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jueves, 6 de diciembre de 2012

La piel deshabitada

Hay caminos que el corazón recorre sin retorno, viajes del sentimiento que sólo tienen billete de ida, cambios minúsculos o gigantescos que no tienen vuelta atrás.

"La piel deshabitada" es una obra que pone voz a criaturas sobrecogidas y que habla de los encuentros como regalo, del amor como objeto de felicidad y sufrimiento, del esfuerzo de nadar río arriba para evitar las cataratas.

Es una obra extensa en la que da tiempo a analizar a quienes le rodean, a vestirse y desnudarse varias veces, empuñando las ausencias a veces como heridas y a veces como espada. Los personajes de la obra bailan entre palabras y canciones, sienten la impotencia y el arrebato, mudan de costumbres y de pieles.

De ahí el título, porque todos los episodios juntos parecen una colección de pieles que se han quedado deshabitadas y que sólo la memoria y un sentimiento profundo pero extraño, consiguen revivir todos los días durante unos minutos robados a la vida real, esa que nos mantiene locos y cuerdos, tiernos y huraños, nostálgicos y entusiasmados.

"La piel deshabitada" es un principio que no encuentra nudo y que vive aterrado por el desenlace. "La piel deshabitada", estimados espectadores, puede ser cualquiera, ésta misma que aquí les dejo, la que no se toca durante meses.

Puede pasarle también a ustedes.


Han sido casi 400 textos, publicados durante algo más de tres años, aunque escritos durante mucho tiempo más. He recibido casi 300 comentarios que se han quedado aquí grabados, y otros tantos, o quizás más, en conversaciones de cigarro o de cerveza.

Este insomnio que ha sido la vida, ha sido visitado por unos doce mil pares de ojos aunque, posiblemente, la mitad de las miradas hayan sido mías.

La entrada con más visitas es la que se titula Intención literaria, no sé bien por qué. Esto de los gustos es complicado. Me resultaría muy difícil decidir cuál es la creación de la que más orgulloso me siento.

Ocurre, cuando se escribe y se relee lo escrito un tiempo después, que más que la calidad de las metáforas o de la sintaxis, uno se fija en las emociones que tuvo (y contuvo) cuando escribió.

Y ordenar emociones es muy difícil, porque se encabalgan unas sobre otras, se potencian a ratos y a ratos se atenúan, en función de las propias del momento en que se vuelven a leer los textos.

Pero yo sé que me dejo aquí el esqueleto, aunque nadie me lo haya visitado nunca. Como creo que se me ha acabado el tiempo mientras tanto y estoy, completamente seguro ya, de saber acerca del ridículo y de cuánto lo agradezco.

También sé, y no me duele, que cuando me vaya, ya nunca habré estado aquí.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Se vende (por cambio de negocio)

Puedo imaginarla a mi gusto, con piernas perfectas y un rostro delicado y sereno. Rubia o morena o la mitad de cada.

Vendrá vestida como yo quiera, adoptará la forma de mis sueños y me irá diciendo al oído todo aquello que me gustaría oír de sus labios.

Temblará al contacto con mis manos, gemirá entrecortadamente como derramando bendiciones con los ojos cerrados y, un poco más tarde, sonreirá con picardía mientras se recompone el cabello.

La literatura es el paraíso artificial en el que siempre resido. Me mudé hace ya mucho tiempo y apenas salgo del barrio: para ir a trabajar, echar una cerveza con los amigos o llevar y traer a los niños.

Sería perfecto para alguien que se conformara con poco. Yo, sin embargo, preferiría que adoptara su propia forma, que me espetara impertinencias en el más mágico de los momentos y que las presillas del sujetador me dejaran inexorablemente en ridículo.

Preferiría que no fuese de mi talla, sino de la suya. Que su rostro fuese inconfundible y que trajese la misma vestimenta que lleva puesta todo el día. Incluso preferiría que no siempre que me lo anunciase, pudiese venir a mi encuentro.

Prefiero otro paraíso más imperfecto, en donde no todo salga como estaba previsto y hubiera que amoldarse a lo que el azar envíe. Un paraíso dividido entre los días intactos y los días de beso, que tuviera vistas al infortunio y al dolor propio y ajeno.

Ya decidí, hace tiempo, que aunque siguiera esculpiendo en el aire con la materia de la que están hechos los sueños, volvería a comer con pan o sin él, alternativamente; decidí que volvería al calor del pijama de invierno y a hacer piruetas horizontales con la almohada. Y que dejaría, al menos durante un tiempo, este otro paraíso de palabras.

