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lunes, 2 de abril de 2012

En pie

Una mentira pequeña deshecha en renglones,
como flecha
que rasga el velo insólito de las noches,
eso lo que soy, lo que he sido.

Para eso sirve la utopía, para apretarla
en las almohadas y que pueble los sueños,
para que sea raíz que se siembra en el miedo
y germine tumultos en la esperanza.

He pasado por tu vida como un tiempo que se añora,
como una sombra de la memoria
que tarda en difuminarse y que vuelve,
antes de haberse ido
del brillo que te distingue los ojos,
cada vez más lejana, más transparente,
niebla estéril sobre el paisaje
de los días rellenos
que corren sin descanso hacia ninguna parte.

Una mentira que a veces pudo tocarse,
manchar los dedos de un deseo indivisible,
que cambió la ruta de los volantes y supo
dibujar un cuerpo sobre el claroscuro de viejas tardes
que después se agotaron, indiferentes,
sobre noches tan olvidables como cualquier otra.

Sin embargo, aun siendo mentira,
una mentira que se ha vuelto enorme
de tanto deshilacharse por el uso,
sé que tengo un pétalo, una gota,
una verdad minúscula esparcida por los sueños
que sólo tus caricias consiguen
mantener en pie, cierta, viva,
imborrable.

Y luego viene un despertador que me la rompe
con gritos copiados de una misma hora,
para decirme que ya toca,
otra vez solo,
arriar el corazón y levantarse.




CASABLANCA

As time goes by...

Entre todos los bares de este mundo
he venido a este bar para encontrarte,
furtiva como siempre,
para rozar la piel de tus esquinas.

Y cómo me hace daño tu cansancio
-ya sabes que mañana es cada lunes-
esa vieja, tristísima, memoria
de buscarle sentido a algo que bulle
como se abre una flor,
así, de golpe.

Manías de la ausencia y tus nostalgias.
Te noto tan cansado...
Quiero dormir contigo. Busca sólo
un poco más de sueño y de tabaco.
Quiero morir contigo.
¿Por qué no me prometes un cumpleaños más?
Las arrugas ahí sí que son cosas serias
o el paso de los días,
con mis pechos que bajan a acariciar tus manos.
Y luego cuando un labio nos elude
en la piel de las ingles, ay, no muerdas,
y nos brinca por dentro...
Pero ahora llega el tren
como un viejo caballo del National
qué diestro en los obstáculos,
qué sucia su taberna,
qué mediodía oscuro al despedirte.
Te veo tan delgado
con tus causas perdidas,
tus canas en la llama de la copa,
mi amargo luchador, .
sonriendo lentamente, como si te murieras.

Como al decirme adiós.

(Ángeles Mora, La canción del olvido, 1985)

sábado, 10 de diciembre de 2011

Corazón de madera

El cerezo está seco, lleno aún de hojas tristes y arrugadas que no terminan de caerse como amigos que acompañan en un velatorio.

Yo estaba, sin embargo, sorprendido de cómo enciende el sol de la mañana al limonero, verde, grande, lleno de vida ácida. Su luz me pareció siempre deslumbrante, su color el de la primavera continua.

Y por entre el humo, esta mañana, ha pasado un revoloteo que se ha posado en una ramita limpia del cerezo moribundo. Con su pico rojo, su pecho amarillo y una franja verde en el cuerpecillo, un periquito estrenando libertad se ha quedado mirando el mundo desde la ruina.

¡Qué extrañezas consecutivas! La del cerezo por tener ramas habitadas, la del pájaro por no encontrar los barrotes de alguna jaula en su horizonte. Un guiño del azar o un tributo último a la belleza de la vida.

Se notaba enseguida que no estaban hechos el uno para el otro. Pero el cerezo se ha dejado querer por el pájaro, como sabiendo que los milagros sólo duran lo que uno tarda en darse cuenta de que lo son.

Yo sé que todos los días son importantes, que el calendario está lleno de trampas para la memoria, que quien sabe si otro día como hoy de alguna historia, no hubo otro pájaro hermoso posado en un árbol cansado y nervioso de tener, por una vez, tanto color sobre sus ramas.

Pero el periquito ha dicho adiós, como todos los pájaros hermosos que en el mundo han sido, ha saltado a otro árbol más joven, más decidido y más fuerte. Los pájaros, al fin y al cabo, están hechos para volar por el cielo y elegir su sitio en tierra.

Estoy seguro que el cerezo sonríe esta mañana y que guardará esta hoja del calendario en un corazón de madera como ese en el que yo guardo mis pájaros, mis fechas y todas las hojas secas que me recuerdan el brillo de aquellos ojos que una vez, un instante, las miraron muy de cerca.

No. El cerezo ahora no está seco.



RESCATES

muriendo de costumbre
y llorando de oído
CÉSAR VALLEJO

Este regreso no era obligatorio
sin embargo
la mano encuentra su cuchara
el paso su baldosa
el corazón su golpe de madera
el abrazo su brazo o su cintura
la pregunta su alguien
los ojos su horizonte
la mejilla su beso o su garúa
el orgullo su dulce fundamento
el pellejo su otoño
la memoria su rostro decisivo
los rencores su vaina
el reloj su lujuria tempranera
el dolor su no olvido o su neblina
el paladar sus uvas
el loor su desastre
la nostalgia su lecho

o sea
perdón vallejo
aquí estoy otra vez
viviendo de costumbre
celebrando de oído

(Mario Benedetti, Preguntas al azar, 1986)

jueves, 14 de octubre de 2010

En blanco y negro

Dicen las estadísticas
las verdades más frías
y las mentiras más candentes.
En ellas se refugia
la ignorancia de las cosas
escrita con números rígidos.


Se aturden milimétricamente
las certezas esdrújulas
que adoran al dios minúsculo
que nos quiere para hacer sumas.
El alma se reduce a dígitos,
a fotogramas ínfimos de una vida extensa,
a indicios de un silencio consabido
que nadie pronuncia,
al término medio inexistente
en lo implícito de las conciencias.


Y puede ser que acierten,
que la mezquindad del mundo
sea la leche más mamada,
que no seamos más que números
que bailan en una tabla
y que el corazón de los hombres
haya sucumbido a las matemáticas.


Puede ser que acierten con su catalejo
y que yo, viviendo a simple vista,
y mirándote como te miro, absorto,
no entienda la desviación típica
ni la frecuencia con la que los otros
puedan sentir lo mismo que yo.


O será que no sigo la moda
y me salvo de la media al tener
la mediana edad de no querer entender
que todos los colores de ese mundo
al que me lleva el brillo de tus ojos,
puedan estar hechos, tan solo,
con blanco y negro.