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viernes, 5 de octubre de 2012

Mano entera

Tengo las manos pequeñas, con falanges cortas y una breve capa de vello que apenas se divisa ya entre los nudillos.

Cuando las cierro, mi puño es minúsculo. Posiblemente, como decían cansinamente los libros de texto de cuando era niño en tardes que recuerdo somnolientas, minúsculo sea por eso el tamaño de mi corazón.

Me cuesta abrir los botes de cristal, apretar las tuercas y atornillar los clavitos esos que van peinados con la raya en medio. No consigo sujetar una moneda entre los dedos sin que se note que la llevo y cualquier llave me doblega enseguida si se me cruza en el camino algún problema de goznes o de cerraduras.

Mis manos se me rebelaron ya desde muy niño. Dedos cortos para tocar la guitarra, demasiado gruesos para los trucos de naipes. Muy sudorosas para pasear agarrado, excesivamente ásperas para materiales sensibles, inseguras contra el frío y débiles para proteger contra el mundo.

Hubo un tiempo en que decidieron perder el tacto. Las cosas más importantes se me caían de las manos porque siempre tuve miedo de apretar más de la cuenta. No podía mostrarlas en público y desde entonces arrastro esta manía de ponerlas a jugar al escondite con los bolsillos.

Y sin embargo, antiguas enemigas, se vuelcan ahora en las teclas como si pudieran cambiar mi destino, como si rebuscaran contraseñas que me abran las puertas de otra vida. Acarician estas palabras sin tinta como si alguien, al otro lado, estuviera colgando en ellas una vida.

Él las tiene hermosas, elegantes, jóvenes. Las vio, años después, en una fotocopia de esas que se hacen por curiosidad y las reconoció enseguida. Manos de dedos largos y rasgos suaves, de palmas abiertas al futuro y sin miedo escrito en la línea del corazón.

Yo no reconocería mis manos antiguas, ya no. Ni ayuda la vista cansada, ni el paso del tiempo respeta nada. Pero aun así, todavía espero que mis manos, antes de que el fragor de los teclados les borre las huellas para siempre, encuentren una memoria amiga en donde guarecerse.

Que mi mano encuentre una caligrafía en la que posarse suavemente, que halle un tiempo en el que desplegarse al calor de los días y que, cuando la vida nos arrincone contra las tablas y nos apriete los puños manchados de soledad, la salve otra mano que la recuerde entera, abierta, desnuda.



DESNUDA

Desnuda eres tan simple como una de tus manos:
lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente.
Tienes líneas de luna, caminos de manzana.
Desnuda eres delgada como el trigo desnudo.

Desnuda eres azul como la noche en Cuba:
tienes enredaderas y estrellas en el pelo.
Desnuda eres redonda y amarilla
como el verano en una iglesia de oro.

Desnuda eres pequeña como una de tus uñas:
curva, sutil, rosada hasta que nace el día
y te metes en el subterráneo del mundo

como en un largo túnel de trajes y trabajos:
tu claridad se apaga, se viste, se deshoja
y otra vez vuelve a ser una mano desnuda.

(Pablo Neruda)

jueves, 6 de septiembre de 2012

Inflexión

De todos los allí segados por el tiempo
en los que alguna vez estuve,
ahora ya estoy al otro lado.

Los miro despacio, ausente,
desafiando el salto,
acusando el vacío agudo y pequeño,
el vértigo, este remolino
de haber vivido tan solo
aquello que consigo revivir.

Como el niño sacado a punta de reloj
de la tarde de juego en el parque
que ve, durante un instante,
a través de la ventana,
el pulular de otros niños
que siguen jugando como si él
no hubiera estado nunca,
entiendo lánguidamente
que recordar es hacer recuento
de todo lo que se ha perdido sin remisión.

Soy lo que se me ha ido,
la imprecisa retahíla
de eso que recuerdo que fui
-y que es mentira-.
Pero si pudiera tocarlo nuevamente
y quedar impune, y salir indemne,
tal vez, entonces,
este mismo hombre que se lamenta en verso
podría dejar de ser lo que recuerda
y empezar a ser lo que le espera.




CRISTALES EMPAÑADOS

Se fue, no tan despacio que no hubiera
un desajuste tenue en la calima
del asfalto, y su falda
parecía más triste en el andar y hubo
como una duda, o tal vez no, y la acera
se fue estrechando al alejarse y, luego,
pareció, quizás fuera
su delgadez, sus hombros, que no iba,
que volvía a la infancia, y en la calle
apenas cabía el sol y mi mirada
y una música urbana que, tan joven,
surgió de un bar con soledad y miedo.
¿Te veías tú, acaso, dime, como
si te pudieras ver, de espaldas, sola,
pegada a la pared, andando, yéndote?

