jueves, 29 de noviembre de 2012

Chandal

La vida se viste de chandal
y el silencio de mis pies fríos
es un niño asustado que atraviesa las puertas
y se esconde dentro del sofá.

Un niño que mira todas las cosas
con el asombro de la primera huida,
tropezando en las esquinas con las voces
de aquellos fantasmas difíciles
que se inventa habitando las ruinas.

Sólo los perros saben romper una tarde
cuando aun está sin planchar
del mismo modo que un temblor de teléfono
puede irrumpir con la voz de una mujer desconocida
sobre la lámpara azul del salón adormecido.

La oscuridad se pliega ante la exacta geometría
de una escalera que siempre está inquieta,
las paredes aturullan el camino de los suspiros
y un ruido de fondo de platos sucios
desploma el mundo sobre un papel.

Entonces un hueco del estómago
arranca el chandal y me extirpa
del amor a las chimeneas encendidas
y desafiando lo inhóspito de noviembre
esos zapatos en los que consigo meterme
me llevan pisando con fuerza prestada
hacia el otro lado del mundo.

Atrás siempre queda una palabra
que no debería hacerse esperar.



Precisamente hoy voy a llevarme a mi nuevo domicilio todos los días inversos y todos aquellos modos de mencionar la lluvia que me quepan en una maleta.

En una mano tomo el empeño de escribir una nueva vida, pero sé que me estoy gastando en el intento de encontrar noches irrompibles.

Con la otra recojo un anecdotario, por si una tarde de estas tuviera que asomarme desde el filo y gritarle al aire.

Y me llevo el tiempo mientras tanto.

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