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jueves, 8 de noviembre de 2012

El lago de los cisnes

Los bailarines descendieron cuidadosamente hacia la parte inferior del escenario, diseñado a dos alturas, hasta colocarse en la posición inicial. Se diría que temían un mal paso o que traían los pies atenazados con un manojo de nervios.

Él, con un suave ademán, indicó con la mano el camino hacia el centro, dando el primer paso. Ella le siguió de puntillas, sin hacer ruido, casi como una sombra púrpura. Entonces, en una especie de juego de los de antaño, comenzaron a girar persiguiéndose alrededor del centro de gravedad de la escena. Al principio despacio, lentamente, como una deriva a merced de la corriente que iba incrementando el ritmo y la tensión poco a poco, anunciando remolino o catarata, pero condenada a no resolverse hasta el tercer acto.

Después, con un interludio de pasos breves e indecisos, tan sutil como el humo, se reúnen en un lateral. Su técnica se pone de manifiesto, el equilibrio, la expresividad en la pose de las manos, la flexibilidad de los cuerpos.

Ella, sobre sus puntas y ayudada por los brazos del bailarín, gira velozmente, levanta las manos hacia lo sublime como un cisne que preparara su vuelo con pequeños saltos mientras le asoma el cielo por las pupilas.

Él huye, entre atormentado y ansioso; ella se aleja como arrepentida y encantada, hasta que, una vez salvada la pasarela, se vuelven a reunir en la parte superior del escenario. Entonces llega el salto, el reencuentro nervioso y un tanto torpe de aves a ras de suelo.

Allí la danza se torna estática pero crece la intensidad de su trasfondo emotivo y, como si de movimientos bajo el agua se tratase, los bailarines se engarzan en un vaivén tímido de alas que buscan cobijo, un frenesí controlado de contorsiones y figuras quedas, suaves, que armoniosamente se van haciendo y deshaciendo a ritmo de silencios de blanca entrelazados.

Entonces el gran final, la rueda definitiva, el último paso. Los brazos coraza se convierten en banderas que el viento agita. Todo ya en calma en el escenario, que no en el corazón, ella baja la vista y él arruga palabras. Y salen de escena haciendo mutis por el mismo lado de dos bambalinas opuestas y blancas, mientras cae sobre ellos el TELÓN.

Es curioso. Es curioso, pero fue precisamente entonces, al final de la coreografía, cuando empezó a sonar esa música sutil que aún sigue sonando, viscosa, interminable, como un aroma que tarda una eternidad en extinguirse...



CONFESIÓN

Yo huelo a ti.
Me persigue tu olor, me persigue y me posee.
No es este olor un perfume sobrepuesto sobre ti,
no es el aroma que llevas como una prenda más:
Es tu olor más esencial, tu halo único.
Y cuando ausente mi vacío te convoca,
una ráfaga de ese aliento me llega del lugar más tierno de la noche.
Yo huelo a ti
y tu olor me impregna después de estar juntos en el lecho,
y ese fino aroma me alimenta
y ese aliento esencial me sustituye.
Yo huelo a ti.

(Darío Jaramillo Agudelo, Poemas de amor, 1986)


jueves, 18 de octubre de 2012

Inefable

Tal vez hayas sentido alguna vez la necesidad imperiosa de decir, de escribir, un algo que te sobreviva, que quede en la memoria de muchos hombres o de alguno, que cambie la vida de una persona y le infunda valor o misericordia, o que revele al mundo esa generosidad íntima que notas en el centro del pecho, esa determinación de quien está en paz con todas sus dudas, ese espasmo de energía de quien quiere elegir su futuro.

Quizás también hayas deseado alguna vez encontrar la palabra exacta que detenga el rodillo del destino, que alivie la desazón de los naufragios, que haga rodar un número impar de lágrimas dulces contra las saladas.

Puede que hayas tenido sobre tus hombros el peso de saber que el minuto que estás viviendo trascenderá lo que de ti recuerden, que el movimiento de tus labios quedará grabado a cámara lenta en alguna memoria, que ese gesto incontrolable de tu rostro permanecerá engranado para siempre en los latidos de un corazón que te mira desde la intemperie.

