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jueves, 26 de abril de 2012

Stand by

Tengo los días repletos de vísceras, las noches encaramadas a los sueños y al desvelo. Y el desvelo -¡qué contarte que no te haya contado ya!- embebido en el deseo.

Las horas suceden inocuas, amables, pero sin sustancia. Los minutos alternan su duración entre instantes que corren que se las pelan y largas tardes de espera asomado al humo del cráter del volcán.

De entre las voces que me llegan, sólo una me saca del letargo. Ninguna de las manos que me tocan es tuya. Todos los ojos que me miran parpadean sin verme.

Luego está el asunto de las letras que no vienen, la tensión que no baja, los meses que nunca se me acaban antes que el sueldo, el supermercado que me llama desde la puerta del frigorífico cada vez con más frecuencia.

Para colmo, las gafas de verlo todo distinto son de sol y su efecto se enfría con las noches. De fumar en pijama a deshoras bajo el porche, tengo la tos agarrada a las frases de amor que nadie me dice. Y tiene narices lo descuidados que tengo el patio y las uñas de los pies.

Consumo en espera, stand by que se dice, como un aparato olvidado en el salón de otra vida en la que no se vive. Con la lucecita roja y la pantalla oscura, pero encendido, esperando el dedo que pulse el botón con el que el corazón empieza a ejecutar los sonidos de la duda que viste de mayo el final de cada abril.

Yo me estoy consumiendo en espera, ando en stand by. Y fíjate que lo que yo quisiera es que tú estuvieras stand by me.


miércoles, 18 de abril de 2012

Si no viene

Cada noche guardo la media luz dentro de las velas y enciendo la nostalgia, apenas sin esfuerzo, porque arde muy bien en el silencio de una casa vacía.

Cierro las persianas como amuleto contra el vendaval que surge de la memoria, para que la brisa de los recuerdos no acelere los labios del conjuro hacia palabras sin retorno. Para que el remolino del olvido no nos despeine el corazón a sangre fría.

Pongo música porque sé que le gusta, para envolver en papel de regalo de tres en tres los minutos y amordazar con las líneas del pentagrama al reloj de la mesilla.

Entonces dibujo un nombre en todas los idiomas que conozco, calco versos con esos ojos míos, pequeños y juntos, que tanto miran y, sin embargo, ven muy poco. Tan poco que se me cierran mis ojos recién nacidos en la espera de lo frágil que tarda en llegar.

Respiro despacio para no espantar los augurios, afilo con mucho cuidado los bordes del pensamiento y dejo caer, lánguidos como tallos cortados de una flor de trapo, mis dedos sobre los muslos que tengo a mano.

¿Y si no viene? Si no viene Ella, si tiene otros encargos más urgentes, si está cansada de tanto abril, si no sabe guarecerse entre los pliegues de mis sábanas como cuando se queda a dormir entre mis renglones, no importa, no pasa nada.

A veces ocurre y son largas las temporadas en que no viene. Mañana, todos los mañanas, la esperaré otra vez como espero la utopía, como espero el horizonte, como te espero porvenir.

Entretanto, voy a ir destejiendo las horas hasta hacerlas polvo de prosa que me tape las noches en que no viene. Y por si acaso, para que no pierda el camino, me dedico a dejarle señales escritas en este, a veces solitario y terrible, mapa de papel.

Una noche vendrá. Y esa noche será La Noche. Y esa memoria será la de otra vida.



III GACELA DEL AMOR DESESPERADO

La noche no quiere venir
para que tú no vengas
ni yo pueda ir.

Pero yo iré
aunque un sol de alacranes me coma la sien.
Pero tú vendrás
con la lengua quemada por la lluvia de sal.

El día no quiere venir
para que tú no vengas
ni yo pueda ir.

Pero yo iré
entregando a los sapos mi mordido clavel.
Pero tú vendrás
por las turbias cloacas de la oscuridad.

Ni la noche ni el día quieren venir
para que por ti muera
y tú mueras por mí.

(Federico García Lorca, Diván del Tamarit, 1931-34)

viernes, 9 de marzo de 2012

Caravaggio

"No tendrás el alma tan atormentada cuando pasan tantos días sin que escribas", me dice la voz que a ratos se hace conciencia y a ratos sucede por fuera.

Sus palabras me hacen reflexionar, como las que me inquieren sobre tendencias diagnósticas específicas y me disculpan, tras sopesar durante un segundo mi desconocimiento, añadiendo que "es que siempre estás pensando en la poesía".

