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domingo, 17 de junio de 2012

La quinta quimio

Desde aquella noche de hace tanto tiempo, me trataste como a un amigo. Reímos y lloramos, por cartas, por sentimientos, por adolescentes. Cinco minutos que me cambiaron la vida.

Más tarde nos separaron los caminos distintos que cada uno buscó. Varios reencuentros, todos alegres. La vida que a cada uno lo manda a un sitio distinto, cada cinco minutos.

El último reencuentro fue hace seis meses en la consulta del especialista. Lo mío, ya sabes, la tensión, y lo tuyo, ya sabes, nada grave, que no dan con la tecla. Entraste hacia el diagnóstico, cinco minutos después del mío.

Cinco quimios después, no hemos podido despedirnos. La muerte es parte de la vida, pero cuando se altera el orden natural de las cosas y son los padres los que tienen que enterrar a los hijos, entonces la vida es una catástrofe que nadie entiende.

Nadie entiende, pero hay que defender la alegría. Y recordar aquella tarde, aquella guitarra, aquel abrazo y aquellas lágrimas brutas, orondas, repletas de despedida. Hay que defender la alegría porque la vida puede cambiarte en cinco minutos.

La vida cambia cada cinco minutos, Salva, aunque sólo sea para seguir lo mismo. A mí no me importan los herederos, ni los testamentos, ni saber si van a hacerme cenizas y a rociarme sobre una roca.

Yo sólo pido, cuando lleguen esos cinco minutos que me cambien la vida, pido tu suerte: la de poder agarrar con fuerza una mano que amar y que me ame. Y después, cerrar los ojos y que el río siga pasando por debajo del puente.

Creo en la muerte pero, aunque sé que me ronda detrás de cualquier esquina, no quiero dejar de creer en la vida. Por eso, entretanto, quiero hacer planes, cumplir sueños, estar contigo hasta en los cinco minutos últimos.

Deseo que la muerte tarde en llegar y que cuando llegue me encuentre completamente vivo.

Adiós, Salva. Qué no daría ahora por la memoria de un último abrazo que ya no podré darte.




ELEGÍA DEL RECUERDO IMPOSIBLE

Qué no daría yo por la memoria
de una calle de tierra con tapias bajas
y de un alto jinete llenando el alba
(largo y raído el poncho)
en uno de los días de la llanura,
en un día sin fecha.
Qué no daría yo por la memoria
de mi madre mirando la mañana
en la estancia de Santa Irene,
sin saber que su nombre iba a ser Borges.
Qué no daría yo por la memoria
de haber combatido en Cepeda
y de haber visto a Estanislao del Campo
saludando la primer bala
con la alegría del coraje.
Qué no daría yo por la memoria
de un portón de quinta secreta
que mi padre empujaba cada noche
antes de perderse en el sueño
y que empujó por última vez
el 14 de febrero del 38.
Qué no daría yo por la memoria
de las barcas de Hengist,
zarpando de la arena de Dinamarca
para debelar una isla
que aún no era Inglaterra.
Qué no daría yo por la memoria
(la tuve y la he perdido)
de una tela de oro de Turner,
vasta como la música.
Qué no daría yo por la memoria
de haber oído a Sócrates
que, en la tarde la cicuta,
examinó serenamente el problema
de la inmortalidad,
alternando los mitos y las razones
mientras la muerte azul iba subiendo
desde los pies ya fríos.
Qué no daría yo por la memoria
de que me hubieras dicho que me querías
y de no haber dormido hasta la aurora,
desgarrado y feliz.

(Jorge Luis Borges, La moneda de hierro, 1976)

lunes, 24 de octubre de 2011

Desanginarse

Me cuesta tragar, me duele apretar la lengua contra el paladar y deglutir los signos empapados en saliva. Debo tener en mal estado las anginas.

Intento hacer una dieta equilibrada, pero no me dejan. Anoche, por ejemplo, me pusieron para cenar un comunicado de la banda y me clavé las espinas. Ya me había tomado para desayunar la muerte de un torero y un moticidio lejano.

En el almuerzo, ensalada de crisis con demasiado vinagre y demasiado pánico. Luego un filete de contradicción de los mercados, esos que reaccionan enseguida con miedo cuando un dirigente musita alguna tontería nueva. Cuando los mercados pierden, todos perdemos, pero cuando ganan sólo ganan ellos, los que parecen no inmutarse cuando gritan en la calle los parados.

Y más tarde, con el estómago todavía pesado, me di un atracón de libio cadáver sobre un fondo de vilipendios y manta ensangrentada. De postre, como si eso me calmara las anginas, un sorbete frío de equipos que llegan al liderato mezclados con los goles de los mismos de siempre, que siempre se me repiten.

Así, con este menú, no puedo desanginarme el pecho y me cuesta, cada vez más, tragarme el trozo de mundo que me entra por todas partes. Me duele apretar la lengua contra el paladar y engullir la realidad a zarpazos.

Ir al médico no sirve, porque solo te diagnostica hipertensión aparente y lo único que te receta es que te tomes una infusión de indiferencia cada ocho horas. Temo asfixiarme, que un trozo se me quede atrancado y no consiga hacerlo transitar hasta donde todo se digiere con la pesadez de las decepciones.

Ya he estado a punto. No sé cómo, la custodia compartida de un coche, el secuestro de los cooperantes y las declaraciones de quienes entre todos la mataron y Marta sola se murió, se me han hecho un lío, un nudo que me ha tenido con angustia vital y nauseas irritativas hasta hace un momento.

Temo asfixiarme si no me desangino pronto, la salud es lo primero, dicen los que saben durar. Y es cierto que lo temo, que el ahogo me solivianta y me entumece las ganas y el sueño. Pero lo que verdaderamente temo es que, a fuerza de tragar espantos, me acabe haciendo inmune a las locuras del mundo y al dolor de los demás.

Así que, pensándolo bien, perdóname si no quiero desanginarme, si prefiero que me duela tragar. Aunque a veces eso nos cueste discutir afanosamente si nos queremos igual que antes o si aun andamos esperando lo que siempre dimos por imposible.




QUÉ EXTRAÑA TODA ESA GENTE

Qué extraña toda esa gente.
Llenan los comercios, las calles, las oficinas,
amables, bien vestidos, sonrientes.

Qué extraña toda esa gente
a la que el corazón sólo obliga
a dejar de fumar y
hacer ejercicio moderado.

(Ángeles Carbajal, La sombra de otros días, 2008)