Me arden los dedos de tanta piel que no consigo tocar, me empiezan a picar los ojos de tanto no mirar los tuyos, me duele la espalda de estar encorvado sobre el porvenir.

Ahora me mudo, nuevamente, a otro cielo adyacente y más recogidito. A un sótano más modesto y más oscuro de deseo no siempre correspondido, me vuelvo con mis maletas a ese lugar tan frágil y tan cotidiano, a ese espacio que queda entre el teléfono y la tarde.

Quiero irme a vivir a un país donde no tenga que imaginarte, a una provincia en la que no necesite conocerte, a una ciudad en la que podamos habitarnos.

Vendo este inmueble y empiezo la mudanza hoy mismo. Si quieres, puedes mirar como voy envolviendo los trocitos de corazón que me gustaría llevarme conmigo.


Lo primero que voy a empaquetar son los Contrarios.

Este poema me asaltó cuando leía un pasaje de una novela de Gioconda Belli en la que narra una posible historia de Adán y Eva, "El infinito en la palma de la mano".

Un novela llena de poesía y de clase especial de ternura que rezuma sensibilidad.  Mi poema, en cambio, salió mundano; y por eso es precisamente por lo que más me gusta.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Veneno

Se extienden tus ojos sobre mí, se enreda mi voluntad en tus manos. Gira la habitación en un tornado, revolviéndolo todo como un vendaval que me levanta los pies del suelo y que, después de bailar en él, me deja caer, por fin, en el borde de tus labios.

Te subes en mí y me estremezco. Las convulsiones propulsan, por todo mi cuerpo, el efecto imparable de una química estruendosa y violenta, que mueve los goznes del mundo para abrir la puerta de un paraíso interior.

Se acelera el pulso, se agita el corazón, se contraen los músculos al borde del espasmo. Es el final, lo presiento. Pero el paso por el túnel no duele, sino que me deja en un éxtasis huidizo y fugaz. Y la luz que me saca hacia el otro lado, siempre llega demasiado pronto.

Me descubro desnudo y horizontal sobre la cama. No hay rastro de aguijones ni de colmillos… ¿Pero por qué me revives ahora con el boca a boca? ¿No me estabas envenenando?

Ahora entiendo que, el extraño efecto que tienen tus manos sobre mí, no tiene más antídoto que volverlas a sentir. Y entiendo por fin, escuchando tus latidos, desbocados también, que el veneno que me ofreces no está en la superficie de tu piel, ni en la distancia a la que te acercas, sino en lo profundo de las huellas en las que te quedas cada vez que te vas.

Tu veneno no es una sustancia, sino una cantidad. Esa que siempre me sabe a poco.






Masacre en el dormitorio

Estábamos tranquilos,
dulces y agradecidos
con nuestras simples vísceras que nos dieron pretexto
para satisfacerlas.
Y estábamos haciéndolo
contentos.

Y he aquí que de pronto,
sin previo aviso
y sin pedir permiso, todos ellos
han venido a meterse en nuestra propia cama,
aquí,
entre nuestras sábanas,
y ponen los zapatos en la almohada
-donde pusiste el sueño-
y amenazan quebrar la cabecera que me costó serruchos y martillo.
No nos dejan estar,
nos registran los pelos de las ingles en busca del pecado,
sacan el código y el dedeté,
la indagación y los escapularios.
Yo no sé
ni me importa
si es que tienen derecho.
Me consta, nada más, que me son antipáticos,
que me molestan como las agruras
y los soporto sólo por ver si los alejo.

Son un tropel de gansos metidos en la cama,
graznan y ensucian todo con sus patas palmípedas,
amenazan con picos y miradas
y me parece que te me acobardan.

Lo único que quiero es besarte completa,
y poderme acostar sobre tu vientre
y saberte feliz de estar conmigo.

Amarte sin sofisma ni retórica.

Llenar los dos desnudos nuestra cama.
Creo que es suficiente.

No sé qué hacer con todos estos molestos pajarracos.
Miedo de que te lleven.
De que no nos permitan terminar nuestro abrazo.
Nos están estorbando.
No sé cómo espantarlos.

Creo que ahora mismo me sacaré los ojos.

(Manuel José Arce)




Nocturno

Apagaste las luces y encendiste la noche.
Cerraste las ventanas y abriste tu vestido.
Olía a flor mojada. Desde un país sin límites
me miraban tus ojos en la sombra infinita.

¿Y a qué olían tus ojos? ¿Qué perfume de oro
y de agua limpia y pura brotaba de tus párpados?
¿Que invisible temblor de cristales de fuego
agitaba la seda lunar de tus pupilas?