Me fui. Recuerdo que el vacío
aquél era ya parte
de mí. Porque me estuve yendo
todo el tiempo que, arriba, la buhardilla,
cama deshecha, sábanas con restos
de calor, vasos, deja
ya de fumar, me estuve
dejando ir en no querer ser pasto
de ciudad, y las calles
y el ruido estaba en mí y tus ojos, habla,
¿por qué te vas?, estaban
alrededor de mí; ser pasto
de ventanas cerradas, un quejido
o una sirena a media noche, esquinas
donde comprar la nada, el estallido
de la nada, acompáñame, me estuve
yendo de mí todo aquel tiempo tan hermoso.

Se fue y era de noche
en torno a su cintura y sus vaqueros
gastados. La bufanda, con su historia
ella también, entretejida, daba
una vuelta a la tibia
cadencia de su cuello y la seguía
a través de la lluvia y algún perro
y la insolente luz de los semáforos
poniendo en orden el desierto y, lejos,
la otra oscuridad, la que está hecha
de violencia y portales y mugrientas
escaleras.

Me fui de tanta prisa
por conocer, de tanto estar contigo,
de tanta juventud, frío empañando
los cristales, de tanto amor, la estufa,
libros y discos en desorden, altas
madrugadas del beso, tus preguntas,
café para el cansancio, las paredes,
tu pelo, el desconcierto de estar vivo.

Toda esta vida me sostiene ahora.
Todo este tiempo aquél que es lo que tengo,
lo único que tengo. Tanto irse,
tanto perder, tal desapego,
tanta sinceridad, tan armoniosa
desventura, tan sabio desvarío,
tal desesperación, tanta belleza.

(Rafael Guillén)

martes, 14 de agosto de 2012

El oficio más antiguo del mundo

Yo no escribo poemas. Son los demás los que otorgan el título de poema a los cuatro renglones que emborrono en un acto que suele ser de amor, pero propio.

Son los amigos los que mienten cuando dicen que soy buena persona si observan que hay alguien que demuestra interés y pulula a mi alrededor. En eso consiste ser amigo, en mentirte. Quizás me venden porque yo no sé venderme, quizás es que al venderme caro, ellos también se venden mejor. El caso es que me mienten tanto, que al final, siempre soy yo el que me compro.

Porque no soy guapo, pero me mienten. Me lo dicen muchas veces, tantas que se gasta la palabra mentira y se queda transparente, como un visillo que permite ver y no ser visto. No soy guapo, pero me mienten y al mentirme me levantan la vanidad, para que con la vanidad erecta pueda mentirles yo todavía más, mejor, más profundamente.

Miento cuando sentencio lo que haría si estuviese en tu pellejo, porque sé que tu piel y la mía siempre nos separan hasta un tú de distancia. Miento cuando finjo saber cosas que no sé, cuando estudio lo imprevisto como un teorema y lo abordo como un pliego de descargo.

Miento cuando escribo, no porque teclee mentiras, que también, sino porque te dejo creer que es lo que yo creo. Porque te dejo pensar que eso que receto es lo que yo pienso, porque te dejo sentir que en mis versos palpita lo que yo siento, he sentido o sentiré.

Este es mi oficio, el más antiguo del mundo, el oficio de mentirte. El otro oficio más antiguo también lo practico y me descubro todos los días vendiéndome por un halago, por una cita, por una llamada, por un beso... Extrañado, pero contento, de saber que hay quienes me compran, aunque sea a bajo precio.

Ser un impostor es mi profesión y a ella le dedico muchas horas al día, todos los días. Pero de entre todas las formas posibles de impostura, prefiero mentirte en verso, porque es más efectivo el resultado, porque es más duradero el efecto, porque es más inocua la cura.

Así que, de tanto en tanto, intento mentirte un poema. Pero, como ya he dicho al principio, yo no escribo poemas, sino que eres tú quien, cómplice y público a la vez, me engañas mientras te embauco, me seduces mientras te traiciono, me estafas mientras te timo.

Aunque amo este oficio de mentirte. Porque yo necesito mentirte, tanto como dudar o perder la cabeza en un sueño. Adoro este acto de mentirte, este oficio más antiguo del mundo, que me permite ser otro; otro mejor, según se mire, otro distinto, para no aburrirte, otro diferente, para no ser confundido con los demás.

