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viernes, 6 de enero de 2012

Mujer con abrigo

Como siempre pasa, lo importante es lo que sucede por dentro, lejos de las miradas de los testigos, aquello que se diluye o se agita en el corazón.

La misma mujer, no sé si el mismo abrigo de tres años atrás. No parecía por el envoltorio cotidiano que cupiese dentro tanta imaginación, tanta piel, tanto encanto. Nada hacía sospechar que su reticencia a los labios era sólo el lazo con el que terminar de adorar el regalo.

No nevaba, el sol aún se defendía del horizonte y apareció como por arte de magia. Cuando, después de la maniobra se acercó de puntillas y me dijo "puedes desenvolver tu regalo", yo no podía imaginar cuánto rojo, cuánto blanco, cuánto sueño descalzo delante de mis ojos.

¡Qué suerte la de los regalos! Recibirlos por la sorpresa, mirarlos con ojos de plato, besarlos contra otros labios blandos, lamerlos para golosina o enfundárselos como un guante de piel que acaricia por dentro cada vez que tocas el cielo.

El mismo abrigo, no sé si la misma mujer de hace tres años. Un abrigo que sirvió de puerta, de lazo, de suelo y de escenario para la obra. Pocas palabras cada doce segundos, ni humo, ni nieve, ni frío. Pero su faros como dos ojos abriendo y cerrando el mundo para los míos.

Cuando me dio el alto, cuando se quitó el abrigo para volvérselo a poner, cuando sonrío al patio con pasos cortos hacia la tarde siguiendo su camino, me dejó con mi precioso regalo deshilachando en palabras la memoria con la que escribo.

Tres años de distancia separan los dos abrigos. Ni era la misma mujer, ni la misma prenda, ni siquiera yo tampoco era el mismo. Sólo permanecen aquellos corazones antiguos y un hilo que los une y que, de tanto en tanto, se retuerce sin romperse.

Regalo y presente, envueltos en una mujer con abrigo. Pero no voy a mencionar, porque a nadie le incumbe, si el color del abrigo sigue siendo el mismo que el de la melancolía.




MUJER CON ABRIGO

El humo estático de una chimenea se deshilacha en algodón sobre la montaña.

Las motas blancas atraviesan un cielo gris que se deshace en frío. En un frío silencioso que interrumpe todas las conversaciones, frío de testigos que juegan a palpar sueños de madera, frío de piernas juntas y palabras intermitentes.

Por detrás de la nieve, se desliza una mujer con abrigo y la habitación se torna blanda y apartada del mundo. Faros son sus ojos, porque atraen y avisan, porque miran de fuera adentro cada doce segundos.

Migas de cielo se desparraman por el patio, como si quisieran las nubes dejar un rastro efímero. Mosquitos blancos que pululan el frío, este frío asimétrico de cristales entornados, patios vacíos y maderas yertas.

Ráfagas de palabras abiertas que alimentan otros sentidos en cada doce segundos de poesía, vuelven a conducir al desorden del principio, mientras el tiempo se agota, se va agotando lentamente y no se rompe este frío.

La mujer nieva afuera con pasos cortos, cruzando el patio de mosquitos, con sus faros como dos ojos, pero deshecha ahora del peso del abrigo.

Mientras cruza el humo testigo desde la montaña, me deshilacha en renglones las palabras con las que escribo.

(Otro mundo, Otra vida, Otro sueño de enero)

sábado, 24 de diciembre de 2011

Noel

El tipo gordo no, ese no. Ni aunque me lo quieran pintar con barbas de quita y pon, ni por mucho que entienda de chimeneas, no.

Que si los renos, que si los duendes, que si el trineo. No, a mí no me la van a dar con queso, no. A pesar de que me amenacen con que no haya regalos, ni que intenten asustarme con que todo lo ve, no. Yo no creo en Santa Klaus, por mucho que cante Luis Miguel con sus dientes blancos que llegó a la ciudad.

En los reyes magos, bueno, tal vez crea un poco. Más que nada, por complacer al niño que llevo dentro, porque prefiero los camellos a los renos, porque tiran a dar con los caramelos en las cabalgatas.

Pero tampoco es que crea del todo, que no me fío de los carteros que no llaman dos veces, que eso de que son "reyes" habría que verlo, que mira que ir detrás de una estrella... Bueno, eso sí, eso sí que me lo creo, porque alguna vez, yo mismo, he ido en pos de alguna, incluso de día, que es aún peor.

Pero lo de los pajes, los sacos de juguetes y que haya que dejarles algo de beber a los camellos, eso son bobadas. ¿Cómo van a estar en todas partes a la vez, en todas las cabalgatas, en todas las tiendas, en todas las casas? ¡Pamplinas!

Aunque la historia es muy bonita, un niño que nace, un río, ovejitas, pastorcillos que decoran muy bien el paisaje... No, si la historia es bonita, y eso de perseguir estrellas, ahora que recuerdo, fue precioso... Pero vamos, vamos, hay que dejarse de rollos. ¡Qué no!

