Mostrando entradas con la etiqueta palabra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta palabra. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de diciembre de 2012

La última palabra

Vivimos rodeados de despedidas. Despedidas simples, pequeñas, imperceptibles.

Decimos la última palabra sin darnos cuenta de que lo es, como un ejercicio cotidiano de indiferencia. Decimos la última palabra en cada encuentro fugaz, confundiéndola a veces con la primera.

Decimos adiós sin saberlo. Vaciamos estantes y cajones llenos de recuerdos y los embolsamos en el olvido de la basura. Pintamos las paredes, removemos los muebles y nos deshacemos de aquellos enseres que una vez nos llegaron como tesoros.

Nos despedimos del pasado incómodo, alegando falta de espacio. De todo aquello que denuncia que ya no somos los mismos. De la ropa que ya no nos queda, de los mapas que anduvimos en vacaciones, de las entradas del concierto en donde nos vimos la primera vez…

Los demás se despiden también, dan pasos largos, se encuentran en los susurros y asoman el corazón un ratito, sin que se les note mucho. Entonces, no sé si con un pellizco de tristeza o con un gramo de miedo, te entregan su herencia de papeles de colores para creer, de este modo, que no se rompen del todo los lazos con el ayer y que los dejan en buenas manos.

A pesar de la inercia de lo leve, del espejismo del propio yo y de la infidelidad de la memoria, la vida está llena de despedidas cobardes y tristes. Y de despedidas alegres, valientes e imposibles. De adioses consentidos y de separaciones inconscientes…

Cuando me sonreíste pasando de largo y me quedé perdido entre unos renglones aparcados en doble fila, supe que ya no me quedaban más gotas de suerte. Por eso me empeño tanto en esta última palabra que escribo para verte.




Me llevo tu mundo fosforescente, ese que tus ojos entornados siempre me enseñan. Ese mundo tan grande y tan a ras de tierra que, en esta última maleta, ya no me cabe nada más.


jueves, 29 de noviembre de 2012

Chandal

La vida se viste de chandal
y el silencio de mis pies fríos
es un niño asustado que atraviesa las puertas
y se esconde dentro del sofá.

Un niño que mira todas las cosas
con el asombro de la primera huida,
tropezando en las esquinas con las voces
de aquellos fantasmas difíciles
que se inventa habitando las ruinas.

Sólo los perros saben romper una tarde
cuando aun está sin planchar
del mismo modo que un temblor de teléfono
puede irrumpir con la voz de una mujer desconocida
sobre la lámpara azul del salón adormecido.

La oscuridad se pliega ante la exacta geometría
de una escalera que siempre está inquieta,
las paredes aturullan el camino de los suspiros
y un ruido de fondo de platos sucios
desploma el mundo sobre un papel.

Entonces un hueco del estómago
arranca el chandal y me extirpa
del amor a las chimeneas encendidas
y desafiando lo inhóspito de noviembre
esos zapatos en los que consigo meterme
me llevan pisando con fuerza prestada
hacia el otro lado del mundo.

Atrás siempre queda una palabra
que no debería hacerse esperar.



Precisamente hoy voy a llevarme a mi nuevo domicilio todos los días inversos y todos aquellos modos de mencionar la lluvia que me quepan en una maleta.

En una mano tomo el empeño de escribir una nueva vida, pero sé que me estoy gastando en el intento de encontrar noches irrompibles.

Con la otra recojo un anecdotario, por si una tarde de estas tuviera que asomarme desde el filo y gritarle al aire.

Y me llevo el tiempo mientras tanto.

jueves, 18 de octubre de 2012

Inefable

Tal vez hayas sentido alguna vez la necesidad imperiosa de decir, de escribir, un algo que te sobreviva, que quede en la memoria de muchos hombres o de alguno, que cambie la vida de una persona y le infunda valor o misericordia, o que revele al mundo esa generosidad íntima que notas en el centro del pecho, esa determinación de quien está en paz con todas sus dudas, ese espasmo de energía de quien quiere elegir su futuro.

