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martes, 10 de abril de 2012

Me preguntaste

Me preguntaste que si en eso era en lo que se notaba la edad y que nos vamos haciendo viejos, y estuve de acuerdo.

Que el cuerpo responda lentamente a la tensión de las pieles, que empiecen a aparecer los excesos hechos arruga o estría, que todo duela más mansamente, que venga la acidez de lo perdido. Que tengamos más pasado que futuro y que el tiempo de recordar nos pellizque los planes. O que nos llamen de usted por la calle.

Parece como si todo hubiera ya sucedido, como si aquello que puede marcarnos ya estuviera cicatrizando. Aquel beso, aquella curva, aquel miedo. Aquella chica, aquellos exámenes, aquel pudor, aquel deseo.

Hace tanto tiempo de eso que nos hace reconocernos vivos, que damos por deshecha la chispa, por extinguido el hervor, por amansada la fiera. Como si ya no tuviéramos edad para seguir vivos y coleando.

Recuerdo (y en eso se nota la edad, parece) que cuando viví aquel tiempo, no tenía conciencia de que me estaba cambiando la vida. No parecía que pasara nada especial y, sin embargo, lo recuerdo (y en eso se nota la edad, parece) como un terremoto visceral que removió todos los sueños.

Pero ahora sí sé que vivo en el momento exacto. Sé que lo que me ocurre ahora, que esta brisa en la que estoy inmerso, en no mucho tiempo la recordaré como un vendaval. Y sabré si sólo me alborotó el pelo -¡qué amarga metáfora!- o me arrancó todas las hojas del calendario de cuajo y puso otras en su lugar.

Me preguntaste que si en eso era en lo que se notaba la edad y que nos vamos haciendo viejos. Pero, después de haberlo pensado un poco, ahora ya no estoy de acuerdo. En lo que se nota el paso del tiempo, no es en los cuerpos, sino en este ir perdiendo la inconsciencia, que era el mejor de todos los regalos que nos dio la vida.

Mejor regalo que los sueños, mejor regalo que la esperanza, mejor incluso, que el regalo del amor.



RECUERDA

Hermosa vida que pasó y parece
ya no pasar...
                             Desde este instante, ahondo
sueños en la memoria: se estremece
la eternidad del tiempo allá en el fondo.
Y de repente un remolino crece
que me arrastra sorbido hacia un trasfondo
de sima, donde va, precipitado,
para siempre sumiéndose el pasado.

(Jaime Gil de Biedma, Volver, 2000)

lunes, 24 de octubre de 2011

Mis edades ocultas

Ignoro de donde han salido, pero tengo más edades que la creemos que tengo. Estreno alguna por la mañana, cuando todo es silencio de despertadores mal avenidos; una edad de poca monta, de deseos ateridos tras la persiana y sangre abarrotada que cabalga hacia ninguna parte desde ningún sitio de la sombra.

A eso de las nueve, recupero la edad que siempre he tenido, la que todos me ven en las ojeras, esa que silba entre mis dientes y me va ajando las mejillas de puro roce contemplativo. Esa edad que hace que todos lo que me observan se queden más tranquilos.

A las doce, más o menos, me desvisto con otra edad más tierna mientras me envejecen los pensamientos entre los árboles impasibles. Entonces busco, casi a punta de delirios, razones para los sonidos que se me estampan contra la rutina, motores sucesivos para la risa o, a veces, frigoríficos en los que guardar un silencio, una huida y la ausencia de los latidos.

Durante el almuerzo recobro la edad de los telediarios y el mundo me entra por un oído sin salirme por el otro, como al hortelano del perro. Después me vuelvo muy viejo, casi antiguo, me diseco y me secciono en contraseñas que guardan las monedas estériles de un tesoro que no es mío, de una fortuna que huele a humo.

La tarde me llama por mi nombre y entonces decido ser un niño, entrar en la edad de las limosnas que el azar pone en la cuesta por la que se baja hacia el infierno y los atascos, por donde se huye hacia el ruido de las contraventanas de los otros corazones tan afligidos como el que llevo en el bolsillo de atrás de un pantalón que se me cae con el alma.

Y en la noche llega la otra edad, esa edad de las hecatombes, cuando todo pasa sin que, sin embargo, pase nada. La edad de las telarañas en el teclado, la de las esperas infatigables. La edad terrible en que todo lo que ocurre siempre es más de lo mismo.

Tengo más edades de las que creemos que tengo. Me quedan sin contar, porque soy así de coqueto y no me gusta arañarme la piel si no es para ponerme los zapatos de otro, el puñado de edades que tengo ahora mismo, cuando el tiempo no es otra cosa que frío y palabras.

Obsérvame detenidamente. Vigílame de aquí en adelante y si algún día, en algún momento, me  ves teniendo la tuya,  esa edad tuya de andar por casa como si la vida fuese un bálsamo, detenme enseguida, méteme en el hueco de tu mano y no me dejes crecer ni un sólo minuto más que tú.