Pues bien, permíteme que me inmiscuya en tus asuntos y te saque del error. Porque no existe ese momento único, no hay una sola palabra que cambie la historia más que otra, no hay un beso más oportuno que el que regalaste, no hay frase más acertada que la que dijiste.

Cada momento es único y, sin embargo, todos son repetidos. La vida es leve y necesita que digamos muchas veces lo mismo para convertir en realidad eso innombrable que nos gustaría.

Todos los momentos son decisivos, todos, porque los efectos nunca tienen una sola causa, porque no basta detener una gota de lluvia para evitar que se empape el suelo de agua.

Me he sentado delante de este papel -intangibles los dos-, deseando escribir un rayo que te recorra desde la punta del pie hasta los ojos, una luz que te deslumbre el esqueleto, una marca de agua que se te quede prendida en los sueños.

Pero me he dado cuenta, mientras iba tecleando palabras ya dichas, que no es necesario, que no debo resumir el tiempo que me ha tocado y condensarlo en un solo sintagma o en un único vocablo.

Y si acaso pudiera, solo con palabras, cambiar algún destino, sé que entonces, rayo, luz y marca, lo inefable ya lo tengo escrito. Pero no en una sola palabra, sino en cada palabra de las que he dicho, de las que digo y en las que aún me quedan por decir.


LA VIDA NOS ACORTA LA VISTA...

La vida nos acorta la vista
y nos alarga la mirada.
¿Cómo poner otra figura en el paisaje
sin desarticularlo como una feria invadida por la tristeza,
sin que las nubes o los árboles se despeguen
y salten como muñecos desarmados?
¿Cómo poner una palabra en el paisaje
sin que el silencio se asuste
igual que un animal sorprendido en el bosque
o como una procesión que ha perdido su imagen?
¿Cómo poner una muerte en el paisaje
sin que se vuelva frío
y se sumerja como una flauta
con todos los agujeros tapados?
¿Cómo alargar un sueño
hasta que sea un punto en el paisaje,
una figura, una palabra o la muerte,
sin que el paisaje se desintegre como una burbuja?
Nosotros ya no podemos dejar de estar en el paisaje siguiente,
aunque sea un paisaje en blanco.

(Roberto Juarroz)

sábado, 29 de septiembre de 2012

Juego de niños

Y algunos niños idiotas han encontrado por las cocinas
pequeñas golondrinas con muletas
que sabían pronunciar la palabra amor.
F.G.LORCA

“E-cinco” dijiste la primera vez; como si nada, lo primero que vino a tu mente, cosas del azar. Yo me sentí tocado nada más empezar este juego de secretos, cavilando el roce de las miradas desatadas que nos propinamos sin querer.

“E-seis”, continuó tu maniobra, y me volviste a tocar. Yo estaba contento porque, en el fondo, a todos nos gusta ser descubiertos en otras manos suaves y blancas. Después de eso, ya se sabe que con un solo beso se alteran las brújulas y se redibujan las cartas de navegación.

Bastó poco para que afinases la puntería con un ”E-siete”. Me dejaste herido de muerte, hundido sin remisión en tus ojos, deseando que tu abordaje me durara para siempre.

Hice trampa, ahora puedo confesártelo, y, sin que tú me vieras, moví mi corazón un poquito para que pudieras darle más fácilmente. Y en verdad que no hubiera hecho falta, porque hay algo en tus ojos que me adivina el rumbo, desde el principio; como hay algo en tu boca que mueve todos los vientos a tu favor.

Pero ahora que es mi turno de estar hundido, ahora que tu recuerdo me tiene ahogada la voz, te escondes detrás del tablero y, a todos los números y letras que digo, siempre me respondes con lo mismo: agua, agua, agua...

Y nunca acierto a tocarte el corazón.



CONSEJOS

Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
—así en la costa un barco— sin que al partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;
porque la vida es larga y el arte es un juguete.
Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera,
aguarda sin partir y siempre espera,
que el arte es largo y, además, no importa.

