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sábado, 10 de noviembre de 2012

El pájaro irreductible

Había una vez un pájaro posado en una rama, andando a saltitos por ella, aproximándose a un extremo que, si bien todo el mundo sabe que está, nadie quiere ver.

A cada salto, aquel pájaro daba un traspiés y lloraba el dolor acumulado de todos los otros tropezones que le hicieron probar lo rugoso de la madera. Entonces se levantaba después de haber llorado, se atusaba las plumas con esmero y seguía andando.

Los pájaros no lo saben pero, se paren donde se paren, siempre les queda la mitad de la rama. A ratos, pensaba que la vida podía no ser mejor que aquello, que volar era un sueño para los que no pueden dormir.

Entonces se cortaba las alas, dolorosamente, arrancándose las plumas primero y lanzándolas en proverbios hacia el suelo, no con la tristeza del que no espera nada, sino con el desamparo de quien no sabe qué esperar.

Y seguía andando para tropezar de nuevo, justo después de que le crecieran otra vez unas alas y el viento empezara a soplar a favor. Siempre le quedaba el amargor de una rama medio vacía, la acidez de las lágrimas que fermentan y la aspereza imaginaria de los traspiés que daban los otros pájaros de la bandada.

Cada tropiezo era el último, cada par de alas menos ligeras, cada dolor más intenso. Porque la vida puede que no fuera mejor que aquello, cada vez que le crecían nuevas alas, se las cortaba.

Se va acabando la rama —pero siempre queda la mitad— y el pájaro se sigue cortando las alas. No es por miedo a volar, ni a caer al suelo, ni a soltarse del árbol. Sino que se acuerda tanto de todo dolor pasado, de tanto dolor propio y ajeno, que le duele hasta el futuro que no se decide a esperar.

Y puede que la vida nunca sea mejor que esto, sobre todo, si uno se empeña en que no lo sea. Pero el pájaro siempre se levanta, siempre, cada vez, irreductible. Nadie que no espere mejoría se levanta tantas veces aun sabiendo que va a volver a tropezar.

Si bien es cierto que la vida puede que no sea mejor que esto, yo quiero tropezar con ese pájaro. Se parece al de la felicidad y, mientras me lo parezca, será mejor que esto.



ÁNGELUS

Quién me iba a decir que el destino era esto.

Ver la lluvia a través de letras invertidas,
un paredón con manchas que parecen prohombres,
el techo de los ómnibus brillantes como peces
y esa melancolía que impregna las bocinas.

Aquí no hay cielo,
aquí no hay horizonte.

Hay una mesa grande para todos los brazos
y una silla que gira cuando quiero escaparme.
Otro día se acaba y el destino era esto.

Es raro que uno tenga tiempo de verse triste:
siempre suena una orden, un teléfono, un timbre,
y, claro, está prohibido llorar sobre los libros
porque no queda bien que la tinta se corra.

(Mario benedetti, Poemas de la oficina, 1956)

viernes, 27 de julio de 2012

Actos íntimos en el parque

Mientras yo le bordeaba los costados, la noche tenía ya encendidas las luces del parque. Iba enfundado en lo oscuro de la chaqueta y escondido tras la barba a medio afeitar, mirando a todas partes, pisando en cualquier sitio, buscando una hora y no un lugar.

No me vieron desde el coche rojo que había aparcado, allí, justo delante. Yo tampoco quise mirar cuando vi a los ocupantes aproximarse hacia un abrazo y juntar los labios. Los besos y los abrazos son actos íntimos, aunque se realicen en público o con publicidad.

Un recodo más allá, sobre el segundo banco de la derecha, según se mira hacia el ciprés solitario que se aburre entre tanto boje, dos chicas consolaban con media voz y gesto aterido a una tercera que lloraba. No quise mirar cuando suspiró con fuerza para poder así renovar el alivio de los pulmones. El llanto es un acto íntimo, aunque se prefiera el consuelo de hacerlo entre amigos.

Me crucé con el joven sin darme cuenta, sin previo aviso. Quizás salió de un coche recién llegado. Yo iba mirando a la chica delgada y con pelo largo que salía del portal con el móvil abierto, asintiendo con la cabeza y apretando el paso, como si huyera, hasta perderse detrás de una esquina.

