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miércoles, 22 de febrero de 2012

Dime cómo me ves

Dime cómo me ves y dame clases de poesía con tus ojos, que tengo esta noche una sed inagotable de miradas perdidas.

En cada espejo me veo distinto y, conforme pasa el tiempo, voy dejando de ser igual pero sin llegar a ser diferente. Voy cometiendo los mismos errores una y otra vez, perpetro los mismos aciertos insípidos, pero mi firma cambia sus trazos con el movimiento incierto del papel.

Escribo como argucia para reconocerme en el vértigo, para que me mires pasar de puntillas por las cosas fugaces. Dime cómo me ves y dame clases de historia con tus labios, que tengo esta noche un olvido clavado en el corazón.

Sé que huyo hacia adelante, que mi compasión proviene de los secretos que mantengo vivos. Que la autocompasión deriva de esconderme a mí mismo los defectos que todos me ven sin siquiera mirarme.

Dime cómo me ves y dame clases de equilibrio con tu piel, que tengo esta noche una locura ardiéndome en los pliegues. Dime cómo me ves y dame clases de ternura con tus pechos, que tengo esta noche una espiral que me gira en la garganta hacia el centro.

Por eso necesito que me mires, para curarme de este modo de vivir tan desenfocado, de esta manera de sentir tan vibratoria, de este ejercicio imposible de escapismo y confinación.

Dímelo. Dime cómo me ves. Así sabremos los dos desde dónde me miras.




Te quiero porque tienes las partes de la mujer
en el lugar preciso
y estás completa. No te falta ni un pétalo,
ni un olor, ni una sombra.
Colocada en tu alma,
dispuesta a ser rocío en la yerba del mundo,
leche de luna en las oscuras hojas.

Quizás me ves,
tal vez, acaso un día,
en una lámpara apagada,
en un rincón del cuarto donde duermes,
soy una mancha, un punto en la pared, alguna raya
que tus ojos, sin ti, se quedan viendo.
Quizás me reconoces
como una hora antigua
cuando a solas preguntas, te interrogas
con el cuerpo cerrado y sin respuesta.
Soy una cicatriz que ya no existe,
un beso ya lavado por el tiempo,
un amor y otro amor que ya enterraste.
Pero estás en mis manos y me tienes
y en tus manos estoy, brasa, ceniza,
para secar tus lágrimas que lloro.

¿En qué lugar, en dónde, a qué deshoras
me dirás que te amo? Esto es urgente
porque la eternidad se nos acaba.

Recoge mi cabeza. Guarda el brazo
con que amé tu cintura. No me dejes
en medio de tu sangre en esa toalla.

(Jaime Sabines, Algunos poemas de Yuria, 1967))

jueves, 5 de enero de 2012

Magos

Está lleno este tiempo de disfraces y coronas que, aún en estas fechas, todavía andan distribuidos por las tiendas. Tiendas frenéticas de gente nerviosa y con prisa, de niños corriendo o llorando detrás de cada estante, de quemadores de visa y carros repletos.

En esas tiendas, generalmente enormes, aún rechinan en un pedestal los hombres vestidos como los reyes en los que la imaginación popular derivó ”los magos de Oriente”. Que en ninguna parte dice cuántos eran, si tres o diecisiete, ni habla del color de sus barbas ni del de su piel.

Imagino que andarán por estas fechas un poco empachados de muchedumbre, hartos de que los niños quieran sentarse en sus rodillas y llenos de sarpullidos en la cara por efecto de las barbas postizas. Pero de algo hay que vivir y, aunque reyes, sin contrato ni seguridad social no hay más remedio que avenirse al horario y sonreír forzadamente a muchas caras por minuto.

Yo sólo me pregunto, si esos reyes a sueldo disfrutan, a estas alturas, de algún misterio. Si la ayudante del mago aún sigue creyendo en palomas. O si los que limpian la casa de la vidente destapan la bola para verse o saben leer los posos del café antes de meter la taza en el lavavajillas.

A veces dudo sobre qué será lo que piensa el ordenador de mí. Quizá, en el fondo, me desprecia mucho porque también él sabe, mejor que nadie, de mis misterios y que yo sólo puedo vender humo.

Ésta es la tarde, ésta será la noche. Aún sin creer en los misterios, con ilusión prestada y sin zapatos limpios que poner en la ventana, aún así, espero que las tres reinas magas y su camello cojito pasen, también, por aquí.




GLORIA FUERTES QUE ESTÁS EN LOS CIELOS

Gloria Fuertes que estás en los cielos
Con el Dios del anciano del parque,
con el Dios que tejiste en tus versos...
Con el dios que te hizo payaso
Gloria Fuertes que estás en los cielos...

