate a pasarlo bien. Con lo que puedas, con lo que quieras, y con lo que te dejen", él extendió la agenda, dejó caer al suelo el peso que llevaba y empezó a rellenarla con películas, charlas, alcohol, música y magia.

Y sí, es verdad que así el tiempo pasa más deprisa, que uno se olvida de lo estrecho que deja el corazón un suspiro contenido, de la anchura que sucede a una risa fosforescente o al ritmo de una canción. Pero, más tarde, cuando las luces de la sala se encienden, cuando se oye el motor del coche arrancando, cuando el hielo deja de sonar en la copa, todo vuelve a ser como era, inexorablemente.

Él siempre le hace caso, lo intenta con mucho interés. Aunque no siempre le funciona, pero lo intenta a golpe de agenda y de memoria, a golpe de no darse cuenta de los quienes ni de los dondes, como si así se pudiera modificar la historia.

Lo último que le dijo lo lleva grabado en la retina: "Busca la alegría. Defiéndela, mi vida". Y lo intenta, lo intenta todo lo que sabe.

"Pero, mi vida", le dice en sueños justo antes de acostarse, "es que es muy difícil defenderla sin ti".

domingo, 28 de octubre de 2012

Los legítimos

Me pregunto, señoría, quienes son los legítimos y qué los legitima. Si una orden, una ley, un edicto o un contrato. O un dios o alguna propiedad intrínseca de su ser. O si somos los demás quienes le otorgamos la legitimidad.

Si son ellos los que están en su derecho de equivocarse, y si no lo estamos todos. O si son los verdaderos, los únicos, los genuinos, los que acaparan todos los derechos y son aquellos a quienes hay que rendir cuentas y conciencia.

Señoría, uno siempre está en su legítimo derecho de interpretar la vida como le parece y ver a pie juntillas lo que cree con sus propios ojos. Y después, argumentarlo insistentemente en legítima defensa. Al fin y al cabo, cada uno tiene que ser el bueno en su propia película.

Señoras y señores del jurado, es legítimo afirmar que "cada uno es como es" y que "yo creía". Esa legitimidad siempre nos salva y hay que aferrarse a ella para no desmerecerse. Y si ahora no se es como se era entonces, y si ahora no se cree lo que se creía, es legítimo pasar página y empezar a escribir en otra nueva.

Quizás la legitimidad consiste en llegar el primero, en constatar que antes no estuvo escrito por alguna mano lo mismo que ahora ando yo pensando. Hacer efervescer en los productos ese algo auténtico que nadie sabe bien lo que es, fabricando a todo el mundo a imagen y semejanza de cómo uno mismo ha sido fabricado.

Señoría, convengamos que hay que estar legitimado hasta para acertar, porque si se atina sin ser quien para tal efecto, alguien se apropia legítimamente de los efectos y los hace tan suyos que parece que no puedan ser de otro.

Y por dulce que te lo pongan el pastel, no hay más remedio que tragar y digerir, porque la legitimidad es lo primero. Y limpiarse el polvillo después, no nos vaya a hacer estornudar.

Señoras y señores del jurado, les presento la prueba A. Es la caja que le regalaron al acusado. Lo pone con grandes letras rojas: "Los legítimos. Hojaldres de Guarromán".

La verdad es que están muy buenos, señoría.




ASPIRACIÓN LEGÍTIMA A UN ENGAÑO MENOR

Aspiro a ser el menos engañado en un mundo
convertido al engaño como quien se convierte
a un nuevo credo con el furor de una fe inédita
que acostumbra a alumbrar con nueva luz al converso.
Aspiro a ser el menos engañado haciendo uso
de mi romanticismo en las constantes vitales
que definen mi ser al objeto de entregar
lo mejor de mí mismo como ebrio don al mundo.
Aspiro a ser el menos engañado en la vida
como en el amor tras grabarme en la piel su huella
indeleble con el hierro candente que sirve
a los desbravadores para marcar sus reses.
Aspiro a ser el menos engañado en un mundo
que en subterráneos templos escucha la moral
del rebaño predicada a modo de evangelio
negro para arrebatarme mi libertad única.
Aspiro a ser el menos engañado en un mundo
del que sólo me evado en el poema teniendo
los pies en el suelo pero sirviendo al amor
con la miel en el corazón antes que en los labios.

(Miguel Ángel Longás, La miel de lo visible, 2011)

sábado, 13 de octubre de 2012

Abrazos

Hay abrazos que tienen
el sonido estridente
del hielo al fundirse.
O el rumor sordo
de corazones en la diástole
de un vuelo corto y rasante
de pájaros que abren las alas.

Dulce trampa.
Un vacío extenso después,
invisibles quedan las marcas
en un tatuaje transparente
de olas de tu pecho
naufragándome por las costuras
y sílabas lentas como caracolas
que se desnudan en la memoria.

Brisa fue tu cintura
sobre la mariposa de mis manos.
Hay abrazos, tú lo sabes,
que no deberían acabarse nunca.




viernes, 5 de octubre de 2012

Mano entera

Tengo las manos pequeñas, con falanges cortas y una breve capa de vello que apenas se divisa ya entre los nudillos.