El joven tampoco me vio, porque no estaba mirando. Tenía la vista perdida en un punto infinito de la calle, como si le hubiese prestado el alma al interlocutor que se adivinaba en su mano inmóvil sobre el oído. No quise mirar cuando esbozó una sonrisa y se detuvo para envolverse en su propia sombra, un poco más allá de la farola de luz desvaída. La sonrisa es un acto íntimo, aunque se ejecute en público y sean otros quienes la provocan. Y también la huída.

Sé perfectamente que nadie me vio, que no quisieron mirar cuando vacilaron mis pasos dirigiéndome lentamente hacia ninguna parte. Porque la vida es un acto íntimo, aunque suceda en la noche de un parque desconocido y ante los ojos atónitos o distraídos de los demás.

Pero escribir es un acto público, por más que se le procure un entorno solitario y se realice en la más estricta intimidad. Y llegados a este renglón públicamente juntos, aunque quisieras, no podrías negar que has querido mirarme más adentro. Ni yo tampoco podría decir que eso no me reconforta.



POÉTICA

Yo sé que estoy aquí
para escribir mi vida.
Que vine poco a poco
hasta esta silla.

Y no quiero engañarme.

Sé que voy a contártela
y que será mentira:
Sobre la mesa sucia
una gota de tinta.

(Ángeles Mora, Contradicciones, pájaros, 2000)

lunes, 18 de junio de 2012

Agradecer el ridículo

A Salvador Morales Lupiañez, gracias.

¿Qué edad tendríamos? Ya ni me acuerdo.

Malos tiempos en casa. Como conclusión de aquel fin de semana, yo tenía que escribir una carta. Y al ver mi papel en blanco, te dije que no podía, que me sentía ridículo.

Me contaste entonces, cinco minutos duró la charla, que la verdad sólo está en la pugna de los contrarios. Que el dolor y el placer, dan la verdad cuando se encuentran. Que la alegría y la tristeza, vienen del mismo sitio.

Preguntaste con aquella media sonrisa del que es mayor y ya sabe la respuesta que ofrece la vida -andaba yo empezando a descubrirme el corazón en otras manos-, si los besos de aquella chica que vinieron después de los nervios, fueron ridículos. Y claro que no lo fueron, respondí yo.

Entonces la frase que me cambió la vida. Ha habido más desde entonces, pero aquella fue la primera y fue tuya. "Hay que saber hacer el ridículo", me dijiste, "para que los demás te tomen en serio". Seguramente aquella fue la primera vez que lloré escribiendo, escribiendo una carta estremecida que, todo hay que decirlo, no sirvió para lo que pretendía, excepto para cambiarme la vida.

Antes de irte, debería haberte agradecido mejor aquellos cinco minutos y el resto del tiempo en que nos conocimos.

No has llegado a saberlo del todo, me leíste un par de veces solamente. Por eso me gustaría que supieras lo ridículo que, a veces, aquí y allí, me siento escribiendo las cosas que me pasan por el corazón y por la cabeza.

Pero al sentirme ridículo comprendo que habrá alguien, al otro lado de las ventanas, que me va a tomar en serio. Es un alivio saberlo.

Y escribir no es el único ridículo que acometo.



FE DE VIDA

Nadie sabrá las veces, las mil veces,
después de la tristeza o de la humillación,
que envidié la sonrisa de los cínicos,
esa distancia fría de sus labios
ante la realidad. Son como estatuas
sobre el declive amargo del otoño,
y en las seguridades de la piedra
no conciben el riesgo de la fe,
la luz que se hace vida, pero luego
puede sentir la mordedura,
el veneno amarillo
de la vejez, la quiebra y el ridículo.

No conciben heridas. Será porque recuerdan
la pureza metálica del justo
que agita su sermón
más allá de las dudas y de las decisiones,
clamando contra el filo de los sueños,
contra la incertidumbre,
sin asumir ninguna
responsabilidad en la quietud,
con su orden de muerte y de injusticia.