Quizás también hayas deseado alguna vez encontrar la palabra exacta que detenga el rodillo del destino, que alivie la desazón de los naufragios, que haga rodar un número impar de lágrimas dulces contra las saladas.

Puede que hayas tenido sobre tus hombros el peso de saber que el minuto que estás viviendo trascenderá lo que de ti recuerden, que el movimiento de tus labios quedará grabado a cámara lenta en alguna memoria, que ese gesto incontrolable de tu rostro permanecerá engranado para siempre en los latidos de un corazón que te mira desde la intemperie.

Pues bien, permíteme que me inmiscuya en tus asuntos y te saque del error. Porque no existe ese momento único, no hay una sola palabra que cambie la historia más que otra, no hay un beso más oportuno que el que regalaste, no hay frase más acertada que la que dijiste.

Cada momento es único y, sin embargo, todos son repetidos. La vida es leve y necesita que digamos muchas veces lo mismo para convertir en realidad eso innombrable que nos gustaría.

Todos los momentos son decisivos, todos, porque los efectos nunca tienen una sola causa, porque no basta detener una gota de lluvia para evitar que se empape el suelo de agua.

Me he sentado delante de este papel -intangibles los dos-, deseando escribir un rayo que te recorra desde la punta del pie hasta los ojos, una luz que te deslumbre el esqueleto, una marca de agua que se te quede prendida en los sueños.

Pero me he dado cuenta, mientras iba tecleando palabras ya dichas, que no es necesario, que no debo resumir el tiempo que me ha tocado y condensarlo en un solo sintagma o en un único vocablo.

Y si acaso pudiera, solo con palabras, cambiar algún destino, sé que entonces, rayo, luz y marca, lo inefable ya lo tengo escrito. Pero no en una sola palabra, sino en cada palabra de las que he dicho, de las que digo y en las que aún me quedan por decir.


LA VIDA NOS ACORTA LA VISTA...

La vida nos acorta la vista
y nos alarga la mirada.
¿Cómo poner otra figura en el paisaje
sin desarticularlo como una feria invadida por la tristeza,
sin que las nubes o los árboles se despeguen
y salten como muñecos desarmados?
¿Cómo poner una palabra en el paisaje
sin que el silencio se asuste
igual que un animal sorprendido en el bosque
o como una procesión que ha perdido su imagen?
¿Cómo poner una muerte en el paisaje
sin que se vuelva frío
y se sumerja como una flauta
con todos los agujeros tapados?
¿Cómo alargar un sueño
hasta que sea un punto en el paisaje,
una figura, una palabra o la muerte,
sin que el paisaje se desintegre como una burbuja?
Nosotros ya no podemos dejar de estar en el paisaje siguiente,
aunque sea un paisaje en blanco.

(Roberto Juarroz)

miércoles, 20 de junio de 2012

Margarita

Margarita no puede quedarse quieta ni un momento. Ella es así, impaciente, nerviosa, como si tuviera un motor revolucionado por dentro de la cabeza.

No deja de pensar, le da mil vueltas a todo y a todos, como si con una vida no tuviera bastante y hubiera que añadirle a los bajos -sí, precisamente- con la vida de los otros.

Y todo lo recuerda, en orden, como si vivir fuese ir escribiendo un diario de sastres y desastres, de tinos y desatinos, de alegrías y quebrancías. No quisiera, pero recuerda, con todo lujo de detalles novelados, los peores momentos de su vida con tanta claridad como los mejores.

O bien ha tenido demasiados de los primeros, o bien tanta memoria le conduce al lado tenebroso de la existencia. El caso es que siempre se pone en lo peor, como si ir sufriendo las cosas lentamente hiciera el dolor más soportable.

Aunque a mí, que soy bastante inexperto en todo lo que ella cuenta -¿habrá otros mundos dentro del mismo planeta?-, me parece que le sucede al revés: como empieza a sufrir con tanta antelación los acontecimientos, los malos ratos se le alargan en la memoria y, con una memoria tan buena -o mala- como la suya, no hay manera de ser optimista.