Cuando las cierro, mi puño es minúsculo. Posiblemente, como decían cansinamente los libros de texto de cuando era niño en tardes que recuerdo somnolientas, minúsculo sea por eso el tamaño de mi corazón.

Me cuesta abrir los botes de cristal, apretar las tuercas y atornillar los clavitos esos que van peinados con la raya en medio. No consigo sujetar una moneda entre los dedos sin que se note que la llevo y cualquier llave me doblega enseguida si se me cruza en el camino algún problema de goznes o de cerraduras.

Mis manos se me rebelaron ya desde muy niño. Dedos cortos para tocar la guitarra, demasiado gruesos para los trucos de naipes. Muy sudorosas para pasear agarrado, excesivamente ásperas para materiales sensibles, inseguras contra el frío y débiles para proteger contra el mundo.

Hubo un tiempo en que decidieron perder el tacto. Las cosas más importantes se me caían de las manos porque siempre tuve miedo de apretar más de la cuenta. No podía mostrarlas en público y desde entonces arrastro esta manía de ponerlas a jugar al escondite con los bolsillos.

Y sin embargo, antiguas enemigas, se vuelcan ahora en las teclas como si pudieran cambiar mi destino, como si rebuscaran contraseñas que me abran las puertas de otra vida. Acarician estas palabras sin tinta como si alguien, al otro lado, estuviera colgando en ellas una vida.

Él las tiene hermosas, elegantes, jóvenes. Las vio, años después, en una fotocopia de esas que se hacen por curiosidad y las reconoció enseguida. Manos de dedos largos y rasgos suaves, de palmas abiertas al futuro y sin miedo escrito en la línea del corazón.

Yo no reconocería mis manos antiguas, ya no. Ni ayuda la vista cansada, ni el paso del tiempo respeta nada. Pero aun así, todavía espero que mis manos, antes de que el fragor de los teclados les borre las huellas para siempre, encuentren una memoria amiga en donde guarecerse.

Que mi mano encuentre una caligrafía en la que posarse suavemente, que halle un tiempo en el que desplegarse al calor de los días y que, cuando la vida nos arrincone contra las tablas y nos apriete los puños manchados de soledad, la salve otra mano que la recuerde entera, abierta, desnuda.



DESNUDA

Desnuda eres tan simple como una de tus manos:
lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente.
Tienes líneas de luna, caminos de manzana.
Desnuda eres delgada como el trigo desnudo.

Desnuda eres azul como la noche en Cuba:
tienes enredaderas y estrellas en el pelo.
Desnuda eres redonda y amarilla
como el verano en una iglesia de oro.

Desnuda eres pequeña como una de tus uñas:
curva, sutil, rosada hasta que nace el día
y te metes en el subterráneo del mundo

como en un largo túnel de trajes y trabajos:
tu claridad se apaga, se viste, se deshoja
y otra vez vuelve a ser una mano desnuda.

(Pablo Neruda)

domingo, 23 de septiembre de 2012

Arrecia el pasado

Arrecia el pasado. Como un mar hecho de naufragios, cada cierto tiempo devuelve los restos de alguna de aquellas travesías que se quedaron a medio camino entre lo imposible y la tenue levedad de palabras disparadas al aire.

Todo parece igual cuando, esa misma memoria que embellecía rostros, no produce extrañeza en las arrugas. Uno se pregunta si el recuerdo de cada persona envejece con ella aun en la distancia o somos nosotros los que envejecemos tanto que le sacamos treinta años de ventaja.

Llega el momento de la tormenta, cuando uno, delante de esos restos depositados en la orilla, se juzga a sí mismo estrenando, en cada palabra, una misericordia nueva, una mentira adecentada, un complejo convertido en virtud.

Arrecia el pasado cuando la culpa siempre la tuvieron otros. O el azar, o la desdicha de no ser de ningún lado después de haber vivido tanto tiempo en todas partes.

Todo parece igual cuando el dolor antiguo todavía se transforma en lágrimas. Lágrimas lentas, esbozadas apenas en unos ojos que ya no distingo si son los mismos que fueron o son otros tan cansados como los míos.

Llega el momento de la tormenta y el recuerdo deja la carne ajena que habitó durante hora y media, para volver a su funda de niebla, a su estante de humo, a su rincón de luz pretérita y embellecida.

Arrecia el pasado. El futuro sigue empecinándose en ir llegando sin ruido y sin aviso. Cuando tus manos, aquellas que me conocieron tan de cerca, siguen el otro camino y se despiden nuevamente, como entonces, sin el consuelo de un abrazo que echar de menos.

Arrecia el pasado y, de repente, cuando ya empiezo a tener el paraguas preparado, escampa el mundo cruzando hacia el otro lado de la calle armado con un "¡claro que te llamaré!".

Y vuelvo a escribir sobre lo mismo que escribo siempre mientras, afuera de mí, en ese lugar que ya no importa que haya caído tímidamente en el otoño, arrecia el presente.



