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sábado, 18 de agosto de 2012

Otro monólogo de Segismundo

Nadie vive en eso que llamamos mundo. Nos engañan los sentidos y la piel, este traje de buzo expuesto a la intemperie, que nos separa a unos de otros.

Parece que ésta es la sombra de un árbol, que aquello que suena es un río, que esto que me envenena la sangre cuando lo acaricio es tu piel. Pero uno solo vive y vive solo en este universo indivisible que hay por dentro de la cabeza.

Nadie es libre. Nos engaña la terminología y nos mentimos para consolarnos, creyendo que podemos ser de un modo o de otro, que tenemos algún poder sobre los otros, que dominamos el mundo.

Pero nadie es libre para elegir las cosas que le hieren, aunque después uno sepa adivinar que le herirán. Que puedas decir adiós no significa que alguien pueda escoger ese otro alguien de quien enamorarse. Nadie decide qué cosas le gustan ni cuáles odia, ni por qué.

Encerrados en nuestra biología, encadenados a los designios de la química fugaz, llamamos vida, amor, sueño o ternura, a ese milagro que sucede cuando, por un gesto, por una palabra, por una caricia, parecemos salir de nuestro cuerpo y ser comprendidos, entrar en otro ser humano y comprender, comprobar que por sus adentros sucede lo mismo que en los nuestros.

Si no me comprendes del todo, si crees que yo te comprendo sólo un poco y eso te turba y te hace derramarte hasta la decepción, deberías saber que no eres libre, que nadie elige lo que detesta, que se llora lo que se llora, que se presiente lo que se presiente sin razón aparente y sin necesidad de que todo tenga sentido.

No obstante, encerrados en nuestra psique y encadenados a las células, lo que sí podemos elegir es un consuelo. A mí me consuela, del milagro de entenderte sólo un poco, saber que no hay nada grande en este mundo ni en ningún otro, que no empezara siendo pequeño.

Lo malo es que ni siquiera somos libres para crecer, mucho menos para hacerlo al mismo tiempo. Sólo nos queda la palabra y este corazón defectuoso que traemos por defecto.



AIRE LIBRE

Si algo me gusta, es vivir.
Ver mi cuerpo en la calle,
hablar contigo como un camarada,
mirar escaparates
y, sobre todo, sonreír de lejos
a los árboles...

También me gustan los camiones grises
y muchísimo más los elefantes.
Besar tus pechos,
echarme en tu regazo y despeinarte,
tragar agua de mar como cerveza
amarga, espumeante.

Todo lo que sea salir
de casa, estornudar de tarde en tarde,
escupir contra el cielo de los tundras
y las medallas de los similares,
salir
de esta espaciosa y triste cárcel,
aligerar los ríos y los soles,
salir, salir al aire libre, al aire.

(Blas de Otero)



viernes, 9 de septiembre de 2011

Grados de libertad

Perdemos libertad conforme nos pasa el tiempo, mientras el mundo nos penetra por el calendario y nos ata, poco a poco, con cadenas invisibles, a esa naturaleza que nos desvencija y a todos aquellos que tenemos alrededor.

Una tela de araña nos rodea. Cuanto más te mueves, más atrapado quedas, más pesadamente te hundes en las arenas movedizas, más te aprieta la anaconda de los días, menos aire libre alrededor.

Los recién nacidos lloran cuando quieren, duermen cuando tienen sueño, agarran lo que les llama la atención y, al cabo de un rato, lo tiran al suelo impunemente, sin culpabilidades ni previsiones de futuro.

Pero al ir creciendo, conforme los vamos domesticando en las esclavitudes, asumen progresivamente el papel que les corresponde en esta noria del molino en la que giramos todos para alimentar al monstruo de lo correcto y al fantasma de la realidad.

Y nos quedan pocos reductos, los grados de libertad se acercan al cero en cada año que pasa, en cada quien que conocemos, en cada futuro que se nos aparece como una ilusión.

Quedan pocos, pero todavía tenemos alguno. Cambiar el nivel de colores en la televisión, quitarnos los calcetines antes o después que los pantalones, ducharnos por la noche o por la mañana...

Pero aún quedan reductos en los que uno puede sentirse libre e importante. Sobre qué y a quién hablarle cada vez que algo pesa o que vuela por dentro, elegir el momento para meter la pata, escoger el modo de contar lo que nos asola el corazón...

Anoche fuimos libres, nos elegimos para contar secretos mientras el vino renovaba la saliva derramada en quejas, en desgracias y en ese cierto mal sabor que deja en la garganta recordar los malos momentos vividos, los temores remotos y la falta de esperanzas.

No es que yo nunca cuente nada, que es lo que me dicen todos, es que me gusta escoger el modo, el momento y la persona que escuche lo que tengo que decir. Me lo tomo así, como una de las pocas libertades que me quedan, como una de las pocas que les puedo dedicar a los demás.

Y no lo ignoro. Buscar esa libertad del momento adecuado, la de los ojos que escuchan abriéndose, encontrar la palabra precisa y olvidar por un momento todo lo que hay alrededor, sé que, de algún modo, se me acaba convirtiendo en otra nueva esclavitud en la que quedo preso.

Pero me hace sentirme libre. Quizás es que siempre prefiero, en todo, sentirme a ser.