Cada ciudad tiene sus propios atascos; cada recorrido, sus encrucijadas. Cada semáforo tiene un corazón latiendo en ámbar y parece que cada persona que escribe vierte su tormento con color de noche o de tinta.

"Tú, que en eso has tenido la cabeza más fría", me dicen aquellos dedos de burbujas que nunca me imaginan ardiendo. "¿Me habrás echado de menos?", le pregunto a los fríos del norte. "No iré a no ser que me digas que tienes muchas ganas de verme" y escucho un hilo que se tensa sin romperse, mientras que otro se rompe sin tensarse cuando me advierte que "no nos veremos el sábado, sino el miércoles".

Todo se palpa en el aire, a mi alrededor, mientras atiendo secanos y humedades, tiemblo miedos y risas, barajo dudas mezcladas con certezas y preparo el equipaje hacia los grandes salones de lo estático.

Sigo mi recorrido desde el principio de la oscuridad hasta los bordes del claroscuro. Y porque tengo un ángel en el pensamiento, se me clavan las teclas en los dedos como a San Mateo se le ensucian los pies.

En la espera está mi tormento, no en las letras ni en los silencios. En la espera inventamos todos los tormentos, del mismo modo que en la espera se haya, también, toda nuestra felicidad alumbrando desde dentro.

Para la espera me dejo todos los claroscuros a medio pintar. Entretanto, escribo.


106


No nos mata un momento,
sino la falta de un momento.
No nos mata una sombra,
sino la ausencia aleatoria de una sombra,
perdida probablemente en un declive
de esta insensata eternidad despareja.
No nos mata la falta de la vida,
sino el azar de un claroscuro
que se proyecta sobre una pantalla invisible.
No nos mata morir:
nos mata haber nacido.

(Roberto Juarroz, Séptima poesía vertical, 1982)

domingo, 19 de febrero de 2012

Sábado

Algunas tardes
me siento extraño en mis propios ojos,
mirando como el amor siempre
sucede en el pasado.

Me quedo quieto,
pájaro derribado por la tormenta,
en esa calma intranquila de las esperas
cuando los pasos de nunca
suenan idénticos a los de ayer.

La piel se enfría a bocanadas
conforme la tarde pasa despiadada y metódica
dejando un invisible rastro de desorden,
por donde se confunde la frágil ausencia
de quien no termina de llegar
con la inmediatez de quien nunca acaba de irse.

Aprendo entonces que el amor
siempre es un invento de otros
con sus metáforas indecisas y su miedo,
ese miedo que no se crea ni se destruye,
sino que se transforma en un silencio,
allá, en los alrededores de un cuerpo
que se consume deshabitado
en el lado derecho de otra vida.




NIEBLA

Sirenas de los barcos en el gris
creciente de la niebla. Se oyen a lo lejos,
atraviesan el aire húmedo de noviembre
mientras la nube avanza a ras de suelo,
cubre los edificios y los parques
extendiendo la sombra de un falso anochecer.
Como el barco perdido entre la niebla
se adentra la memoria en los dominios
de un mar borrado,
envía sus mensajes y pregunta`
por rostros que se fueron,
por nombres confundidos en los márgenes
del tiempo y de la muerte.
Y no sabe si inventa su pasado.

(Antonio Jiménez Millán, Clandestinidad, 2010)

domingo, 8 de enero de 2012

Víspera

Mañana será un día largo, de esos interminables que empiezan en la cabeza antes que en los pies y que se arrastran después, casi con cadenas, hasta el final de la semana.

Me preocupa no dormir bien, no llegar a tiempo a la salida del sol, no soportar las esperas. Me angustia el aburrimiento, la apatía que me invade desde este preciso instante.

Y que la viscosidad de los asuntos inútiles me deje residuos en el ánimo cuando llegue a casa, ya tarde, sin tiempo siquiera de frotármelos, aunque sólo fuera con una lectura interesante.

Mañana irá trascurriendo a golpe de volante, a golpe de reloj, a golpe de rutina, desgranándose ante mí como un gran racimo de uvas. Unas más grandes, otras más menudas, irán rodando despacio hasta escurrir la última gota del jugo que, más allá de la tarde, acabará siendo zumo, vino o vinagre.

Ya tengo la espera definida, lanzada la ansiedad de terminar lo que aún no ha empezado. Largo será el día de mañana, sí, pero mucho más larga me parece siempre la víspera.




LA VÍSPERA

El hombre despojóse de sí mismo,
también del cinturón, del brazo izquierdo,
de su propia estatura.

