viernes, 16 de noviembre de 2012

Perfecta

De sobra sé que no es perfecta, que nada lo es. ¿Y qué importa? El ideal no existe; y si existe, no me llega, no me hace temblar, no me conmueve.

Si supiera, si tuviese el don de esculpirla de la nada, no encontraría el modo de mejorarla con estas manos mías, con estos ojos propios, con este corazón envejecido y envalentonado.

Yo también soy mis errores, mis manos torpes, mi cuerpo moldeado por los genes y la pereza. Y estoy tan hecho de sueños como de fracasos, con tanto entusiasmo como decepción.

Aquí aparezco, tal vez, como si supiera de lo que hablo, como si todo rodara suavemente por una cuesta ligera y las palabras surgieran solas, seguidas, en una misma secuencia de plano contraplano.

Pero es pura coquetería la de ocultar los lunares de la espalda, el pellizco ansioso de una tarde de domingo y el asqueroso vicio de fumar a deshoras. Coquetería necesaria, pero que no me engaña. De sobra sé que no soy perfecto... ¿y qué importa?

Y como yo no lo soy, ella no puede serlo. Su imperfección no es un defecto, sino eso, exactamente eso que hace que ella sea como es. Eso que tanto me gusta.


Estoy empaquetando Lo que no se ve en los poemas.

Me gusta este poema en el que quiero contar que el proceso de creación es más complicado de lo que puede parecer.

Las palabras no salen solas. Uno empieza a escribir con un chispa que vislumbra esperando que el texto arda solo. Y pasan las horas, las noches y hasta los meses, y el texto que a uno le temblaba en el pensamiento no consigue encenderse.

Y si acaso se enciende, hay que retirar las cenizas antes de presentarlo, limpiarlo a los ojos del mundo.

Pero todos los poemas tienen una trastienda, un almacén lóbrego y lleno de polvo, que corro a ocultar debajo de la primera alfombra que pillo.

Uno nunca escribe lo que quiere, lo que le gustaría; sino lo que puede, lo que se deja.

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