no es la madera.
Por mucho que los troncos
se retuerzan unos sobre otros,
el fuego no arde.
Ya entonces, cuando tus ojos
se llenaban de frío y mis manos
eran un silencio de bolsillo
y paseábamos en un acto
de terrible imprecisión por las aceras
que a veces nos unen,
lo supimos.
Se rozaban nuestros cuerpos
sin nosotros.
Era la patada en el fondo
de un pulmón abierto que busca superficie.
Los suspiros aquellos
sólo duraban un soplo.
Lo que prende la llama
es el aire. El aire
que circula y que reverbera,
ese que entra frío por las venas
y sale caliente intentando
subir al cielo.
Pero teníamos las ventanas sin mar,
enrejadas contra el viento,
la chimenea mal orientada hacia el mundo.
Cuando cerrábamos la puerta,
la asfixia se nos llenaba de humo
y cada corazón repleto de la tristeza
de seguir soplando a la cenizas.
No es nada de tu cuerpo,
ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre,
ni ese lugar secreto que los dos conocemos,
fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro.
No es tu boca —tu boca
que es igual que tu sexo—,
ni la reunión exacta de tus pechos,
ni tu espalda dulcísima y suave,
ni tu ombligo, en que bebo.
Ni son tus muslos duros como el día,
ni tus rodillas de marfil al fuego,
ni tus pies diminutos y sangrantes,
ni tu olor, ni tu pelo.
No es tu mirada —¿qué es una mirada?—
triste luz descarriada, paz sin dueño,
ni el álbum de tu oído, ni tus voces,
ni las ojeras que te deja el sueño.
Ni es tu lengua de víbora tampoco,
flecha de avispas en el aire ciego,
ni la humedad caliente de tu asfixia
que sostiene tu beso.
No es nada de tu cuerpo,
ni una brizna, ni un pétalo,
ni una gota, ni un gramo, ni un momento:
Es sólo este lugar donde estuviste,
estos mis brazos tercos.
(Jaime Sabines, Poemas sueltos, 1961)
1 comentario:
!Muy bonito, poeta! !tu alma salta por entre tus versos! y muy acertados los de Jaime Sabines.
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