(Antonio Machado, Campos de Castilla, 1907-17)

lunes, 9 de julio de 2012

Los cuatro elementos

Él era un hombre de aire, de pensamiento liviano y sueños altos. Le gustaban las elegantes maniobras que hacen las palabras cuando se enredan con el viento y caen suavemente sobre las copas de los árboles. Le gustaría volar, pero sin perder de vista el suelo.

Ella, mujer de tierra que iba siempre con la mirada puesta en el cielo, le descubrió mientras daba volteretas en prosa para huir de las tormentas. Le gustaba ver las estelas que iba dejando en las nubes de su cabeza, llovieran o no. Quiso verlo más de cerca y se le fue acercando deprisa, como lo hace todo, lanzando al aire sus desnudeces, que le acertaron en toda la primavera.

Y a él le encantó que le dibujara mapas del cielo y que la dejaran pensativa sus acrobacias. Adoró la elegante forma que ella tenía de pasear por el barro sin mancharse, el mandala de sus pasos sobre la arena de los desiertos y el laberinto de su piel cuando se modelaba en arcilla entre sus dedos.

Probaron el agua, porque aire y tierra siempre tienen ese nexo de unión. Agua dulce de los besos y agua salada con lágrimas. Agua fría de las despedidas, agua tibia de caricias entretejidas y agua caliente de deseo.

Ahora, cuando va pasando el tiempo como un rodillo, es curioso contemplar cómo el hombre de aire esculpe polvo en el viento y cómo la mujer de tierra se pone de puntillas para sentir la brisa que le roza el cuerpo. Cómo el hombre de aire sueña con barro, cómo la mujer de tierra sueña con cielo. Cómo temen ambos, enredarse entre las ramas y quedarse con los pies colgando.

Pero entre dos mundos, siempre hay un tercero. Están abocados al fuego, al fuego metido en lo más profundo de los secretos que muerden cuando se enciende la luz. Porque el humo y la ceniza siempre vuelan juntos y siempre juntos caen al suelo.





EL TIEMPO…

el tiempo
se deviene en su reloj de polvo
agujas enloquecidas que no atinan
al número
igual
que esa muchacha que ha dejado su sombra
tendida
sobre la tierra para arropar al mundo

deletrea
en un charco de pájaros
sílabas de lluvia

y es
la suerte de un cuerpo repartido en gotas
que nadie junta

(Jorge Meretta, El cazador de lluvias, 2004)



ENCIENDO LA LUZ…

Enciendo la luz
para escribir
y sólo arden palabras ya vividas
en el falso fuego de una lámpara.

Creí decirlo todo y es engaño.

Toda la claridad en sólo un ojo ciego.

(Jorge Meretta, Ritual de la palabra, 1998)

miércoles, 23 de mayo de 2012

La última gota

De semen blanco escanciado
entre los pliegues de una sábana,
de sudor anónimo y cotidiano,
de algún caldo lentamente
cocinado entre pucheros,
de agua de la lluvia que desata
la tormenta de una despedida,
de la saliva de un beso furtivo
que atraviesa una primavera,
de la espuma del mar empujada
por la brisa y el salitre,
de una lágrima escapada
de la risa o de un suspiro,
de la sangre de tu herida
o de la de tu enemigo,
de la escarcha,
del mercurio de una fiebre,
de la nieve
o de la tinta que se agria
sobre el papel de este poema
en que me lees,
la última gota es la que siempre
desborda el vaso.

martes, 3 de abril de 2012

Lejos la lluvia

Debería haber paz en la lectura. Como en estas tardes lánguidas de lluvia, las letras van sonando gota a gota sobre los tejados inmóviles. La tinta tiene una sustancia parecida a la niebla, el ruido del agua se desgrana en mensajes con puntos, comas y acentos.

Los cristales con los que se lee, se empañan de una nostalgia conocida y el paisaje verdadero se arruga a lo lejos, se distorsiona como los sueños cuando la luz de la tarde desciende nublada desde el horizonte. Todo suena diferente, monótono, cuando el corazón se ve acorralado bajo los párrafos de un paraguas.