Recamaste la almohada con hilos de azabache.
Tejiste sobre el sueño un velo de blancura.
Eras la rosa pálida tiñéndose de rojo,
la rosa del veneno que devuelve la vida.

La blusa, el abanico, una pluma violeta,
el broche con la perla y el diamante en el pecho.
Todo abierto y en paz, transparente y oscuro,
sin dolor, navegando rumbo a tus manos frías.

(Luis Alberto de Cuenca, La caja de plata, 1985)

viernes, 5 de octubre de 2012

Mano entera

Tengo las manos pequeñas, con falanges cortas y una breve capa de vello que apenas se divisa ya entre los nudillos.

Cuando las cierro, mi puño es minúsculo. Posiblemente, como decían cansinamente los libros de texto de cuando era niño en tardes que recuerdo somnolientas, minúsculo sea por eso el tamaño de mi corazón.

Me cuesta abrir los botes de cristal, apretar las tuercas y atornillar los clavitos esos que van peinados con la raya en medio. No consigo sujetar una moneda entre los dedos sin que se note que la llevo y cualquier llave me doblega enseguida si se me cruza en el camino algún problema de goznes o de cerraduras.

Mis manos se me rebelaron ya desde muy niño. Dedos cortos para tocar la guitarra, demasiado gruesos para los trucos de naipes. Muy sudorosas para pasear agarrado, excesivamente ásperas para materiales sensibles, inseguras contra el frío y débiles para proteger contra el mundo.

Hubo un tiempo en que decidieron perder el tacto. Las cosas más importantes se me caían de las manos porque siempre tuve miedo de apretar más de la cuenta. No podía mostrarlas en público y desde entonces arrastro esta manía de ponerlas a jugar al escondite con los bolsillos.

Y sin embargo, antiguas enemigas, se vuelcan ahora en las teclas como si pudieran cambiar mi destino, como si rebuscaran contraseñas que me abran las puertas de otra vida. Acarician estas palabras sin tinta como si alguien, al otro lado, estuviera colgando en ellas una vida.

Él las tiene hermosas, elegantes, jóvenes. Las vio, años después, en una fotocopia de esas que se hacen por curiosidad y las reconoció enseguida. Manos de dedos largos y rasgos suaves, de palmas abiertas al futuro y sin miedo escrito en la línea del corazón.

Yo no reconocería mis manos antiguas, ya no. Ni ayuda la vista cansada, ni el paso del tiempo respeta nada. Pero aun así, todavía espero que mis manos, antes de que el fragor de los teclados les borre las huellas para siempre, encuentren una memoria amiga en donde guarecerse.

Que mi mano encuentre una caligrafía en la que posarse suavemente, que halle un tiempo en el que desplegarse al calor de los días y que, cuando la vida nos arrincone contra las tablas y nos apriete los puños manchados de soledad, la salve otra mano que la recuerde entera, abierta, desnuda.



DESNUDA

Desnuda eres tan simple como una de tus manos:
lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente.
Tienes líneas de luna, caminos de manzana.
Desnuda eres delgada como el trigo desnudo.

Desnuda eres azul como la noche en Cuba:
tienes enredaderas y estrellas en el pelo.
Desnuda eres redonda y amarilla
como el verano en una iglesia de oro.

Desnuda eres pequeña como una de tus uñas:
curva, sutil, rosada hasta que nace el día
y te metes en el subterráneo del mundo

como en un largo túnel de trajes y trabajos:
tu claridad se apaga, se viste, se deshoja
y otra vez vuelve a ser una mano desnuda.

(Pablo Neruda)

miércoles, 3 de octubre de 2012

Preposiciones deshonestas

A cuatro patas
ante el morbo del espejo.
Bajo el cobertor arrugado
cabe encontrar un trozo de cielo.
Con tu espalda atrapada
contra la pared fría,
de rodillas en el suelo,
desde el primer beso
en el sofá que chirría,
entre tus piernas desplegadas,
hacia fuera y hacia dentro,
hasta el fondo del estruendo
para llegar a la pulpa del gemido.
Por encima de la ropa,
según se erizan tus pezones
sin miedo a la mordedura,
so pretexto de una piel que se desnuda,
sobre la alfombra de las doce,
tras la puerta que se cierra.
Durante horas abiertas,
mediante el amor y su roce,
como un dulce vaivén
deshonesto, infiel,
húmedo y salobre.


martes, 27 de marzo de 2012

Por si noto que me faltas

Por si noto que se van borrando las huellas
y el hilo se transparenta con la luz envenenada
de los días pretéritos,
que no se me acabe la saliva donada.
Quiero permanecer en este sube y baja
que nos ofrece el tiempo de ascensores en el estómago,
cuando las pieles eléctricas alternan
minutos de neón y sombra de velas.