Me gusta su cabeza, esa inquietud que me da vida y me enseña el mundo desde otro punto de vista, más crudo, sí, pero también con más vitaminas. Me gusta su cabeza, pero a veces no puedo evitar el desconcierto de no poder ir a su paso. Siempre me lleva con la lengua fuera... y nunca a distancia de poder usarla.

Me da mucha rabia que tenga un sufrimiento preparado para cada maniobra del azar, que tenga una decepción que le combine con cada bolso y que se clave la aguja cuando pasea por el pajar. Que se tome las reglas mundanas como si fueran ordenanzas divinas y que esa mezquindad que tenemos todos los seres vivos le resulte fosforescente.

Preferiría verla reír a todo pulmón antes que escucharle esa risilla nerviosa de ahuyentar lágrimas, me desazona no estar en esos primeros cinco segundos en que ella se permite sentirse feliz. Desearía parecerme a ese con quien me confunde tantas veces.

Pero Margarita se llama mi amor y ella es así. Cuando intento deshojarla, en cada pétalo me digo: me quiere, me quiere, me quiere... Porque no sabe decir que no. Margarita se llama mi amor y, la pobre, ha ido a dar conmigo, que sólo sé decir quizás.

Eso sí, nos inventamos mutuamente, tan ricamente, tan a nuestro gusto como niños jugando con la arena. Nos entendemos y nos malentendemos, nos encontramos y nos desencontramos. Margarita se llama mi amor y, aunque no se para ni un momento, siempre me guarda el turno de palabra.




OIGO LOS COCHES

En la mañana oigo los coches
que no pueden
arrancar.
A lo mejor, entre los árboles,
hay pájaros así,
que tardan en lanzarse
al diario vuelo,
y algunos nunca lo consiguen.
Me alegro cuando un auto,
enfriado por la noche,
recuerda al fin la combustión
y prende sus circuitos.
Qué hermoso es el ruido
del motor,
la realidad vuelta a su cauce.
¿Cómo le harán los pájaros
para saber en qué momento,
si se echan a volar,
no corren ya peligro?
¿Qué nervio de su vuelo
les avisa
que son de nuevo libres
entre las frondas de los árboles?

(Fabio Morábito)

sábado, 26 de mayo de 2012

La actitud del salmón

Por lejana que sea una película, siempre se puede encontrar algún detalle relevante, un fotograma hermoso, una canción delicada. De todos los ojos diferentes que somos capaces de ponernos, solemos encontrar algún par con el que mirar entornadamente lo que la gran pantalla esconde detrás.

La actitud del salmón, por ejemplo, la del salmón criado en la cautividad de unas aguas mansas del norte, que, soltado de improviso en el desaguadero de una presa yemení, deja de aceptar la corriente y decide seguir, como si fuese irrenunciable negarlo, ese instinto que nosotros le otorgamos en las enciclopedias de fauna salvaje.

Girarse, despreciar la inercia del agua y nadar contracorriente, saltar las pequeñas trampas del cauce de las aguas que fluyen; y volver al origen, al frío dulce de un nacimiento que también fue el suyo, al frío dulce de un final anunciado tras el desove. Resistirse al devenir.

Ella, como el salmón, se resistía, despreciaba la inercia de los acontecimientos. Al cabo, la actitud es lo que cuenta -eso estoy aprendiendo cada vez con más consciencia-, y no quería dar por terminado ese amor incipiente que, aún no acababa de encontrar, cuando ya se le había perdido y la había dejado perdida.

Y sin embargo, así perdida, cuando su antiguo novio reaparece de improviso en su vida, le trae un destino que le llega tarde y ella vuelve a resistirse a seguir al otro amor recién aparecido. Nadar contracorriente, siempre; y aferrarse al origen, que también es el fin.

