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domingo, 18 de noviembre de 2012

Día del libro

Se dejó caer con una sonrisilla
de las de creerse el final de los cuentos,
envuelta en una chaqueta
de abrígate si vas a salir.

Se dejo caer con su nombre
puesto en el pecho,
con sus botas de ya estoy aquí,
con su falda de clavarme
los ojos en el anzuelo
y sus pestañas de reír.

Se dejó caer con su voz
de acércate más que no te oigo,
con sus ojos limpios
de no quiero despertar del sueño,
con sus labios crudos
de pruébame de sal.

Se dejó caer
como si no se hubiera ido nunca.
Se dejó caer sin más,
como quien no quiere la cosa.

Se dejó caer
para no dejarme caer,
para regalarme una rosa.

Y a mí
ya sólo me queda prosa
con la que corresponder.



Tiempos de angustia me llevo en este cargamento.

Nunca estuve allí es el relato de cómo me vi envejecer de golpe, aprovechando también el título de una película que me gustó mucho "El hombre que nunca estuvo allí" y que trataba sobre un barbero fumador americano que casi no hablaba.

No es que eche de menos aquel periodo intenso, pero hay momentos en la vida que te hacen ver con claridad lo que pasa a tu alrededor y cual es el sitio que quieres tener en el mundo.

Siempre estamos En tránsito (como aquel fantástico disco de Serrat), pero algunas veces, por fin, sabemos hacia donde queremos ir y qué es eso que echamos tanto de menos.

Y puede suceder que nos damos cuenta con estupor y tristeza, que ya no nos pasa Nada grave.

miércoles, 11 de julio de 2012

La pregunta en el aire

-Esa era mi amiga "Pepa", esa de la que te hablé. ¿A qué es guapa?

-Sí, bueno... guapa es... no digo que no -yo estaba seguro de que sí que lo era, pero no quise parecer muy interesado-. Pero mu tristorra, ¿no?

-Ya, es que está pasando por un mal momento. Lleva una racha de encontrar parejas que no le duran nada. Cuatro en dos años. Y sin haberse recuperado de la separación, y eso que ya hace ocho años del divorcio. Otro par de ligues más se le estropearon antes también y...

-Pobrecilla, lo habrá pasado mal... En fin -dije intentando dar por concluida la conversación.

-A mí me da mucha envidia, es guapísima y tiene mucho gancho con los hombres -dijo ella como quien formula un deseo a una estrella fugaz (o no sé si queriéndome vender un producto).

-Ya -e hice silencio para dar el tema por resuelto. Pero no pude evitar que se me escapara un pensamiento y añadí-. Y pobrecilla tú.

-Bueno, es que yo no soy tan guapa ni tengo tanto gancho, pero tampoco hacía falta que me lo recordaras.

-No lo digo por eso -respondí a punto de no meter la pata-. Sino porque, piénsalo bien, mucho gancho para tanto "pescar" y, sin embargo, quedarse luego sin "pescado"... Parece más bien que es ella la que "pica". Que no te den tanta envida sus fracasos.

Una conversación ganada, pensé. Noté subir el ego y me sentí cargado de razón, como si observar a los demás desde lejos me concediese alguna clase de mérito especial. Pero la vida tiene muchos ángulos por donde mirarla y cada quién se asoma desde la altura de su propio corazón. Y ella, con esa cierta amargura de los que hablan a sabiendas de que no van a ser entendidos, me contestó:

-Lo que envidio no es que se caiga, sino que se levanta y lo vuelve a intentar.

Una conversación perdida. Y dos cosas que aprendo. La primera, que es difícil distinguir entre admiración y envidia. La segunda es que no hay respuesta tan exacta como esa pregunta que no se hace y se queda en el aire.





NO DECÍA PALABRAS

No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas
hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo
otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.
Auque sólo sea una esperanza
porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe.

(Luís Cernuda, Los placeres prohibidos, 1931)

miércoles, 11 de enero de 2012

Sauce

¿Has visto alguna vez cómo caen las hojas de los sauces?

