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martes, 11 de diciembre de 2012

Agradecimientos

Cuatrocientos dos son los capítulos que ha tardado el insomnio en derretirse, en hacerse más tierno y más ambiguo, más contradictorio y menos líquido.

Estoy aquí porque creo que decorar la vida es una obligación para todo ser humano, que mentir es una necesidad biológica que alimenta la memoria, que escribir es el escenario perfecto para congeniar la realidad y la ficción.

Y me voy, no porque haya dejado de creerlo, sino porque las letras que había convenido con esta edad del azar, ya se han librado y se han hecho efectivas.

Pero antes de irme quiero dar las gracias a aquellas personas que me acompañaron en el trayecto, que silenciosamente me observaron caminar tropezando.

Gracias a quiénes tuvieron el detalle de quedarse. Gracias también a quiénes prefirieron irse o volver cada cierto tiempo a este trocito de viaje en el que se queda mi vida expuesta en clave de trayecto.

Gracias por leerme, por decepcionarse, por asombrarse, por aconsejarme, por discutirme, por desordenarme los renglones y por hacerme dudar de lo que siento, de lo que pienso y de lo que escribo.

Y muchas gracias al insomnio, muchas gracias.

Pero es que la vida no espera, no para y no avisa... Seguiré andando por otro camino, andando del mismo modo en que hay que correr persiguendo los sueños: incrédulamente, sin esperanza...

Quiero ir ahora a un lugar en el que pueda escribir lo que siento sin tener que sentir lo que digo. Si es que encuentro un amor imposible...



A estas alturas rodando
literalmente rodando
asumo mi destino,
araño cielos, tiento paraísos,
busco la clave que me traspase,
sin buscarla la busco,
la llave es un torso, un gesto,
la sonrisa de un amor imposible
o de otro amor imposible.
Los amores imposibles
-es tan evidente que siempre lo olvido-
son partes de ese mundo imposible
que es mi mundo verdadero.

(Darío Jaramillo, Libros de poemas, 2001)

lunes, 3 de diciembre de 2012

Prodigios

Algunas veces, el universo cabe
en la palma de la mano
y al cerrarla, para que no escape,
la encontramos llena de otras manos.

A ratos, sin previo aviso,
el mundo hace un alto en el ángulo preciso
para anunciar el tiempo de los abrazos
y raramente, pero sucede,
consiguen escapar vivos
los sueños después de alcanzados.

Algunas tardes creo
que son posibles todos los milagros;
incluso, que de vez en cuando la vida,
esta misma vida que nos separa,
me bese en la boca
con tus labios.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Autodefensa

Y, sin embargo, a pesar de su longitud y de su anchura, todas las ausencias son breves. Todas encuentran asiento de ventanilla por donde asomarse, todas siguen ocupando tiempo y espacio en el corazón.

En todas tenemos emisario dispuesto a traer noticias y en todas hay sitio donde apostarse para disfrutar de las luces y los olores que descubrimos guardados en una esquina.

De lo enjuto de las ausencias, de lo reseco que uno se queda, el trago peor, aunque lo parece, no es la despedida. Sino la rabia, el golpe, el temblor y la ira de saber que, mañana mismo, sin haber despertado de la pesadilla, tendremos a mano la certeza de que hay muchas otras ausencias a la vista.

Pero… ¿sabes?… Todas las ausencias son breves, todas se convierten en instantes que se traga el vértigo de la vida. Por eso ahora -y siempre- lo más importante, lo que no admite espera, es que me levante, que te levantes conmigo, y que sigamos, entre ausencias, defendiendo la alegría.

Porque aquellos que nos dejan, no nos dejan, sólo se nos adelantan en llegar a la meta. Y se quedan permanentes, invisibles, dentro de lo que somos y de lo que hemos sido, mientras juegan con nosotros al escondite de los recuerdos por entre las habitaciones de la memoria.

Nos queda una deuda pendiente que saldar con ellos, un compromiso ineludible que contrajimos al quererlos: que aunque puede ocurrir que la vida no sea mejor que esto, estamos obligados a empeñarnos en que lo sea.







Es muy madura para su edad, por eso me ha sorprendido verla llorar tan desconsoladamente. No podía hablar, tan solo asentía lánguidamente a todo lo que le decía cuando, cogida en mi regazo, le preguntaba que qué era lo que le dolía.

Hasta que, quizás un recuerdo perdido, quizás una lágrima más alta que otra, despegó los labios para decir entre sollozos: "quiero irme con mi mamá".

Cualquier otro día sólo hubieran sido gajes del oficio, marañas de niebla que se espantan con una llamada. Pero hoy -¡qué extraño es este noviembre frío y descarnado!- su tristeza me ha dejado helado y para entrar en calor he necesitado rebuscar en la memoria el juego de luces de una chimenea.



DEFENDER LA ALEGRÍA

Él siempre le hace caso, por lo menos lo intenta. Lo que le dice siempre tiene sentido, él siempre se lo encuentra, y lo procura.

Cuando le dijo: "No te instales en la tristeza, oblígate a pasarlo bien. Con lo que puedas, con lo que quieras, y con lo que te dejen", él extendió la agenda, dejó caer al suelo el peso que llevaba y empezó a rellenarla con películas, charlas, alcohol, música y magia.

Y sí, es verdad que así el tiempo pasa más deprisa, que uno se olvida de lo estrecho que deja el corazón un suspiro contenido, de la anchura que sucede a una risa fosforescente o al ritmo de una canción. Pero, más tarde, cuando las luces de la sala se encienden, cuando se oye el motor del coche arrancando, cuando el hielo deja de sonar en la copa, todo vuelve a ser como era, inexorablemente.

Él siempre le hace caso, lo intenta con mucho interés. Aunque no siempre le funciona, pero lo intenta a golpe de agenda y de memoria, a golpe de no darse cuenta de los quienes ni de los dondes, como si así se pudiera modificar la historia.

Lo último que le dijo lo lleva grabado en la retina: "Busca la alegría. Defiéndela, mi vida". Y lo intenta, lo intenta todo lo que sabe.

"Pero, mi vida", le dice en sueños justo antes de acostarse, "es que es muy difícil defenderla sin ti".

martes, 13 de noviembre de 2012

Mi insomnio sin mí

Gritar en el centro de una plaza rebosante de uvas y gente desconocida, ver mi propia casa desde el estómago vacío de un parapente frágil y altísimo o hacer el amor desnudo en la cubierta de un yate, mar adentro, donde la palabra "tierra" haya perdido ya todo su significado.