En la actitud del salmón está la clave. Decidir en cada momento qué tentación es la que hay que vencer cayendo en ella. Dejarse arrastrar por la corriente o ir en contra. Saber que nadie se baña dos veces en el mismo río, que la ropa no puede guardarse mucho tiempo, oponerse lo justo para quedarse en el mismo sitio o perder el miedo a cambiar.

Por lejana que sea una palabra, siempre se puede encontrar un significado añadido, una nota brillante, una queja o un efecto del cariño. De todos los labios diferentes que somos capaces de ponernos para pronunciar un trozo de corazón, suelo encontrar algunos que rimen con los tuyos.

Por lejana que sea una palabra, siempre imagino que eres tú quien me la dice al oído. Y luego decidimos dejarnos arrastrar hasta la siguiente. Ir en contra, ya, es tan iluso como pescar salmones en Yemen.



LOS DÍAS VAN TAN RÁPIDOS

Los días van tan rápidos en la corriente oscura que toda salvación,
se me reduce apenas a respirar profundo para que el aire dure en mis pulmones
una semana más, los días van tan rápidos
al invisible océano que ya no tengo sangre donde nadar seguro
y me voy convirtiendo en un pescado más, con mis espinas.

Vuelvo a mi origen, voy hacia mi origen, no me espera
nadie allá, voy corriendo a la materna hondura
donde termina el hueso, me voy a mi semilla,
porque está escrito que esto se cumpla en las estrellas
y en el pobre gusano que soy, con mis semanas
y los meses gozosos que espero todavía.

Uno está aquí y no sabe que ya no está, dan ganas de reírse
de haber entrado en este juego delirante,
pero el espejo cruel te lo descifra un día
y palideces y haces como que no lo crees,
como que no lo escuchas, m hermano, y es tu propio sollozo allá en el fondo.

Si eres mujer te pones la máscara más bella
para engañarte, si eres varón pones más duro
el esqueleto, pero por dentro es otra cosa,
y no hay nada, no hay nadie, sino tú mismo en esto:
así es que lo mejor es ver claro el peligro.

Estemos preparados. Quedémonos desnudos
con lo que somos, pero quememos, no pudramos
lo que somos. Ardamos. Respiremos
sin miedo. Despertemos a la gran realidad
de estar naciendo ahora, y en la última hora.

(Gonzalo Rojas, Metamorfosis de lo mismo, 1998)

domingo, 20 de mayo de 2012

Los tiempos mejores

Vendrán tiempos mejores.
Del mismo modo que a cada calma
le antecede una tormenta,
sé que vendrán tiempos mejores.

Después de cada lluvia,
vienen días de cielo raso.
Después de cada invierno,
siempre llega alguna primavera.

Yo, que soy de naturaleza esperante,
sigo buscando ese momento perfecto
cuando, más allá del segundo acto,
hasta las hierbas de los cementerios
se llenan de flores y el camino
empieza a ser cuesta abajo.

Pero te recuerdo, aún sabiendo que tú
podrías rociarme con un espejo
que me volviese todo en contra,
que ésta es la lluvia que esperábamos
en mitad de aquel desierto,
que después del laberinto del invierno,
este mayo es el que tanto soñamos.

Vendrán tiempos mejores, se supone.
Pero esta palabra es, ahora,
la que rompe un silencio,
la que anuncia el siguiente;
porque contemplar la lluvia
sólo puede mojarnos la memoria.