POEMA DEL NO

Me decías que no. Por tu mirada
pasaban barcos lentamente. Había
gaviotas en tus ojos, en tus blandos,
oscuros ojos grandes,
donde iba cayendo la amargura
como un anochecer de altas sirenas
en los puertos del Sur.
Me decías que no serenamente.
Era un no original, que ya existía
antes que tú, que hablaba por sí mismo
mientras que tú, impotente, absorta, fijos
en mí tus ojos, lo sentías vivo,
palpabas su raíz por tus adentros.
Era un no adivinado,
mudo, pesadamente silencioso.
Tu duro cuerpo tibio
me decía que no, sin causas, iba
replegándose, como
si volviese a la infancia. Tú no eras.
Me decías que no, y en tu mirada
cabalgaba un dolor que yo diría
maternal. Un dolor implorando
comprensión. Un no de contenida
pesadumbre, pero total, abierto,
levemente asomado
a las playas del llanto.
Me decías que no lejana, sola,
terriblemente sola, maniatada,
sin un porqué donde apoyarte, pero
era no, era no, sin gritos, no...

Los puertos, las sirenas,
los barcos en la noche, todo iba
perdiéndose, alejándose.
Yo, delante de ti, triste, abatido.

(Rafael Guillén)

viernes, 22 de junio de 2012

Mentira piadosa

Desde detrás de la puerta
has llegado intensamente tangible
en tu envoltorio de piel y saliva,
elevando la temperatura de la esquina
en la que nos abrazamos.

Confieso que he confundido
tu lengua con la mía, que la geografía
de tu pecho se ha desdoblado en mis dedos
y que he reconocido
ese silencio de bocas juntas
que se dispersa sobre mí como gotas de vida.

¡Qué pronto te acabas!
Entre tanta confusión de aliento y caricias,
el otro mundo, ese que siempre limita al norte
con un cierto rumor de muchedumbre,
me ha desvestido de ti frente al espejo
y con una ráfaga de prisa
se ha llevado tus labios hacia el futuro
que nunca llega.

Tu olor es una mentira piadosa
que expande mi agradecimiento,
tu perfume es una falsedad necesaria,
un engaño al que deberle el consuelo y la mentira
de creer en la certeza de lo vivido.

¡Pero qué pronto te acabas!
Con qué rapidez te deshaces el cuerpo
en partículas de memoria,
qué deprisa te esfumas en el aire
y, sin embargo,
cuánto me cuesta salir de tu aroma
lentamente
hacia la soledad de la tarde.



Yo huelo a ti.
Me persigue tu olor, me persigue y me posee.
No es este olor un perfume sobrepuesto sobre ti,
no es el aroma que llevas como una prenda más:
es tu olor más esencial, tu halo único.
Y cuando, ausente, mi vacío te convoca,
una ráfaga de ese aliento me llega del lugar más tierno de la noche.
Yo huelo a ti
y tu olor me impregna después de estar juntos en el lecho,
y ese fino aroma me alimenta,
y ese aliento esencial me sustituye.
Yo huelo a ti.

(Darío Jaramillo Agudelo, Poemas de amor, 1986)

miércoles, 20 de junio de 2012

Margarita

Margarita no puede quedarse quieta ni un momento. Ella es así, impaciente, nerviosa, como si tuviera un motor revolucionado por dentro de la cabeza.

No deja de pensar, le da mil vueltas a todo y a todos, como si con una vida no tuviera bastante y hubiera que añadirle a los bajos -sí, precisamente- con la vida de los otros.

Y todo lo recuerda, en orden, como si vivir fuese ir escribiendo un diario de sastres y desastres, de tinos y desatinos, de alegrías y quebrancías. No quisiera, pero recuerda, con todo lujo de detalles novelados, los peores momentos de su vida con tanta claridad como los mejores.

O bien ha tenido demasiados de los primeros, o bien tanta memoria le conduce al lado tenebroso de la existencia. El caso es que siempre se pone en lo peor, como si ir sufriendo las cosas lentamente hiciera el dolor más soportable.

Aunque a mí, que soy bastante inexperto en todo lo que ella cuenta -¿habrá otros mundos dentro del mismo planeta?-, me parece que le sucede al revés: como empieza a sufrir con tanta antelación los acontecimientos, los malos ratos se le alargan en la memoria y, con una memoria tan buena -o mala- como la suya, no hay manera de ser optimista.

Me gusta su cabeza, esa inquietud que me da vida y me enseña el mundo desde otro punto de vista, más crudo, sí, pero también con más vitaminas. Me gusta su cabeza, pero a veces no puedo evitar el desconcierto de no poder ir a su paso. Siempre me lleva con la lengua fuera... y nunca a distancia de poder usarla.

Me da mucha rabia que tenga un sufrimiento preparado para cada maniobra del azar, que tenga una decepción que le combine con cada bolso y que se clave la aguja cuando pasea por el pajar. Que se tome las reglas mundanas como si fueran ordenanzas divinas y que esa mezquindad que tenemos todos los seres vivos le resulte fosforescente.

Preferiría verla reír a todo pulmón antes que escucharle esa risilla nerviosa de ahuyentar lágrimas, me desazona no estar en esos primeros cinco segundos en que ella se permite sentirse feliz. Desearía parecerme a ese con quien me confunde tantas veces.

