Deambulando por la noche, a las horas en que el universo cabe dentro de mí, he encontrado estas historias que me quitan el sueño, pero me dan la vida.
jueves, 26 de abril de 2012
Stand by
miércoles, 18 de abril de 2012
Si no viene
Una noche vendrá. Y esa noche será La Noche. Y esa memoria será la de otra vida.
III GACELA DEL AMOR DESESPERADO
La noche no quiere venir
para que tú no vengas
ni yo pueda ir.
Pero yo iré
aunque un sol de alacranes me coma la sien.
Pero tú vendrás
con la lengua quemada por la lluvia de sal.
El día no quiere venir
para que tú no vengas
ni yo pueda ir.
Pero yo iré
entregando a los sapos mi mordido clavel.
Pero tú vendrás
por las turbias cloacas de la oscuridad.
Ni la noche ni el día quieren venir
para que por ti muera
y tú mueras por mí.
(Federico García Lorca, Diván del Tamarit, 1931-34)
viernes, 9 de marzo de 2012
Caravaggio
106
No nos mata un momento,
sino la falta de un momento.
No nos mata una sombra,
sino la ausencia aleatoria de una sombra,
perdida probablemente en un declive
de esta insensata eternidad despareja.
No nos mata la falta de la vida,
sino el azar de un claroscuro
que se proyecta sobre una pantalla invisible.
No nos mata morir:
nos mata haber nacido.
(Roberto Juarroz, Séptima poesía vertical, 1982)
domingo, 19 de febrero de 2012
Sábado
me siento extraño en mis propios ojos,
mirando como el amor siempre
sucede en el pasado.
Me quedo quieto,
pájaro derribado por la tormenta,
en esa calma intranquila de las esperas
cuando los pasos de nunca
suenan idénticos a los de ayer.
La piel se enfría a bocanadas
conforme la tarde pasa despiadada y metódica
dejando un invisible rastro de desorden,
por donde se confunde la frágil ausencia
de quien no termina de llegar
con la inmediatez de quien nunca acaba de irse.
Aprendo entonces que el amor
siempre es un invento de otros
con sus metáforas indecisas y su miedo,
ese miedo que no se crea ni se destruye,
sino que se transforma en un silencio,
allá, en los alrededores de un cuerpo
que se consume deshabitado
en el lado derecho de otra vida.
NIEBLA
Sirenas de los barcos en el gris
creciente de la niebla. Se oyen a lo lejos,
atraviesan el aire húmedo de noviembre
mientras la nube avanza a ras de suelo,
cubre los edificios y los parques
extendiendo la sombra de un falso anochecer.
Como el barco perdido entre la niebla
se adentra la memoria en los dominios
de un mar borrado,
envía sus mensajes y pregunta`
por rostros que se fueron,
por nombres confundidos en los márgenes
del tiempo y de la muerte.
Y no sabe si inventa su pasado.
(Antonio Jiménez Millán, Clandestinidad, 2010)
domingo, 8 de enero de 2012
Víspera
LA VÍSPERA
El hombre despojóse de sí mismo,
también del cinturón, del brazo izquierdo,
de su propia estatura.
Resbaló la mujer sus largas medias,
largas como los ríos o el cansancio.
Nublóse el sueño de deseo.
Vino
ciego el amor
batiendo un cuerpo anónimo.
De nadie
eran la hora ni el lugar
ni el tiempo de los besos.
Sólo el deseo de entregarse daba
sentido al acto del amor,
pero nunca respuesta.
El humo gris.
El abandono.
El alba
como una inmensa retirada.
Restos
de vida oscura en un rincón caídos.
y lo demás vulgar, ocioso.
El hombre
púsose en orden natural, alzóse
y tosió humanamente.
Aquella hora
de soledad. Vestirse de la víspera.
Sentir duros los límites.
Y al cabo
no saber, no poder reconocerse.
(José Ángel Valente)
VÍSPERA
Todo nos falta,
un cigarrillo,
tiempo para escribir,
una excusa para los acreedores.
El último fósforo está empapado.
La humedad de la casa nos hace temblar.
Llueve.
Dame un mendrugo para el alma,
para el gesto huraño,
para el hambre
y buen tiempo
para los que se marchan.
(Vilma Vargas)
sábado, 11 de septiembre de 2010
Pesquisa
No se sabe por qué. Le gustaba tejer, encontraba una cierta ironía en aquel entresijo de hilos, buscaba paz en la armonía de los colores que iban pareciendo formas primero y conceptos después. Le ocupaba las manos y el tiempo, pero le dejaba libre la cabeza. Así que, por eso no fue.
Pero no se sabe por qué. Tal vez perdiera la fe, pero no la cabeza. Se dedicaba a destejer el tiempo a toda prisa mientras la noche se le encendía en los sueños, para que al día siguiente el mandala comenzara de nuevo. Imaginaba entonces tormentas -o quizás es que las oía a lo lejos- que le traían regresos. No, definitivamente, por eso no fue.
No se sabe por qué, no era por el asiento, ni por la comida, ni por los asuntos livianos de los que están hechos los días. Quizás, tal vez, era la memoria de las noches solitarias lo que más le dolía, el enfado permanente con la ausencia. Pero el ruido de fondo, que no le tapaba los latidos imparables de la distancia, al menos, le impedía llorar soledades y le hacía reír como antídoto contra la monotonía. No creo que fuera por nada de eso.
No se sabe por qué. Pero el caso es que, una noche, Penélope no se levantó a destejer y, a la mañana siguiente, al ver el salón repleto de extraños y el extraño efecto de una vida siempre a medio tejer, decidió darla por concluída y empezar otra vez en otra parte.
Y no se sabe por qué, siglos más tarde, Penélope dejó de esperar lo que le traían los trenes y comenzó a pensar a qué dondes y a qué cuandos podían llevarla.
No se sabe bien por qué. Por eso, lo estoy investigando desde el andén.
PRESENCIA DEL OTOÑO
Debí decir te amo.
Pero estaba el otoño haciendo señas,
clavándome sus puertas en el alma.Amada, tú, recíbelo.
Vete por él, transporta tu dulzura
por su dulzura madre.
Vete por él, por él, otoño duro,
otoño suave en quien reclino mi aire.Vete por él, amada.
No soy yo el que te ama este minuto.
Es él en mí, su invento.
Un lento asesinato de ternura.(Juan Gelman, El juego en el que andamos, 1956-58)
ESPEJO
Hay una noche,
un tiempo hueco, sin testigos,
una noche de uñas y silencio,
páramo sin orillas,
isla de yelo entre los días;
una noche sin nadie
sino su soledad multiplicada.Se regresa de unos labios
nocturnos, fluviales,
lentas orillas de coral y savia,
de un deseo, erguido
como la flor bajo la lluvia, insomne
collar de fuego al cuello de la noche,
o se regresa de uno mismo a uno mismo,
y entre espejos impávidos un rostro
me repite a mi rostro, un rostro
que enmascara a mi rostro.Frente a los juegos fatuos del espejo
mi ser es pira y es ceniza,
respira y es ceniza,
y ardo y me quemo y resplandezco y miento
un yo que empuña, muerto,
una daga de humo que le finge
la evidencia de sangre de la herida,
y un yo, mi yo penúltimo,
que sólo pide olvido, sombra, nada,
final mentira que lo enciende y quema.De una máscara a otra
hay siempre un yo penúltimo que pide.
Y me hundo en mí mismo y no me toco.(Octavio Paz, Calamidades y milagros, 1937-48)