Son cosas que tal vez intentaría hacer antes de que todo estalle, propuestas de sueños que me urgirían en mitad del huracán último. Tantas cosas que no hice, tantas otras que no dije, muchas más que no sentí.

Es extraño echar de menos todo aquello que no se vivió, como si lo sucedido no bastara nunca. Porque la vida interior es la vida, todas las sensaciones que sí he sentido son las que me han hecho como soy y las que me mantienen vivo.

Así que, por si el tercer acto acude presuroso y de improviso, y me pilla sin afeitar y con el chandal desolado, por si todo ocurre cuando la chimenea se ha vuelto ceniza y la emoción desnuda de tu tacto no pudiera distinguirse del frío de un otoño que se vierte a ras de suelo en un sitio desde el que no se ve mi casa; por si hubiera que susurrar en una habitación vacía y desangelada para no atraer al oído de las paredes y los teléfonos, y hacer el amor medio vestidos en tierra, allá donde la palabra "mar" dejó de existir hace milenios.

Por si no da tiempo a soñar, ni a elegir diez tareas como ofrenda. Por si no hay agua suficiente en el vaso, por si me falla la saliva al intentar decirte todo aquello que nunca podría terminar de decirte, quiero que sepas, hoy, esta noche, que me encantó soñar contigo.

Me encantó soñar contigo.




Isolda

Si alguien sabe de un filtro que excuse mi extravío,
que explique el desvarío de mi sangre,
le suplico:
Antes de que se muera el jazmín de mi vientre
y se cumplan mis lunas puntuales y enteras
y mis venas se agoten de tantas madrugadas
en las que un muslo roza al muslo compañero
y lo sabe marfil pero lo piensa lumbre;
antes de que la edad extenúe en mi carne
la vehemencia, que por favor lo diga.

Contemplo ante el espejo, hospedado en mis sábanas,
las señales febriles de la noche inclemente
en donde el terso lino aulaga se vertiera
y duro pedernal y cuerpo de muchacho.

Ciño mi cinturón y el azogue me escruta,
fresas bajo mi blusa ansiosas se endurecen
y al resbalar la tela por mi inclinada espalda
parece una caricia; y la boca me arde.

Si alguien sabe de un filtro que excuse mi locura
y me entregue al furor que la pasión exige,
se lo ruego, antes de que me ahogue
en mi propia fragancia, por favor,
por favor se lo ruego:
                                  que lo beba conmigo.

(Ana Rosseti)

sábado, 10 de noviembre de 2012

El pájaro irreductible

Había una vez un pájaro posado en una rama, andando a saltitos por ella, aproximándose a un extremo que, si bien todo el mundo sabe que está, nadie quiere ver.

A cada salto, aquel pájaro daba un traspiés y lloraba el dolor acumulado de todos los otros tropezones que le hicieron probar lo rugoso de la madera. Entonces se levantaba después de haber llorado, se atusaba las plumas con esmero y seguía andando.

Los pájaros no lo saben pero, se paren donde se paren, siempre les queda la mitad de la rama. A ratos, pensaba que la vida podía no ser mejor que aquello, que volar era un sueño para los que no pueden dormir.

Entonces se cortaba las alas, dolorosamente, arrancándose las plumas primero y lanzándolas en proverbios hacia el suelo, no con la tristeza del que no espera nada, sino con el desamparo de quien no sabe qué esperar.

Y seguía andando para tropezar de nuevo, justo después de que le crecieran otra vez unas alas y el viento empezara a soplar a favor. Siempre le quedaba el amargor de una rama medio vacía, la acidez de las lágrimas que fermentan y la aspereza imaginaria de los traspiés que daban los otros pájaros de la bandada.

Cada tropiezo era el último, cada par de alas menos ligeras, cada dolor más intenso. Porque la vida puede que no fuera mejor que aquello, cada vez que le crecían nuevas alas, se las cortaba.

Se va acabando la rama —pero siempre queda la mitad— y el pájaro se sigue cortando las alas. No es por miedo a volar, ni a caer al suelo, ni a soltarse del árbol. Sino que se acuerda tanto de todo dolor pasado, de tanto dolor propio y ajeno, que le duele hasta el futuro que no se decide a esperar.

Y puede que la vida nunca sea mejor que esto, sobre todo, si uno se empeña en que no lo sea. Pero el pájaro siempre se levanta, siempre, cada vez, irreductible. Nadie que no espere mejoría se levanta tantas veces aun sabiendo que va a volver a tropezar.

Si bien es cierto que la vida puede que no sea mejor que esto, yo quiero tropezar con ese pájaro. Se parece al de la felicidad y, mientras me lo parezca, será mejor que esto.



ÁNGELUS

Quién me iba a decir que el destino era esto.

Ver la lluvia a través de letras invertidas,
un paredón con manchas que parecen prohombres,
el techo de los ómnibus brillantes como peces
y esa melancolía que impregna las bocinas.

Aquí no hay cielo,
aquí no hay horizonte.

Hay una mesa grande para todos los brazos
y una silla que gira cuando quiero escaparme.
Otro día se acaba y el destino era esto.

Es raro que uno tenga tiempo de verse triste:
siempre suena una orden, un teléfono, un timbre,
y, claro, está prohibido llorar sobre los libros
porque no queda bien que la tinta se corra.

(Mario benedetti, Poemas de la oficina, 1956)

martes, 9 de octubre de 2012

La vida secreta de las palabras

Me habló de su sueño con "tata de tocholate" y tuve que reírme a todo pulmón. Me invitó a asistir a una estancia rural y rechacé la oferta. Me contó sus problemas de intendencia como disculpa para las cervezas y me extrañó su acercamiento a estas alturas de partido.

Me pidió que arreglara un ordenador y le expliqué el mecanismo del enchufe. Me propusieron que arreglara otros dos más y les recordé las precauciones que no habían tomado. Me contó la operación de su madre y me alegré de que ya estuviera en casa.

Me dijo que su hijo estaba mejor y sonreí al saberlo. Me invitó a subir al coche y preferí bajar la cuesta, aunque luego me alegró que, cargado, a la vuelta, me la subiera sin pies.

