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martes, 11 de diciembre de 2012

Agradecimientos

Cuatrocientos dos son los capítulos que ha tardado el insomnio en derretirse, en hacerse más tierno y más ambiguo, más contradictorio y menos líquido.

Estoy aquí porque creo que decorar la vida es una obligación para todo ser humano, que mentir es una necesidad biológica que alimenta la memoria, que escribir es el escenario perfecto para congeniar la realidad y la ficción.

Y me voy, no porque haya dejado de creerlo, sino porque las letras que había convenido con esta edad del azar, ya se han librado y se han hecho efectivas.

Pero antes de irme quiero dar las gracias a aquellas personas que me acompañaron en el trayecto, que silenciosamente me observaron caminar tropezando.

Gracias a quiénes tuvieron el detalle de quedarse. Gracias también a quiénes prefirieron irse o volver cada cierto tiempo a este trocito de viaje en el que se queda mi vida expuesta en clave de trayecto.

Gracias por leerme, por decepcionarse, por asombrarse, por aconsejarme, por discutirme, por desordenarme los renglones y por hacerme dudar de lo que siento, de lo que pienso y de lo que escribo.

Y muchas gracias al insomnio, muchas gracias.

Pero es que la vida no espera, no para y no avisa... Seguiré andando por otro camino, andando del mismo modo en que hay que correr persiguendo los sueños: incrédulamente, sin esperanza...

Quiero ir ahora a un lugar en el que pueda escribir lo que siento sin tener que sentir lo que digo. Si es que encuentro un amor imposible...



A estas alturas rodando
literalmente rodando
asumo mi destino,
araño cielos, tiento paraísos,
busco la clave que me traspase,
sin buscarla la busco,
la llave es un torso, un gesto,
la sonrisa de un amor imposible
o de otro amor imposible.
Los amores imposibles
-es tan evidente que siempre lo olvido-
son partes de ese mundo imposible
que es mi mundo verdadero.

(Darío Jaramillo, Libros de poemas, 2001)

lunes, 6 de febrero de 2012

La unicidad de las flores

Mi bióloga de cabecera siempre me dice que la cruda realidad es que sólo hay dos clases de flores; tres, como mucho. Por más que me lo explica, yo nunca lo entiendo.

Ella dice que solo hay dos clases de flores: las que se engañan y las que no. Y, si acaso, un tercer grupo de indecisas, que a veces se engañan y a veces no.

También dice que sólo hay dos clases de flores: las que pinchan y las que no. Las que huelen y las que no, las comestibles y las venenosas, las de desierto y las otras, las de alféizar y las de interior.

Que sólo hay dos clases de flores: las que cuentan lo que sienten y las que no.

Nunca lo entiendo. Será que mi lupa no tiene tantos aumentos, que no acostumbro a regalar flores o que soy novato en asuntos de jardín. No entiendo, entonces, para qué tantos viveros, tantas floristerías, tantas macetas en los patios... si sólo hay dos clases de flores: las que uno quisiera encontrarse y las que se encuentra.

A mi modo de ver, que no es el de la cruda realidad, sino un poquito pasada por la sartén, todas las flores, miradas desde lo suficientemente cerca, son únicas.

Que es como decir que todas las flores somos incertificables: copias inexactas y sin original. Aunque nos parezcamos mucho, especialmente, en la derrota.

Sólo hay dos clases de flores: las únicas.




miércoles, 14 de diciembre de 2011

Nostalgia de peso

Siento nostalgia de tu peso, del modo
tan particular que tiene el amor
de encaramarse a las sillas,
de esa sensación de espuma en el pecho
cuando respirabas apuntándome al corazón.

Los besos, en cambio, han pasado
a mejor vida; quiero decir que se han liberado
de la saliva, del aliento, de la lengua,
y ahora existen en mí mismo, infinitos,
contenidos, tan a mano de la química
que llevo dentro que ya no puedo
distinguirlos de mis labios.

Es curioso que la nostalgia se me acumule
en los brazos abiertos, en los muslos exentos
de ese peso justo que me baja a la tierra.
Es curioso sentir esta nostalgia de tu peso.

Tú dirías, con esa niebla con que miras la vida,
que se puede vivir sin abrazos y sin besos.