Pero Margarita se llama mi amor y ella es así. Cuando intento deshojarla, en cada pétalo me digo: me quiere, me quiere, me quiere... Porque no sabe decir que no. Margarita se llama mi amor y, la pobre, ha ido a dar conmigo, que sólo sé decir quizás.

Eso sí, nos inventamos mutuamente, tan ricamente, tan a nuestro gusto como niños jugando con la arena. Nos entendemos y nos malentendemos, nos encontramos y nos desencontramos. Margarita se llama mi amor y, aunque no se para ni un momento, siempre me guarda el turno de palabra.




OIGO LOS COCHES

En la mañana oigo los coches
que no pueden
arrancar.
A lo mejor, entre los árboles,
hay pájaros así,
que tardan en lanzarse
al diario vuelo,
y algunos nunca lo consiguen.
Me alegro cuando un auto,
enfriado por la noche,
recuerda al fin la combustión
y prende sus circuitos.
Qué hermoso es el ruido
del motor,
la realidad vuelta a su cauce.
¿Cómo le harán los pájaros
para saber en qué momento,
si se echan a volar,
no corren ya peligro?
¿Qué nervio de su vuelo
les avisa
que son de nuevo libres
entre las frondas de los árboles?

(Fabio Morábito)

miércoles, 13 de junio de 2012

Algunos

Cuando ella las pronunció, en ese tipo de secuencia de plano contra plano que a veces parece simular que el espectador es un privilegiado contertulio de los protagonistas, sus palabras se me quedaron dentro de los oídos.

Sabía que, tarde o temprano, escribiría sobre ellas, que me iluminarían un trocito de pensamiento en los días siguientes y, aunque resultaran difíciles de asimilar sin poner algunas importantes objecciones, algo de ellas me llamaba.

"Algunos de los mejores momentos de la vida, fueron errores", decía Uma, clavándome su mirada azul sobre el sofá. Una contradicción, una paradoja, una frase comercial, un pensamiento inútil... quizás, sencillamente, una mentira.

Más tarde, cuando te hacen saber del ridículo que vino dos días después de haber sentido un alivio que tú hubieras vuelto a balbucear con alegría, piensas en los errores, en cuál es el motivo, la causa, que convierte el efecto positivo en negativo. En dónde está la línea que divide los errores de los aciertos y, sobre todo, en cuándo unos se transforman en otros.

Se me ocurre que los mejores momentos, esos que guardo dentro de una cajita del pecho, no son errores ni aciertos, y que nadie debería tener poder suficiente, ni siquiera uno mismo, para convertirlos en naufragios.

Porque no sabemos lo que sentiremos en el futuro, porque no sé lo que escribiré mañana, quiero mantener en la tinta de hoy y en el papel que atraviesa el tiempo las palabras que digo, para que me recuerden lo sentido antes de que la memoria y la luz de otros tiempos las conviertan en mentira.

Y, al respecto de la película, se me ha ocurrido modificar la frase para hacerla verdadera y escribir aquí, como contradicción, como paradoja, como frase comercial, como pensamiento inútil, quizás, como mentira, que algunos de mis mejores errores, primero fueron aciertos.

Aunque la verdad que nunca podrá ser mentira, el acierto que nadie trocará en equivocación, es que algunos de los mejores momentos de mi vida, los he vivido en ti, por ti, contigo.



AUTOBIOGRAFÍA

Como el náufrago metódico que contase las olas
que faltan para morir,
y las contase, y las volviese a contar, para evitar
errores, hasta la última,
hasta aquella que tiene la estatura de un niño
y le besa y le cubre la frente,
así he vivido yo con una vaga prudencia de
caballo de cartón en el baño,
sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
sino en las cosas que yo más quería.

(Luís Rosales, Rimas, 1951)



COLLAGE

Ligeras cruzan las edades, hay quien las cuenta en días,
y a través de su lluvia y su ceniza
cada vez más difícil resulta el resistirse
al perezoso vivir animal de la costumbre.
No sé por qué los versos que ahora escribo
parecen versos clásicos, y total para decir
que si después de tanto tiempo aún hoy
aprieto tu recuerdo entiendo que
estoy condenado
a naufragar todos los días
con la vejez que da el saber
que aunque me he equivocado en todo
esto es algo que especialmente he hecho
en lo que más quería.

(Santiago Montobbio, Ética confirmada, 1990)

miércoles, 6 de junio de 2012

Si las paredes hablaran

He borrado las señales evidentes, los errores plasmados, la vida escrita a desconchones sobre la pared. Se han ido también las huellas de todos los roces, las marcas verticales del tránsito cotidiano, los agujeros equivocados que tapaban los cuadros.

He pintado de blanco el pasado, tapando con pintura todas las historias contenidas en el polvo, cambiando de tono la luz que entra por la ventana. He estirado los brazos hasta que no ha quedado nada por alcanzar, porque pintar es escribir sobre lo escrito, combinar el pasado con un instante nuevecito y reluciente.

