y no creer en las despedidas,
saludar a los años con uvas sin semilla,
sacarlas de la memoria y comérselas
sin miedo a que se gasten en otra boca,
encontrar las mismas burbujas
en las copas de todos los meses
y dejar reposar juntas las alhajas
en la misma esquina de la mesilla
que nos duerme.
Decir hola cien veces
para perdonar un hasta siempre,
practicar el oficio de los silencios
sin terror a la palabra más temida,
decir hola cien veces
sin contar el paso de los días,
decir hola cien veces, mil veces,
engarzar millones de sílabas repetidas
para que nazca un mar desde los labios,
decir hola cien veces y sin respiro,
grabarla a fuego en la lengua de trapo,
quemarla viva, abrasar el aire
con su ruido, decir hola a cada segundo,
llenar la vida de saludos enormes,
decir hola cien veces
para olvidar esos adioses
que acabas de firmar por triplicado.
Decir hola cien veces,
incluso,
a quien firmaba contigo.
PELAMBRE
Qué hermoso debe ser
tener una pelambre,
ser homogéneos contra el frío,
sentir
como una cualidad intrínseca,
y no como tarea, la vida.
Sentir por la abundancia
de los pelos
que se está vivo para algo.
Qué hermosa una pelambre
espesa,
un corazón inalcanzable,
un corazón que está juntando
muerte,
un corazón que está alcanzándose,
una verdad que se abre paso.
Qué hermosa debe ser la muerte
de los osos,
Puntual e inevitable
en las cadenas de montañas
que cruzan a lo largo de su vida.
Hay siempre una montaña
que es la última,
una pendiente que no espera solución,
algo pendiente que se va con uno.
(Fabio Morábito)