Necesito mentirte porque tú y yo sabemos que, a este lado de la física cuántica, la verdad no existe. La verdad no existe, sólo es otra apariencia de la mentira, la necesidad neurológica de encontrar explicaciones, la rebelión imparable de las paradojas contra sí mismas.

La verdad no existe. Ni tan siquiera es verdad que te mienta; y quizás no existas y yo lleve ¡tanto tiempo ya!, equivocado o no, mintiéndole al aire.




POR CUATRO POEMAS

¿Qué sabrán de nosotros?                                    
La noche interminable que ardía como un rito...
LUIS GARCIA MONTERO

Porque las mariposas no existen
para ser observadas en los museos,
el error ya está cometido,
dosificado con pronombres y con verbos
del idioma común que tienen los sueños
imposibles e indefinidos.

Pero el error ya está cometido,
los culpables ocupando su propia jaula,
el tiempo tiene preparada su condena
y su veredicto de lágrimas.

Por cuatro poemas que escribo
no podrás decirle a la memoria del futuro
que te he querido,
porque no se inventaron los poemas
para que yo te amara.

O tal vez sí. Quizás me sirva esa mentira
como punto de fuga o de partida
sobre el itinerario recorrido.

Porque diga lo que diga el poeta,
el amor no es el género literario evidente
de los cuatro poemas que escribo,
sino este error tan común y tan corriente,
tan inquietante, tan inexistente,
tan sin cuerpo de delito.

(Francisco Pérez, Por cuatro poemas)

jueves, 26 de abril de 2012

Stand by

Tengo los días repletos de vísceras, las noches encaramadas a los sueños y al desvelo. Y el desvelo -¡qué contarte que no te haya contado ya!- embebido en el deseo.

Las horas suceden inocuas, amables, pero sin sustancia. Los minutos alternan su duración entre instantes que corren que se las pelan y largas tardes de espera asomado al humo del cráter del volcán.

De entre las voces que me llegan, sólo una me saca del letargo. Ninguna de las manos que me tocan es tuya. Todos los ojos que me miran parpadean sin verme.

Luego está el asunto de las letras que no vienen, la tensión que no baja, los meses que nunca se me acaban antes que el sueldo, el supermercado que me llama desde la puerta del frigorífico cada vez con más frecuencia.

Para colmo, las gafas de verlo todo distinto son de sol y su efecto se enfría con las noches. De fumar en pijama a deshoras bajo el porche, tengo la tos agarrada a las frases de amor que nadie me dice. Y tiene narices lo descuidados que tengo el patio y las uñas de los pies.

Consumo en espera, stand by que se dice, como un aparato olvidado en el salón de otra vida en la que no se vive. Con la lucecita roja y la pantalla oscura, pero encendido, esperando el dedo que pulse el botón con el que el corazón empieza a ejecutar los sonidos de la duda que viste de mayo el final de cada abril.

Yo me estoy consumiendo en espera, ando en stand by. Y fíjate que lo que yo quisiera es que tú estuvieras stand by me.


viernes, 20 de abril de 2012

Último fotograma

La tarde está tendida en el sofá.
Como en un letargo
de persianas que se entornan pálidamente,
el tiempo de la realidad
se queda mirándome con expresión dura.

Sólo me deja ir sintiendo
esta soledad que me envuelve entre dos sombras
y a la que me voy acostumbrando poco a poco,
como se acostumbran los ojos del actor
a que se apaguen los focos del escenario,
a este hábito de llevarse a casa
un último fotograma de otra tarde también tendida,
cuando las persianas se entornaron dulces
y el tiempo te tapo los ojos.

La tarde muere tendida en el sofá
mientras la noche se prepara para caer,
rendida y solitaria,
filtrándose por entre antiguos fotogramas
de esa película sobre la que tantas veces hemos hablado
desde estas bambalinas de la vida,
que ahora me parece mentira que nunca
la hayamos visto juntos y abrazados.




