Cuando llegó a la isla, perdieron el contacto. No encontraba palos secos para hacer señales de humo por las noches y, durante el día, la selva de los acontecimientos se interponía.
Buscó un promontorio en el archipiélago de la isla, pero todos los canales que encontraba tenían contraseña. Luego probó con el dedo gordo, pero era tan poco hábil con ese dedo solo y tuvo tan poco éxito, que se desanimó a seguir haciéndolo. Y entre tanto, se le acabó la batería.
Para cuando volvió, ya nadie le esperaba. La vida sigue, le decían todos. Y es que es rigurosamente cierto que hay que vivir. Incluso ella le había dado por desaparecido y estaba con otro.
A pesar de todo, a Tom Hanks aún le dura esa manía de hablar solo y mandar mensajes en tristes cocos que se alejan lentamente, como flotando en el mar. Pobre tipo... ¡a su edad!
Aprendí a hablar solo hace ya mucho tiempo. Creo que desde siempre he hablado solo.
Lo nuevo fue hacerlo en voz alta. De ahí que me lleve para la mudanza este Soliloquio que tanto bien me hizo, aunque hace meses que ya no lo necesito. Me lo llevo por si acaso vinieran otra vez tiempos de angustia.
A pesar de los versos de Machado, pensaba que era cosa de locos. Y es que tal vez yo lo estaba. Pero, al irse desgastando la saliva sin interrupción, sin ojos de plato que te escuchen como jueces, parece convertirse poco a poco en un bálsamo para las dudas.
Y el paisaje hace el resto. Engulle los dobleces del corazón y los nudos de la memoria que uno va soltando paso a paso mientras recorre la tarde.
Si pudiera, también empaquetaría para llevarme aquel río.
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