Es una lástima que no estés con nosotros
cuando los relojes descansan y te leo
y me figuro a un hombre que me habla
desde el filo tácito de los renglones.
El destino era esto, no sé quién lo dijo
pero tenía la bola de cristal bien afinada,
porque también supo que estaba oculta
en el aire, y sola, tu mirada.
He dejado intacto tu paisaje,
aunque se me ocurre que vas a llegar distinto,
para que puedas venir a reclamarte
y seguir aclarándome los ojos en tus libros.
Pero es una lástima que no estés con nosotros
cuando miro el reloj y son las ocho
y tengo que dejarte cerrado en la mesilla
para atender los asuntos de poca monta
de los que tengo rellena la vida.
Estarás aquí cuando vuelva, eso espero,
en este paréntesis del mundo,
cuando mire el reloj y no lo vea
y vuelva a tenerte y no.
Hagamos ese trato.
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