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miércoles, 21 de marzo de 2012

Azul oscuro casi negro

Casi negro, porque todo es trascendente, cuando respirar es un ejercicio de supervivencia. El corazón, sin embargo, late solo, por instinto; ajeno no, pero alejado, con un imparable amarillo que tal vez se vuelva ocre por las noches de desvelo.

Había un verde oscuro casi negro en el horizonte. Pero después de tanto secano, por fin, lloviste a media tarde y las sombras antiguas ahora producen otra luz menos invisible.

Quiero dejar de ver el gris oscuro casi negro con que tiñe el miedo tus miradas y la desazón del rojo oscuro casi negro en la sangre congelada por los nervios.

Respira hondo, piensa blanco, ríe brillos y cógeme por la claridad de la piel de invierno que todavía tengo. Hazme florecer la primavera a puñados, envuélveme el futuro entre las líneas de tus manos y deja que venga el verano lentamente, sin prisa, sin poner plazos.

Derritamos en celeste ese azul oscuro casi negro que se te mete en los huesos y te tiembla en la boca. No vas a volverte loca, no te dejaré: antes verde.




QUÉ RUIDO TAN TRISTE

Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman,
parece como el viento que se mece en otoño
sobre adolescentes mutilados,
mientras las manos llueven,
manos ligeras, manos egoístas, manos obscenas,
cataratas de manos que fueron un día
flores en el jardín de un diminuto bolsillo.

Las flores son arena y los niños son hojas,
y su leve ruido es amable al oído
cuando ríen, cuando aman, cuando besan,
cuando besan el fondo
de un hombre joven y cansado
porque antaño soñó mucho día y noche.

Mas los niños no saben,
ni tampoco las manos llueven como dicen;
así el hombre, cansado de estar solo con sus sueños,
invoca los bolsillos que abandonan arena,
arena de las flores,
para que un día decoren su semblante de muerto.

(Luís Cernuda, Los placeres prohibidos, 1931)

martes, 3 de enero de 2012

Emparejar calcetines

Menudo lío hay con los calcetines sueltos. Se revuelven en la lavadora y, aunque dios los críe, ellos solos no se juntan. Necesitan ayuda, más de la que parece.

Son prácticamente iguales, todos azules, pero diferentes, apenas matices del color, las rayitas más o menos juntas, el borde superior más o menos ancho, mejor conservados o peor. Y claro, algunos ya con el tejido clareado y otros con pelotitas.

Hay que extenderlos todos sobre la mesa, ya recogidos del tendedero, e ir haciendo parejas por el color. Pero se duda de vez en cuando... ¡se parecen tanto! Nunca se sabe si aquellos que se juntan son los más adecuados o no.

Estoy pensando crear un programa en internet para facilitarles la tarea. Lo mejor, creo, es que ellos se hagan su propio perfil, que se definan bobamente con cuatro frasecitas hechas, que pongan una foto de hace cinco años, cuando aún no tenían ni tomates ni rozaduras y que se pongan en contacto.

Sí, sí, que contacten y se miren de arriba abajo o a los ojos, que se enrollen y terminen liados y con las bocas juntas, y que luego decidan qué hacer. Que se dediquen los viernes a ir al mismo paso, al mismo coche o al mismo rellano. Y allá ellos si se quedan lioteados debajo del mismo lado de la cama.

Igual hay algún sitio en internet en dónde apuntarlos y así dejar que se junten ellos solos después de cada fregado en el que se metan. Que se equivoquen ellos solitos y a mí, que me dejen en paz.

Y si la cosa no va, que si luego no se llaman, que si te vi no me acuerdo, que si vamos a cambiar de pie, que no me lluevan las quejas.

A veces me pregunto si no será mejor para todos que sigan sueltos. Que en vez de emparejar calcetines cosa que, al fin y al cabo, no sirve para nada porque entre los zapatos y los vaqueros ni siquiera se ven, en vez de emparejar calcetines, prefiero hacer algo más útil y que me gusta más: contar estrellas.

O buscar diamantes. O cantar al oído muy bajito, pero con el corazón a grito "pelao".




COMPLETAMENTE VIERNES

Por detergentes y lavavajillas
por libros desordenados y escobas en el suelo
por los cristales limpios, por la mesa
sin papeles, libretas no bolígrafos,
por los sillones sin periódicos
quien se acerca a mi casa
puede encontrar un día
completamente viernes.
Como yo me lo encuentro
cuando salgo a la calle
y está la catedral
tomada por el mundo de los vivos
y en el supermercado
junio se hace botella de ginebra
embutidos y postre,
abanico de luz en el quiosco
de la floristería,
ciudad que se desnuda completamente viernes.
Así mi cuerpo
que se hace memoria de tu cuerpo
y te presiente
en la inquietud de todo lo que toca,
en el mando distancia de la música,
en el papel de la revista,
en el hielo deshecho
igual que se deshace una mañana
completamente viernes.
Cuando se abre la puerta de la calle,
la nevera adivina lo que supo mi cuerpo
y sugiere otros título para este poema:
completamente tú,
mañana de regreso, el buen amor,
la buena compañía.

(Luís García Montero, Completamente viernes, 1998)

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Retrato

Ando buscando otra luz en la que bañarte,
acércate a la ventana, vamos, destensa el pasado,
pierde la vista en aquel horizonte.

Quieta, así, tranquila, quiero capturar
en el poema ese brillo que tienen tus ojos
cuando me dices lo que no me dices,
cuando después lo niegas todo.

Relaja las manos, como cuando acaricias,
desabróchate otro botón, deja que el corazón
se te adivine por el borde de la camisa,
humedécete los labios.

Quieta, así, gira un poco la esperanza
pero sin mover los hombros,
baila mientras te miro, detén el reloj y el escorzo,
sonríe como cuando iluminas las tardes,
muéstrame un poco más del cuello que espera un beso,
entorna la distancia para que no duela,
cruza un poco las piernas por debajo de la mesa,
déjame mirar más adentro.

Quieta, así, no te muevas, calma,
que quiero pintarte en un poema
y estoy buscando la mezcla de palabras
que rima con la textura de tu piel,
ando detrás del color que te imprime la risa
sobre un paisaje de otoño.

Eso es, eso, así, quieta.
Por favor, ahora no muevas el corazón,
déjame que te pinte así en este poema,
como si me quisieras al leerlo,
como si escribiéndolo te quisiera yo...

jueves, 14 de octubre de 2010

En blanco y negro

Dicen las estadísticas
las verdades más frías
y las mentiras más candentes.
En ellas se refugia
la ignorancia de las cosas
escrita con números rígidos.


Se aturden milimétricamente
las certezas esdrújulas
que adoran al dios minúsculo
que nos quiere para hacer sumas.
El alma se reduce a dígitos,
a fotogramas ínfimos de una vida extensa,
a indicios de un silencio consabido
que nadie pronuncia,
al término medio inexistente
en lo implícito de las conciencias.


Y puede ser que acierten,
que la mezquindad del mundo
sea la leche más mamada,
que no seamos más que números
que bailan en una tabla
y que el corazón de los hombres
haya sucumbido a las matemáticas.


Puede ser que acierten con su catalejo
y que yo, viviendo a simple vista,
y mirándote como te miro, absorto,
no entienda la desviación típica
ni la frecuencia con la que los otros
puedan sentir lo mismo que yo.


O será que no sigo la moda
y me salvo de la media al tener
la mediana edad de no querer entender
que todos los colores de ese mundo
al que me lleva el brillo de tus ojos,
puedan estar hechos, tan solo,
con blanco y negro.