Mostrando entradas con la etiqueta tejer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tejer. Mostrar todas las entradas

miércoles, 18 de abril de 2012

Si no viene

Cada noche guardo la media luz dentro de las velas y enciendo la nostalgia, apenas sin esfuerzo, porque arde muy bien en el silencio de una casa vacía.

Cierro las persianas como amuleto contra el vendaval que surge de la memoria, para que la brisa de los recuerdos no acelere los labios del conjuro hacia palabras sin retorno. Para que el remolino del olvido no nos despeine el corazón a sangre fría.

Pongo música porque sé que le gusta, para envolver en papel de regalo de tres en tres los minutos y amordazar con las líneas del pentagrama al reloj de la mesilla.

Entonces dibujo un nombre en todas los idiomas que conozco, calco versos con esos ojos míos, pequeños y juntos, que tanto miran y, sin embargo, ven muy poco. Tan poco que se me cierran mis ojos recién nacidos en la espera de lo frágil que tarda en llegar.

Respiro despacio para no espantar los augurios, afilo con mucho cuidado los bordes del pensamiento y dejo caer, lánguidos como tallos cortados de una flor de trapo, mis dedos sobre los muslos que tengo a mano.

¿Y si no viene? Si no viene Ella, si tiene otros encargos más urgentes, si está cansada de tanto abril, si no sabe guarecerse entre los pliegues de mis sábanas como cuando se queda a dormir entre mis renglones, no importa, no pasa nada.

A veces ocurre y son largas las temporadas en que no viene. Mañana, todos los mañanas, la esperaré otra vez como espero la utopía, como espero el horizonte, como te espero porvenir.

Entretanto, voy a ir destejiendo las horas hasta hacerlas polvo de prosa que me tape las noches en que no viene. Y por si acaso, para que no pierda el camino, me dedico a dejarle señales escritas en este, a veces solitario y terrible, mapa de papel.

Una noche vendrá. Y esa noche será La Noche. Y esa memoria será la de otra vida.



III GACELA DEL AMOR DESESPERADO

La noche no quiere venir
para que tú no vengas
ni yo pueda ir.

Pero yo iré
aunque un sol de alacranes me coma la sien.
Pero tú vendrás
con la lengua quemada por la lluvia de sal.

El día no quiere venir
para que tú no vengas
ni yo pueda ir.

Pero yo iré
entregando a los sapos mi mordido clavel.
Pero tú vendrás
por las turbias cloacas de la oscuridad.

Ni la noche ni el día quieren venir
para que por ti muera
y tú mueras por mí.

(Federico García Lorca, Diván del Tamarit, 1931-34)

sábado, 11 de septiembre de 2010

Pesquisa

No se sabe por qué. Le gustaba tejer, encontraba una cierta ironía en aquel entresijo de hilos, buscaba paz en la armonía de los colores que iban pareciendo formas primero y conceptos después. Le ocupaba las manos y el tiempo, pero le dejaba libre la cabeza. Así que, por eso no fue.


Pero no se sabe por qué. Tal vez perdiera la fe, pero no la cabeza. Se dedicaba a destejer el tiempo a toda prisa mientras la noche se le encendía en los sueños, para que al día siguiente el mandala comenzara de nuevo. Imaginaba entonces tormentas -o quizás es que las oía a lo lejos- que le traían regresos. No, definitivamente, por eso no fue.


No se sabe por qué, no era por el asiento, ni por la comida, ni por los asuntos livianos de los que están hechos los días. Quizás, tal vez, era la memoria de las noches solitarias lo que más le dolía, el enfado permanente con la ausencia. Pero el ruido de fondo, que no le tapaba los latidos imparables de la distancia, al menos, le impedía llorar soledades y le hacía reír como antídoto contra la monotonía. No creo que fuera por nada de eso.


No se sabe por qué. Pero el caso es que, una noche, Penélope no se levantó a destejer y, a la mañana siguiente, al ver el salón repleto de extraños y el extraño efecto de una vida siempre a medio tejer, decidió darla por concluída y empezar otra vez en otra parte.


Y no se sabe por qué, siglos más tarde, Penélope dejó de esperar lo que le traían los trenes y comenzó a pensar a qué dondes y a qué cuandos podían llevarla.


No se sabe bien por qué. Por eso, lo estoy investigando desde el andén.


PRESENCIA DEL OTOÑO


Debí decir te amo.
Pero estaba el otoño haciendo señas,
clavándome sus puertas en el alma.


Amada, tú, recíbelo.
Vete por él, transporta tu dulzura
por su dulzura madre.
Vete por él, por él, otoño duro,
otoño suave en quien reclino mi aire.


Vete por él, amada.
No soy yo el que te ama este minuto.
Es él en mí, su invento.
Un lento asesinato de ternura.


(Juan Gelman, El juego en el que andamos, 1956-58)


ESPEJO


Hay una noche,
un tiempo hueco, sin testigos,
una noche de uñas y silencio,
páramo sin orillas,
isla de yelo entre los días;
una noche sin nadie
sino su soledad multiplicada.


Se regresa de unos labios
nocturnos, fluviales,
lentas orillas de coral y savia,
de un deseo, erguido
como la flor bajo la lluvia, insomne
collar de fuego al cuello de la noche,
o se regresa de uno mismo a uno mismo,
y entre espejos impávidos un rostro
me repite a mi rostro, un rostro
que enmascara a mi rostro.


Frente a los juegos fatuos del espejo
mi ser es pira y es ceniza,
respira y es ceniza,
y ardo y me quemo y resplandezco y miento
un yo que empuña, muerto,
una daga de humo que le finge
la evidencia de sangre de la herida,
y un yo, mi yo penúltimo,
que sólo pide olvido, sombra, nada,
final mentira que lo enciende y quema.


De una máscara a otra
hay siempre un yo penúltimo que pide.
Y me hundo en mí mismo y no me toco.


(Octavio Paz, Calamidades y milagros, 1937-48)