Me comentó sobre una película con bolero y le recordé un chiste antológico. Me escribió "anexos" y yo respondí con "zafes". Me preguntó cuántos kilos de tomates y le dije que dos. "Fortuna" fue la palabra que le dije mientras me preguntaba con cara de circunstancias. Me dijo sin pronunciar ninguna erre que la tela de mosquitero estaba en la otra tienda y le di las gracias.

Me habló de su infancia valenciana y respondí con una frase genérica. Me dijo que vendría hoy y mañana, y le dije que cuando quisiera. Me pidió un número de teléfono y se lo dí con los dedos. "Bienvenido", parpadeó; y yo le dije "Retirada de efectivo". En tres mensajes apareció mi nombre, en la ventanita de una factura y en la foto de un comentario.

Primero fue "ni hao" y luego "zian jian". Ninnette dice que está embarazada y el señor de Murcia calla. Los muertos vivientes no dicen nada, solo muerden; y ella tampoco dice mucho, solo dispara. Hay que dejar la bellota una noche en agua antes de plantarla, dijo a la audiencia, mientras yo pulsaba el seis.

Estrategias metodológicas rezaba el apartado que borré por accidente. Le dejo escrito en una nota que me cobre los productos de limpieza que faltan. Su pedido ha sido confirmado, decía el email. "Es que no estoy en la casa, luego te lo digo" me dice cuando le pregunto por la cena. Suena el móvil con dos pitidos y al leer reflexiono que las palabras no deberían perderse con el suministro eléctrico. En todo caso, que se pierdan en el aire; o en la traducción.

Se me ocurrió decir algo para matar el silencio y darle ánimos, me respondió con una serie de catastróficas desgracias y un beso. Este texto se titula "la vida secreta de las palabras". Tecleo "palabras", "vida", "secreta", "decir", "contar", "hablar", "comunicación" y algunas otras etiquetas más. Le doy a "publicar".

Entonces releo el artículo y recuento todas las palabras propias y ajenas de hoy. Y echo de menos las que no he dicho, las que no me han dicho. Las pronuncio en voz baja, muy baja, tan sólo para mí; como si esas palabras tuvieran una vida secreta que se deshace cuando, otro yo, las lee o las escucha.

Y muy bajito vuelvo a decírmelas, mientras pienso que a dónde irán a parar -a qué oscuro pozo de memoria, a qué claro manantial del olvido-, todas las palabras que nacen y mueren en este nueve de octubre, y que no me han servido para nada.



Algún día encontraré una palabra...

Algún día encontraré una palabra
que penetre en tu vientre y lo fecunde,
que se pare en tu seno
como una mano abierta y cerrada al mismo tiempo.

Hallaré una palabra
que detenga tu cuerpo y lo dé vuelta,
que contenga tu cuerpo
y abra tus ojos como un dios sin nubes
y te use tu saliva
y te doble las piernas.
Tú tal vez no la escuches
o tal vez no la comprendas.
No será necesario.
Irá por tu interior como una rueda
recorriéndote al fin de punta a punta,
mujer mía y no mía
y no se detendrá ni cuando mueras.

(Roberto Juarroz)

domingo, 7 de octubre de 2012

Mensaje en una botella

Es verdad que no parece mucho,
solo un mensaje de naufrago
tirado al mar de la distancia,
aparecido apenas entre las letras
rigurosamente raras que practico
encadenando versos
                             a la deriva.

Cada vez que todo se derrumbe
o sientas el vértigo del abismo,
no dejes de entender su secreto,
tácito pero cierto, limpio. Tú sólo
intenta llevarlo de la mano contigo,
guardarlo en el corazón desamparado
o en la memoria
                      de la noche.

Verás que el mensaje no se borra
incluso aunque le llores miedo encima;
disipa con él tus sueños amargos de ceniza,
ábrele paso hacia las nuevas olas
                                              que se avecinan.




Que el azar me lleve hasta tu orilla,
ola o viento, que tome tu rumbo,
que hasta ti llegue y te venza mi ternura.

(Darío Jaramillo Agudelo)


sábado, 6 de octubre de 2012

Reír a lágrima viva

Cuando observo a la gente me fijo mucho en cómo ríen. Hay risas forzadas y risas que parecen florecen en la cara. Hay risas tímidas, hay quien ríe como por dentro y hay risas que explotan como una burbuja.

También he visto reír a lágrima viva, he visto reír compulsivamente empujado por los nervios o soltar una carcajada después de sentirse apuñalado. Por eso no creo que haya una risa sea más sincera que cualquier otra. La risa es un arma y puede usarse para defender la alegría o para matarla.

¡He reído por tantas cosas! He reído para intentar comprender el mundo, he hecho reír para conquistar un beso, he reído por no llorar. He reído para ablandar el corazón de otros y he reído para que no se me note la cobardía.

Ahora todavía me río por lo mismo, y por alcohol y por maría. Pero he decidido elegir con quién me río. Supongo que en eso también hay algo de coquetería, que los huecos de las muelas que ya no tengo ayudan a reír en público con media boca.

Nunca me hicieron gracia los tropezones ni los chistes verdes. Pero cuando algo me produce ese cosquilleo que antecede a la carcajada, entonces tengo que huir a cobijarme en alguien para reírme a todo pulmón, porque reír hiere o es poco educativo o requiere a otro alguien que se ría también.

Reír solo es mucho más triste que llorar sin compañía. Porque llorar a solas es darse cuenta de que no te han entendido. Pero reír sin nadie alrededor es saber que no van a entenderte nunca.

Sin embargo, cada vez me río menos. No sé si es hormonal o producto de la experiencia, de este haber visto ya de todo, tan de todo, que la risa prescribe. O tal vez me haya vuelto insensible al sentido lúdico de la vida.

Aunque la razón más probable para que mengüe mi risa estriba en este ir perdiendo la inconsciencia, en esta manera de ir aprendiendo que, cada vez que me río por algo, en realidad, me estoy riendo de mí mismo. Y ese modo de autocrítica es muy sano, no digo que no, pero se acusa el golpe y prefiero dejar que la risa se diluya en la rutina. O en todo caso, sonreírme a mí mismo, como si me perdonara.

Lo que no he conseguido nunca, y no creo que nunca consiga, es reír sin gana. Y sin gana, tampoco he conseguido hasta ahora llorar.

Espero dar alguna vez con alguien que sea capaz de reír y llorar a la vez. Me encantaría aprender poco a poco.