Ni Santa Klaus, ni Reyes Magos, ni las tiendas de Hipercor, no se puede ser tan crédulo. Aunque, y eso es cierto, quien no cree en algo, no escapa de tener una creencia, que, al fin y al cabo, es tan increíble como cualquier otra. No creer, también es creer.

Y por eso, yo, ya sólo creo en Mamá Noel, porque es de carne y hueso. ¡Qué bien le sienta el rojo sobre el blanco! ¡Qué sensación la de ir escuchando las pisadas de sus botas de tacón! ¡Qué bien puesto el cinturón y, sin embargo, con qué facilidad se desata!

Ni reyes, ni santa, yo sólo creo en Mamá Noel. Y el único deseo que le pido, el único que se le puede pedir y espera que te lo conceda, es que venga, y que al venir convierta cualquier noche en Nochebuena y que cuando uno se despierte, en mitad del calendario, encuentre ese suave perfume a Navidad que dejan los caramelos de la piel sobre las sábanas.

Y que cuando venga, se deje de ventanas ni de chimeneas. Prefiero que toque al timbre.




lunes, 12 de diciembre de 2011

Posibilidad

Estoy muy contento. Aquí sentado, con el ruido de fondo de la noche, en mitad del escenario de las cosas importantes, echo atrás la mirada y veo todos los regalos que me ha traído el día.

Como si el árbol adornado tuviese 24 horas de ancho, he ido desenvolviendo regalos. Me han regalado palabras y lotería, me han invitado a una cena, me han ofrecido un viaje.

Me han regalado chismes, recetas y secretos. He recibido conversaciones, halagos, gratitud, besos. Incluso un conocido me ha dado la confianza de su teléfono. También en el trabajo me han insistido en que prospere y suba de cargo.

He recibido, como el gran regalo que es, una mirada hasta el fondo, unas palabras desde dentro, una sonrisa abierta. Me han regalado llamadas, mensajes y hasta me han regalado alguna mentira.

Estoy muy contento porque cualquier día es Navidad. Y es eso mismo lo que he recibido, todos los regalos que antes he descrito coinciden en ser el mismo, lo único que verdaderamente se puede ofrecer sinceramente, sin miedo a equivocarse. Ningún regalo estaba repetido y, sin embargo, sí, todos me han regalado lo mismo: la posibilidad.

Estoy muy contento porque hoy, que es un día cualquiera sin nombre, he decidido que es eso mismo lo que quiero pedirle a mañana. Para los reyes magos, en cambio, me reservo pedirles lo imposible.



Con la flor del domingo ensartada en el pelo, pasean en la alameda antigua. La ropa limpia, el baño reciente, peinadas y planchadas, caminan, por entre los niños y los globos, y charlan y hacen amistades, y hasta escuchan la música que en el quiosco de la Alameda de Santa María reúne a los sobrevivientes de la semana.

Las gatitas, las criadas, las muchachas de la servidumbre contemporánea, se conforman con esto. En tanto llegan a la prostitución, o regresan al seno de la familia miserable, ellas tienen el descanso del domingo, la posibilidad de un noviazgo, la ocasión del sueño. Bastan dos o tres horas de este paseo en blanco para olvidar las fatigas, y para enfrentarse risueñamente a la amenaza de los platos sucios, de la ropa pendiente y de los mandados que no acaban.

Al lado de los viejos, que andan en busca de su memoria, y de las señoras pensando en el próximo embarazo, ellas disfrutan su libertad provisional y poseen el mundo, orgullosas de sus zapatos, de su vestido bonito, y de su cabellera que brilla más que otras veces.

(¡Danos, Señor, la fe en el domingo, la confianza en las grasas para el pelo, y la limpieza de alma necesaria para mirar con alegría los días que vienen!)

(Jaime Sabines, Diario semanario y poemas en prosa, 1961)



EL POEMA DE LAS POSIBILIDADES

Abre
tal vez sea el cartero
con un ramo de rosas que entregarte
o el amor se disfrace (disfrazado)
de cita ocasional: perdón
equivoqué la puerta y la escalera,
no vamos a negar nuestro destino ahora.
Tal vez sea la tarde
con su mejor sonrisa y alguna solución,
la realidad vestida
de cobrador de deudas que son tantas,
o algún recuerdo antiguo
de los que trae la lluvia.
Quizás
no haya nadie ya
después que te decidas.
Pero si acaso abres
y si además es ella,
pero si acaso vences
el peso de esta tarde de soledad en tus piernas
y te la encuentras quieta
mirándote a los ojos en la puerta,
no hay nada que entender,
nada es preciso,
murmúrale que todo está en su sitio,
la puerta, la escalera,
el jarrón con las flores,
la tibieza,
el visillo cerrado en la penumbra.
Ofrécele tu casa…
y su destino.

(Canción de Esteban Valdivieso, en la letra colaboran García Montero y Álvaro Salvador, 1988)