Leer es un modo de atravesar kilómetros y e ir saltando, como en un paseo por estas tardes lánguidas de lluvia, los charcos que separan las formas redondas que tienen los besos guardados en la piel. Viajar, sí, tal vez, viajar en el tiempo, volver, repetirse incesantemente mandalas tiernos como un aguacero que cae vertical.

Quizás allá lejos también llueva mientras lees. Gotas diferentes, tal vez llueva en otro idioma, quizás recibas el agua por entre un paisaje de barcos que esperan puerto. Sí, quizás sea otra vida la que llueva, otras risas las que escampen rompiendo otro silencio.

Pero me gustaría pensar que allá, lejos, quizás otra lluvia, tal vez otra distancia, pero el mismo texto.

Para que llegue lejos la lluvia, para que te alcance tan a lo lejos, sigo rayando tus sueños con renglones de agua.



SONETO LXX

Tal vez herido voy sin ir sangriento
por uno de los rayos de tu vida
y a media selva me detiene el agua:
la lluvia que se cae con su cielo.

Entonces toco el corazón llovido:
allí sé que tus ojos penetraron
por la región extensa de mi duelo
y un susurro de sombra surge solo:

Quién es? Quién es? Pero no tuvo nombre
la hoja o el agua oscura que palpita
a media selva, sorda, en el camino,

y así, amor mío, supe que fui herido
y nadie hablaba allí sino la sombra,
la noche errante, el beso de la lluvia.

(Pablo Neruda, Cien sonetos de amor, 1959)



SE PIANGE, SE RIDI

Te diré que no supe si reír o llorar
después de todo
pero estaba feliz,
demasiado feliz, sospecho ahora.
Recuerdo que me hablaste
de que empezaba a amanecer,
el cielo parecía algodón sucio.
Lo más inolvidable será siempre
el aire fresco y dulce que crecía,
igual que una caricia, entre dos luces.
Yo estaba sola
y tú quisiste ser mi amigo:
que esto no rompa la amistad, dijimos.

Pero fue hermoso más que un sueño,
mucho más inquietante que un puente entre la bruma
y aquel coche sin duda más maravilloso
que un bosque de la Alhambra
y tu corazón más hondo y más extenso
que el manto de la aurora
cuando llorando me asomé al balcón
de tus ojos.

Por eso ahora escuece la distancia
como ella sola y el deseo -cruel-
asoma cada minuto
-con el peligro que eso entraña
para una sencilla amistad-
ahora no puedo menos que aceptar
lo que fue un verdadero error de cálculo:
esta suave tristeza insoportable
con la que no contábamos.

(Ángeles Mora, Cámara subjetiva, 1996)

martes, 20 de marzo de 2012

La memoria del agua

En el carril escarpado graznaban las piedras al paso de las ruedas del vehículo. Era un día otoñal con cielo azul y sol de invernadero. Tras los cristales del coche, una cálida placidez de domingo en el campo mantenía cortas mis mangas.

El río que remontábamos había dejado atrás el impulso bravío de la montaña blanca. El agua brillaba entre la sombra de las mimbres y los picos ennegrecidos de los juncos de la orilla. La colina, orientada al sur, crispaba el aire con ocres y verdes descoloridos, salpicando el horizonte con su rampa inconstante de manchas oblicuas que apuntaban hacia las nubes.

Cuando doblamos el recodo que la serpiente del camino tenía trazado, encontramos, ahí mismo, el vado y la explanada que se abría en el otro margen del agua. Una algarabía de niños fuera de contexto rodeaba las mesas apostadas bajo la sombra de un caqui medio dormido.

Con un solo paso cruzamos a la otra orilla, porque el río —riachuelo en este tramo— se estrechaba y sosegaba como dando permiso para ser atravesado. Nos colocamos bajo la sombra de un nogal, amarillo, envejecido, deshilachado de otoño. Hubo que ponerse abrigo, porque el viento cortaba las mejillas con su canción invisible de frío, mientras se adornaba la tarde con lluvia de hojas marchitas.

Al cabo de un rato perdí mis pasos un poco más arriba, en donde el transcurso del tiempo sonaba en el agua como un cascabel claro y rellenaba una poza en la que se aplacaba la corriente hasta convertirse en cristal. Un niño, no sé si el que fui o el que aún llevo dentro, onduló la transparencia con un dedo, como dudando de su realidad.

