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jueves, 12 de enero de 2012

Soplar a las cenizas

Lo que prende la llama
no es la madera.
Por mucho que los troncos
se retuerzan unos sobre otros,
el fuego no arde.

Ya entonces, cuando tus ojos
se llenaban de frío y mis manos
eran un silencio de bolsillo
y paseábamos en un acto
de terrible imprecisión por las aceras
que a veces nos unen,
lo supimos.

Se rozaban nuestros cuerpos
sin nosotros.
Era la patada en el fondo
de un pulmón abierto que busca superficie.
Los suspiros aquellos
sólo duraban un soplo.

Lo que prende la llama
es el aire. El aire
que circula y que reverbera,
ese que entra frío por las venas
y sale caliente intentando
subir al cielo.

Pero teníamos las ventanas sin mar,
enrejadas contra el viento,
la chimenea mal orientada hacia el mundo.
Cuando cerrábamos la puerta,
la asfixia se nos llenaba de humo
y cada corazón repleto de la tristeza
de seguir soplando a la cenizas.





No es nada de tu cuerpo,
ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre,
ni ese lugar secreto que los dos conocemos,
fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro.
No es tu boca —tu boca
que es igual que tu sexo—,
ni la reunión exacta de tus pechos,
ni tu espalda dulcísima y suave,
ni tu ombligo, en que bebo.
Ni son tus muslos duros como el día,
ni tus rodillas de marfil al fuego,
ni tus pies diminutos y sangrantes,
ni tu olor, ni tu pelo.
No es tu mirada —¿qué es una mirada?—
triste luz descarriada, paz sin dueño,
ni el álbum de tu oído, ni tus voces,
ni las ojeras que te deja el sueño.
Ni es tu lengua de víbora tampoco,
flecha de avispas en el aire ciego,
ni la humedad caliente de tu asfixia
que sostiene tu beso.
No es nada de tu cuerpo,
ni una brizna, ni un pétalo,
ni una gota, ni un gramo, ni un momento:

Es sólo este lugar donde estuviste,
estos mis brazos tercos.

(Jaime Sabines, Poemas sueltos, 1961)

domingo, 13 de noviembre de 2011

Llamada

Frágil como el cristal de la copa
que ofrece sorbos de deseo,
tenías la piel llena de labios
y un suspiro que yo te había dejado
en el borde del cuello.

Eras calor de cuerpo medio desnudo
y encendías la luz que distingue unos días de otros,
las palabras oscuras de la saliva,
el corazón abierto a la intemperie
de la noche cerrada al insomnio.

Fuiste la gran herida vertical de color rápido,
sobreviviste muro, árbol de la ciencia,
manzana de lumbre ajena
y madeja que no puede desenredarse
sólo con mis dos manos apacibles.

Cuando, al otro lado del teléfono,
oigo la parte de risa que aún me corresponde,
no consigo escucharte como eres,
porque a este lado del aparato no soy yo
el hombre risueño que contesta y se alegra
del extracto contagioso de la tecnología moderna.

Sino que conversas con el miedo que tengo
a que aquella mujer frágil que recuerdo
con la piel llena de labios,
sea una vieja mentira a la que aferrarse
o acaso
una mentira nueva sin asideros.




LA DESPEDIDA DE LA CARNE

Se gastaron mis manos y mis ojos en numerosos cuerpos,
y sólo sé
que el mirar complacido y las lentas caricias
anulaban el mundo
que no era terrritorio precioso de la carne.
Ni el humo de los leños que ardieron
puede ya retornar.
Adoré lo que el tacto adoró. Lo sé como me sé.
Y me es ajeno y débil como si fuese imaginado.
Sigo siervo del dios que me otorgó una vida
por la que la desdicha pudo ser aceptada.

Hoy ven los ojos, en la presencia de la carne,
igual lo diferente,
y el tacto del que oficia no halla nada
que le otorgue el temblor:
mi cuerpo ya es la llaga de una sombra.
El dios que tanto dio para quitármelo,
y al que nunca recé, ni fui blasfemo,
también se desvanece como si fuese un cuerpo.

Misericordia extraña
ésta de recordar cuanto he perdido,
y amar aún su inexistencia.

(Francisco Brines)