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miércoles, 11 de julio de 2012

La pregunta en el aire

-Esa era mi amiga "Pepa", esa de la que te hablé. ¿A qué es guapa?

-Sí, bueno... guapa es... no digo que no -yo estaba seguro de que sí que lo era, pero no quise parecer muy interesado-. Pero mu tristorra, ¿no?

-Ya, es que está pasando por un mal momento. Lleva una racha de encontrar parejas que no le duran nada. Cuatro en dos años. Y sin haberse recuperado de la separación, y eso que ya hace ocho años del divorcio. Otro par de ligues más se le estropearon antes también y...

-Pobrecilla, lo habrá pasado mal... En fin -dije intentando dar por concluida la conversación.

-A mí me da mucha envidia, es guapísima y tiene mucho gancho con los hombres -dijo ella como quien formula un deseo a una estrella fugaz (o no sé si queriéndome vender un producto).

-Ya -e hice silencio para dar el tema por resuelto. Pero no pude evitar que se me escapara un pensamiento y añadí-. Y pobrecilla tú.

-Bueno, es que yo no soy tan guapa ni tengo tanto gancho, pero tampoco hacía falta que me lo recordaras.

-No lo digo por eso -respondí a punto de no meter la pata-. Sino porque, piénsalo bien, mucho gancho para tanto "pescar" y, sin embargo, quedarse luego sin "pescado"... Parece más bien que es ella la que "pica". Que no te den tanta envida sus fracasos.

Una conversación ganada, pensé. Noté subir el ego y me sentí cargado de razón, como si observar a los demás desde lejos me concediese alguna clase de mérito especial. Pero la vida tiene muchos ángulos por donde mirarla y cada quién se asoma desde la altura de su propio corazón. Y ella, con esa cierta amargura de los que hablan a sabiendas de que no van a ser entendidos, me contestó:

-Lo que envidio no es que se caiga, sino que se levanta y lo vuelve a intentar.

Una conversación perdida. Y dos cosas que aprendo. La primera, que es difícil distinguir entre admiración y envidia. La segunda es que no hay respuesta tan exacta como esa pregunta que no se hace y se queda en el aire.





NO DECÍA PALABRAS

No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas
hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo
otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.
Auque sólo sea una esperanza
porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe.

(Luís Cernuda, Los placeres prohibidos, 1931)

martes, 1 de noviembre de 2011

La búsqueda real

Érase una vez una princesa, guapa y dulce, pero triste, muy muy angustiada con un problema y con muchas incertidumbres.

Un día, la princesa decide ir por el reino contando su problema a ver si alguien le ofrece una solución a sus males, que son los mismos males de todos.

Cuando se lo contó al juez, recibió una sentencia fría y sin azúcar.
Cuando se lo contó al médico, recibió un diagnóstico ambiguo.
Cuando se lo contó al sicólogo, recibió una larga y extenuante terapia.
Cuando se lo contó al farmacéutico, recibió pastillas posiblemente adictivas.
Cuando se lo contó a su hermana, recibió una fe posiblemente verdadera.
Cuando se lo contó a sus padres, recibió la preocupación de la impotencia.
Cuando se lo contó a su marido, recibió el cariño de la incredulidad.
Cuando se lo contó a otras esposas, recibió consejos por empatía.
Cuando se lo contó a su amante, recibió besos tibios como excusa.
Cuando se lo contó a una amiga, recibió pena por compasión.
Cuando se lo contó a otra, recibió problemas ajenos por sordera.
Cuando se lo contó al funcionario, recibió una baja laboral por depresión.
Cuando se lo contó a la maestra, recibió lecciones sobre otro tema.
Cuando se lo contó al sacerdote, recibió la absolución por penitencia.
Cuando se lo contó al poeta, recibió rimas sobre la primavera.
Cuando se lo contó al bebé, recibió ternura hecha de gorgoritos.

Cogió todo lo que había recibido y lo revisó minuciosamente esperando encontrar la solución. Pero no consiguió encontrarla.

Por ese tiempo, había también un príncipe triste por todas sus angustias y sus dudas, que decidió algo parecido pero contrario: fue por el reino preguntando preocupaciones a sus súbditos, esperando encontrar a alguien que tuviera también las suyas.

El juez le confesó que había sido víctima de una injusticia.
El médico le explicó su desorden fisiológico.
El sicólogo le contó el aburrimiento que sufría en las terapias.
El farmacéutico le explicó sus propias contraindicaciones.
Su hermana le habló del espesor de la sangre que se diluye.
Sus padres le confesaron el secreto de las croquetas.
Su mujer le explico el desamor verdadero.
Sus hijos le abrumaron con el reparto de la herencia.
Su amante le habló de la incomodidad de los escondrijos.
Una amiga le explicó cuánto duele lo perdido, y otra, cuánto duele no poder perder lo ganado.
El recepcionista le contó su problema de insomnio.
La maestra le contó la angustia que le producía su ignorancia.
El sacerdote lloró en su hombro una falta de fe.
El poeta le confesó su amor por los números.
Y el bebé sonrió ajeno a sus preguntas.

De este modo, recogió aquellos problemas intentando reconocer los suyos, pero no lo consiguió.

