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lunes, 10 de diciembre de 2012

La última palabra

Vivimos rodeados de despedidas. Despedidas simples, pequeñas, imperceptibles.

Decimos la última palabra sin darnos cuenta de que lo es, como un ejercicio cotidiano de indiferencia. Decimos la última palabra en cada encuentro fugaz, confundiéndola a veces con la primera.

Decimos adiós sin saberlo. Vaciamos estantes y cajones llenos de recuerdos y los embolsamos en el olvido de la basura. Pintamos las paredes, removemos los muebles y nos deshacemos de aquellos enseres que una vez nos llegaron como tesoros.

Nos despedimos del pasado incómodo, alegando falta de espacio. De todo aquello que denuncia que ya no somos los mismos. De la ropa que ya no nos queda, de los mapas que anduvimos en vacaciones, de las entradas del concierto en donde nos vimos la primera vez…

Los demás se despiden también, dan pasos largos, se encuentran en los susurros y asoman el corazón un ratito, sin que se les note mucho. Entonces, no sé si con un pellizco de tristeza o con un gramo de miedo, te entregan su herencia de papeles de colores para creer, de este modo, que no se rompen del todo los lazos con el ayer y que los dejan en buenas manos.

A pesar de la inercia de lo leve, del espejismo del propio yo y de la infidelidad de la memoria, la vida está llena de despedidas cobardes y tristes. Y de despedidas alegres, valientes e imposibles. De adioses consentidos y de separaciones inconscientes…

Cuando me sonreíste pasando de largo y me quedé perdido entre unos renglones aparcados en doble fila, supe que ya no me quedaban más gotas de suerte. Por eso me empeño tanto en esta última palabra que escribo para verte.




Me llevo tu mundo fosforescente, ese que tus ojos entornados siempre me enseñan. Ese mundo tan grande y tan a ras de tierra que, en esta última maleta, ya no me cabe nada más.


viernes, 30 de diciembre de 2011

Decir hola cien veces

Decir hola cien veces
y no creer en las despedidas,
saludar a los años con uvas sin semilla,
sacarlas de la memoria y comérselas
sin miedo a que se gasten en otra boca,
encontrar las mismas burbujas
en las copas de todos los meses
y dejar reposar juntas las alhajas
en la misma esquina de la mesilla
que nos duerme.

Decir hola cien veces
para perdonar un hasta siempre,
practicar el oficio de los silencios
sin terror a la palabra más temida,
decir hola cien veces
sin contar el paso de los días,
decir hola cien veces, mil veces,
engarzar millones de sílabas repetidas
para que nazca un mar desde los labios,
decir hola cien veces y sin respiro,
grabarla a fuego en la lengua de trapo,
quemarla viva, abrasar el aire
con su ruido, decir hola a cada segundo,
llenar la vida de saludos enormes,
decir hola cien veces
para olvidar esos adioses
que acabas de firmar por triplicado.

Decir hola cien veces,
incluso,
a quien firmaba contigo.




PELAMBRE

Qué hermoso debe ser
tener una pelambre,
ser homogéneos contra el frío,
sentir
como una cualidad intrínseca,
y no como tarea, la vida.
Sentir por la abundancia
de los pelos
que se está vivo para algo.
Qué hermosa una pelambre
espesa,
un corazón inalcanzable,
un corazón que está juntando
muerte,
un corazón que está alcanzándose,
una verdad que se abre paso.
Qué hermosa debe ser la muerte
de los osos,
Puntual e inevitable

en las cadenas de montañas
que cruzan a lo largo de su vida.
Hay siempre una montaña
que es la última,
una pendiente que no espera solución,
algo pendiente que se va con uno.

(Fabio Morábito)

jueves, 9 de junio de 2011

Tengo un termómetro en los labios

La primera vez, se le pusieron los ojos vidriosos, se le entornaron los párpados como en un agosto de persianas a la hora de la paz. Tenía algún dolor fruncido en el ceño y un hilo de voz débil y lejano. Me acerqué lentamente y le puse en la frente mis labios, para probar el sabor de la fiebre.

Adoro ese gesto que hace. Ese embeberse en sus propias sienes, ese último paso con los ojos cerrados mientras me pierde el horizonte entre su pelo. La sensación tibia, como melancólica, de la piel convertida en pétalo; y la incertidumbre de si tal vez arderán flores en mi boca. Tenía fiebre, lo supe, porque tengo un termómetro en los labios.

También el último encuentro tuvo el vidrio de los ojos y la media asta de los párpados. Otro dolor dibujado en la voz y su ceño débil y lejano. También me acerqué lentamente para probar, esta vez, la calentura de sus labios.

Adoro ese gesto que hace, respirar suavemente y entreabrir el alma, bajar la mirada y enroscarla en mí. Salir de su escondrijo de piel y volcarse quince grados a estribor antes de arriar los párpados como bandera. Adoro, entonces, la incertidumbre de si tal vez andará húmeda la mariposa con que ella bate sus alas en mi boca.

Pero esta vez, noté en su corazón la temperatura a la que el cielo se escapa de entre los dedos. Y es que tengo un termómetro en los labios.



LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE MERCURIO
A Amparitxu, a Gabriel.

Yo sé que es vida esto que se mueve
entre estas venas rotas y cansadas.
No hay célula que tienda a resistirse.
No quiero ser inmune a nadie, a nada.

Yo sé, porque me duele cuando escribo,
que Amparitxu se acuerda de Celaya.
La poesía es un arma cargada de mercurio,
a casi todo el mundo se le escapa.
Y no sé por qué insisto en estos tiempos,
se nos van los poetas en silencio,
y luego el homenaje-navajada.

Hago trenzas de versos, me despeino.
Cuando se hace un milagro hay que dar caña.
Yo sé que es vida esto que se mueve
entre estas venas rotas y cansadas.
La poesía es un arma cargada de mercurio,
—hay una minoría que la atrapa—.
Los demás que se apañen con la nómina,
con el vídeo, la coca, o la esperanza.

(Belén Reyes)