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domingo, 28 de octubre de 2012

Los legítimos

Me pregunto, señoría, quienes son los legítimos y qué los legitima. Si una orden, una ley, un edicto o un contrato. O un dios o alguna propiedad intrínseca de su ser. O si somos los demás quienes le otorgamos la legitimidad.

Si son ellos los que están en su derecho de equivocarse, y si no lo estamos todos. O si son los verdaderos, los únicos, los genuinos, los que acaparan todos los derechos y son aquellos a quienes hay que rendir cuentas y conciencia.

Señoría, uno siempre está en su legítimo derecho de interpretar la vida como le parece y ver a pie juntillas lo que cree con sus propios ojos. Y después, argumentarlo insistentemente en legítima defensa. Al fin y al cabo, cada uno tiene que ser el bueno en su propia película.

Señoras y señores del jurado, es legítimo afirmar que "cada uno es como es" y que "yo creía". Esa legitimidad siempre nos salva y hay que aferrarse a ella para no desmerecerse. Y si ahora no se es como se era entonces, y si ahora no se cree lo que se creía, es legítimo pasar página y empezar a escribir en otra nueva.

Quizás la legitimidad consiste en llegar el primero, en constatar que antes no estuvo escrito por alguna mano lo mismo que ahora ando yo pensando. Hacer efervescer en los productos ese algo auténtico que nadie sabe bien lo que es, fabricando a todo el mundo a imagen y semejanza de cómo uno mismo ha sido fabricado.

Señoría, convengamos que hay que estar legitimado hasta para acertar, porque si se atina sin ser quien para tal efecto, alguien se apropia legítimamente de los efectos y los hace tan suyos que parece que no puedan ser de otro.

Y por dulce que te lo pongan el pastel, no hay más remedio que tragar y digerir, porque la legitimidad es lo primero. Y limpiarse el polvillo después, no nos vaya a hacer estornudar.

Señoras y señores del jurado, les presento la prueba A. Es la caja que le regalaron al acusado. Lo pone con grandes letras rojas: "Los legítimos. Hojaldres de Guarromán".

La verdad es que están muy buenos, señoría.




ASPIRACIÓN LEGÍTIMA A UN ENGAÑO MENOR

Aspiro a ser el menos engañado en un mundo
convertido al engaño como quien se convierte
a un nuevo credo con el furor de una fe inédita
que acostumbra a alumbrar con nueva luz al converso.
Aspiro a ser el menos engañado haciendo uso
de mi romanticismo en las constantes vitales
que definen mi ser al objeto de entregar
lo mejor de mí mismo como ebrio don al mundo.
Aspiro a ser el menos engañado en la vida
como en el amor tras grabarme en la piel su huella
indeleble con el hierro candente que sirve
a los desbravadores para marcar sus reses.
Aspiro a ser el menos engañado en un mundo
que en subterráneos templos escucha la moral
del rebaño predicada a modo de evangelio
negro para arrebatarme mi libertad única.
Aspiro a ser el menos engañado en un mundo
del que sólo me evado en el poema teniendo
los pies en el suelo pero sirviendo al amor
con la miel en el corazón antes que en los labios.

(Miguel Ángel Longás, La miel de lo visible, 2011)

sábado, 7 de enero de 2012

Ese tipo que dices

Si es que insistes en ir adivinándolo todo, en acercarte al espejo con el radar encendido, con los ojos detrás de la lupa extendida en busca de indicios.

No dejas de querer mirar adentro, no haces más que toquetearme las rimas y las letras para dejarlas desordenadas y patas arriba, como si, cuando te llevas el ojo, les dejaras pasar el huracán por encima.

Eso te pasa por estrujar las palabras, por hacerles cosquillas para que confiesen todos los secretos que albergan. Por intentar convencerlas, en voz alta, de que prolonguen el eco de lo que piensas.

Mira que te advertí que el peligro de que te escribieras en mis renglones, era que acabarías congeniando con mi semántica. Que me arrancarías la piel de las metáforas a jirones mientras te da por predecir lo impredecible.

Eso te pasa por leerme, por leerme así, con los ojos condescendientes y la imaginación encendida. Por leerme como costumbre y como manía. Pero lo grave no eso, que sólo es un efecto -afortunadamente pasajero y no tan increíble- de un cierto exceso de palabras fermentadas en el pensamiento.

No. Lo lamentable de tu descuido, lo impactante de tu desliz, no es que me inventes a tu medida como, por otra parte, yo también te invento a ti, como todos nos inventamos, unos a otros, a la más mínima ocasión. Lo peor es que hay muchas veces, muchas, en las que quisiera parecerme, un poco, a ese tipo que dices que parece que siempre escribiera para ti.

Sería fantástico que yo pudiera ser tal y como alguien siempre me imaginó.



viernes, 9 de septiembre de 2011

Grados de libertad

Perdemos libertad conforme nos pasa el tiempo, mientras el mundo nos penetra por el calendario y nos ata, poco a poco, con cadenas invisibles, a esa naturaleza que nos desvencija y a todos aquellos que tenemos alrededor.

Una tela de araña nos rodea. Cuanto más te mueves, más atrapado quedas, más pesadamente te hundes en las arenas movedizas, más te aprieta la anaconda de los días, menos aire libre alrededor.

Los recién nacidos lloran cuando quieren, duermen cuando tienen sueño, agarran lo que les llama la atención y, al cabo de un rato, lo tiran al suelo impunemente, sin culpabilidades ni previsiones de futuro.

Pero al ir creciendo, conforme los vamos domesticando en las esclavitudes, asumen progresivamente el papel que les corresponde en esta noria del molino en la que giramos todos para alimentar al monstruo de lo correcto y al fantasma de la realidad.

Y nos quedan pocos reductos, los grados de libertad se acercan al cero en cada año que pasa, en cada quien que conocemos, en cada futuro que se nos aparece como una ilusión.

Quedan pocos, pero todavía tenemos alguno. Cambiar el nivel de colores en la televisión, quitarnos los calcetines antes o después que los pantalones, ducharnos por la noche o por la mañana...

Pero aún quedan reductos en los que uno puede sentirse libre e importante. Sobre qué y a quién hablarle cada vez que algo pesa o que vuela por dentro, elegir el momento para meter la pata, escoger el modo de contar lo que nos asola el corazón...

Anoche fuimos libres, nos elegimos para contar secretos mientras el vino renovaba la saliva derramada en quejas, en desgracias y en ese cierto mal sabor que deja en la garganta recordar los malos momentos vividos, los temores remotos y la falta de esperanzas.

No es que yo nunca cuente nada, que es lo que me dicen todos, es que me gusta escoger el modo, el momento y la persona que escuche lo que tengo que decir. Me lo tomo así, como una de las pocas libertades que me quedan, como una de las pocas que les puedo dedicar a los demás.

Y no lo ignoro. Buscar esa libertad del momento adecuado, la de los ojos que escuchan abriéndose, encontrar la palabra precisa y olvidar por un momento todo lo que hay alrededor, sé que, de algún modo, se me acaba convirtiendo en otra nueva esclavitud en la que quedo preso.

Pero me hace sentirme libre. Quizás es que siempre prefiero, en todo, sentirme a ser.