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miércoles, 4 de abril de 2012

Miedo de abril

Ahora sé que nunca hubo marcha atrás, yo sólo sé huir hacia adelante.

Confieso que los dedos se me han manchado de esa cierta tristeza de las firmas. Con la lluvia de decorado, con la música de fondo de una mentira que cae por su propio peso, apenas cuatro palabras y dos besos tímidos y desangelados.

La liturgia del desarraigo sucede cuando el mundo cabizbajo se parte en autobuses diferentes. Empiezan otros viajes, otras mentiras, otra soledad más intensa. Afuera llueve y llueve por dentro.

Todo sucede siempre en abril, ese es el punto de partida de la melancolía que irá formando escamas en la piel hasta que el olvido consiga ganar la batalla que ya se da por perdida.

Nunca hubo marcha atrás, sólo se puede huir hacia adelante. Y ahora, me toca correr despavorido hacia el porvenir.

Tengo un miedo nostálgico de las lágrimas, porque nunca supe llorar a tiempo. Tengo un miedo ausente de la amargura de los desayunos de los ojos pegados, porque sé que el tiempo no lo cura todo. Tengo un enorme miedo silencioso de no haber aprendido y repetir.

Y noto que me va penetrando hasta los huesos un agrio, turbio y viscoso miedo de abril.


INVENTARIO DE URGENCIA PARA SEGUIR ADELANTE

A veces, el pasado fue sólo aquel momento
en el que se confunden
amor y muerte, soledad y dicha.

Y porque entre unos brazos
al menos un instante me he sentido feliz,
procuro compartir este camino
hacia bellos sucesos como aquél
en que la luz fue nuestra.

Por eso me alimenta la esperanza.

Por eso llevo,
tatuada en el ansia de vivir,
como una hermosa referencia,
la cicatriz distinta de su cuerpo.

(Javier Egea, Paseo de los Tristes, 1982)

jueves, 12 de enero de 2012

Soplar a las cenizas

Lo que prende la llama
no es la madera.
Por mucho que los troncos
se retuerzan unos sobre otros,
el fuego no arde.

Ya entonces, cuando tus ojos
se llenaban de frío y mis manos
eran un silencio de bolsillo
y paseábamos en un acto
de terrible imprecisión por las aceras
que a veces nos unen,
lo supimos.

Se rozaban nuestros cuerpos
sin nosotros.
Era la patada en el fondo
de un pulmón abierto que busca superficie.
Los suspiros aquellos
sólo duraban un soplo.

Lo que prende la llama
es el aire. El aire
que circula y que reverbera,
ese que entra frío por las venas
y sale caliente intentando
subir al cielo.

Pero teníamos las ventanas sin mar,
enrejadas contra el viento,
la chimenea mal orientada hacia el mundo.
Cuando cerrábamos la puerta,
la asfixia se nos llenaba de humo
y cada corazón repleto de la tristeza
de seguir soplando a la cenizas.





No es nada de tu cuerpo,
ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre,
ni ese lugar secreto que los dos conocemos,
fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro.
No es tu boca —tu boca
que es igual que tu sexo—,
ni la reunión exacta de tus pechos,
ni tu espalda dulcísima y suave,
ni tu ombligo, en que bebo.
Ni son tus muslos duros como el día,
ni tus rodillas de marfil al fuego,
ni tus pies diminutos y sangrantes,
ni tu olor, ni tu pelo.
No es tu mirada —¿qué es una mirada?—
triste luz descarriada, paz sin dueño,
ni el álbum de tu oído, ni tus voces,
ni las ojeras que te deja el sueño.
Ni es tu lengua de víbora tampoco,
flecha de avispas en el aire ciego,
ni la humedad caliente de tu asfixia
que sostiene tu beso.
No es nada de tu cuerpo,
ni una brizna, ni un pétalo,
ni una gota, ni un gramo, ni un momento:

Es sólo este lugar donde estuviste,
estos mis brazos tercos.

(Jaime Sabines, Poemas sueltos, 1961)

sábado, 3 de diciembre de 2011

Calatontos

Hay que cansarse de ver la vida como si fuese el cine para empezar a ver el cine como si fuese la vida, la misma vida que pasa por delante de los ojos y se estremece al tacto y suena al fondo como un ruido inacabable.

Hay que cansarse de ver la vida como si fuese el cine, dejar de buscar el gran diálogo, no empeñarse en la palabra perfecta, olvidar los primeros planos y sentirse, sencillamente, parte del paisaje de los otros.

Cambiar el guión es una simple cuestión de forma, hay que dejarse de encuadres exactos y ponerse a devenir en cada secuencia como uno es, sin maquillaje, sin armadura, sin contorsionar el espíritu y permitir que se salga del centro de gravedad de una vida para rellenarla a lo ancho y a lo estrecho.

Pasamos, como en una secuencia improvisada, del estrellato al documental, en cuanto nos quitamos los zapatos y nuestros huesos van a parar al sofá con un golpe sordo que nadie escucha. Hay que despojarse del atrezzo, simplificar el vestuario y vivir cada escena única como si no existiese nadie más, como si el resto de los actores no acudieran a su cita puntual del teléfono.

Otro año más, otro viaje al centro del escenario. Aquí dejo otro nuevo paso de puntillas por la pantalla, otra breve conversación intrascendente que se convierte en el centro del laberinto.

Cuando yo le dije, apenas fumado y mojado, que había sitios en donde se llamaba orbayu, ella me dijo despreocupadamente que aquí siempre se había llamado calatontos.