AL OTRO LADO

Te digo que esta vez lo digo en serio.
No consigo dormir, me asusta el tiempo
que tengo que pasar sin ver tu risa
liviana apoderarse de la casa.
Noche tras noche vienes y me dejas
más sólo que la luna. Ese recuerdo
me basta para hacer un melodrama
del día que me espera, sin un beso
que llevarme a la boca. Mi mujer
no sospecha de ti; sólo pregunta
de dónde ese aire huérfano, esa leve
sonrisa que me vuelve transparente
me llegan

y hacia dónde me conducen.
Ya no voy a fingir. Hoy es el día.
Esta noche nos vemos para siempre.
Cruzaré en un descuido la pantalla.
Me quedaré contigo al otro lado.

(Eduardo García, No se trata de un juego, 2004)

jueves, 6 de septiembre de 2012

Inflexión

De todos los allí segados por el tiempo
en los que alguna vez estuve,
ahora ya estoy al otro lado.

Los miro despacio, ausente,
desafiando el salto,
acusando el vacío agudo y pequeño,
el vértigo, este remolino
de haber vivido tan solo
aquello que consigo revivir.

Como el niño sacado a punta de reloj
de la tarde de juego en el parque
que ve, durante un instante,
a través de la ventana,
el pulular de otros niños
que siguen jugando como si él
no hubiera estado nunca,
entiendo lánguidamente
que recordar es hacer recuento
de todo lo que se ha perdido sin remisión.

Soy lo que se me ha ido,
la imprecisa retahíla
de eso que recuerdo que fui
-y que es mentira-.
Pero si pudiera tocarlo nuevamente
y quedar impune, y salir indemne,
tal vez, entonces,
este mismo hombre que se lamenta en verso
podría dejar de ser lo que recuerda
y empezar a ser lo que le espera.




CRISTALES EMPAÑADOS

Se fue, no tan despacio que no hubiera
un desajuste tenue en la calima
del asfalto, y su falda
parecía más triste en el andar y hubo
como una duda, o tal vez no, y la acera
se fue estrechando al alejarse y, luego,
pareció, quizás fuera
su delgadez, sus hombros, que no iba,
que volvía a la infancia, y en la calle
apenas cabía el sol y mi mirada
y una música urbana que, tan joven,
surgió de un bar con soledad y miedo.
¿Te veías tú, acaso, dime, como
si te pudieras ver, de espaldas, sola,
pegada a la pared, andando, yéndote?

Me fui. Recuerdo que el vacío
aquél era ya parte
de mí. Porque me estuve yendo
todo el tiempo que, arriba, la buhardilla,
cama deshecha, sábanas con restos
de calor, vasos, deja
ya de fumar, me estuve
dejando ir en no querer ser pasto
de ciudad, y las calles
y el ruido estaba en mí y tus ojos, habla,
¿por qué te vas?, estaban
alrededor de mí; ser pasto
de ventanas cerradas, un quejido
o una sirena a media noche, esquinas
donde comprar la nada, el estallido
de la nada, acompáñame, me estuve
yendo de mí todo aquel tiempo tan hermoso.

Se fue y era de noche
en torno a su cintura y sus vaqueros
gastados. La bufanda, con su historia
ella también, entretejida, daba
una vuelta a la tibia
cadencia de su cuello y la seguía
a través de la lluvia y algún perro
y la insolente luz de los semáforos
poniendo en orden el desierto y, lejos,
la otra oscuridad, la que está hecha
de violencia y portales y mugrientas
escaleras.

Me fui de tanta prisa
por conocer, de tanto estar contigo,
de tanta juventud, frío empañando
los cristales, de tanto amor, la estufa,
libros y discos en desorden, altas
madrugadas del beso, tus preguntas,
café para el cansancio, las paredes,
tu pelo, el desconcierto de estar vivo.

Toda esta vida me sostiene ahora.
Todo este tiempo aquél que es lo que tengo,
lo único que tengo. Tanto irse,
tanto perder, tal desapego,
tanta sinceridad, tan armoniosa
desventura, tan sabio desvarío,
tal desesperación, tanta belleza.

(Rafael Guillén)

jueves, 16 de agosto de 2012

Causa perdida

En esta vida ordenada que llevo
de ir a trabajar todos los días,
de perder la tarde en tonterías
y por las noches el sueño,
en esta vida simple y liviana
que todo me lo toma en serio
pero se ríe de mí desde el espejo
con las casualidades que me manda,
en esta vida tan predecible
de palabras viejas y ya consabidas,
de presencias mil veces repetidas
rellenando los huecos de lo posible,
en esta vida cómoda y acomodada
que ya no recuerdo cuando preferí,
en esta vida que se limita a vivir
sin querer saber lo que me pasa,
en este miedo de vida
que todo el mundo me perdona
y en la que yo perdono a todas horas,
todas las noches, todos los días,
en esta vida que tengo a medio hacer,
ya sólo me quedas tú, vida,
y eres la última causa perdida
que me queda por perder.



viernes, 27 de julio de 2012

Actos íntimos en el parque

Mientras yo le bordeaba los costados, la noche tenía ya encendidas las luces del parque. Iba enfundado en lo oscuro de la chaqueta y escondido tras la barba a medio afeitar, mirando a todas partes, pisando en cualquier sitio, buscando una hora y no un lugar.

No me vieron desde el coche rojo que había aparcado, allí, justo delante. Yo tampoco quise mirar cuando vi a los ocupantes aproximarse hacia un abrazo y juntar los labios. Los besos y los abrazos son actos íntimos, aunque se realicen en público o con publicidad.

Un recodo más allá, sobre el segundo banco de la derecha, según se mira hacia el ciprés solitario que se aburre entre tanto boje, dos chicas consolaban con media voz y gesto aterido a una tercera que lloraba. No quise mirar cuando suspiró con fuerza para poder así renovar el alivio de los pulmones. El llanto es un acto íntimo, aunque se prefiera el consuelo de hacerlo entre amigos.

Me crucé con el joven sin darme cuenta, sin previo aviso. Quizás salió de un coche recién llegado. Yo iba mirando a la chica delgada y con pelo largo que salía del portal con el móvil abierto, asintiendo con la cabeza y apretando el paso, como si huyera, hasta perderse detrás de una esquina.