A veces sucede en los cuentos, y en la vida real, que una princesa que deambula se topa contra la barra de un bar y, al mismo tiempo hay un príncipe que se asoma dentro de su escote. Y puede suceder que se pregunten, que se contesten, que confiesen y que investiguen las cosas que tantas vueltas le dan en la cabeza.

Y los principes de este cuento, que eran de reinos alejados y distintos, se contaron sus historias respectivas, sus periplos personales, sus búsquedas y sus resultados... Y sucedió que en ese entresijo de intimidades, se olvidaran de sus reinos y de sus coronas. Incluso podría decirse que se olvidaron por un momento de sus problemas al despojarse de la ropa y besarse desnudos.

Conozco bien lo ocurrido porque soy el narrador de este cuento tan real pero fantástico. Y como lo conozco, sé que se despidieron felices después de haberse tocado el corazón. Porque hay problemas imaginarios que solo pueden solucionarse olvidándolos y hay asuntos en este mundo que solo puede enviarlos al olvido otro asunto mayor, o mejor, o más nuevo.

Y se fueron sabiendo lo que es imprescindible tener muy claro: que los seres humanos sólo dan lo que saben dar y que uno sólo recibe aquello que sabe recibir. Porque ella le dio preguntas y él ofreció sus oídos. Porque él recibió sus propias dudas y ella encontró sus misma angustia. Porque, en fin, solo sabemos dar eso que estamos acostumbrados a recibir.

Sus problemas continuaron, eso sí por separado, porque así continuan todos los problemas incluso después de un colorín colorado. Pero, ciertamente, las perdices se alegraron mucho de estos nuevos tiempos que corren en los cuentos.





YO NO LO SÉ DE CIERTO

Yo no lo sé de cierto, pero supongo
que una mujer y un hombre
algún día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.

Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.

Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.

(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo)

(Jaime Sabines, Horal, 1950)

sábado, 30 de abril de 2011

Mencionar la lluvia

A veces no sé qué decir, no encuentro las palabras. Sucede que no consigo fijar el pensamiento. Ni siquiera divago en mi interior. Las imágenes suceden a las palabras, las palabras a las imágenes, a tanta velocidad que no consigo articular ninguna de las dos.


Son malos días que vienen, que tienen que venir para darle valor a los buenos. Hago todo sin pensar, como un zombie o, me gusta más la comparación y la palabra, como un alucinado que vive por dentro en otro sitio y en otro tiempo del que le sucede por fuera.


Contesto lo primero que se me ocurre, monosílabos preferentemente, y, si me aprieta el silencio, ese tan incómodo que sucede con testigos que te miran fijamente, como dándote el turno de palabra, me limito a repetir lo último que he oído, como un loro sin pico, sin gracia y sin plumas de colores.


A veces no sé qué decir, pero sé que quiero pasar por aquí y dejar alguna señal. Casi siempre que escribo en el blog, lo hago también para mí. Me gusta dejar colgada una huella, un aviso al futuro, una sensación, una emoción o una pregunta para la que tal vez algún día, al releer estas líneas, encuentre respuesta.


Pero esta noche no sé qué decir. Supongo que lo mejor será que no diga nada. Si acaso, tan sólo mencionar la lluvia.


EN LOS DÍAS DE LLUVIA


A Mari Carmen


Sabrás por la presente que empeoré de vida.
Mariano Maresca


Más o menos extraña
la vida fue pasando tibiamente
por tu cuerpo y el mío.


Oigo la lluvia fría amontonarse
sobre las uralitas
y la noche me atrapa
en el sudor eterno de su tranquilidad.
Tal vez
debiera despertarte, hacerte compartir
este presentimiento
de lejana belleza
con el que me confundo apenas un instante
para volver a ti
que te abandonas
a la hermosa presencia
de tu respiración.


Pasan lentos los coches.
Oigo también
tu corazón lejano
pasar de madrugada entre la lluvia
y me asusta la sombra
de tanta intimidad.


Es tarde.
Uno escribe su vida en un poema,
analiza el amor
y se acostumbra
a seguir como está, junto a tu cuerpo
que quizá me recuerde todavía
desnudo entre las sábanas,


o las noches de lluvia nos confirman
que la vida, posiblemente hermosa,
no siempre es un asunto disponible
y que a veces resulta incluso mucha,
temible como ahora,
mientras que tengo miedo de besarte al azar.


Lo sé. Hemos sido extranjeros
hablándonos por señas demasiado cercanas,
ansiosos en las calles
de una nueva ciudad,
esperando tal vez que nos fotografíen
delante de este amor y de sus cicatrices,
eso que confundimos con nuestros sentimientos
o acaso
-en noches de locura-
con una sensación de humedad en los ojos.


Pero en pocas palabras se resumen
casi todos los días,
sus sílabas contadas en mis versos
y la felicidad.
Tibiamente los años
nos descubren
que nada existe ya sin tu sudor y el mío,
que somos todavía demasiado solemnes
cuando nos sorprendemos
temblando de pasión,
llenos de instinto mal disimulado.


Por eso, mientras llueve,
agradezco tu cuerpo entre las sábanas
y esta pasión desierta
de acariciar tus muslos,
más o menos extraños
y hermosos como un sueño
que acaba de llegar.


(Luís García Montero)