Posé en la superficie una hoja amarilla, un barco a la deriva, acercando mis manos al cauce. Entonces me pareció reconocer la misma agua, la misma hoja, el mismo río que una vez pasó por mi infancia. Me agaché para hacerme pequeño y volver a mirarlo todo desde abajo, con los ojos abiertos de mi inocencia perdida. Me reconoció la memoria del agua cuando me miré en su espejo y me devolvió la sonrisa.

Atravesando el aire brotó una risa que rellenó el paisaje y disolvió la escena. Se hundieron mis recuerdos con la hoja flotante atrancada en una piedra. De entre el juncal de la ribera, de improviso, aparecieron niños en pandilla que jalearon a voz en grito:
-¡Vamos a echar barquitos!

Cuando el sol, ya bajo, terminaba de pintar de sombras la carretera, conduciendo el coche de vuelta a casa entre las nubes de mi cabeza, recordé que nadie se baña dos veces en el mismo río, ni bebe dos veces el mismo agua.

Sin embargo, llego aquí convencido -si es que hasta ahora no lo estaba- de que todos los ríos que atraviesan la infancia, siempre son el mismo río. Al menos aquella tarde, me pareció verme escrito en la memoria imborrable del agua.

(Noviembre, 2007)

sábado, 5 de noviembre de 2011

La fe de los paraguas

La lluvia encoge la tarde
distendiendo la noche que se aferra
a las dos manos de un paraguas
que nunca es suficiente.

No es necesario mojarse entero
para sentir el frío
circunspecto
que empapa todas las gotas
empujadas por el viento
que rebotan, monótonas,
en la acera.

A cada paso
más humedad se condensa,
más se espesa la frontera
que nos atraviesa por dentro
dejando irremisiblemente separados
los que ahora somos mojados
de quienes fuimos, antes,
secos.

Pero despojarse del agua,
papel o ser humano,
no dejará nada terso,
sino espacio emborronado
y cuando llueva sobre mojado,
perdida ya la fe de los paraguas,
achicaremos los ojos,
esconderemos las manos,
miraremos al suelo
y apretaremos el paso.


sábado, 30 de julio de 2011

Las edades de la mujer

Cierras los ojos como una recién nacida
que se encarama a los balcones del sueño
agarrándose a la almohada.

Giras en la cama sin que nada se adivine
de ese otro mundo en el que habitas.
Nada se adivina, excepto tal vez
un pequeño extremo del viaje
que se te sale en una sonrisa
por la comisura de los labios.

Con la luz vas creciendo, el reloj
te lleva de la infancia de las sábanas
hasta la pubertad del muslo que aflora,
hacia la juventud del pie ingrávido
que se contorsiona y se desliza
y, en el último remoloneo,
poniéndole horario a la libertad
de la cama revuelta y adictiva,
saltas a la claridad desconocida del cuarto
con el gesto duro de una mujer decidida
que nadie sabe que no lo es tanto.

Cuando despiertas, pasas de puntillas
por todas las edades de la mujer
hasta encontrar la tuya y sincronizarte
con la edad que te dejaste ayer
esturreada entre la maleta y la mesilla.

Ahora puedo decirte cuánto me asombra.
Ahora puedo porque he sido testigo
de como van pasando tus edades y tus horas,
una a una, suavemente, como quien juega
a rayar el agua del estanque en que se mira.

sábado, 4 de junio de 2011

Desde el filo

Cuando era niño, fue a la piscina del pueblo para aprender a nadar. Cientos de otros niños reían a su alrededor, se ponían en círculo dentro del agua, se cogían de las manos y levantaban los pies del fondo para patalear y salpicarse burbujas rítmicamente.


El sabor del cloro del agua le inundaba la nariz y se le colaba por la garganta. ¡Qué tortura era odiar lo que a los demás les encantaba! Pero mal que bien, sacando mucho la cabeza del agua al bracear, aprendió el mecanismo de supervivencia y se defiende, con más voluntad que técnica, en las piscinas, en el mar o en aquellas albercas verdes de rana en las que, de niño, se refrescaba.