Tienen memoria la vida, el corazón y el papel. Todo les deja marca y por eso es imborrable lo que en ellos he escrito. Pero el yeso no, y yo ando pintando paredes blancas, llenando el suelo de estrellas enanas que llevan en sus entrañas un universo plano.

Y si tengo el corazón vacío y la vida baldía y el papel en blanco, si vivo encerrado entre estas cuatro paredes que cambian de color lentamente por mi roce de mi mano, nada tengo que temer de la memoria del ladrillo. Si las paredes hablaran, las mías se taparían los oídos, como me los tapo yo para seguir vivo.

Si las paredes hablaran, estas cuatro paredes mías no sabrían qué más decirte.






EL RETORNO

Las paredes tienen oídos,
vientre y sangre.
Pero que no lo sepa el aire,
que lo ignoren el invierno
y el vendedor de esponjas;
que no se enteren mis fotografías que hablan;
que mi amor, oh montañas, oh cielos,
no levante su voz como raíz dulcísima.

Las paredes tienen oídos,
dientes, venas.
Pero que yo nunca, fumando,
diga su breve nombre de madera.
Que yo nunca sonriendo, pronuncie
su verdad: la cálida verdad.

Porque las paredes, como los sótanos,
tienen grandes oídos de herrumbre y frío,
desesperanza y pavor,
desconsuelo y locura.

Que yo nunca, en voz baja,
diga que he vuelto a amar.

(Efraín Huerta, La rosa primitiva, 1950)

domingo, 20 de mayo de 2012

Los tiempos mejores

Vendrán tiempos mejores.
Del mismo modo que a cada calma
le antecede una tormenta,
sé que vendrán tiempos mejores.

Después de cada lluvia,
vienen días de cielo raso.
Después de cada invierno,
siempre llega alguna primavera.

Yo, que soy de naturaleza esperante,
sigo buscando ese momento perfecto
cuando, más allá del segundo acto,
hasta las hierbas de los cementerios
se llenan de flores y el camino
empieza a ser cuesta abajo.

Pero te recuerdo, aún sabiendo que tú
podrías rociarme con un espejo
que me volviese todo en contra,
que ésta es la lluvia que esperábamos
en mitad de aquel desierto,
que después del laberinto del invierno,
este mayo es el que tanto soñamos.

Vendrán tiempos mejores, se supone.
Pero esta palabra es, ahora,
la que rompe un silencio,
la que anuncia el siguiente;
porque contemplar la lluvia
sólo puede mojarnos la memoria.




LLUVIA

hoy llueve mucho, mucho,
y pareciera que están lavando el mundo
mi vecino de al lado mira la lluvia
y piensa escribir una carta de amor/
una carta a la mujer que vive con él
y le cocina y le lava la ropa y hace el amor con él
y se parece a su sombra/
mi vecino nunca le dice palabras de amor a la
mujer/
entra a la casa por la ventana y no por la puerta/
por una puerta se entra a muchos sitios/
al trabajo, al cuartel, a la cárcel,
a todos los edificios del mundo/ pero no al mundo/
ni a una mujer/ni al alma/
es decir/a ese cajón o nave o lluvia que llamamos así/
como hoy/que llueve mucho/
y me cuesta escribir la palabra amor/
porque el amor es una cosa y la palabra amor es otra cosa/
y sólo el alma sabe dónde las dos se encuentran/
y cuándo/y cómo/
pero el alma qué puede explicar/
por eso mi vecino tiene tormentas en la boca/
palabras que naufragan/
palabras que no saben que hay sol porque nacen y
mueren la misma noche en que amó/
y dejan cartas en el pensamiento que él nunca
escribirá/
como el silencio que hay entre dos rosas/
o como yo/que escribo palabras para volver
a mi vecino que mira la lluvia/
a la lluvia/
a mi corazón desterrado/

(Juan Gelman, Eso, 1983-84)

martes, 15 de mayo de 2012

Devuélveme el color

Me devuelve la memoria aquellos rostros
como una instancia fuera de plazo. Con ese olor
a papel viejo, a tinta oxidada
por la intemperie de los días deshojados.

Todo me llega con un ocre que embadurna
los paisajes. Como en una vieja
película de Hitchcok,
la memoria colorea aquellos rostros en blanco y negro,
con una historia que ahora
parece ilimitada y que, en tanto que recordada,
no pudo ser la verdadera.

Tú y yo deformamos con texturas diferentes el pasado,
distintos tonos de esa misma melodía
que silbamos las noches de luna llena,
que suena tan irreconciliable en tus labios
que dudo si pudo ser alguna vez que estuvieran
paseándose largamente por entre los míos.

La memoria nunca devuelve intacto lo vivido,
lo plancha, lo limpia, lo desangra.
No estaría mal si también consiguiera
hacerme olvidar que éste que aquí se lamenta
de todos los finales repetidos, éste yo,
precisamente éste, que carga en la espalda
una maleta de lluvia desperdiciada,
no soy más que otro de sus errores favorecidos.

Pero tú, que lo viviste conmigo,
devuélveme el calor de aquellos sueños, tráeme una luz
que borre todas las sombras y una mano que me guie
a través de este túnel sobre el que empieza
a caer silenciosamente la claridad de lo perdido.