Resbaló la mujer sus largas medias,
largas como los ríos o el cansancio.

Nublóse el sueño de deseo.
Vino
ciego el amor
batiendo un cuerpo anónimo.
De nadie
eran la hora ni el lugar
ni el tiempo de los besos.

Sólo el deseo de entregarse daba
sentido al acto del amor,
pero nunca respuesta.

El humo gris.
El abandono.
El alba
como una inmensa retirada.
Restos
de vida oscura en un rincón caídos.
y lo demás vulgar, ocioso.
El hombre
púsose en orden natural, alzóse
y tosió humanamente.
Aquella hora
de soledad. Vestirse de la víspera.
Sentir duros los límites.
Y al cabo
no saber, no poder reconocerse.

(José Ángel Valente)



VÍSPERA

Todo nos falta,
un cigarrillo,
tiempo para escribir,
una excusa para los acreedores.

El último fósforo está empapado.

La humedad de la casa nos hace temblar.

Llueve.
Dame un mendrugo para el alma,
para el gesto huraño,
para el hambre
y buen tiempo
para los que se marchan.

(Vilma Vargas)

sábado, 11 de septiembre de 2010

Pesquisa

No se sabe por qué. Le gustaba tejer, encontraba una cierta ironía en aquel entresijo de hilos, buscaba paz en la armonía de los colores que iban pareciendo formas primero y conceptos después. Le ocupaba las manos y el tiempo, pero le dejaba libre la cabeza. Así que, por eso no fue.


Pero no se sabe por qué. Tal vez perdiera la fe, pero no la cabeza. Se dedicaba a destejer el tiempo a toda prisa mientras la noche se le encendía en los sueños, para que al día siguiente el mandala comenzara de nuevo. Imaginaba entonces tormentas -o quizás es que las oía a lo lejos- que le traían regresos. No, definitivamente, por eso no fue.


No se sabe por qué, no era por el asiento, ni por la comida, ni por los asuntos livianos de los que están hechos los días. Quizás, tal vez, era la memoria de las noches solitarias lo que más le dolía, el enfado permanente con la ausencia. Pero el ruido de fondo, que no le tapaba los latidos imparables de la distancia, al menos, le impedía llorar soledades y le hacía reír como antídoto contra la monotonía. No creo que fuera por nada de eso.


No se sabe por qué. Pero el caso es que, una noche, Penélope no se levantó a destejer y, a la mañana siguiente, al ver el salón repleto de extraños y el extraño efecto de una vida siempre a medio tejer, decidió darla por concluída y empezar otra vez en otra parte.


Y no se sabe por qué, siglos más tarde, Penélope dejó de esperar lo que le traían los trenes y comenzó a pensar a qué dondes y a qué cuandos podían llevarla.


No se sabe bien por qué. Por eso, lo estoy investigando desde el andén.


PRESENCIA DEL OTOÑO


Debí decir te amo.
Pero estaba el otoño haciendo señas,
clavándome sus puertas en el alma.


Amada, tú, recíbelo.
Vete por él, transporta tu dulzura
por su dulzura madre.
Vete por él, por él, otoño duro,
otoño suave en quien reclino mi aire.


Vete por él, amada.
No soy yo el que te ama este minuto.
Es él en mí, su invento.
Un lento asesinato de ternura.


(Juan Gelman, El juego en el que andamos, 1956-58)


ESPEJO


Hay una noche,
un tiempo hueco, sin testigos,
una noche de uñas y silencio,
páramo sin orillas,
isla de yelo entre los días;
una noche sin nadie
sino su soledad multiplicada.


Se regresa de unos labios
nocturnos, fluviales,
lentas orillas de coral y savia,
de un deseo, erguido
como la flor bajo la lluvia, insomne
collar de fuego al cuello de la noche,
o se regresa de uno mismo a uno mismo,
y entre espejos impávidos un rostro
me repite a mi rostro, un rostro
que enmascara a mi rostro.


Frente a los juegos fatuos del espejo
mi ser es pira y es ceniza,
respira y es ceniza,
y ardo y me quemo y resplandezco y miento
un yo que empuña, muerto,
una daga de humo que le finge
la evidencia de sangre de la herida,
y un yo, mi yo penúltimo,
que sólo pide olvido, sombra, nada,
final mentira que lo enciende y quema.


De una máscara a otra
hay siempre un yo penúltimo que pide.
Y me hundo en mí mismo y no me toco.


(Octavio Paz, Calamidades y milagros, 1937-48)