El joven tampoco me vio, porque no estaba mirando. Tenía la vista perdida en un punto infinito de la calle, como si le hubiese prestado el alma al interlocutor que se adivinaba en su mano inmóvil sobre el oído. No quise mirar cuando esbozó una sonrisa y se detuvo para envolverse en su propia sombra, un poco más allá de la farola de luz desvaída. La sonrisa es un acto íntimo, aunque se ejecute en público y sean otros quienes la provocan. Y también la huída.

Sé perfectamente que nadie me vio, que no quisieron mirar cuando vacilaron mis pasos dirigiéndome lentamente hacia ninguna parte. Porque la vida es un acto íntimo, aunque suceda en la noche de un parque desconocido y ante los ojos atónitos o distraídos de los demás.

Pero escribir es un acto público, por más que se le procure un entorno solitario y se realice en la más estricta intimidad. Y llegados a este renglón públicamente juntos, aunque quisieras, no podrías negar que has querido mirarme más adentro. Ni yo tampoco podría decir que eso no me reconforta.



POÉTICA

Yo sé que estoy aquí
para escribir mi vida.
Que vine poco a poco
hasta esta silla.

Y no quiero engañarme.

Sé que voy a contártela
y que será mentira:
Sobre la mesa sucia
una gota de tinta.

(Ángeles Mora, Contradicciones, pájaros, 2000)

viernes, 6 de julio de 2012

Contrariado

Acabo de llegar al sitio en el que los días laborables se convierten en un extraño y los días de fiesta atacan con su lucha perenne de soledad contra multitud.

Yo estaba desterrado de las mañanas abiertas. Madrugar hacía más trascendente mi insomnio y más digna de compasión mi temprana y abrupta manera de abrir los ojos y la boca, atiborrando al mundo de malhumor y despertadores.

Mi descuido en el atuendo tenía el salvoconducto de la urgencia, la barba sin cuchilla crecía con la excusa de las sábanas que se enredan tras una noche de duermevela. El desayuno era una droga, que tomaba a sorbos para espantar el inquietante correr de las manecillas por mis venas.

La vida, entonces, empezaba por la tarde, los días tenían menos horas para el despilfarro y la memoria, el mundo se apagaba pronto y los bares cerraban justo a la hora necesaria.

Llegar a la noche era empezar el refugio, sentir la pulsión de lo que está a punto de acabarse y querer apurarlo entre letras contra toda norma higiénica y de buenas costumbres. Buscar bajo la luna el minuto de cielo que traen todos los días y envejecer en la espera de una carta que no siempre llegaba, que no siempre era de amor.

Y no quiero hacer todo eso que dejé abandonado con la excusa de ponerme a hacerlo en estos días vagos -vagos por imprecisos-, porque ando mal de bolsillos y no quiero pagar deudas del pasado que no hayan sido de juego. Ordenar la montaña de los tristes papeles que resumen la existencia en un consumo me parece tan estúpido como contar estrellas bajo techo. Y sin embargo, prefiero lo último, por supuesto.

Pero es verdad que todos deseamos a veces que la vida pare, que deje de gruñir un momento, que no nos arañe más los pensamientos, que nos deje libre la garganta para llorar a gusto y deshacer los nudos que se nos han ido haciendo poco a poco. O para reírse de las cosas tan tontas que nos tienen el corazón atornillado al suelo y las ganas puestas de rodillas.

Por eso, procuro que estos días completos no tengan nada que ver con el tiempo de trabajo. Mis vacaciones consisten en hacer las cosas muy despacio y de una en una. Elegir el orden de actuación y dejar abandonadas para cuando vuelva el trabajo todas esas cosas para las que ahora no tengo tiempo.

Quizá, últimamente, voy haciendo las cosas tan de una en una y tan despacio, que te agobia mi mirada de relojero. Quizás tan despacio y tan de una en una, que te agoto, que te oprimo, que te sacudo. Quizás estoy tan de vacaciones y puedo soñar tan despierto, que no te dejo respirar.

Estoy contrariado por el efecto, por la falta de cálculo, por la lentitud con que pasan los días en el desierto. Estoy contrariado porque he hecho las cosas tan despacio y tan de una en una, que no he tenido tiempo de hacerte soñar escribiendo.

Y eso es algo que no quiero dejar de hacer.



LAS TARDES

Ya casi no recuerdo las mañanas,
su tiempo azul y claro,
lejos quedan, perdidas en colegios
o en piscinas extrañas e indolentes.

Porque sentimos duro el despertar
retrasamos ahora
la luz que nos fatiga los despegados ojos.
Y es un destino oscuro el de las tardes,
en ellas aprendí que llegará la noche,
y que es inútil
cualquier esfuerzo por burlar la historia
equivocada y triste de los años.
He vivido en la espera absurda de la vida,
cuando he gozado
ha sido con reservas; amé creyendo en el amor
que habría luego de venir, y que faltó a la cita,
y renuncié al placer por la promesa
de una dicha más alta en el futuro incierto.

Pero los días, al pasar, no son
el generoso rey que cumple su palabra,
sino el ladrón taimado que nos miente.
Con su certeza
nos convierte la edad en más mezquinos,
nos enseña a amar lo que nos duele,
las cosas más pequeñas, aquello que ahora somos
y tenemos: la música suave, nuestros cuerpos,
el calor de la estancia y el cansancio.
Buscamos la derrota de las tardes, su tregua
en la exigencia vana de una gloria
que ya no nos seduce. Nos convierte
la edad en más obscenos, y aceptamos
cualquier regalo aunque parezca pobre:
esa boca gastada por el uso, tan dulce aún,
el fuego antiguo y leve de la carne,
los viejos libros, los amigos justos,
un poema mediocre, pero nuestro,
y la costumbre extraña
de ser al fin felices en la sombra.

Es un destino oscuro el de las tardes,
pero también hermoso
y breve como el paso de los hombres.

(Vicente Gallego, Los ojos del extraño, 1990)

domingo, 17 de junio de 2012

La quinta quimio

Desde aquella noche de hace tanto tiempo, me trataste como a un amigo. Reímos y lloramos, por cartas, por sentimientos, por adolescentes. Cinco minutos que me cambiaron la vida.

Más tarde nos separaron los caminos distintos que cada uno buscó. Varios reencuentros, todos alegres. La vida que a cada uno lo manda a un sitio distinto, cada cinco minutos.