Seguramente tendrías razón si lo dijeras
como lo dices todo, mansamente,
como quien alumbra el fondo de la celda
en la que se desespera de oscuridad;
tal vez tuvieras razón y se pueda
tener una vida corriente entre las manos
sin otra cosa que llevarse a los muslos
que el recuerdo de un peso
sostenido en contra
de la ley de la realidad.

martes, 29 de noviembre de 2011

Brevedad

Hablo de la suavidad que crece cuando todo se funde, del calor que difunden las palabras, de las persianas que apenas confunden la luz del sol.

Hablo de un segundo, de una décima, del dolor de los relojes tras el mecanismo de un parpadeo. Hablo del aroma en carne viva, del corazón desarmado y desnudo, del latido que se escapa en un suspiro.

Hablo de las lágrimas que caen sordas y de la sal que destila el desencanto. Hablo de la ceguera de los dedos de tinta y del roce que va dejando su caligrafía ambigua en el lienzo de una piel.

Hablo de la certeza de los sueños horizontales, hablo de la duda de la realidad oblicua, hablo de la mentira de la memoria vertical deshilachada.

Hablo del silencio que se enciende en el tumulto, del movimiento cosido a la quietud, de la esperanza tendida al sol de la mañana. Hablo del peso de la nostalgia y de la nostalgia del peso. Hablo de la niebla que envuelve cada palabra dicha al oído.

Hablo de rellenar el hueco inmenso de mí mismo que amanece después del breve espacio en el que estás.



lunes, 24 de octubre de 2011

Desanginarse

Me cuesta tragar, me duele apretar la lengua contra el paladar y deglutir los signos empapados en saliva. Debo tener en mal estado las anginas.

Intento hacer una dieta equilibrada, pero no me dejan. Anoche, por ejemplo, me pusieron para cenar un comunicado de la banda y me clavé las espinas. Ya me había tomado para desayunar la muerte de un torero y un moticidio lejano.

En el almuerzo, ensalada de crisis con demasiado vinagre y demasiado pánico. Luego un filete de contradicción de los mercados, esos que reaccionan enseguida con miedo cuando un dirigente musita alguna tontería nueva. Cuando los mercados pierden, todos perdemos, pero cuando ganan sólo ganan ellos, los que parecen no inmutarse cuando gritan en la calle los parados.

Y más tarde, con el estómago todavía pesado, me di un atracón de libio cadáver sobre un fondo de vilipendios y manta ensangrentada. De postre, como si eso me calmara las anginas, un sorbete frío de equipos que llegan al liderato mezclados con los goles de los mismos de siempre, que siempre se me repiten.

Así, con este menú, no puedo desanginarme el pecho y me cuesta, cada vez más, tragarme el trozo de mundo que me entra por todas partes. Me duele apretar la lengua contra el paladar y engullir la realidad a zarpazos.

Ir al médico no sirve, porque solo te diagnostica hipertensión aparente y lo único que te receta es que te tomes una infusión de indiferencia cada ocho horas. Temo asfixiarme, que un trozo se me quede atrancado y no consiga hacerlo transitar hasta donde todo se digiere con la pesadez de las decepciones.

Ya he estado a punto. No sé cómo, la custodia compartida de un coche, el secuestro de los cooperantes y las declaraciones de quienes entre todos la mataron y Marta sola se murió, se me han hecho un lío, un nudo que me ha tenido con angustia vital y nauseas irritativas hasta hace un momento.

Temo asfixiarme si no me desangino pronto, la salud es lo primero, dicen los que saben durar. Y es cierto que lo temo, que el ahogo me solivianta y me entumece las ganas y el sueño. Pero lo que verdaderamente temo es que, a fuerza de tragar espantos, me acabe haciendo inmune a las locuras del mundo y al dolor de los demás.

Así que, pensándolo bien, perdóname si no quiero desanginarme, si prefiero que me duela tragar. Aunque a veces eso nos cueste discutir afanosamente si nos queremos igual que antes o si aun andamos esperando lo que siempre dimos por imposible.




QUÉ EXTRAÑA TODA ESA GENTE

Qué extraña toda esa gente.
Llenan los comercios, las calles, las oficinas,
amables, bien vestidos, sonrientes.

Qué extraña toda esa gente
a la que el corazón sólo obliga
a dejar de fumar y
hacer ejercicio moderado.