En aquellas clases multitudinarias, también tocaba tirarse del trampolín. Un trampolín ridículo, una tabla puesta a un palmo del agua, en el que bastaba, según el monitor, ir dejando caer el cuerpo hacia adelante hasta llegar al desequilibrio. Y entonces, saltar para levantar los pies y entrar en el agua con las manos por delante de la cabeza.


Lo intentó tantas veces que aún se acuerda del vértigo, del pestilente olor del agua, de las burlas y de los empujones de un monitor exasperado por su recelo ante lo que para todos era tan divertido. Aún se acuerda del ahogo de entrar en el agua, de la angustia de buscar el aire a brazadas, de los mocos que le chorreaban al sacar por fin la cabeza del agua.


Aún se acuerda del filo, de ese vacío en el vientre, de esa falta de aire anterior al salto, del miedo a no encontrar la salida.


Tanto se acuerda, dichosa y caprichosa memoria, que, desde entonces, no ha vuelto a tirarse nunca a una piscina. Se sienta, se deja resbalar por el borde con las manos apoyadas, se gira sujetándose con los brazos y va entrando en el agua lentamente, hasta que la gravedad ejerce su ley y hace el resto. Y justo en ese último momento, se tapa la nariz.


Ahora, casi cuarenta años después, escribe desde el filo para no oler el agua. Aunque el agua está ahí, esperando, y la gravedad ha puesto ya las leyes en marcha. Y nota el mismo vacío en el vientre y la misma falta de aire. Pero le ha perdido el miedo al agua.


Apártense, si no quieren que les salpique, o mírenlo caer desde el filo.


SPLEEN


A menudo equivoco el autobús,
cruzo a destiempo, bajo la escalera
que debiera subir, vacilo, voy
hilando incoherencia con la ciega
obcecación del triste que desliza
su ronco despertar a medianoche,
su tímida esperanza sin consuelo,
su billete borroso hacia otra parte;
y no es que los espejos se me rompan
al mirarlos de frente, ni que el tráfico
taladre este tesón con que persisto,
los afanes que finjo en un alarde
de acróbata que traza en el vacío
su torpe pirueta, yo no sé
si me explico, lo cierto es que tampoco
reconozco si voy o si regreso,
si parto el pan o tomo mi jarabe,
la tos que desayuno cada día,
es todo tan confuso, es tan difícil
decir que sí, que no, que todo lo contrario,
ganarle por la mano al día su confianza,
por eso mi bufanda me parece
la soga de un ahorcado y es así
como anudo mi lastre inconsolable,
derrocando la risa de los niños
con astucia de ingenuo derrotado,
aspirando a la tierra y al reposo,
prisionero de mí, ya sin ficciones.


(Eduardo García, Horizonte o frontera, 2003)

viernes, 17 de septiembre de 2010

Cambio de sitio

Ha cambiado el corazón de sitio. De la repisa de siempre, la que hay al lado de la ventana que unas veces da al norte y otras veces mira alguna playa, lo recogió con cuidado para llevarlo a otro lugar.


No le crecía bien, se estaba agostando en pleno septiembre. Cuando está mustio y descolorido, el corazón se hace agua en el barro del tiesto y la tierra se le ablanda alrededor. Entonces, se queda demasiado adentro, se le mete arena en los ojos y lo ve todo negro.


Cuentan los que saben que, en estos casos, un cambio de aires puede ser bueno; pero hay que hacerlo con cuidado, porque arrancarlo, transplantarlo y echarle tierra nueva, siempre es un proceso traumático. No se pueden salvar todas las ramificaciones de las raíces que, a fuerza de años, son ya muchas, y sufre, por mucho cuidado con que se haga.


Pero si no, el final es irremediable y salta a la vista. El corazón se endurece, se enquista y se hace un bulbo que, si bien no estorba, late tan hacia dentro que apenas parece vivo. Vegeta, dura, resiste, pero no vibra, no impulsa la sangre, no cicatriza las heridas.


