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domingo, 25 de noviembre de 2012

Cuidadosamente

Entre las rutinas huecas de esta tarde
me pareció ver tu sombra clara.
Estabas allí, delante,
cuidadosamente arreglada
para ser invisible al olvido
que te ocultaba la cara,
y transparente al recuerdo
que me la mostraba.

En los dobleces de la noche,
cosida con mimo a la almohada,
me ha parecido, en un pestañeo,
que tu ausencia me miraba.
Estabas allí, a mi lado,
cuidadosamente tumbada
para no espantarme del sueño
en el que te soñaba
mientras tu perfume, aquel,
me invadía las sábanas.

Atrapado en tu ternura,
en mitad de la madrugada,
he encendido las luces,
he dado un salto de la cama
y me he puesto a escribir
para que no te vayas,
para que sigas aquí,
en este papel-pantalla,
cuidadosamente escrita
entre mis palabras.



Voy a llevarme lo cotidiano en este momento de la mudanza: las
sábanas y la lista de la compra. Porque las cosas pequeñas son las cosas que rellenan la vida y cada acto minúsculo repetido es el que nos dice cómo somos y cómo hemos sido.

También me llevo la hipoteca, esa que todos tenemos encima, que nunca se acaba de pagar y que no podemos subrogarle a nadie.

miércoles, 6 de junio de 2012

Si las paredes hablaran

He borrado las señales evidentes, los errores plasmados, la vida escrita a desconchones sobre la pared. Se han ido también las huellas de todos los roces, las marcas verticales del tránsito cotidiano, los agujeros equivocados que tapaban los cuadros.

He pintado de blanco el pasado, tapando con pintura todas las historias contenidas en el polvo, cambiando de tono la luz que entra por la ventana. He estirado los brazos hasta que no ha quedado nada por alcanzar, porque pintar es escribir sobre lo escrito, combinar el pasado con un instante nuevecito y reluciente.

Tienen memoria la vida, el corazón y el papel. Todo les deja marca y por eso es imborrable lo que en ellos he escrito. Pero el yeso no, y yo ando pintando paredes blancas, llenando el suelo de estrellas enanas que llevan en sus entrañas un universo plano.

Y si tengo el corazón vacío y la vida baldía y el papel en blanco, si vivo encerrado entre estas cuatro paredes que cambian de color lentamente por mi roce de mi mano, nada tengo que temer de la memoria del ladrillo. Si las paredes hablaran, las mías se taparían los oídos, como me los tapo yo para seguir vivo.

Si las paredes hablaran, estas cuatro paredes mías no sabrían qué más decirte.






EL RETORNO

Las paredes tienen oídos,
vientre y sangre.
Pero que no lo sepa el aire,
que lo ignoren el invierno
y el vendedor de esponjas;
que no se enteren mis fotografías que hablan;
que mi amor, oh montañas, oh cielos,
no levante su voz como raíz dulcísima.

Las paredes tienen oídos,
dientes, venas.
Pero que yo nunca, fumando,
diga su breve nombre de madera.
Que yo nunca sonriendo, pronuncie
su verdad: la cálida verdad.

Porque las paredes, como los sótanos,
tienen grandes oídos de herrumbre y frío,
desesperanza y pavor,
desconsuelo y locura.

Que yo nunca, en voz baja,
diga que he vuelto a amar.

(Efraín Huerta, La rosa primitiva, 1950)

miércoles, 18 de abril de 2012

Si no viene

Cada noche guardo la media luz dentro de las velas y enciendo la nostalgia, apenas sin esfuerzo, porque arde muy bien en el silencio de una casa vacía.

Cierro las persianas como amuleto contra el vendaval que surge de la memoria, para que la brisa de los recuerdos no acelere los labios del conjuro hacia palabras sin retorno. Para que el remolino del olvido no nos despeine el corazón a sangre fría.

Pongo música porque sé que le gusta, para envolver en papel de regalo de tres en tres los minutos y amordazar con las líneas del pentagrama al reloj de la mesilla.

Entonces dibujo un nombre en todas los idiomas que conozco, calco versos con esos ojos míos, pequeños y juntos, que tanto miran y, sin embargo, ven muy poco. Tan poco que se me cierran mis ojos recién nacidos en la espera de lo frágil que tarda en llegar.

Respiro despacio para no espantar los augurios, afilo con mucho cuidado los bordes del pensamiento y dejo caer, lánguidos como tallos cortados de una flor de trapo, mis dedos sobre los muslos que tengo a mano.

¿Y si no viene? Si no viene Ella, si tiene otros encargos más urgentes, si está cansada de tanto abril, si no sabe guarecerse entre los pliegues de mis sábanas como cuando se queda a dormir entre mis renglones, no importa, no pasa nada.

A veces ocurre y son largas las temporadas en que no viene. Mañana, todos los mañanas, la esperaré otra vez como espero la utopía, como espero el horizonte, como te espero porvenir.

Entretanto, voy a ir destejiendo las horas hasta hacerlas polvo de prosa que me tape las noches en que no viene. Y por si acaso, para que no pierda el camino, me dedico a dejarle señales escritas en este, a veces solitario y terrible, mapa de papel.

Una noche vendrá. Y esa noche será La Noche. Y esa memoria será la de otra vida.



III GACELA DEL AMOR DESESPERADO

La noche no quiere venir
para que tú no vengas
ni yo pueda ir.

Pero yo iré
aunque un sol de alacranes me coma la sien.
Pero tú vendrás
con la lengua quemada por la lluvia de sal.

El día no quiere venir
para que tú no vengas
ni yo pueda ir.

Pero yo iré
entregando a los sapos mi mordido clavel.
Pero tú vendrás
por las turbias cloacas de la oscuridad.

Ni la noche ni el día quieren venir
para que por ti muera
y tú mueras por mí.

(Federico García Lorca, Diván del Tamarit, 1931-34)