LA PERSPECTIVA MIENTE

Esta tarde me aburro
como un guardagujas
en una vía muerta, y el verano parece
el inútil sofoco de una dama anticuada.
Por buscarle a este tiempo alguna luz
he pensado en los días de otro agosto
que en la memoria brillan como un faro:
ese agosto en que un niño fue feliz.
O lo imagina al menos este hombre
que es ahora aquel niño,
porque ha comprendido que esa luz
no le llega de entonces, y que es el recuerdo
quien la pone en escena cuando los años pasan.
Mi memoria se esfuerza
por volver a aquel tiempo y serle fiel,
y esa misma película, que hace sólo un segundo
rebosaba de brillo y de color,
ahora pasa en mi mente con la escasa
y temblorosa luz con la que fue rodada:

En un pueblo pequeño, bajo el cielo
inexplicable y alto de los viejos veranos,
unos niños se aburren: ese mundo,
con horarios de vuelta y prohibiciones,
les parece pequeño. Para matar las horas
se esconden de sus padres, fuman, dicen
que fumar a escondidas ya les cansa,
que están hartos del pueblo, de sus padres,
de esperar que la vida, la verdadera vida,
comience.

Sí, en aquellas escenas
todo fue en blanco y negro, y es ahora el recuerdo
—experto en adornar viejas películas—
el que al darles color y darles brillo
me devuelve tan bellas sus imágenes.
La experiencia me enseña que estas tardes de tedio,
cuando olvide sus sombras
atrapado en las sombras de otras tardes
todavía más negras, quedarán registradas
como un tiempo de luz en mi recuerdo,
y sabrán consolarme en las horas oscuras.
Debe haber cierta luz en las tardes de ahora,
la experiencia lo enseña.
Lo que no nos enseña la maldita experiencia
es en dónde se esconde, de qué modo gozarla en el presente,
ni por qué cruel torpeza cualquier tiempo que luego
brillará como un sol en la memoria
tenemos que vivirlo a la luz de una vela.

(Vicente Gallego, La plata de los días, 1966)

sábado, 14 de abril de 2012

Por cierto, ahora llueve

He probado a perderte
y no me ha gustado nada
el sabor que me dejó en los labios el silencio
aquel de mi sombra cuando huía
de tus propios pasos.

Sin un recuento de miradas,
sin poder abrazar tus palabras contra mi pecho,
la luz ya no es la misma, se ha hecho
mucho más tenue,
como una algarabía que se oye lejana
por entre esta tarde gris y urbana
que avanza desnuda hacia la noche.

Para que todo cambie,
hace falta cantar un agua que lave
la tez marchita de los desiertos
en los que anduve perdido de tanto perderte,
que desencoja los hombros y los hombres,
que ría burbujas y despliegue
ese olor difuso que mantiene vivas y viscosas
las cosas sin nombre
cuando van resbalando por tus manos
hacia quién sabe dónde,
estrujando el tiempo que nada cambia,
en el que, por cierto, ahora llueve
y a ti ya sabes que siempre
te trajo la lluvia.





COLLAGE

Ligeras cruzan las edades, hay quien las cuenta en días,
y a través de su lluvia y su ceniza
cada vez más difícil resulta el resistirse
al perezoso vivir animal de la costumbre.
No sé por qué los versos que ahora escribo
parecen versos clásicos, y total para decir
que si después de tanto tiempo aún hoy
aprieto tu recuerdo entiendo que
estoy condenado
a naufragar todos los días
con la vejez que da el saber
que aunque me he equivocado en todo
esto es algo que especialmente he hecho
en lo que más quería.

(Santiago Montobbio, Ética confirmada, 1990)


ET LABORA

Guardar memoria de lo que para otra persona
nunca fue recuerdo, creer haber hundido un rostro
y al volver de una mañana darse cuenta
de que sigue inundando nuestro adentro;
aventurarse ingenuo en las piruetas
por fingir que puede desterrarse
la espantosa verdad de los sonidos
u otra vez descubrir, en el envés del tiempo,
que todo lo que pude ser tan sólo era
ser contigo:
estos son
los trabajos del amor, aquel extraño mar
que vivir nos fue haciendo lejanísimo.

(Santiago Montobbio, Ética confirmada, 1990)

miércoles, 11 de abril de 2012

Acierto

Si en aquella noche de agosto no hubiese disparado tantas teclas al aire, no sé si ahora yo sería más feliz, más rico, más prudente. No sé si ahora sería menos nocturno, menos reflexivo, menos tonto.

Ni yo lo sé, ni puede saberse. Ella me ha dicho que no comprende cómo es que el tipo ese que pasaba por la acera, fue su pareja durante nueve años. Que no entiende cómo pudo abandonarse a aquella pasión tumultuosa que le llevó hacia el hombre de su vida.

Es imposible rebobinar la historia. Porque aquellos dos amantes, eran otros. Otro él y otra ella, vivían en otro mundo, en otro doblez de la vida, en otra cotidianidad. Si hubiesen decidido seguir adelante... ¿serían mejores, más famosos, más cautos? Ni yo lo sé, ni ellos los saben. Ni puede saberse.

