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domingo, 18 de noviembre de 2012

Día del libro

Se dejó caer con una sonrisilla
de las de creerse el final de los cuentos,
envuelta en una chaqueta
de abrígate si vas a salir.

Se dejo caer con su nombre
puesto en el pecho,
con sus botas de ya estoy aquí,
con su falda de clavarme
los ojos en el anzuelo
y sus pestañas de reír.

Se dejó caer con su voz
de acércate más que no te oigo,
con sus ojos limpios
de no quiero despertar del sueño,
con sus labios crudos
de pruébame de sal.

Se dejó caer
como si no se hubiera ido nunca.
Se dejó caer sin más,
como quien no quiere la cosa.

Se dejó caer
para no dejarme caer,
para regalarme una rosa.

Y a mí
ya sólo me queda prosa
con la que corresponder.



Tiempos de angustia me llevo en este cargamento.

Nunca estuve allí es el relato de cómo me vi envejecer de golpe, aprovechando también el título de una película que me gustó mucho "El hombre que nunca estuvo allí" y que trataba sobre un barbero fumador americano que casi no hablaba.

No es que eche de menos aquel periodo intenso, pero hay momentos en la vida que te hacen ver con claridad lo que pasa a tu alrededor y cual es el sitio que quieres tener en el mundo.

Siempre estamos En tránsito (como aquel fantástico disco de Serrat), pero algunas veces, por fin, sabemos hacia donde queremos ir y qué es eso que echamos tanto de menos.

Y puede suceder que nos damos cuenta con estupor y tristeza, que ya no nos pasa Nada grave.

lunes, 23 de abril de 2012

Leer un libro

Andaba en otros aires, volando bajo, pero sin tocar el suelo, con Alberti en la mesilla. Un ansia de mar solitaria le llevaba cada vez más adentro de sí mismo. No encontraba el rumbo como marinero en tierra.

Cuando quiso darse cuenta, ya la tenía dentro. No se supo percatar del asunto hasta que había pasado mucho tiempo y aún entonces dudó una temporada. Leía entonces como empedernido juanramoniano, todo verso endeble que caía en sus manos. Pero entre piedra y cielo, no quiso tocar la rosa.

Amor y literatura corrieron después de la mano de un Cernuda más partidario de lo imposible, de vivir sin estar viviendo, de escribir poemas para un cuerpo separado de la cabeza, que de los ojos centinelas.

Pero para cuando leyó el Aleph, ya estaba perdido en el laberinto, viviendo en la casa de Asterión, como en un cuento fantástico de Darío. Por Ende, atrapado en la prisión de la libertad. Y parecía que nunca iba a llegar al diván del Tamarit que Lorca le había prometido.

A pesar de todo y de Emilio Pascual, el fantasma anidó bajo el alero y no hubo modo de no notar su presencia en todas las horas fosforescentes del insomnio. ”Se lee lo que se quiere leer” , se dijo, ”como se escucha la misma canción concreta hasta que la vida hace coincidir sus metáforas con la letra”.

Ahora, tras el desconcierto, cuando se piensa con la claridad que da un final predecible pero imprevisible… ¿Hacia dónde ir? Y no sin miedo, ha encargado en la librería mujeres de ojos grandes, de Ángeles Mastretta. Porque se lee lo que se quiere leer. Quizás, precisamente, lo que se desea.

Y hoy es un buen día para que todos sepan que leer un libro es pedirle un deseo al pie de la letra.



YO TE DESEO

Yo te deseo la locura, el valor,
los anhelos, la impaciencia.
Te deseo la fortuna de los amores
y el delirio de la soledad.
Te deseo el gusto por los cometas,
por el agua y los hombres.
Te deseo la inteligencia y el ingenio.
Te deseo una mirada curiosa,
una nariz con memoria,
una boca que sonría
y maldiga con precisión divina,
unas piernas que nunca envejezcan,
un llanto que te devuelva la entereza.
Te deseo el sentido del tiempo
que tienen las estrellas,
el temple de las hormigas,
la duda de los templos.
Te deseo fe en los augurios,
en la voz de los muertos,
en la boca de los aventureros,
en la paz de los hombres que olvidan su destino,
en la fuerza de tus recuerdos
y en el futuro como promesa
donde cabe todo lo que aún no te sucede…

(Ángeles Mastretta)

lunes, 30 de enero de 2012

Ojos llenos de sosiego

Llegó mirando a ninguna parte, con los ojos llenos de sosiego, como buscando esconderse del paisaje. Puso sobre la mesilla de cristal, en riguroso orden alfabético, el cenicero blanco, las gafas para ver de lejos, las llaves de la casa y una taza de té con los bordes manchados de falta de sueño.

Ésta era la hora convenida, el momento del acuerdo con el mundo, el instante de reconciliación con la vida. Encendió un cigarrillo rubio, casi sin gana, como una liturgia aprendida que abría las puertas de un vaporoso edén. Dejando caer suavemente la espalda sobre la almohada, deshizo las horas tan deprisa como se desmorona la conciencia al primer contacto con otra piel desnuda.