Todas las hojas caen, todas, su destino es la podredumbre, la mancha, el suelo. Unas caen en otoño, las más resistentes no sobreviven a algún invierno. Todas las hojas caen, incluso las perennes. Es sólo que tardan más.

Algunas veces, con el sol como aliado, cruzo el puente para romperlo por el humo. Y veo llorarle al río las lágrimas de los sauces. Veo como caen haciendo tirabuzones, brillando por el sol como si en ellas se concentrara la belleza del mundo.

He visto caer las hojas de los plátanos alfombrando el suelo, la de los olmos blancos poniendo las pisadas en dos colores, las de los pinos que se arrebujan sobre la tierra como alfileres que fracasaron el objetivo. Las hojas de los sauces también caen a las ratas y a su desprecio o dan con el agua de un último viaje.

Todas las hojas caen, todas. Su destino es la podredumbre. Pero si hubieras visto caer las hojas de los sauces, sabrías que no todo da igual, que no todos caemos lo mismo.

Aunque sea el mismo frío del suelo el que sintamos en la espalda, aunque sean los mismos caballos los que nos están esperando.




BAJO LA LUZ QUEMADA...

Bajo la luz quemada,
tienen frío los ojos con que buscas
estas horas de octubre
y su jardín manchado de ginebra,
hojas secas, silencios
que de nosotros hablan al caerse.

Porque si ya no existe,
aunque nadie se ocupe de sus solemnidades,
hay noches en que llega la verdad,
ese huésped incómodo,
para dejarnos sucios, vacíos, sin tabaco,
como en un restaurante de sillas boca arriba
ya punto de cerrar.
-Nos están esperando.

Nada sé contestarte,
sólo que soy consciente de mi propia ironía,
porque el hombre es un lobo también consigo mismo
-Nos están esperando.

Negras y en alto, buitres silenciosos,
nos esperan las nubes en la calle.

(Luís García Montero)

domingo, 11 de diciembre de 2011

Ando preocupado

Últimamente ando preocupado por los resúmenes, por los estudios y los exámenes.

Suspendo continuamente y, sin embargo, no me siento equivocado. Temo que en el fondo, no me importa la nota y estoy casi seguro de que tampoco me preocupa saber si he aprendido.

Los temas de ayer no son los de hoy, no serán los de mañana. ¿Para qué tanto aprender si lo que siempre necesitamos es saber precisamente lo que no sabemos?

No caerán en el examen las mismas preguntas con los mismos datos, las teorías habrán cambiado de órbita y el tribunal que me corrija aun no sabe lo que me va a preguntar.

Por eso me acusan de alterar a mi favor los resumenes de la vida, me echan en cara sentirme vivo en lugar de estudiar el pasado y lo que hubiera podido pasar. Por eso, y porque soy torpe, suspendo la conciencia y su examen.

Si mi resumen pudiera enseñarse sin dobleces para alcanzar un sobresaliente, si estudiase más atentamente, si sacara buenas notas en el examen, quizás andaría tan preocupado como ahora.

Y es que también me han dicho que la felicidad es un susurro y, aunque lo estoy estudiando, ando preocupado por mi pérdida de oído. Porque es cierto que ando preocupado, muy preocupado. Estoy muy preocupado, pero ando.

Por eso cada vez me gusta más ir andando por lugares sin ruido, por personas que no vociferen, por tiempos no cronometrados, para intentar escuchar ese susurro tan escurridizo.

Y si no llego, si no me llevo la medalla, si no está mi nombre escrito en el diploma, pues repetiré las equivocaciones, tropezaré en la misma piedra, me revolcarán de nuevo las olas.

Sólo espero que entonces haya alguien que me diga por tu voz, con o sin susurro: dame la mano y levántate.





SI TE REVUELCA LA OLA...
a Sandra Suter
que se quedó nadando

Si te revuelca la ola
procura que sea joven,
esbelta, ardiente,

te dejará molido el cuerpo
y el corazón más grande;

cuídate de las olas
retóricas y viejas,
de las olas con prisa,

y la peor de todas,
de la ola asesina,

la ola que regresa.

(Fabio Morábito)