Gloria Fuertes que estás en los niños
En los hombres y mujeres del pueblo.
Gloria Fuertes que un mes de noviembre
Te escapaste sin boli y cuaderno.
Gloria Fuertes que estás donde Philips
Donde Chelo, Asunción y otros muertos
Gloria Fuertes que ya sabes todo
Lo que pasa después del silencio

Gloria Fuertes que estás en mi vida
Te has llevado un buen trozo del pecho.
Gloria Fuertes que estás donde sea..
No me basta la voz del recuerdo...
Yo te quiero en tu casa y tus cosas
Con un wiskhy un pitillo y un verso.

(Belén Reyes)

martes, 4 de octubre de 2011

Me persiguen los silencios

Amaneció un día sin hojas secas
revueltas por el frío o por la distancia,
un día sin miedo,
y yo quise pintarlo de antiguo,
de cuando buscaba rosas en mayo.

La mañana se hizo suspiro
sobre las rayas horizontales de la camisa,
alrededor de la espiral de los volantes,
mientras se apartaban las montañas dejando paso.

Pero al llegar me persiguen los silencios, todos
los silencios propios y los ajenos me persiguen.
Todas las paradas, los semáforos, los atascos
me atenazan la saliva, el corazón me palpita
como una bomba, todas las manos
se me llenan de bolsillos y me persiguen
todos los humos del silencio, todas las esquinas
que guardan algún secreto.

Es verdad que mi corazón silencioso
es un verso roto e incontable,
un corazón que nunca rima,
que hace grumos inútiles
cuando se revuelve y salpica el pasado.

Es verdad que todos mis pasos penden del hilo
de una carcajada que flota en el aire,
que respiro sin estilo, que mis secretos
son bromas ya muy conocidas,
que la luz en donde veo destellos
no me impide equivocarme
ni que me duelan contra el suelo las rodillas.

Pero también es cierto que las hojas secas
pueden llegar a todos los caminos
y venir de todas partes,
así que resoplemos fuerte,
tropecemos erguidos, mantengamos en equilibrio
las heridas y el cansancio,
y desarruguemos la frente.

Nadie está a salvo, no es bueno confiarse,
porque desde cualquier vida que uno cuente
¡es tan sencillo despeñarse!



viernes, 9 de septiembre de 2011

Grados de libertad

Perdemos libertad conforme nos pasa el tiempo, mientras el mundo nos penetra por el calendario y nos ata, poco a poco, con cadenas invisibles, a esa naturaleza que nos desvencija y a todos aquellos que tenemos alrededor.

Una tela de araña nos rodea. Cuanto más te mueves, más atrapado quedas, más pesadamente te hundes en las arenas movedizas, más te aprieta la anaconda de los días, menos aire libre alrededor.

Los recién nacidos lloran cuando quieren, duermen cuando tienen sueño, agarran lo que les llama la atención y, al cabo de un rato, lo tiran al suelo impunemente, sin culpabilidades ni previsiones de futuro.

Pero al ir creciendo, conforme los vamos domesticando en las esclavitudes, asumen progresivamente el papel que les corresponde en esta noria del molino en la que giramos todos para alimentar al monstruo de lo correcto y al fantasma de la realidad.

Y nos quedan pocos reductos, los grados de libertad se acercan al cero en cada año que pasa, en cada quien que conocemos, en cada futuro que se nos aparece como una ilusión.

Quedan pocos, pero todavía tenemos alguno. Cambiar el nivel de colores en la televisión, quitarnos los calcetines antes o después que los pantalones, ducharnos por la noche o por la mañana...

Pero aún quedan reductos en los que uno puede sentirse libre e importante. Sobre qué y a quién hablarle cada vez que algo pesa o que vuela por dentro, elegir el momento para meter la pata, escoger el modo de contar lo que nos asola el corazón...

Anoche fuimos libres, nos elegimos para contar secretos mientras el vino renovaba la saliva derramada en quejas, en desgracias y en ese cierto mal sabor que deja en la garganta recordar los malos momentos vividos, los temores remotos y la falta de esperanzas.

No es que yo nunca cuente nada, que es lo que me dicen todos, es que me gusta escoger el modo, el momento y la persona que escuche lo que tengo que decir. Me lo tomo así, como una de las pocas libertades que me quedan, como una de las pocas que les puedo dedicar a los demás.

Y no lo ignoro. Buscar esa libertad del momento adecuado, la de los ojos que escuchan abriéndose, encontrar la palabra precisa y olvidar por un momento todo lo que hay alrededor, sé que, de algún modo, se me acaba convirtiendo en otra nueva esclavitud en la que quedo preso.

Pero me hace sentirme libre. Quizás es que siempre prefiero, en todo, sentirme a ser.