Y devuélveme el color, ese color
que tiene la vida vista desde tus ojos
cuando nos abrazamos un instante.

sábado, 12 de mayo de 2012

Sólo mis sueños crecen conmigo

En las fotografías que miro
de un tiempo que ha dejado de ser tiempo
para transformarse en una sensación,
puedo palpar la verdad de los kilos,
levantar acta de una historia de cabellos blancos
y deshacer el enigma de los sitios.

Parece que soy yo quien cambia,
pero lo cierto es que la vida cambia alrededor
envejeciendo las pieles que acaricio,
arrugando los labios que beso, deformando
el pozo de los pechos a los que me asomo,
destintando los cabellos en los que pierdo
estas manos que ya no reciben como entonces
la química del amor en los parques solitarios.

Sólo el insomnio permanece. La inconsciencia
se ha vuelto decrepitud y nostalgia,
los amigos son cada vez más tiernos
que su recuerdo.
No soy yo el que cambia, son ellos,
es la vida la que cambia a mi alrededor
como un torbellino que me arrastra
hacia el acto final sin testigos.

Todo mengua lentamente: el espíritu, la rabia,
la importancia de las cosas que se disuelve
en el paso de los días rutinarios.
La esperanza hace aguas, el tumulto se aclimata
a unas pocas tardes de abril
que me llegan en desbandada, como si huyeran
hacia adelante.

Me falta aire, el espacio se me agota. Sólo mis sueños
crecen conmigo cuando te metes en ellos
no sé bien por qué resquicio,
pero del resto del mundo todo me falta
-la memoria, el presente, el desconcierto-,
y todo me queda estrecho como un abrigo
heredado a destiempo.

Parece que soy yo quien cambia,
pero es la vida la que cambia a mi alrededor
apretándome sobre mí mismo.
Sólo mis sueños crecen conmigo,
supongo que porque ocupan
el lado de la cama en que no estás.



LA AUSENCIA

Cuando el amor se va,
parece que se inmensa.

¡Cómo le aumenta el alma
a la carne la pena!

Cuando se pone el sol
lo ahondan las estrellas.

(Juan Ramón Jiménez, Canción, 1936)

lunes, 7 de mayo de 2012

Sueños a medida

Duermo mal. Hay cosas
que si no se aprenden en la infancia,
luego nunca se hacen bien.

En esos ratos de duermevela,
como un fogonazo de esperanza,
descarrilan los trenes de la memoria
y el azar enfunda su machete.

Supongo que sueño, pero jamás
he conseguido recordar una historia.
Lo peor es que nunca puedo
conmover hacia el misterio
a quienes escucharían con gusto de mi boca
un pasaje febril, una caída,
un tormentoso episodio,
una lujuria familiar.

Pero es en ese momento, despierto,
con los ojos cerrados a la oscuridad
y atravesado por los ruidos de la noche,
cuando simulo el artificio de otra vida,
que no me vive más que por dentro
y que pugna por salir.

Me fabrico mis sueños a medida,
sueños que no podría contar
en ningún auditorio, por el pudor
que me produciría saber lo que significa
cada fotograma y, al mismo tiempo,
hacerte creer que no.

Para mentirte prefiero mil veces
el día a día, el trabajo, la sombra
de todas aquellas palabras que me dices,
esos silencios espesos que otorgan
o este hálito sutil de la poesía.

Miento mal. Sueño mal.
Hay cosas que no pueden aprenderse.



A MANO AMADA

A mano amada,
cuando la noche impone su costumbre de insomnio
y convierte
cada minuto en el aniversario
de todos los sucesos de una vida;

allí,
en la esquina más negra del desamparo, donde
el nunca y el ayer trazan su cruz de sombras,

los recuerdos me asaltan.

Unos empuñan tu mirada verde,
____________________________otros
apoyan en mi espalda
el alma blanca de un lejano sueño,
y con voz inaudible,
con implacables labios silenciosos,
¡el olvido o la vida!,
______________________me reclaman.

Reconozco los rostros.
_______________________ No hurto el cuerpo.

Cierro los ojos para ver
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo:
_______________________la memoria.

(Ángel González)

martes, 20 de marzo de 2012

La memoria del agua

En el carril escarpado graznaban las piedras al paso de las ruedas del vehículo. Era un día otoñal con cielo azul y sol de invernadero. Tras los cristales del coche, una cálida placidez de domingo en el campo mantenía cortas mis mangas.

El río que remontábamos había dejado atrás el impulso bravío de la montaña blanca. El agua brillaba entre la sombra de las mimbres y los picos ennegrecidos de los juncos de la orilla. La colina, orientada al sur, crispaba el aire con ocres y verdes descoloridos, salpicando el horizonte con su rampa inconstante de manchas oblicuas que apuntaban hacia las nubes.

Cuando doblamos el recodo que la serpiente del camino tenía trazado, encontramos, ahí mismo, el vado y la explanada que se abría en el otro margen del agua. Una algarabía de niños fuera de contexto rodeaba las mesas apostadas bajo la sombra de un caqui medio dormido.