Cruzó las piernas con la fatiga de un viandante que ha perdido el camino. Abrió el libro por la página señalada y lo cogió de un pellizco, con ternura, reteniendo en las manos el ímpetu aventurero de aquel pájaro de mil hojas que estaba a punto de volar.

Leyó mirando a ninguna parte, con los ojos llenos de sosiego, buscando perderse al otro lado. Leyó sin pasar ni una sola hoja, absorto, atascado en el mismo párrafo una y otra vez. Tres cigarros después, inmóviles en el cenicero, se hizo la noche y un escalofrío lo mandó de vuelta a ese mundo suyo de los que no se ahogan en una gota de sueño.

Se fue mirando a ninguna parte, con los ojos llenos de sosiego, como buscando esconderse de sí mismo y de los demás. Sólo dejó, recuerdo de su paso que encontrar a otro día, el silencio salpicando la luz de la mesilla y un cenicero redondo, blanco, estático, con tres impávidas y largas tiras de ceniza sin fumar.

Así es el fantasma que habita mis sueños. Esta noche, cuando vuelva mirando a ninguna parte, intentaré reunir valor y preguntarle el título de ese libro que no está leyendo. Si acierto a conocerlo y puedo contarle el final, tal vez no tenga razón para volver y así, cada uno a su modo, por fin, los dos descansemos.

Pero no me molesta su visita, es como si lo conociera desde siempre. Ni siquiera la columna de humo que emerge del cenicero como una serpiente amaestrada me causa ningún estorbo. Pero es que tengo el vago presentimiento de que el único hilo que todavía le ata a este mundo es su curiosidad. Su curiosidad y la mía por saber si es que allí, al final de la última página, tampoco conviene fumar en la cama durante el insomnio.





LA CÓLERA DE UN VIENTO

Dormir algunas veces cuesta mucho.
Lo digo por el whisky doble
y por los calcetines que preciso
y por cómo arrancaste mi foto de tu cuarto,
con aquella amargura en los labios crispados.
Desde entonces yo trato de imitarte:
pongo cara de cínica, troceo tu corbata,
y vuelvo indiferente la almohada.
Vano intento. Guardarte en un capítulo.
Como meter el mar en un pobre agujero.
Y aquí sigo en la playa, con mi pala, mi cubo...
tan sola ya, tan roto el uniforme...

(Ángeles Mora, La guerra de los treinta años, 1989)

sábado, 1 de octubre de 2011

Leerte siempre es abril (y II)

Todo el mundo se lo dice de diferentes modos, cada cual a su manera: no pierdas la ocasión, danos el gusto y publica. Estamos esperando ver tus poemas en un libro. Yo también te lo digo, también a mi manera...


LEERTE SIEMPRE ES ABRIL
A Alicia Choin, con toda mi envidia.

Me pregunto cómo fluye la sangre
debajo de tu piel cuando te leo,
de dónde burbujean los versos
que se te escapan de las manos,
cómo es que consigues huir
hacia la gran pregunta del deseo
para responderla entornada,
cerrarnos los ojos y abrirnos el sueño.

Me pregunto cómo miras tan desde dentro
que consigues salir tan afuera,
cómo mueves los dedos cuando incendias
los renglones con humedad en llamas,
qué parte del otro lado de las palabras
dejas aterida en el silencio.

Me pregunto cómo tiembla el papel
por debajo de tus versos
cuando lo estiras hacia esas mariposas
que no saben aletear en el desierto
pero que a ti te vuelan más allá.

Me pregunto por qué te escondes
si leerte siempre es abril, perder
la noción y los pájaros, descifrar una rosa
en la frialdad del desierto
y amar en círculos.

Me pregunto por qué nos ignoras,
por qué no te derramas en un libro
para que podamos creer en el espejismo,
sentir el tumulto de que nos miras,
medir el tiempo en tus versos
y página a página, palpar la envidia
de todos esos humedales en los que andas
desnudándote a la vida.

Leerte siempre es abril (I)

Me acabo de enterar que a Alicia Choin le han ofrecido publicar sus poemas. No me sorprende en absoluto, lo raro es que no se lo haya planteado mucho antes. Y ella dice que no lo tiene claro, que no sabe qué hacer.

Pues esto es lo que sabe hacer...


A veces, muchas veces, me ignoras.
Y yo sé que me ignoras.
Los besos están secos
y desisto de saciar inútilmente
mi sed en unas pocas gotas.

No, no te sorprendas…
Las mariposas no aletean en el desierto.

A veces, muchas veces, me pregunto
y tú sabes que me pregunto
por qué mis caricias no fueron crisálidas
que dieran a luz en tu vientre.

No… No hay metamorfosis
cuando se arrastra un sueño de seda roto
que no se alimenta de verde.

A veces, pocas veces, te acercas,
pero ellos no saben que te acercas,
me inundas con lluvias falsas
de agua de mayo,
nace una amapola en tus labios
y retiras mi insomnio
solo una semana.