Por si notas en tus costados
que mis manos ya no revolotean la pendiente,
por si sientes que tu pecho no tiembla de alboroto
con la mosca insistente de mis labios
y que no vienen soplos para tus vértices
rezumando gemidos como mandala,
que no se te acabe la saliva donada.

Hagamos que vuelva
el tiempo de las transfusiones de hálito,
la confusión de bocas, el silabario del deseo
pronunciado en carne viva, dejemos que ardan
los muslos contrariados por la vestimenta,
las lenguas comprimidas entre los pliegues,
las manos entrecruzadas en el porvenir.

Y luego demos un pequeño paso, una última palabra
que se susurra, una diapasón tañido
entre dos pechos, un arma de doble filo
que penetra la hendidura complacida,
una pelota que rebota felizmente hasta el espasmo,
una piel acariciando dos manos abiertas.

Por si noto que me faltas, quiero
que no dejes que se me acabe nunca
la saliva donada, no consientas
que tu piel deje de rayarme los sueños
como una marca de agua,
ni quieras que tu boca se me extinga
en el incendio inútil de la tinta
o en palabras de azucarillo
impregnadas de distancia.


VERDAD SIEMPRE

A Manuel Altolaguirre

Sí, sí, es verdad, es la única verdad;
ojos entreabiertos, luz nacida,
pensamiento o sollozo, clave o alma,
este velar, este aprender la dicha,
este saber que el día no es espina,
sino verdad, oh suavidad. Te quiero.
Escúchame. Cuando el silencio no existía,
cuando tú eras ya cuerpo y yo la muerte,
entonces, cuando el día.

Noche, bondad, oh lucha, noche, noche.
Bajo clamor o senos, bajo azúcar,
entre dolor o sólo la saliva,
allí entre la mentira sí esperada,
noche, noche, lo ardiente o el desierto.

(Vicente Aleixandre, Espadas como labios, 1931)

domingo, 26 de febrero de 2012

Esto no me había pasado nunca

Quizás mañana me ocurra una de esas cosas que no me han pasado nunca.

Llevo ya, en relativamente poco tiempo, una buena colección. Incluso creo que se aceleran, aumentando esa sensación de que los días se me van escapando por entre los dedos.

Y no todas son malas, qué va, ni pensarlo. De hecho, esas malas, esas que tanto tiempo ignoré con la maravillosa despreocupación de quien cree que solo le pasan a los otros, esas cuya llegada tanto temí en otros momentos, no son tan terribles.

El miedo agranda, como una enorme lupa, todo lo que se ve a su través. Pero luego, sí, duele, no digo que no, pero todo pasa a segundo plano cuando se hace cotidiano y hay que adaptarse. Los seres humanos padecemos muchos sufrimientos, a veces insufribles, intentando evitar otros que nos parecen mayores, pero que luego no lo son.

Eso me dicen, que ya no soy joven, que tengo historia, que mis enfermedades están escritas en el DNI y que ha llegado el tiempo de "es la primera vez que me pasa esto".

Pero si no soy joven, si tengo historia, también tengo planes, sigo pendiente de los sueños, me deshago en proyecciones e intento tomarme esos inconvenientes del DNI con el humor que puedo. Sobre todo, quiero terminar de aprender que es una soberana estupidez sufrir para no sufrir. Si es que toca padecer, al menos, que sea por aquello que quiero, acierte o no.

Pero quisiera dejar constancia que, la mayoría de esas "primeras veces" que ahora me ocurren, han sido agradables antes que traumáticas. Estoy a régimen, pero de tanto en tanto como. Estoy solo, pero de tanto en tanto alguien me pide que mire a la luna con su risa de Chesire. Tengo la tensión alta y sus secuelas, pero cuando me haces reír, se me baja. Igual que se me suben a la cabeza los vapores de tu piel.

El caso es que vivo por la curiosidad de saber qué me está pasando. Cada duda sigue teniendo su paisaje, cada miedo su escenario, cada deseo se topa con la horma de su zapato. Cada día tiene su después. Cada esquina que se dobla trae un misterio que hay que resolver.

No sé por qué, pero el caso es que quizás mañana me ocurra una de esas cosas que no me han pasado nunca. Espero soñarla a tiempo y luego vivirla bien.