Al caminar un día
sobre los arrabales de la Historia,
mientras la luz deshecha buscaba solidez
en el cemento y en los vertederos,
sentí -igual que se perciben
las inquietudes y los atardeceres-
que la verdad abstracta
es legitimación de la mentira.
Y no pude salvarme, ni ser puro,
ni sonreír con labios de distancia.
No me quedé en los márgenes,
ni en mesas de camilla,
ni en la capa del noble, ni en la canción del infierno.

Pero la luz se enfría débil sobre los campos
y quien regresa siente las manchas de la tarde.

Nadie sabrá jamás
las veces, las mil veces,
que envidié la sonrisa de los cínicos,
la pureza metálica del justo,
después de los regresos y de la humillación,
al sentirme manchado por la luz
y al conservar en la memoria,
en la izquierda vacía de mi cama,
como la sombra hiriente del cuerpo que se ha ido,
la memoria dudosa y palpitante
de algún amanecer.

Porque tal vez la vida
sólo nos quiere dar
aquello que después sabe quitarnos.

(Luís García Montero, La intimidad de la serpiente, 2003)

domingo, 15 de abril de 2012

Los pensamientos son nutritivos

Del mismo modo que en una alimentación equilibrada hay que comer de todo en su justa medida, las ideas que nos rondan la cabeza deben tener un equilibrio. La dieta debe ser variada, consumiendo preferentemente ideas frescas y de temporada.

La pirámide nutricional es una representación gráfica de la importancia que deben tener las diferentes clases de pensamientos en nuestra alimentación, según el tamaño relativo que ocupan en la pirámide.

De este modo, en la base, se incluyen los pensamientos positivos, que deben ser diarios y abundantes. Entre otros, a modo de ejemplo, los "yo puedo hacer esto", los "qué suerte que tengo" y la búsqueda de los aspectos que nos gustan de lo que estamos haciendo en cada momento, son fundamentales para una nutrición sana.

En un segundo nivel tenemos los pensamientos que nos aportan las proteínas de la interacción. Placeres cotidianos de conversaciones agradables, momentos que hay que dedicar a uno mismo, sólo o alrededor de los seres queridos, pensamientos amables con respecto a los que nos rodean o, simplemente, aquellos que resaltan los aspectos positivos de los acontecimientos que nos depara el día a día.

En el siguiente nivel están situadas los pensamientos lácteos y sus derivados. Reflexiones sobre la propia acción, descubrimiento de errores que susbsanar o de aciertos que repetir, recuerdos agradables que nos llegan en momentos de tranquilidad. También, aunque con menor frecuencia, podemos depurar problemas que los otros nos cuentan una vez pasados por el tamiz de nuestras propias circunstancias.

Y en el pico de la pirámide se encuentran los dulces, los sueños, la recreación de escenarios felices en los que estuvimos. La proyección de nuestros deseos, desde los más insignificantes y sencillos, hasta las grandes ideas sobre las que construir el futuro y tomar decisiones.

Los consejos que yo daría para una dieta equilibrada, son siete:

1. No tomar pensamientos carnales más de una vez al día, alternar con pollo o pavo. Es preferible incrementar los pensamientos sensuales. Evitar en lo posible frases hechas y tópicos. De retos, lo más aconsejable son de 2 a 3 semanales, en función de nuestro estado de ánimo.

2. Disminuir el consumo de pensamientos lácteos grasos y descremarlos a base de cocinarlos con un autoconcepto eminentemente positivo, pero no demasiado egocéntrico.

3. Utilizar las certidumbres con precaución, un máximo de tres veces por semana. No abusar de la misma, sino ir variando cíclicamente.

4. Los pensamientos superficiales y frescos, las primeras impresiones y las expresiones de afecto deben ser muy abundantes. El error que se comete comunmente es el de tomarlos solos y por eso pueden parecer poco alimenticios. Sin embargo, bien combinados con pensamientos profundos, con interacciones cotidianas o con resoluciones de problemas producen una agradable sensación de complicidad que proporciona un extra de energía sin sobrecargar el sistema.