Tenía razón, toda la razón, porque sólo los tontos nos calamos. Y aunque ambos nos referíamos a ese agua dispersa que cae mansamente y sin alboroto sobre los bordes del otoño, ahora sé que estábamos hablando esa forma tímida e insulsa de la tristeza que, allí y aquí, todos llamamos música, cine, melancolía o soledad.





INVOCACIÓN

Que no crezca jamás en mis entrañas
esa calma aparente llamada escepticismo.
Huya yo del resabio,
del cinismo,
de la imparcialidad de hombros encogidos.
Crea yo siempre en la vida
crea yo siempre
en las mil infinitas posibilidades.
Engáñenme los cantos de sirenas
tenga mi alma siempre un pellizco de ingenua.
Que nunca se parezca mi epidermis
a la piel de un paquidermo inconmovible,
helado.
Llore yo todavía
por sueños imposibles
por amores prohibidos
por fantasías de niña hechas añicos.
Huya yo del realismo encorsetado.
Consérvense en mis labios las canciones,
muchas y muy ruidosas y con muchos acordes.

Por si vinieran tiempos de silencio.

(Raquel Lanseros, Diario de un destello, 2006)

sábado, 16 de julio de 2011

Los hombres del tiempo

Había una vez un hombre del tiempo al que le encantaba su profesión. Dedicaba todos sus esfuerzos, miraba en internet los datos del satélite, comprobaba por teléfono el clima que hacía en otros lugares del mundo que tenían la misma latitud que el suyo, la misma longitud, la misma altura, la misma distancia a la sierra y al mar que su ciudad.

Dedicaba horas y horas a elaborar pronósticos minuciosos, debidamente razonados y analizados. Y llegado el momento, pronosticaba a sus convecinos el tiempo que haría al día siguiente.

Con todos estos datos en el corazón, siempre pronosticaba lluvias. Si fallaba en su pronóstico del tiempo y el día siguiente era soleado, como es natural, le fastidiaba mucho haberse equivocado. Aunque su verdadero problema era que también le fastidiaba acertar porque, cuando su vaticinio era correcto y las nubes lloraban desde el cielo, recordaba la tristeza infinita que le embargaba en los días de lluvia.

Entonces, al cabo de unos años, se encontró con otro hombre del tiempo algo más viejo con el que entabló amistad. Se intercambiaban datos, comentaban las incidencias meteorológicas y las no tan lógicas, sus impresiones y sus cuitas. Pero nunca coincidían en el pronóstico. El otro siempre pronosticaba días fantásticos, soleados pero no calurosos en exceso y con la posibilidad de brisas suaves que lo hicieran aun más agradable.

La ciencia de la meteorología, al igual que la amistad, tiene ese gran defecto, esa gran virtud: cuando se empieza hablando de nubes y temperaturas, al final salen en la conversación las tormentas de la cabeza y las precipitaciones del corazón. Y le contó lo que le pasaba, su extrema desazón fuese cual fuese el resultado de su pronóstico, en tanto que, el otro hombre del tiempo siempre parecía contento.

El hombre del tiempo mayor respondió:
-¡Ah, naturalmente! No es ningún secreto lo que te voy a contar, todo el mundo lo hace. Yo no intento acertar el tiempo que va a hacer mañana, eso no está escrito en ninguna parte: lo que pronostico es el tiempo que me gustaría que hiciera.

-Ya, ya, míralo que iluso... Pero... ¿y si te equivocas?

-Si me equivoco y mañana el sol derrite las aceras, ya procuraré buscarme un aire acondicionado o ponerme a la sombra. O le pediré a alguien que que me abanique o que me haga sudar con motivo. O igual voy a la piscina y encuentro bikinis que mirar. O me aguantaré sudando hasta la deshidratación, sabiendo que todo llega, pero que todo pasa.

-Pero ¿y si llueve?

-Si me equivoco y llueve, bueno... me gusta la lluvia, según de qué manera y con quién. Aunque lo que verdaderamente me pone contento es que, a veces, acierto. Y entonces disfruto de ese día que me deja tocar los sueños.

Pero el hombre del tiempo lluvioso, aun después de entender la respuesta, no quiso dejar de pronosticar mal tiempo. Era superior a sus fuerzas: prefería tomarse la realidad cruda antes que probar la fantasía en almíbar.

Y es que para quien siempre apuesta a la lluvia, ningún sol es suficiente. Para quien apuesta a la humedad, nunca encuentra ropa seca que ponerse. Para quien apuesta a perder, todas las victorias son mentira.

Y colorín colorado, este cuento de verano se ha acabado. Naturalmente, es un cuento con metáfora, porque, como ya se habrán dado cuenta al leerlo, no estoy tratando de hablar de meteorología, sino de la agricultura de los sueños para ganaderos del corazón.




LATIDO

A veces me pregunto
si tiene sentido escribirle al silencio.

Como esta noche…
Yo estaba en el mirador.
Siempre estoy en un mirador esperando a que pase.

Me parece abarcar el horizonte con la palma de mi mano,
pero en realidad no toco nada.
Solo rozo este aire que mañana será otro,
aunque intente convencerme de que es el mismo.

La ciudad me desafía y enciende sus miles de luces,
yo enciendo mis sentimientos.
Tú también eres perro viejo y lo sabes.
El consumo del corazón sube cuando asoma la luna,
se contamina la piel
de energía gastada en horas punta.

A la mañana siguiente solo quedan residuos.
Pero nadie me enseñó a reciclar lo que siento.

Soy tonta. Rematadamente tonta.
Me dejo alumbrar por esas luces que palpitan
por mis caricias,
pero laten sin mi vida.

(Alicia Choin, poema inédito, 2011)