(Ángeles Carbajal, La sombra de otros días, 2008)

lunes, 17 de octubre de 2011

Discordante

Un abrazo propinado a destiempo, el lunar altivo de la mejilla, el mechón de pelo descolocado. Aquella sonrisa indefinida de la periodista mientras iniciaba su interrogatorio, la llamada a destiempo del hombre que vive detrás del teléfono.

Un silencio imprevisto después de la gran duda, el tono exasperante del taxista, la columna de humo en lontananza. El sonido equivocado de la campana que decora la noche. Un claxon que te saca en ámbar del quicio del semáforo verde.

El motorista que retuerce la cuesta, la gota que cae imparablemente desde el grifo hasta el fregadero. La hoja extrañamente perforada, la colilla absorta en el humo, los pezones agazapados de la mujer que se vierte húmeda sobre tus piernas.

Las luces del parque cansinamente amarillentas, las manos de los paseantes que no se engarzan para matar los anillos, la precipitación de la despedida como quien huye hacia adelante. El autobús que pasa de largo a la hora prevista y el hombre equivocado al que le sangra la nariz.

Mis pensamientos se desafinan, mis palabras suenan extrañas, el corazón no me encaja en su hueco. El habitante del espejo se desconoce, la casa cruje en medio de la noche y la canción que suena como sábana de hospital, termina antes de tiempo.

El hombre escribe versos perdidos, versos que saben a prosa mientras se va aprendiendo las sombras que le rodean. Pero algo falta, algo le falta, el cuadro no está bien pintado. Es todo tan normal, que no puede ser cierto.





OTRO NOCTURNO

La luna, como la esfera luminosa del reloj de un edificio público.

¡Faroles enfermos de ictericia! ¡Faroles con gorras de “apache”, que fuman un cigarrillo en las esquinas!

¡Canto humilde y humillado de los mingitorios cansados de cantar!;Y silencio de las estrellas, sobre el asfalto humedecido!

¿Por qué, a veces, sentiremos una tristeza parecida a la de un par de medias tirado en un rincón?, y ¿por qué, a veces, nos interesará tanto el partido de pelota que el eco de nuestros pasos juega en la pared?

Noches en las que nos disimulamos bajo la sombra de los árboles, de miedo de que las casas se despierten de pronto y nos vean pasar, y en las que el único consuelo es la seguridad de que nuestra cama nos espera, con las velas tendidas hacia un país mejor.

(Oliverio Girondo, Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, 1922)



No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar...

(Oliverio Girondo, Espantapájaros, 1932)

sábado, 8 de octubre de 2011

Las palabras

¿Y si detrás de la palabras no hubiese
más que aire? ¿Y si las palabras no fueran barcos,
si no pudieran morder más que un trozo de idioma?

Si todo fuese sudor, dolor, espanto,
realidad que se escancia y se pudre,
tiempo de marionetas que pasa inerte,
nos moriríamos lentamente de desencanto,
nos fallaría la respiración de tanto aire
desperdiciado, caeríamos redondos
ante el ataque de algún pensamiento perdido.

Si detrás de la palabras no hubiese nada,
moriríamos de amor. Moriríamos literalmente
de un amor inútil como se mueren los pájaros
en las jaulas, nos rezumaría el olvido de los peces,
moriríamos hastiados de deseo contenido,
por explosiones de alegría sin salida
o nos quedaríamos rotos, llenos de las telarañas
de cada tristeza sin lágrimas que nos arrollara.

Yo amo las palabras porque todo lo que tengo
son palabras, todo lo que me llevo, todo
lo que me cura o me envenena, todo, son palabras.
Porque los hechos duran un segundo
y el viento se los lleva, la realidad
está hecha con las alas de un colibrí,
el presente es una muralla que nadie sabe atravesar.

Tu piel me dura apenas un roce, tus besos
miden un suspiro, tus ojos me seducen una décima,
la felicidad no puede escapar de un ahora
y todo aquello que no transforma en palabras
la memoria, se escapa y se olvida.

Pero yo amo las palabras como si todo estuviera
por detrás de ellas, como amo a las sombras
más profundamente que a las vísceras,
porque son las palabras las que aman por mí.

Ojalá las palabras fuesen barcos que buscan puerto,
espero que pueden morder más que un trozo de tu idioma,
ojalá no vinieran esos días en que me voy muriendo
con el hambre feroz del vacío, con esta sed
del desencanto y la asfixia del aire
con el que pronuncio el miedo
de que no haya nadie detrás de tu nombre.