El último reencuentro fue hace seis meses en la consulta del especialista. Lo mío, ya sabes, la tensión, y lo tuyo, ya sabes, nada grave, que no dan con la tecla. Entraste hacia el diagnóstico, cinco minutos después del mío.

Cinco quimios después, no hemos podido despedirnos. La muerte es parte de la vida, pero cuando se altera el orden natural de las cosas y son los padres los que tienen que enterrar a los hijos, entonces la vida es una catástrofe que nadie entiende.

Nadie entiende, pero hay que defender la alegría. Y recordar aquella tarde, aquella guitarra, aquel abrazo y aquellas lágrimas brutas, orondas, repletas de despedida. Hay que defender la alegría porque la vida puede cambiarte en cinco minutos.

La vida cambia cada cinco minutos, Salva, aunque sólo sea para seguir lo mismo. A mí no me importan los herederos, ni los testamentos, ni saber si van a hacerme cenizas y a rociarme sobre una roca.

Yo sólo pido, cuando lleguen esos cinco minutos que me cambien la vida, pido tu suerte: la de poder agarrar con fuerza una mano que amar y que me ame. Y después, cerrar los ojos y que el río siga pasando por debajo del puente.

Creo en la muerte pero, aunque sé que me ronda detrás de cualquier esquina, no quiero dejar de creer en la vida. Por eso, entretanto, quiero hacer planes, cumplir sueños, estar contigo hasta en los cinco minutos últimos.

Deseo que la muerte tarde en llegar y que cuando llegue me encuentre completamente vivo.

Adiós, Salva. Qué no daría ahora por la memoria de un último abrazo que ya no podré darte.




ELEGÍA DEL RECUERDO IMPOSIBLE

Qué no daría yo por la memoria
de una calle de tierra con tapias bajas
y de un alto jinete llenando el alba
(largo y raído el poncho)
en uno de los días de la llanura,
en un día sin fecha.
Qué no daría yo por la memoria
de mi madre mirando la mañana
en la estancia de Santa Irene,
sin saber que su nombre iba a ser Borges.
Qué no daría yo por la memoria
de haber combatido en Cepeda
y de haber visto a Estanislao del Campo
saludando la primer bala
con la alegría del coraje.
Qué no daría yo por la memoria
de un portón de quinta secreta
que mi padre empujaba cada noche
antes de perderse en el sueño
y que empujó por última vez
el 14 de febrero del 38.
Qué no daría yo por la memoria
de las barcas de Hengist,
zarpando de la arena de Dinamarca
para debelar una isla
que aún no era Inglaterra.
Qué no daría yo por la memoria
(la tuve y la he perdido)
de una tela de oro de Turner,
vasta como la música.
Qué no daría yo por la memoria
de haber oído a Sócrates
que, en la tarde la cicuta,
examinó serenamente el problema
de la inmortalidad,
alternando los mitos y las razones
mientras la muerte azul iba subiendo
desde los pies ya fríos.
Qué no daría yo por la memoria
de que me hubieras dicho que me querías
y de no haber dormido hasta la aurora,
desgarrado y feliz.

(Jorge Luis Borges, La moneda de hierro, 1976)

miércoles, 13 de junio de 2012

Algunos

Cuando ella las pronunció, en ese tipo de secuencia de plano contra plano que a veces parece simular que el espectador es un privilegiado contertulio de los protagonistas, sus palabras se me quedaron dentro de los oídos.

Sabía que, tarde o temprano, escribiría sobre ellas, que me iluminarían un trocito de pensamiento en los días siguientes y, aunque resultaran difíciles de asimilar sin poner algunas importantes objecciones, algo de ellas me llamaba.

"Algunos de los mejores momentos de la vida, fueron errores", decía Uma, clavándome su mirada azul sobre el sofá. Una contradicción, una paradoja, una frase comercial, un pensamiento inútil... quizás, sencillamente, una mentira.

Más tarde, cuando te hacen saber del ridículo que vino dos días después de haber sentido un alivio que tú hubieras vuelto a balbucear con alegría, piensas en los errores, en cuál es el motivo, la causa, que convierte el efecto positivo en negativo. En dónde está la línea que divide los errores de los aciertos y, sobre todo, en cuándo unos se transforman en otros.

Se me ocurre que los mejores momentos, esos que guardo dentro de una cajita del pecho, no son errores ni aciertos, y que nadie debería tener poder suficiente, ni siquiera uno mismo, para convertirlos en naufragios.

Porque no sabemos lo que sentiremos en el futuro, porque no sé lo que escribiré mañana, quiero mantener en la tinta de hoy y en el papel que atraviesa el tiempo las palabras que digo, para que me recuerden lo sentido antes de que la memoria y la luz de otros tiempos las conviertan en mentira.

Y, al respecto de la película, se me ha ocurrido modificar la frase para hacerla verdadera y escribir aquí, como contradicción, como paradoja, como frase comercial, como pensamiento inútil, quizás, como mentira, que algunos de mis mejores errores, primero fueron aciertos.

Aunque la verdad que nunca podrá ser mentira, el acierto que nadie trocará en equivocación, es que algunos de los mejores momentos de mi vida, los he vivido en ti, por ti, contigo.



AUTOBIOGRAFÍA

Como el náufrago metódico que contase las olas
que faltan para morir,
y las contase, y las volviese a contar, para evitar
errores, hasta la última,
hasta aquella que tiene la estatura de un niño
y le besa y le cubre la frente,
así he vivido yo con una vaga prudencia de
caballo de cartón en el baño,
sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
sino en las cosas que yo más quería.

(Luís Rosales, Rimas, 1951)



COLLAGE

Ligeras cruzan las edades, hay quien las cuenta en días,
y a través de su lluvia y su ceniza
cada vez más difícil resulta el resistirse
al perezoso vivir animal de la costumbre.
No sé por qué los versos que ahora escribo
parecen versos clásicos, y total para decir
que si después de tanto tiempo aún hoy
aprieto tu recuerdo entiendo que
estoy condenado
a naufragar todos los días
con la vejez que da el saber
que aunque me he equivocado en todo
esto es algo que especialmente he hecho
en lo que más quería.

(Santiago Montobbio, Ética confirmada, 1990)

lunes, 4 de junio de 2012

Por si luego no puedo

Voy a pronunciar "amor",
por si luego no puedo, por si luego
una ceniza se me atraganta,
por si luego
la lengua se me llena de espinas
y se me parte en demonios.