Con un solo paso cruzamos a la otra orilla, porque el río —riachuelo en este tramo— se estrechaba y sosegaba como dando permiso para ser atravesado. Nos colocamos bajo la sombra de un nogal, amarillo, envejecido, deshilachado de otoño. Hubo que ponerse abrigo, porque el viento cortaba las mejillas con su canción invisible de frío, mientras se adornaba la tarde con lluvia de hojas marchitas.

Al cabo de un rato perdí mis pasos un poco más arriba, en donde el transcurso del tiempo sonaba en el agua como un cascabel claro y rellenaba una poza en la que se aplacaba la corriente hasta convertirse en cristal. Un niño, no sé si el que fui o el que aún llevo dentro, onduló la transparencia con un dedo, como dudando de su realidad.

Posé en la superficie una hoja amarilla, un barco a la deriva, acercando mis manos al cauce. Entonces me pareció reconocer la misma agua, la misma hoja, el mismo río que una vez pasó por mi infancia. Me agaché para hacerme pequeño y volver a mirarlo todo desde abajo, con los ojos abiertos de mi inocencia perdida. Me reconoció la memoria del agua cuando me miré en su espejo y me devolvió la sonrisa.

Atravesando el aire brotó una risa que rellenó el paisaje y disolvió la escena. Se hundieron mis recuerdos con la hoja flotante atrancada en una piedra. De entre el juncal de la ribera, de improviso, aparecieron niños en pandilla que jalearon a voz en grito:
-¡Vamos a echar barquitos!

Cuando el sol, ya bajo, terminaba de pintar de sombras la carretera, conduciendo el coche de vuelta a casa entre las nubes de mi cabeza, recordé que nadie se baña dos veces en el mismo río, ni bebe dos veces el mismo agua.

Sin embargo, llego aquí convencido -si es que hasta ahora no lo estaba- de que todos los ríos que atraviesan la infancia, siempre son el mismo río. Al menos aquella tarde, me pareció verme escrito en la memoria imborrable del agua.

(Noviembre, 2007)

lunes, 12 de marzo de 2012

Lista

Sin detalles: suavidad, rojo, penumbra, melodía, amor.

Después se van ensamblando los fotogramas poco a poco. Cinco palabras los traen engarzados, empaquetados para traslado. Al fin y al cabo, escribir siempre es una mudanza.

En cada mudanza algo se altera, la atmósfera se transforma en vida embellecida cuando depositamos en la nueva estancia la lista de las cosas que no se pueden olvidar: amor, suavidad, rojo, penumbra, melodía.

Quizá sea el recuerdo aquello que más se disfruta cuando, con las paredes ya limpias, volvemos a colocarlo en su sitio: melodía, amor, suavidad, rojo, penumbra.

Pero yo prefiero los detalles, los otros, los que pone la imaginación por encima de la memoria, cuando la penumbra se hace melodía, como si el amor contuviese una música suave que va tiñendo de rojo los bordes.

Quizás fuera rojo el principio de la penumbra, quizás cada melodía es un amor que avanza hacia la suavidad. Quizás no sólo cuente el conjunto, quizás la realidad siempre se nos desmenuza en palabras que el olvido congela en una lista.

Pero dentro del corazón, la vida se nos queda con todo detalle: suavidad, rojo, penumbra, melodía, amor.

Y mucho. Como tú dijiste.



Posees el gozo de su risa
pero debes saber que partirá.
Te inunda su alegría
te ilumina su rotunda carcajada
con una luz muy dulce,
pero no ignores que se irá.
Ella fluye,
ella es un líquido que detesta estancarse
ella es un pájaro que anida y emigra,
ella se irá.
Ella se irá y te dejará una marca de amor
que solamente curarás con su regreso efímero.
Entonces la verás de paso
y será como tropezar con el sol de la mañana
descubrir de nuevo su alegría,
nadar en ella
plácido
hasta un próximo encuentro inesperado.

(Darío Jaramillo Agudelo, Libros de poemas, 2001)

lunes, 9 de enero de 2012

Dieta

Porque la vida consiste,
sobre todo,
en equivocarse primero,
reírse después de la caída
y dejar que la memoria
haga de cada fallo un acierto,
me propuse estar delgado.

Así puedo ir más tranquilo,
estar más fino y andar descuidado,
porque estando delgado
ya no habrá ningún modo
de que pueda cometer
un error gordo.




EL MAL DEL SIGLO

El paciente:

Doctor, un desaliento de la vida
que en lo íntimo de mí se arraiga y nace,
el mal del siglo... el mismo mal de Werther,
de Rolla, de Manfredo y de Leopardi.
Un cansancio de todo, un absoluto
desprecio por lo humano... un incesante
renegar de lo vil de la existencia
digno de mi maestro Schopenhauer;
un malestar profundo que se aumenta
con todas las torturas del análisis...

El médico:

—Eso es cuestión de régimen: camine
de mañanita; duerma largo, báñese;
beba bien; coma bien; cuídese mucho,
¡Lo que usted tiene es hambre!...