Ha cambiado el corazón de sitio. Pero ¿dónde ponerlo? Los viejos inquilinos nunca mueren y no se ve libre ningún otro tiesto. Tendrá que esperar metido en una caja al lado de alguna ventana nueva. El sol será el mismo, la tierra idéntica, el tiesto cada vez más viejo y el agua se irá salando conforme pase el tiempo.


Cambiar el corazón de sitio pero, ésta vez, al menos por ésta vez, no quier dejar nada completamente roto.


MUDANZA


A fuerza de mudarme
he aprendido a no pegar
los muebles a los muros,
a no clavar muy hondo,
a atornillar sólo lo justo.
He aprendido a respetar las huellas
de los viejos inquilinos:
un clavo, una moldura,
una pequeña ménsula,
que dejó en su lugar
aunque me estorben.
Algunas manchas las heredo
sin limpiarlas,
entro en la nueva casa
tratando de entender,
es más,
viendo por dónde habré de irme.
Dejo que la mudanza
se disuelva como una fiebre,
como una costra que se cae,
no quiero hacer ruido.
Porque los viejos inquilinos
nunca mueren.
Cuando nos vamos,
cuando dejamos otra vez
los muros como los tuvimos,
siempre queda algún clavo de ellos
en un rincón
o un estropicio
que no supimos resolver.


(Fabio Morábito, De lunes todo el año, 1991)



El viento, mas
que yo,
se fuma este cigarro
entre mis dedos,
dejándome el placer
de sólo tres o cuatro bocanadas,
y el mar expropia las palabras
que te digo,
porque, acostada, no me oyes.
El sol, el viento y la marea
te ensordecen
y cuando me levanto
para dar dos pasos,
viendo mis huellas que se imprimen
en la arena,
pienso que esas pisadas mienten,
que ya no piso así
desde hace no sé cuándo;
son huellas de otro
que sobrevive en mis pisadas; pues las mías
son mucho menos elocuentes.
Tú, en cambio, que me ves
completo e indivisible,
sabes mejor que nadie cómo soy mortal,
cómo mis huellas en la arena me describen
y cómo se plasma en ellas lo que soy,
sabes mejor que nadie cómo no escucharme.


(Fabio Morábito, Alguien de lava,2002)

jueves, 9 de septiembre de 2010

El camino del río

Bajó la cuesta dejando que la ley de la gravedad le moviera los pies y le pesara en la cabeza. Se fue con lo de siempre, con lo puesto, el móvil, las llaves y las gafas de no ver de lejos. Esta vez iba sin tabaco.


Llegó, sudando ya, hasta el río. La corriente del agua no pudo acallar el reloj palpitante que tenía injertado en el corazón. Como si de un viejo mantra se tratara, empezó a hablar en voz alta al notar que sus suelas pisaban tierra y no asfalto.


Vio los mismos árboles y, aunque el agua que oía correr entre sus palabras era distinta, el trayecto duró los mismos pasos que siempre. Cruzó el río por el mismo sitio, entornó los ojos en la boca del túnel de árboles y se sentó un momento en la misma piedra en la que siempre se sentaba.


La gente que se cruzaba era distinta, o quizá igual que la de otros días; no lo recuerda bien porque iba pendiente de su conversación incompleta y de no tropezar con sus propios molinos. Paró a beber agua en la misma fuente, para aliviar la misma sequedad que dejan en la boca las palabras amargas. Pero sí, el agua era otra aunque el efecto fuese el mismo.


Se perdió en sus pensamientos mientras sus pies continuaban la marcha. Su cabeza hizo viajes en el tiempo como si anduviese metido en los entresijos de un Cuento de Navidad. Hasta que, el ruido de coches le trajo desde el infinito y más allá, hasta el puente.


Y entonces lo supo. Dejó las palabras guardadas para cocerlas después en su tinta y se quedó en mitad de la metáfora, solo, respirando con la boca abierta, con los ojos un poco humedecidos por el convencimiento de que, quien recorre siempre el mismo camino, siempre llega al mismo sitio.


Para cambiar el punto de llegada, hay que variar el trayecto, elegir otro itinerario y recorrerlo. Y ni siquiera así se puede estar seguro de no acabar en el mismo puente que cruza el mismo río que siempre está hecho diferente agua.