EL AMOR

Las palabras son barcos
y se pierden así, de boca en boca,
como de niebla en niebla.
Llevan su mercancía por las conversaciones
sin encontrar un puerto,
la noche que les pese igual que un ancla.

Deben acostumbrarse a envejecer
y vivir con paciencia de madera
usada por las olas,
irse descomponiendo, dañarse lentamente,
hasta que a la bodega rutinaria
llegue el mar y las hunda.

Porque la vida entra en las palabras
como el mar en un barco,
cubre de tiempo el nombre de las cosas
y lleva a la raíz de un adjetivo
el cielo de una fecha,
el balcón de una casa,
la luz de una ciudad reflejada en un río.

Por eso, niebla a niebla,
cuando el amor invade las palabras,
golpea sus paredes, marca en ellas
los signos de una historia personal
y deja en el pasado de los vocabularios
sensaciones de frío y de calor,
noches que son la noche,
mares que son el mar,
solitarios paseos con extensión de frase
y trenes detenidos y canciones.

Si el amor, como todo, es cuestión de palabras,
acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma.

(Luís García Montero)

miércoles, 5 de octubre de 2011

B de boda

Una boda del siglo, como todas las bodas del siglo. Una boda que pasará a la historia, a esa historia de los ricos que tanto aborrezco. La historia que escriben los vencedores, la que resume el dolor en un par de edictos, la que ignora el sudor y el hambre al mirar las vidrieras preciosas de un gran edificio para la ostentación.

La historia de la guerra, de esa guerra interminable que siempre pierden los mismos. La voracidad de las cámaras mide la huella que dejará esta boda en los anales de lo insustancial. Se derramará tinta vegetal por todos los poros de los periódicos solícitos ante la muchedumbre, manchará las portadas de las revistas que no tienen otra cosa de qué hablar; evaporará minutos en los telediarios y oscurecerá un poco la crisis, la feria de las vanidades políticas y hasta las bombas santas que siempre que matan nos pillan comiendo.

A contrahistoria, quiero contar un cuento minúsculo, de esos que se olvidan enseguida. Un cuento de una niña que solo tiene un nombre y que apenas sabe escribirlo. Una niña que anda por los pájaros y, al mismo tiempo, mete los tobillos en el barro con esa naturalidad que da saber de lo que se habla.

Pues esa niña, cuando hoy se ha enfrentado a la alta dignidad de las pizarras y a su seriedad escolar de métodos y programaciones, le ha enseñado a su maestro lo que no se quiere ver, lo que ella ve sencillamente, sin más vacilación ni búsqueda del éxito.

Y efectivamente, no quedará en los libros de historia ni en las enciclopedias burguesas venidas a menos, que el maestro ha aprendido por fin y de una vez, que la B es la letra que tiene tetas.

Si ella hubiera visto la boda, habría dicho lo que ve, lo que los demás ignoramos que vemos. Ni boda del siglo, ni señora marquesa, ni vitorio y luccino. Habría dicho lo que ve: que las abuelas ricas se casan, más que nada, por joder.





domingo, 24 de abril de 2011

Toy Story (un caso real)

La oscuridad del desván no le deja dormir. Hace calor aquí y eso no ayuda a conciliar el descanso con el sueño ni con la realidad. Hace tanto calor aquí que no hace más que dar vueltas en la cama, retorcer el cuello y esperar piedad del aire acondicionado.


El silencio del desván no le deja despertar. Le preocupa tanto silencio y, cuando se agazapa en la caja escrutando señales, un zumbido permanente se le mete en su cerebro de juguete y le impide dormir.


Tiene miedo de que crezca, de que vaya a la universidad. Por si no regresa; por si, al regreso, venga dispuesta a cambiar de costumbres. Por si deja de necesitarlo y se queda olvidado en la caja del desván.


Por eso esta inquietud de juguetes rotos que no le deja dormir ni despertar. Ya casi ni se atreve a soñar lo que siempre sueña: que ella vuelve, se pone su sombrero vaquero y le tira de la cuerda.


Entonces, en su sueño -que a veces le parece tan real-, él grita con todas sus fuerzas, con acento mejicano de los sesenta, que hay un ladrón en el abrevadero.


Y en el infinito de su sonrisa al escucharlo, él sueña con reconocer el más allá.