Voy a pronunciar "vida",
muchas veces, por si luego no puedo,
por si luego el corazón se me estriñe y los días
me pasan por encima como losas de marfil
o la memoria se me pierde en un instante
que no pudo ser el verdadero.

Voy a pronunciar "siempre",
aun sabiendo que no llegara el día,
por si luego no puedo, por si luego
no es luego sino nunca,
por si luego
todo lo que quede de mí sea una mentira
tendida a la intemperie.

Voy a pronunciar "ven conmigo",
en voz alta, muchas veces,
por si luego no puedo encontrar una llamada
que escuchar desde tus labios.

Y voy a pronunciar "lágrima",
por si luego no sé, por si luego
la lluvia de sal me inunda
y sigo sin saber nada
de todo lo que dices que sé.



POEMA DOBLE DEL LAGO EDEM

...Quiero llorar porque me da la gana
como lloran los niños del último banco,
porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja,
pero sí un pulso herido que sonda las cosas del otro lado.

Quiero llorar diciendo mi nombre,
rosa, niño y abeto a la orilla de este lago,
para decir mi verdad de hombre de sangre
matando en mí la burla y la sugestión del vocablo...

(Federico García Lorca, Poeta en Nueva York)

sábado, 12 de mayo de 2012

Sólo mis sueños crecen conmigo

En las fotografías que miro
de un tiempo que ha dejado de ser tiempo
para transformarse en una sensación,
puedo palpar la verdad de los kilos,
levantar acta de una historia de cabellos blancos
y deshacer el enigma de los sitios.

Parece que soy yo quien cambia,
pero lo cierto es que la vida cambia alrededor
envejeciendo las pieles que acaricio,
arrugando los labios que beso, deformando
el pozo de los pechos a los que me asomo,
destintando los cabellos en los que pierdo
estas manos que ya no reciben como entonces
la química del amor en los parques solitarios.

Sólo el insomnio permanece. La inconsciencia
se ha vuelto decrepitud y nostalgia,
los amigos son cada vez más tiernos
que su recuerdo.
No soy yo el que cambia, son ellos,
es la vida la que cambia a mi alrededor
como un torbellino que me arrastra
hacia el acto final sin testigos.

Todo mengua lentamente: el espíritu, la rabia,
la importancia de las cosas que se disuelve
en el paso de los días rutinarios.
La esperanza hace aguas, el tumulto se aclimata
a unas pocas tardes de abril
que me llegan en desbandada, como si huyeran
hacia adelante.

Me falta aire, el espacio se me agota. Sólo mis sueños
crecen conmigo cuando te metes en ellos
no sé bien por qué resquicio,
pero del resto del mundo todo me falta
-la memoria, el presente, el desconcierto-,
y todo me queda estrecho como un abrigo
heredado a destiempo.

Parece que soy yo quien cambia,
pero es la vida la que cambia a mi alrededor
apretándome sobre mí mismo.
Sólo mis sueños crecen conmigo,
supongo que porque ocupan
el lado de la cama en que no estás.



LA AUSENCIA

Cuando el amor se va,
parece que se inmensa.

¡Cómo le aumenta el alma
a la carne la pena!

Cuando se pone el sol
lo ahondan las estrellas.

(Juan Ramón Jiménez, Canción, 1936)

lunes, 7 de mayo de 2012

Sueños a medida

Duermo mal. Hay cosas
que si no se aprenden en la infancia,
luego nunca se hacen bien.

En esos ratos de duermevela,
como un fogonazo de esperanza,
descarrilan los trenes de la memoria
y el azar enfunda su machete.

Supongo que sueño, pero jamás
he conseguido recordar una historia.
Lo peor es que nunca puedo
conmover hacia el misterio
a quienes escucharían con gusto de mi boca
un pasaje febril, una caída,
un tormentoso episodio,
una lujuria familiar.

Pero es en ese momento, despierto,
con los ojos cerrados a la oscuridad
y atravesado por los ruidos de la noche,
cuando simulo el artificio de otra vida,
que no me vive más que por dentro
y que pugna por salir.

Me fabrico mis sueños a medida,
sueños que no podría contar
en ningún auditorio, por el pudor
que me produciría saber lo que significa
cada fotograma y, al mismo tiempo,
hacerte creer que no.

Para mentirte prefiero mil veces
el día a día, el trabajo, la sombra
de todas aquellas palabras que me dices,
esos silencios espesos que otorgan
o este hálito sutil de la poesía.

Miento mal. Sueño mal.
Hay cosas que no pueden aprenderse.



A MANO AMADA

A mano amada,
cuando la noche impone su costumbre de insomnio
y convierte
cada minuto en el aniversario
de todos los sucesos de una vida;

allí,
en la esquina más negra del desamparo, donde
el nunca y el ayer trazan su cruz de sombras,

los recuerdos me asaltan.

Unos empuñan tu mirada verde,
____________________________otros
apoyan en mi espalda
el alma blanca de un lejano sueño,
y con voz inaudible,
con implacables labios silenciosos,
¡el olvido o la vida!,
______________________me reclaman.

Reconozco los rostros.
_______________________ No hurto el cuerpo.

Cierro los ojos para ver
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo:
_______________________la memoria.

(Ángel González)

martes, 10 de abril de 2012

Me preguntaste

Me preguntaste que si en eso era en lo que se notaba la edad y que nos vamos haciendo viejos, y estuve de acuerdo.

Que el cuerpo responda lentamente a la tensión de las pieles, que empiecen a aparecer los excesos hechos arruga o estría, que todo duela más mansamente, que venga la acidez de lo perdido. Que tengamos más pasado que futuro y que el tiempo de recordar nos pellizque los planes. O que nos llamen de usted por la calle.

Parece como si todo hubiera ya sucedido, como si aquello que puede marcarnos ya estuviera cicatrizando. Aquel beso, aquella curva, aquel miedo. Aquella chica, aquellos exámenes, aquel pudor, aquel deseo.

Hace tanto tiempo de eso que nos hace reconocernos vivos, que damos por deshecha la chispa, por extinguido el hervor, por amansada la fiera. Como si ya no tuviéramos edad para seguir vivos y coleando.