LLUVIA

hoy llueve mucho, mucho,
y pareciera que están lavando el mundo
mi vecino de al lado mira la lluvia
y piensa escribir una carta de amor/
una carta a la mujer que vive con él
y le cocina y le lava la ropa y hace el amor con él
y se parece a su sombra/
mi vecino nunca le dice palabras de amor a la
mujer/
entra a la casa por la ventana y no por la puerta/
por una puerta se entra a muchos sitios/
al trabajo, al cuartel, a la cárcel,
a todos los edificios del mundo/ pero no al mundo/
ni a una mujer/ni al alma/
es decir/a ese cajón o nave o lluvia que llamamos así/
como hoy/que llueve mucho/
y me cuesta escribir la palabra amor/
porque el amor es una cosa y la palabra amor es otra cosa/
y sólo el alma sabe dónde las dos se encuentran/
y cuándo/y cómo/
pero el alma qué puede explicar/
por eso mi vecino tiene tormentas en la boca/
palabras que naufragan/
palabras que no saben que hay sol porque nacen y
mueren la misma noche en que amó/
y dejan cartas en el pensamiento que él nunca
escribirá/
como el silencio que hay entre dos rosas/
o como yo/que escribo palabras para volver
a mi vecino que mira la lluvia/
a la lluvia/
a mi corazón desterrado/

(Juan Gelman, Eso, 1983-84)

domingo, 6 de mayo de 2012

Como si supiéramos

Lugares difíciles, encrucijadas que duran
dos respuestas inmediatas, callejones que acaban
frente a la misma tapia con desconchones.

Hay tantos de esos lugares como pájaros
que anidan en las ventanas inoportunas.
Los he visto sentados en un banco,
habitando labios brevemente conocidos,
fumando en las terrazas de los bares
o en escenas completamente horizontales
por entre los pliegues de las sábanas.

Los vivimos, los creamos, nos sorprende
volver repetidamente a las mismas costumbres
que tanto odiamos. Secuestrados por el orgullo
para no ceder ni un palmo de un terreno
que nunca tuvimos, la vida se complica
con una crueldad que se sujeta por la fuerza
de la viga en el ojo propio.

Tan complejos
como los lugares por los que pasamos
mientras esperamos eso que nunca llega,
hemos aprendido a tener a mano
un "no" y una lágrima, una risa,
un espanto, una mirada furtiva,
el refrán apropiado, la palabra precisa
y un miedo largamente elaborado.

Y con esas herramientas en el bolsillo,
en tanto vamos aprendiendo
a alinear las encrucijadas que pisamos,
disimulamos nuestra locura tarareando
la melodía de la canción, como si supiéramos
lo que queremos y lo que no.




CONVERSACIÓN EN LA ISLA

-Escribir un poema es intentar desatarse,
adivinar en qué mano está la moneda
-dije yo-. Tú mirabas
el sol igual que un fuego encima de la isla
y yo dije: -La poesía empieza
cuando ya has olvidado qué es lo que te asustaba
pero aún tienes miedo.
Yo veía
las torres blancas. Tú dijiste: -Es raro,
nos gustaría huir
pero nadie nos sigue.

Junto al agua,
partiendo nuestras vidas,
cortándonos las manos al coger los cristales,
tú dijiste: -La poesía es todo
lo que hay entre un disparo y el animal herido.
Parecías
tan lejos, tan a salvo
de ti y de mí;
distinta igual que siempre,
rota y vuelta a armar de una manera nueva.

El sol se fue. La noche
se acercaba y yo dije: -¿Recuerdas que jugábamos
a poner nuestros años
al lado de la Historia? Por ejemplo:
aprobaste Latín y Armstrong llegó a la luna...
Y tú dijiste: -El fuego
de los días,
la suma
de las horas,
las letras de "Armstrong llegó a la luna"...
Estábamos tan solos,
tan cansados,
como perros perdidos en medio de la lluvia,
como hombres mirando la noche desde una casa vacía.

Vi las últimas luces de la costa y el cielo
extraño encima de la playa. -A veces
-dije- no hay más que eso
y algún sitio donde ir pero ningún sitio donde quedarte
y palabras que son las piezas del abismo
y recuerdos igual que disparos en una diana.

Luego llegó la luz, el ruido azul
de la mañana,
mientras tú decías:
-Te di mi corazón y quisiste mis sueños,
te di mis sueños pero quisiste mi esperanza.
y yo dije: -Sí, es eso. Eso es todo:
una sola mujer y un millón de maneras de perderla.
Me miraste. Dijiste: -¿Y después? Y yo dije:
-Nada. Después no hay nada.
Después de eso
tenemos que estar juntos para siempre.

