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jueves, 16 de agosto de 2012

Causa perdida

En esta vida ordenada que llevo
de ir a trabajar todos los días,
de perder la tarde en tonterías
y por las noches el sueño,
en esta vida simple y liviana
que todo me lo toma en serio
pero se ríe de mí desde el espejo
con las casualidades que me manda,
en esta vida tan predecible
de palabras viejas y ya consabidas,
de presencias mil veces repetidas
rellenando los huecos de lo posible,
en esta vida cómoda y acomodada
que ya no recuerdo cuando preferí,
en esta vida que se limita a vivir
sin querer saber lo que me pasa,
en este miedo de vida
que todo el mundo me perdona
y en la que yo perdono a todas horas,
todas las noches, todos los días,
en esta vida que tengo a medio hacer,
ya sólo me quedas tú, vida,
y eres la última causa perdida
que me queda por perder.



martes, 6 de diciembre de 2011

Apostar al llanto

En la puerta de la pizzería más famosa, yo fumaba, con ese rito ya impenitente que me permite salirme de los otros.

Una niña intentaba entrar, apenas tres años, mientras que la otra, de la misma edad más o menos, la retenía.
-No puedes entrar sola. Las niñas pequeñas no pueden entrar sin una mamá -decía una, con voz de pito y gesto adulto.
-¿Por qué? -replicaba la otra.
-Porque si dentro hay otra mamá que se parece a tu mamá y te crees que es tu mamá entonces se forma un lío de mamás y acabas llorando.
-¡Tú si que te estás haciendo un lío! -dijo con mucho retintín-. ¡Cómo si yo no conociera a mi mamá!

Y dicho esto, entró. Dio una vuelta por las mesas y, al girarse, a través del gran cristal, vio a su madre que estaba afuera, en la acera, a unos pocos metros de mí.

Salió corriendo del local, se abalanzó sobre ella y dijo llorando:
-Mamá, mamá. ¡La prima dice que no te conozco!

La madre se agachó y la consoló con alguna frase. La niña volvió más calmada a donde estaba su prima, que la recibió diciendo:
-¿Ves como si entrabas sola ibas a acabar llorando?


Y es que apostar al llanto, es una estrategia segura, porque tarde o temprano siempre se acaba ganando. Pero tú y yo tenemos que seguir apostando a la alegría, aunque de tanto en tanto la perdamos.



QUÉ LE VAMOS A HACER

Y ahora,
con el alma vacía como tantas
veces,
contemplo el lento paso de los días
que me empujan no sé hacia qué destino
oscuro, presentido
ya sin curiosidad. Es aburrido
saber y no saber, equivocarse
y acertar. También estar seguro
es tan insoportable en muchos casos
como dudar, como ceder, como desmoronarse.


Seguro, a salvo, ahora
que ya pasó el dolor,
observo la zozobra lo mismo que una estela
fundida a mis espaldas
con el espeso limo
de los sucesos cotidianos, dados
-antes de ser recuerdos- al olvido.
La indiferencia ante la propia suerte
no es mejor compañera que la angustia,
ni mi sonrisa
(cuando el azar nos pone,
viejo amor,
frente a frente)
representa otra cosa que la ausencia
de algún gesto más justo
para significar la seca, dolorosa,
irreparable pérdida del llanto.

(Ángel González, Tratado de urbanismo, 1967)

sábado, 11 de septiembre de 2010

Pesquisa

No se sabe por qué. Le gustaba tejer, encontraba una cierta ironía en aquel entresijo de hilos, buscaba paz en la armonía de los colores que iban pareciendo formas primero y conceptos después. Le ocupaba las manos y el tiempo, pero le dejaba libre la cabeza. Así que, por eso no fue.


Pero no se sabe por qué. Tal vez perdiera la fe, pero no la cabeza. Se dedicaba a destejer el tiempo a toda prisa mientras la noche se le encendía en los sueños, para que al día siguiente el mandala comenzara de nuevo. Imaginaba entonces tormentas -o quizás es que las oía a lo lejos- que le traían regresos. No, definitivamente, por eso no fue.


No se sabe por qué, no era por el asiento, ni por la comida, ni por los asuntos livianos de los que están hechos los días. Quizás, tal vez, era la memoria de las noches solitarias lo que más le dolía, el enfado permanente con la ausencia. Pero el ruido de fondo, que no le tapaba los latidos imparables de la distancia, al menos, le impedía llorar soledades y le hacía reír como antídoto contra la monotonía. No creo que fuera por nada de eso.


No se sabe por qué. Pero el caso es que, una noche, Penélope no se levantó a destejer y, a la mañana siguiente, al ver el salón repleto de extraños y el extraño efecto de una vida siempre a medio tejer, decidió darla por concluída y empezar otra vez en otra parte.


Y no se sabe por qué, siglos más tarde, Penélope dejó de esperar lo que le traían los trenes y comenzó a pensar a qué dondes y a qué cuandos podían llevarla.


No se sabe bien por qué. Por eso, lo estoy investigando desde el andén.


PRESENCIA DEL OTOÑO


Debí decir te amo.
Pero estaba el otoño haciendo señas,
clavándome sus puertas en el alma.


Amada, tú, recíbelo.
Vete por él, transporta tu dulzura
por su dulzura madre.
Vete por él, por él, otoño duro,
otoño suave en quien reclino mi aire.


Vete por él, amada.
No soy yo el que te ama este minuto.
Es él en mí, su invento.
Un lento asesinato de ternura.


(Juan Gelman, El juego en el que andamos, 1956-58)


ESPEJO


Hay una noche,
un tiempo hueco, sin testigos,
una noche de uñas y silencio,
páramo sin orillas,
isla de yelo entre los días;
una noche sin nadie
sino su soledad multiplicada.


Se regresa de unos labios
nocturnos, fluviales,
lentas orillas de coral y savia,
de un deseo, erguido
como la flor bajo la lluvia, insomne
collar de fuego al cuello de la noche,
o se regresa de uno mismo a uno mismo,
y entre espejos impávidos un rostro
me repite a mi rostro, un rostro
que enmascara a mi rostro.


Frente a los juegos fatuos del espejo
mi ser es pira y es ceniza,
respira y es ceniza,
y ardo y me quemo y resplandezco y miento
un yo que empuña, muerto,
una daga de humo que le finge
la evidencia de sangre de la herida,
y un yo, mi yo penúltimo,
que sólo pide olvido, sombra, nada,
final mentira que lo enciende y quema.


De una máscara a otra
hay siempre un yo penúltimo que pide.
Y me hundo en mí mismo y no me toco.


(Octavio Paz, Calamidades y milagros, 1937-48)