Recuerdo (y en eso se nota la edad, parece) que cuando viví aquel tiempo, no tenía conciencia de que me estaba cambiando la vida. No parecía que pasara nada especial y, sin embargo, lo recuerdo (y en eso se nota la edad, parece) como un terremoto visceral que removió todos los sueños.

Pero ahora sí sé que vivo en el momento exacto. Sé que lo que me ocurre ahora, que esta brisa en la que estoy inmerso, en no mucho tiempo la recordaré como un vendaval. Y sabré si sólo me alborotó el pelo -¡qué amarga metáfora!- o me arrancó todas las hojas del calendario de cuajo y puso otras en su lugar.

Me preguntaste que si en eso era en lo que se notaba la edad y que nos vamos haciendo viejos. Pero, después de haberlo pensado un poco, ahora ya no estoy de acuerdo. En lo que se nota el paso del tiempo, no es en los cuerpos, sino en este ir perdiendo la inconsciencia, que era el mejor de todos los regalos que nos dio la vida.

Mejor regalo que los sueños, mejor regalo que la esperanza, mejor incluso, que el regalo del amor.



RECUERDA

Hermosa vida que pasó y parece
ya no pasar...
                             Desde este instante, ahondo
sueños en la memoria: se estremece
la eternidad del tiempo allá en el fondo.
Y de repente un remolino crece
que me arrastra sorbido hacia un trasfondo
de sima, donde va, precipitado,
para siempre sumiéndose el pasado.

(Jaime Gil de Biedma, Volver, 2000)

jueves, 5 de abril de 2012

Buenos días

Buenos días, sólo eso.

Tal vez abril sea para vivir y no para tenerle miedo, si es que son cosas distintas.

La vida puede transcurrir sin que aparezca eso que tanto esperamos, puede agotarse sin encontrar aquello que le dé sentido a este remolino de idas y vueltas, a este descontrol de vaivenes y tumultos que hace latir desacompasados corazones, pulmones y cabezas.

Sin que aparezca pero, en tanto lo esperamos, mientras encontramos un brillo que nos distinga los ojos, hay que atender los asuntos cotidianos, la breve historia de aquel recibo, el dilema del paraguas y si toca pescado para la cena.

Cada mañana, la vida nace pequeña y las pequeñas cosas se confabulan para aparcar el caos en doble fila y dejar que algún hilo de luz se hilvane en los sueños. La vida nace pequeña y nosotros nos hacemos pequeños con ella deshaciéndola en pequeños actos de amor imposible, actos inexactos de emoción aprendida, tan arbitrarios como el idioma en que los pronunciamos.

El patio necesita unas horas de cocción, los platos de anoche piden a gritos un planchado. Habrá que hacer la cama de uno como si hubiesen dormido dos. Encontrar las palabras para felicitar a quien corresponda y entregar regalos, buscar tiempo para esperar llamadas o hacerlas, saltar hacia la luz para salir del agujero y estirarse un poco antes de caer en el próximo.

Si son cosas diferentes, abril es para vivir y no para tenerle miedo. Y para olvidar un poco, soñar mucho, embeberse en las rutinas y salir de ellas de tanto en tanto.

Buenos días, vida. Sólo eso.



domingo, 26 de febrero de 2012

Esto no me había pasado nunca

Quizás mañana me ocurra una de esas cosas que no me han pasado nunca.

Llevo ya, en relativamente poco tiempo, una buena colección. Incluso creo que se aceleran, aumentando esa sensación de que los días se me van escapando por entre los dedos.

Y no todas son malas, qué va, ni pensarlo. De hecho, esas malas, esas que tanto tiempo ignoré con la maravillosa despreocupación de quien cree que solo le pasan a los otros, esas cuya llegada tanto temí en otros momentos, no son tan terribles.

El miedo agranda, como una enorme lupa, todo lo que se ve a su través. Pero luego, sí, duele, no digo que no, pero todo pasa a segundo plano cuando se hace cotidiano y hay que adaptarse. Los seres humanos padecemos muchos sufrimientos, a veces insufribles, intentando evitar otros que nos parecen mayores, pero que luego no lo son.

Eso me dicen, que ya no soy joven, que tengo historia, que mis enfermedades están escritas en el DNI y que ha llegado el tiempo de "es la primera vez que me pasa esto".

Pero si no soy joven, si tengo historia, también tengo planes, sigo pendiente de los sueños, me deshago en proyecciones e intento tomarme esos inconvenientes del DNI con el humor que puedo. Sobre todo, quiero terminar de aprender que es una soberana estupidez sufrir para no sufrir. Si es que toca padecer, al menos, que sea por aquello que quiero, acierte o no.

Pero quisiera dejar constancia que, la mayoría de esas "primeras veces" que ahora me ocurren, han sido agradables antes que traumáticas. Estoy a régimen, pero de tanto en tanto como. Estoy solo, pero de tanto en tanto alguien me pide que mire a la luna con su risa de Chesire. Tengo la tensión alta y sus secuelas, pero cuando me haces reír, se me baja. Igual que se me suben a la cabeza los vapores de tu piel.

El caso es que vivo por la curiosidad de saber qué me está pasando. Cada duda sigue teniendo su paisaje, cada miedo su escenario, cada deseo se topa con la horma de su zapato. Cada día tiene su después. Cada esquina que se dobla trae un misterio que hay que resolver.

No sé por qué, pero el caso es que quizás mañana me ocurra una de esas cosas que no me han pasado nunca. Espero soñarla a tiempo y luego vivirla bien.



MIÉRCOLES. DÍA DEL ESPECTADOR

No se descarta que al salir del cine
una pareja cuente con nuevos enemigos.
La pelicula es mala,
las sombras buscan cuerpos para encontrar deseos,
se oyen voces de actores,
imágenes dudosas,
pero los labios son materia viva
en las butacas observadas
y los botones pierden su vergüenza.
Suena un disparo inútil,
la camisa deshecha,
la mano que naufraga entre los muslos.
Se persiguen dos coches por tus hombros
y estalla un edificio,
una lengua de fuego en la ventana,
llamas que desesperan vientre abajo,
el pelo negro por la mano abierta,
negro como la vida en la pantalla,
como el silencio del actor que mira,
del acomodador,
del público encendido.
Ya no tienen edad para estas cosas,
comenta el matrimonio da la última fila.
Y pienso que es verdad. No se descarta,
no se descarta que al salir del cine
una pareja cuente con nuevos enemigos.

(Luís García Montero, Completamente viernes, 1998)