Nos quedamos callados,
junto al agua,
mientras la luz rompía el orden de la noche,
mientras el mar se estrellaba contra los nombres de las ciudades.
Mirando el sol sobre las torres blancas.
Cada uno observando su corazón moverse
lo mismo que un pez rojo en la oscuridad de un río.

La sombra de las torres se parecía a mi vida.

Cada uno protegido por su propio dolor,
como ángeles mirando una tormenta desde el fondo del cielo.

(Benjamín Prado, Todos nosotros, 1998)

martes, 3 de abril de 2012

Lejos la lluvia

Debería haber paz en la lectura. Como en estas tardes lánguidas de lluvia, las letras van sonando gota a gota sobre los tejados inmóviles. La tinta tiene una sustancia parecida a la niebla, el ruido del agua se desgrana en mensajes con puntos, comas y acentos.

Los cristales con los que se lee, se empañan de una nostalgia conocida y el paisaje verdadero se arruga a lo lejos, se distorsiona como los sueños cuando la luz de la tarde desciende nublada desde el horizonte. Todo suena diferente, monótono, cuando el corazón se ve acorralado bajo los párrafos de un paraguas.

Leer es un modo de atravesar kilómetros y e ir saltando, como en un paseo por estas tardes lánguidas de lluvia, los charcos que separan las formas redondas que tienen los besos guardados en la piel. Viajar, sí, tal vez, viajar en el tiempo, volver, repetirse incesantemente mandalas tiernos como un aguacero que cae vertical.

Quizás allá lejos también llueva mientras lees. Gotas diferentes, tal vez llueva en otro idioma, quizás recibas el agua por entre un paisaje de barcos que esperan puerto. Sí, quizás sea otra vida la que llueva, otras risas las que escampen rompiendo otro silencio.

Pero me gustaría pensar que allá, lejos, quizás otra lluvia, tal vez otra distancia, pero el mismo texto.

Para que llegue lejos la lluvia, para que te alcance tan a lo lejos, sigo rayando tus sueños con renglones de agua.



SONETO LXX

Tal vez herido voy sin ir sangriento
por uno de los rayos de tu vida
y a media selva me detiene el agua:
la lluvia que se cae con su cielo.

Entonces toco el corazón llovido:
allí sé que tus ojos penetraron
por la región extensa de mi duelo
y un susurro de sombra surge solo:

Quién es? Quién es? Pero no tuvo nombre
la hoja o el agua oscura que palpita
a media selva, sorda, en el camino,

y así, amor mío, supe que fui herido
y nadie hablaba allí sino la sombra,
la noche errante, el beso de la lluvia.

(Pablo Neruda, Cien sonetos de amor, 1959)



SE PIANGE, SE RIDI

Te diré que no supe si reír o llorar
después de todo
pero estaba feliz,
demasiado feliz, sospecho ahora.
Recuerdo que me hablaste
de que empezaba a amanecer,
el cielo parecía algodón sucio.
Lo más inolvidable será siempre
el aire fresco y dulce que crecía,
igual que una caricia, entre dos luces.
Yo estaba sola
y tú quisiste ser mi amigo:
que esto no rompa la amistad, dijimos.

Pero fue hermoso más que un sueño,
mucho más inquietante que un puente entre la bruma
y aquel coche sin duda más maravilloso
que un bosque de la Alhambra
y tu corazón más hondo y más extenso
que el manto de la aurora
cuando llorando me asomé al balcón
de tus ojos.

Por eso ahora escuece la distancia
como ella sola y el deseo -cruel-
asoma cada minuto
-con el peligro que eso entraña
para una sencilla amistad-
ahora no puedo menos que aceptar
lo que fue un verdadero error de cálculo:
esta suave tristeza insoportable
con la que no contábamos.

(Ángeles Mora, Cámara subjetiva, 1996)