No, no te excuses…
No hay primavera sin semillas.

Pero siempre, siempre recordamos,
Y tú y yo sabemos que recordamos,
cuando fuimos oasis
sin ver que nos rodeaba la arena,
depredadora insaciable de amor.

¿Qué es la vida sino amor?

O quizás, ni siquiera hubo oasis,
y la calima con la que se engañan los cuerpos
nos condujo al espejismo.

Imagino que es cuestión de tiempo
acostumbrarse a la soledad del desierto.
Dos reptiles “restando” en una tierra
descuadrada de raíces,
dos buitres sumando la carroña de los días
y dos vidas sin resolver llenas de incógnitas.

¿No te parece triste?

Te lo pido. Quizás por última vez.
Aunque sea de yeso, dame por favor una rosa.

Qué frías son las noches del desierto.

(Alicia Choin)




¿Está vivo lo nuestro?

Me pregunto cómo fluye la sangre
debajo de tu piel cuando te toco.

Si cada gota es un triste usuario de metro,
que choca agobiada con las demás,
si circula mirando al vacío de la boca
de donde salen tus besos agotados.

O si, por el contrario, cuando te toco,
burbujean cosquillas en tus venas,
y tú entero eres un manantial subterráneo,
fluyes agitado en cada caricia,
y das a luz a tus besos
en la gruta húmeda de tus labios.

Me pregunto qué ves cuando salen tus sentimientos.
Yo creo que sí, que hay hierba.
Porque la otra noche, cuando tus labios preñados
iluminaron el paso de mi deseo por tu piel,
noté cómo rompías aguas
y brotaba extasiado tu vello.

Y eso, mi vida,
estoy segura de que no lo da el cemento.

(Alicia Choin)





A CIENCIA CIERTA

No me avergüenza decir que mido el tiempo en besos.
Tus labios son el reloj que avanza al ritmo que marca la lengua.
Amanece con tu mirada y cae la noche cuando te vas.
Son las leyes de mi ciencia. Tan cierta
como que el universo ya no es infinito y se limita a tú y yo.
Y no hay más atmósfera que la que envuelve nuestro deseo.

¿Sabes? A veces pierdo la noción. Y no sé, ni me importa,
si afuera es primavera, verano, otoño o invierno.
Solo llueve de tu boca y florecen girasoles en mi pecho.
No hay más pájaros que las manos que revolotean mi piel,
ni otro deshielo que no sea el del susurro de tu voz.
Me parece escuchar a los demás debajo del agua,
como si nuestro mundo fuera ajeno.

Y, cuando te entregas, te espero con la ilusión
de la adolescente que espera su primera carta,
cuando todavía se escribían cartas,
y acudo con la llave de los besos a abrir
lo que me deja el azar vestido de mensajero.

Y así pasan mis días. Intentando saltarme
la página en blanco de las horas con un compás,
como aquel con el que hacíamos círculos aburridos
en el papel de una clase que sabía a vacío.
Merece la pena. Luego te veré al dorso,
y haré garabatos en tu espalda,
aunque sea con letra pequeña y tan solo un instante
para no dejar huella.

Da igual que fuera haga frío o calor, que nieve o truene.
Ya te digo que mi tiempo cae en forma de besos.
Será por eso que siempre es abril cuando estoy contigo.

(Alicia Choin)

domingo, 19 de septiembre de 2010

Vestida para salir

Al abrir el armario a la imaginación, el mundo se llena con el silencio de los sueños que le salen de dentro. En cada prenda hay un recuerdo, una esperanza, una sensación distinta.


Los colores comienzan a combinarse solos, como si fuesen versos que riman, se entremezclan y se matizan los unos a los otros. "Suena bien", se dice mientras se seca el pelo y se pinta las uñas.


Entonces, cuando todo está elegido, con los pliegues revisados y peinados los versos, perfumada con olor a tinta, ya está dispuesta a ponerse delante del espejo de otros ojos y del eco de otras bocas.


No puede evitar los nervios de la cita, pero es que yo tampoco. Ya está vestida para salir y así es como más me gusta. No sabe cuánto deseo tenerla pronto en mis manos, para abrirla en una noche loca por la luna, leerla despacito y desnudarla poco a poco.


Vestida para salir, este lector impaciente te aguarda. ¿No ves que necesito un sueño para rayar el agua?


LA POESÍA


La poesía es inútil, sólo sirve
para cortarle la cabeza a un rey
o para seducir a una muchacha.


Quizás sirve también,
si es que el agua es la muerte,
para rayar el agua con un sueño.
Y si el tiempo le otorga su única materia,
posiblemente sirva de navaja,
porque es mejor un corte limpio
cuando abrimos la piel de la memoria.
Con un cristal partido,
el deseo
hace heridas más sucias.


La poesía eres tú,
un corte limpio,
una raya en el agua
?si es que el agua es razón de la existencia -,


la mujer que se deja seducir
para cortarle la cabeza a un rey.


Luís García Montero, Completamente viernes, 1998)