(José Asunción Silva, El libro de versos, 1896)

sábado, 31 de diciembre de 2011

Trayecto

Me dices que cuánto ha cambiado el insomnio desde que se cierra paréntesis. Pero siempre tuve vocación de nube, es sólo que el plan que tracé para no mencionar la lluvia aún es un poema sin terminar.

La literatura infantil que despliego siempre te sube hasta tocar el cielo, pero luego te arrastra hacia los días inversos, esos en los que la impertinencia de las hojas secas se te atraganta alrededor de lo que no se escribe. Pero la vida sigue.

Todavía, no te olvides, estoy en el punto de partida, aún es pronto, el camino es largo. Ha cambiado el insomnio pero se sigue moviendo, por el eco de cada llamada, porque me persiguen los silencios, hacia nuevas cuestiones de tacto.

La vida sigue y transcurre en prosa. Pero en cada insomnio me prometo versos para no olvidar que me sigo sintiendo ridículo y que siempre tuve problemas de memoria.




Otro tiempo vendrá distinto a éste.
Y alguien dirá:
«Hablaste mal. Debiste haber contado
otras historias:
violines estirándose indolentes
en una noche densa de perfumes,
bellas palabras calificativas
para expresar amor ilimitado,
amor al fin sobre las cosas
todas».

Pero hoy,
cuando es la luz del alba
como la espuma sucia
de un día anticipadamente inútil,
estoy aquí,
insomne, fatigado, velando
mis armas derrotadas,
y canto
todo lo que perdí: por lo que muero.

(Ángel González, Sin esperanza, con convencimiento, 1961)



VALOR DEL PASADO

Hay algo de inexacto en los recuerdos:
una línea difusa que es de sombra,
de error favorecido.
Y si la vida
en algo está cifrada,
es en esos recuerdos
precisamente desvaídos,
quizás remodelados por el tiempo
con un arte que implica ficción, pues verdadera
no puede ser la vida recordada.

Y sin embargo
a ese engaño debemos lo que al fin
será la vida cierta, y a ese engaño
debemos ya lo mismo que a la vida.

(Felipe Benítez Reyes, Sombras particulares, 1992)

martes, 27 de diciembre de 2011

Cuestiones de tacto

Quiero la fresa de tus labios para relamerme después en ese regusto ácido de la punta de tu lengua. Y que se me entornen los párpados, que me tiemble la voz y se me salga el corazón por los costados.

Mantener contigo más cuestiones de tacto, un roce divino de pieles contrarias y sextos sentidos. Beber gotas de tu pecho, fruncir tu espalda con mis dedos y notar que un hilo de tu voz me advierte del vaporoso placer de asomarme adentro.

Y cuando se enreden las piernas y nos olviden los pies fríos, cuando nos hayamos quitado de encima este silencio infinito y estemos tan en el centro y tan cerca que no podamos entender lo que pasa fuera, quiero que me arropes en mitad de un suspiro, que me suspendas en el filo de un terremoto y me pares el tiempo en ese instante.

Para darme un sitio al que volver cuando -como ahora-, ya sea demasiado tarde y sólo pueda buscarte entre los escombros de la memoria.


MITO

Mito
mito mío
acorde de luna sin piyamas
aunque me hundas tus psíquicas espinas
mujer pescada poco antes de la muerte
aspirosorbo hasta el delirio tus magnolias calefaccionadas
cuanto decoro tu lujosísimo esqueleto
todos los accidentes de tu topografía
mientras declino en cualquier tiempo
tus titilaciones más secretas
al precipitarte
entre relámpagos
en los tubos de ensayo de mis venas.

(Oliverio Girondo, En la másmedula, 1963)

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Aniversario

Doscientos treinta y seis capítulos después, el insomnio no es el mismo. Ha crecido, ha cambiado, se ha hecho menos tierno y más ambiguo.

Doscientos comentarios después, no hay pastillas para el insomnio ajeno.

No obstante, queda un año. Y aunque debería celebrar el día de hoy como se merece, es decir, escribiendo, creo que voy a seguir celebrando el día de ayer como se merece también: es decir, soñando, porque el sueño de la memoria es la memoria del sueño.

Y aunque para Punset la felicidad es cosa de tres (asunto que puede tener más patas de la cuenta, en concreto, ocho) yo no estoy seguro del número necesario. De lo que sí tengo constancia es del sueño y de la memoria, de que esa felicidad dura por dentro seis segundos y por fuera, como mucho, media hora.

La vida no espera, no para y no avisa... Pues, entonces, sigamos como hay que seguir: incrédulamente, sin esperanza...


Un amor imposible es el más feliz de los amores.
O puede serlo.
Basta que creas que es posible un amor imposible
y esto hará la felicidad del amor imposible.
Puede que seas el amor imposible de tu amor imposible.
Pero esto es un milagro.


A estas alturas rodando
literalmente rodando
asumo mi destino,
araño cielos, tiento paraísos,
busco la clave que me traspase,
sin buscarla la busco,
la llave es un torso, un gesto,
la sonrisa de un amor imposible
o de otro amor imposible.
Los amores imposibles
-es tan evidente que siempre lo olvido-
son partes de ese mundo imposible
que es mi mundo verdadero.

(Darío Jaramillo, Libros de poemas, 2001)