5. No abusar de los dulces ni de los finales felices, ni de la ingenuidad de esperar que sean los pensamientos positivos de los otros quienes nos alimenten. No obstante, cabe decir que no es pernicioso, con la frecuencia adecuada, dejarse llevar por pensamientos sensuales y eróticos, que proporcionen ganas de vivir y alegría compartida. Lo que no es conveniente es sobrevalorar su aportación nutricional. Efectivamente, aportan mucha energía, pero energía que se gasta rápidamente.

6. La sal de las lágrimas, las especies que nos dan las pesadillas, los "si yo hubiera" o los pensamientos autocompasivos, son necesarios para una dieta saludable. Pero nunca deben tomarse como plato único. Se deben usar para proporcionar sabor con el que aderezar los otros pensamientos útiles. Sólo para eso. Si se abusa de ellos, puede que nos ocasionen subidas de tensión o tristeza acumulativa que puede acabar con cortar la circulación correcta del resto de los pensamientos que ingeramos.

7. Los pensamientos crudos y los fritos están totalmente desaconsejados. Un pequeño hervor, una cocción al vapor o una exposición al horno los hacen más digeribles y más sanos.

miércoles, 11 de enero de 2012

Sauce

¿Has visto alguna vez cómo caen las hojas de los sauces?

Todas las hojas caen, todas, su destino es la podredumbre, la mancha, el suelo. Unas caen en otoño, las más resistentes no sobreviven a algún invierno. Todas las hojas caen, incluso las perennes. Es sólo que tardan más.

Algunas veces, con el sol como aliado, cruzo el puente para romperlo por el humo. Y veo llorarle al río las lágrimas de los sauces. Veo como caen haciendo tirabuzones, brillando por el sol como si en ellas se concentrara la belleza del mundo.

He visto caer las hojas de los plátanos alfombrando el suelo, la de los olmos blancos poniendo las pisadas en dos colores, las de los pinos que se arrebujan sobre la tierra como alfileres que fracasaron el objetivo. Las hojas de los sauces también caen a las ratas y a su desprecio o dan con el agua de un último viaje.

Todas las hojas caen, todas. Su destino es la podredumbre. Pero si hubieras visto caer las hojas de los sauces, sabrías que no todo da igual, que no todos caemos lo mismo.

Aunque sea el mismo frío del suelo el que sintamos en la espalda, aunque sean los mismos caballos los que nos están esperando.




BAJO LA LUZ QUEMADA...

Bajo la luz quemada,
tienen frío los ojos con que buscas
estas horas de octubre
y su jardín manchado de ginebra,
hojas secas, silencios
que de nosotros hablan al caerse.

Porque si ya no existe,
aunque nadie se ocupe de sus solemnidades,
hay noches en que llega la verdad,
ese huésped incómodo,
para dejarnos sucios, vacíos, sin tabaco,
como en un restaurante de sillas boca arriba
ya punto de cerrar.
-Nos están esperando.

Nada sé contestarte,
sólo que soy consciente de mi propia ironía,
porque el hombre es un lobo también consigo mismo
-Nos están esperando.

Negras y en alto, buitres silenciosos,
nos esperan las nubes en la calle.

(Luís García Montero)

martes, 29 de noviembre de 2011

Brevedad

Hablo de la suavidad que crece cuando todo se funde, del calor que difunden las palabras, de las persianas que apenas confunden la luz del sol.

Hablo de un segundo, de una décima, del dolor de los relojes tras el mecanismo de un parpadeo. Hablo del aroma en carne viva, del corazón desarmado y desnudo, del latido que se escapa en un suspiro.

Hablo de las lágrimas que caen sordas y de la sal que destila el desencanto. Hablo de la ceguera de los dedos de tinta y del roce que va dejando su caligrafía ambigua en el lienzo de una piel.

Hablo de la certeza de los sueños horizontales, hablo de la duda de la realidad oblicua, hablo de la mentira de la memoria vertical deshilachada.

Hablo del silencio que se enciende en el tumulto, del movimiento cosido a la quietud, de la esperanza tendida al sol de la mañana. Hablo del peso de la nostalgia y de la nostalgia del peso. Hablo de la niebla que envuelve cada palabra dicha al oído.

Hablo de rellenar el hueco inmenso de mí mismo que amanece después del breve espacio en el que estás.