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lunes, 24 de octubre de 2011

Desanginarse

Me cuesta tragar, me duele apretar la lengua contra el paladar y deglutir los signos empapados en saliva. Debo tener en mal estado las anginas.

Intento hacer una dieta equilibrada, pero no me dejan. Anoche, por ejemplo, me pusieron para cenar un comunicado de la banda y me clavé las espinas. Ya me había tomado para desayunar la muerte de un torero y un moticidio lejano.

En el almuerzo, ensalada de crisis con demasiado vinagre y demasiado pánico. Luego un filete de contradicción de los mercados, esos que reaccionan enseguida con miedo cuando un dirigente musita alguna tontería nueva. Cuando los mercados pierden, todos perdemos, pero cuando ganan sólo ganan ellos, los que parecen no inmutarse cuando gritan en la calle los parados.

Y más tarde, con el estómago todavía pesado, me di un atracón de libio cadáver sobre un fondo de vilipendios y manta ensangrentada. De postre, como si eso me calmara las anginas, un sorbete frío de equipos que llegan al liderato mezclados con los goles de los mismos de siempre, que siempre se me repiten.

Así, con este menú, no puedo desanginarme el pecho y me cuesta, cada vez más, tragarme el trozo de mundo que me entra por todas partes. Me duele apretar la lengua contra el paladar y engullir la realidad a zarpazos.

Ir al médico no sirve, porque solo te diagnostica hipertensión aparente y lo único que te receta es que te tomes una infusión de indiferencia cada ocho horas. Temo asfixiarme, que un trozo se me quede atrancado y no consiga hacerlo transitar hasta donde todo se digiere con la pesadez de las decepciones.

Ya he estado a punto. No sé cómo, la custodia compartida de un coche, el secuestro de los cooperantes y las declaraciones de quienes entre todos la mataron y Marta sola se murió, se me han hecho un lío, un nudo que me ha tenido con angustia vital y nauseas irritativas hasta hace un momento.

Temo asfixiarme si no me desangino pronto, la salud es lo primero, dicen los que saben durar. Y es cierto que lo temo, que el ahogo me solivianta y me entumece las ganas y el sueño. Pero lo que verdaderamente temo es que, a fuerza de tragar espantos, me acabe haciendo inmune a las locuras del mundo y al dolor de los demás.

Así que, pensándolo bien, perdóname si no quiero desanginarme, si prefiero que me duela tragar. Aunque a veces eso nos cueste discutir afanosamente si nos queremos igual que antes o si aun andamos esperando lo que siempre dimos por imposible.




QUÉ EXTRAÑA TODA ESA GENTE

Qué extraña toda esa gente.
Llenan los comercios, las calles, las oficinas,
amables, bien vestidos, sonrientes.

Qué extraña toda esa gente
a la que el corazón sólo obliga
a dejar de fumar y
hacer ejercicio moderado.

(Ángeles Carbajal, La sombra de otros días, 2008)

miércoles, 1 de junio de 2011

Pepinitis

Eso dijo ella, aquello del pepino, aquello de la bacteria.


Se puso delante de un auditorio y lo dijo, sin más: en los pepinos españoles se ha encontrado la dichosa bacteria. Bueno, no lo dijo sin más, lo dijo en alemán. Sin querer conocer nada más, ni causas ni efectos, ni el resto de circunstancias que rodean a un pobre pepino y su proceso de conservación a través de distintos países, pues lo dijo.


En realidad, no lo dijo, fue mucho peor, lo insinuó. Lo dejó caer, lo dejó entrever, lo puso en el centro de una diana a la que no quiso disparar. Ocurre siempre, hay que salvar el culo y echarle el muerto al primero que se tambalea, pero sin echárselo, sin que lo parezca, que eso queda fatal.


Y, ¿sabes qué pasa? Que aunque todo pasa, todo queda. Da igual quien se ofenda ahora, nadie puede rectificar lo que "no se ha dicho", porque es indecible. No se puede evitar, el pepino español será para siempre, en la memoria de los alemanes, la mentira más verdadera y la que causó su crisis sanitaria.


No sé si ha sido tu pepino o el mío el causante de cada crisis que nos ocupa periódicamente. Pero habrá que superarla y no dejar que "todo quede": que solo quede lo cierto y lo que se hizo de corazón, saliera bien o no.



lunes, 27 de septiembre de 2010

Síndrome

Lentamente, así, poco a poco,
como nudos tejiendo una red, con la constancia
del tronco sujetando la rama
que se resiste al viento y modifica su rumbo,
con la diligencia de una araña afanosa
que despliega su tela acotando un espacio,
despacio, como la gota de la cueva
va horadando la piedra primero,
para rellenar después lo reseco
con su charco y su propia humedad,
como el mar va entrando en los peces
dándoles la libertad de tenerlos
atrapados por las branquias,
así, mutuamente,
nos vamos secuestrando poco a poco,
dejando abiertas las puertas al aire, embebiéndonos
en los demás, derramando en ellos, sin orden,
esa necesidad de no defenderse,
la conformidad de sentirse a salvo
detrás de las rejas, la esperanza secreta
como placebo contra la soledad.
Y así, desde el amor, ese síndrome,
un día miramos atrás o adelante, o a los lados,
y descubrimos que todos los caminos aquellos
por los que anduvimos con el corazón,
conducen a Estocolmo.


ÉPOCA DE CRISIS


Este edificio tiene
los ladrillos huecos,
se llega a saber todo
de los otros,
se aprende a distinguir
las voces y los coitos.
Unos aprenden a fingir
que son felices,
otros que son profundos.
A veces algún beso
de los pisos altos
Se pierde en los departamentos
inferiores,
hay que bajar a recogerlo:
"Mi beso, por favor,
si es tan amable".
"Se lo guardé en papel periódico".
Un edificio tiene
su época de oro,
los años y el desgaste
lo adelgazan,
le dan un parecido
con la vida que transcurre.
La arquitectura pierde peso
y gana la costumbre,
gana el decoro.
La jerarquía de las paredes,
se disuelve,
el techo, el piso, todo.
Se hace cóncavo
es cuando huyen los jóvenes,
le dan la vuelta al mundo.
Quieren vivir en edificios
vírgenes,
quieren por techo el techo
y por paredes las paredes,
no quieren otra índole
de espacio.
Este edificio no contenta
a nadie,
está en su época de crisis,
de derrumbarlo habría
que derrumbarlo ahora,
después va a ser difícil.


(Fabio Morábito, De lunes todo el año, 1992)