MIÉRCOLES. DÍA DEL ESPECTADOR

No se descarta que al salir del cine
una pareja cuente con nuevos enemigos.
La pelicula es mala,
las sombras buscan cuerpos para encontrar deseos,
se oyen voces de actores,
imágenes dudosas,
pero los labios son materia viva
en las butacas observadas
y los botones pierden su vergüenza.
Suena un disparo inútil,
la camisa deshecha,
la mano que naufraga entre los muslos.
Se persiguen dos coches por tus hombros
y estalla un edificio,
una lengua de fuego en la ventana,
llamas que desesperan vientre abajo,
el pelo negro por la mano abierta,
negro como la vida en la pantalla,
como el silencio del actor que mira,
del acomodador,
del público encendido.
Ya no tienen edad para estas cosas,
comenta el matrimonio da la última fila.
Y pienso que es verdad. No se descarta,
no se descarta que al salir del cine
una pareja cuente con nuevos enemigos.

(Luís García Montero, Completamente viernes, 1998)

domingo, 19 de febrero de 2012

Sábado

Algunas tardes
me siento extraño en mis propios ojos,
mirando como el amor siempre
sucede en el pasado.

Me quedo quieto,
pájaro derribado por la tormenta,
en esa calma intranquila de las esperas
cuando los pasos de nunca
suenan idénticos a los de ayer.

La piel se enfría a bocanadas
conforme la tarde pasa despiadada y metódica
dejando un invisible rastro de desorden,
por donde se confunde la frágil ausencia
de quien no termina de llegar
con la inmediatez de quien nunca acaba de irse.

Aprendo entonces que el amor
siempre es un invento de otros
con sus metáforas indecisas y su miedo,
ese miedo que no se crea ni se destruye,
sino que se transforma en un silencio,
allá, en los alrededores de un cuerpo
que se consume deshabitado
en el lado derecho de otra vida.




NIEBLA

Sirenas de los barcos en el gris
creciente de la niebla. Se oyen a lo lejos,
atraviesan el aire húmedo de noviembre
mientras la nube avanza a ras de suelo,
cubre los edificios y los parques
extendiendo la sombra de un falso anochecer.
Como el barco perdido entre la niebla
se adentra la memoria en los dominios
de un mar borrado,
envía sus mensajes y pregunta`
por rostros que se fueron,
por nombres confundidos en los márgenes
del tiempo y de la muerte.
Y no sabe si inventa su pasado.

(Antonio Jiménez Millán, Clandestinidad, 2010)

domingo, 13 de noviembre de 2011

Llamada

Frágil como el cristal de la copa
que ofrece sorbos de deseo,
tenías la piel llena de labios
y un suspiro que yo te había dejado
en el borde del cuello.

Eras calor de cuerpo medio desnudo
y encendías la luz que distingue unos días de otros,
las palabras oscuras de la saliva,
el corazón abierto a la intemperie
de la noche cerrada al insomnio.

Fuiste la gran herida vertical de color rápido,
sobreviviste muro, árbol de la ciencia,
manzana de lumbre ajena
y madeja que no puede desenredarse
sólo con mis dos manos apacibles.

Cuando, al otro lado del teléfono,
oigo la parte de risa que aún me corresponde,
no consigo escucharte como eres,
porque a este lado del aparato no soy yo
el hombre risueño que contesta y se alegra
del extracto contagioso de la tecnología moderna.

Sino que conversas con el miedo que tengo
a que aquella mujer frágil que recuerdo
con la piel llena de labios,
sea una vieja mentira a la que aferrarse
o acaso
una mentira nueva sin asideros.




LA DESPEDIDA DE LA CARNE

Se gastaron mis manos y mis ojos en numerosos cuerpos,
y sólo sé
que el mirar complacido y las lentas caricias
anulaban el mundo
que no era terrritorio precioso de la carne.
Ni el humo de los leños que ardieron
puede ya retornar.
Adoré lo que el tacto adoró. Lo sé como me sé.
Y me es ajeno y débil como si fuese imaginado.
Sigo siervo del dios que me otorgó una vida
por la que la desdicha pudo ser aceptada.

Hoy ven los ojos, en la presencia de la carne,
igual lo diferente,
y el tacto del que oficia no halla nada
que le otorgue el temblor:
mi cuerpo ya es la llaga de una sombra.
El dios que tanto dio para quitármelo,
y al que nunca recé, ni fui blasfemo,
también se desvanece como si fuese un cuerpo.

Misericordia extraña
ésta de recordar cuanto he perdido,
y amar aún su inexistencia.

(Francisco Brines)