Hay quien dice "me equivoqué" como quien recita la penitencia de un antiguo pecado. Pero no puede saberse porque un sólo efecto siempre tiene muchas causas, y no todas conocibles. Si quitamos la pieza de dominó que hay en mitad de la fila... ¿caerá la última? No puede saberse; a veces, la tierra tiembla sin que nadie sepa cuando ni por qué.

No se puede saber cuando hay error ni cuando hay acierto. Solo nos queda la impresión, una impresión fugaz y subjetiva de creer que vamos bien por donde vamos.

Una impresión basada en sensaciones propias, que pueden ser muy sutiles y casi siempre inexplicables. Como inexplicable es lo que noto cuando me abrazas: esa sensación de estar completo, como si no me sobrara nada, como si no pudiera haber nada que me falte.

Fíjate que, en ese preciso instante que sólo dura unos segundos -es difícil de creer, ya lo sé-, ni siquiera me falta tiempo. ¿Cómo no voy a estar contento entonces?

Y sin embargo, puede que me equivoque. Pero nunca lo sabremos.




UNA HISTORIA

Ella le conoció
mientras tocaba al piano
una pieza olvidada.
Se miraron de lejos
y empezaron a hablar
sobre el vaivén del tiempo.

Ambos iban en busca
de alguna libertad:
ella ansiaba hace mucho
complementarse en él
y él deseaba con ella
fundirse solo en uno.

Rieron como locos
y así fue como amaron:
con la misma locura
con que se han olvidado.

(Javier Bozalongo, Líquida Nostalgia, 2001)

martes, 10 de abril de 2012

Me preguntaste

Me preguntaste que si en eso era en lo que se notaba la edad y que nos vamos haciendo viejos, y estuve de acuerdo.

Que el cuerpo responda lentamente a la tensión de las pieles, que empiecen a aparecer los excesos hechos arruga o estría, que todo duela más mansamente, que venga la acidez de lo perdido. Que tengamos más pasado que futuro y que el tiempo de recordar nos pellizque los planes. O que nos llamen de usted por la calle.

Parece como si todo hubiera ya sucedido, como si aquello que puede marcarnos ya estuviera cicatrizando. Aquel beso, aquella curva, aquel miedo. Aquella chica, aquellos exámenes, aquel pudor, aquel deseo.

Hace tanto tiempo de eso que nos hace reconocernos vivos, que damos por deshecha la chispa, por extinguido el hervor, por amansada la fiera. Como si ya no tuviéramos edad para seguir vivos y coleando.

Recuerdo (y en eso se nota la edad, parece) que cuando viví aquel tiempo, no tenía conciencia de que me estaba cambiando la vida. No parecía que pasara nada especial y, sin embargo, lo recuerdo (y en eso se nota la edad, parece) como un terremoto visceral que removió todos los sueños.

Pero ahora sí sé que vivo en el momento exacto. Sé que lo que me ocurre ahora, que esta brisa en la que estoy inmerso, en no mucho tiempo la recordaré como un vendaval. Y sabré si sólo me alborotó el pelo -¡qué amarga metáfora!- o me arrancó todas las hojas del calendario de cuajo y puso otras en su lugar.

Me preguntaste que si en eso era en lo que se notaba la edad y que nos vamos haciendo viejos. Pero, después de haberlo pensado un poco, ahora ya no estoy de acuerdo. En lo que se nota el paso del tiempo, no es en los cuerpos, sino en este ir perdiendo la inconsciencia, que era el mejor de todos los regalos que nos dio la vida.

Mejor regalo que los sueños, mejor regalo que la esperanza, mejor incluso, que el regalo del amor.



RECUERDA

Hermosa vida que pasó y parece
ya no pasar...
                             Desde este instante, ahondo
sueños en la memoria: se estremece
la eternidad del tiempo allá en el fondo.
Y de repente un remolino crece
que me arrastra sorbido hacia un trasfondo
de sima, donde va, precipitado,
para siempre sumiéndose el pasado.

(Jaime Gil de Biedma, Volver, 2000)

lunes, 24 de octubre de 2011

Mis edades ocultas

Ignoro de donde han salido, pero tengo más edades que la creemos que tengo. Estreno alguna por la mañana, cuando todo es silencio de despertadores mal avenidos; una edad de poca monta, de deseos ateridos tras la persiana y sangre abarrotada que cabalga hacia ninguna parte desde ningún sitio de la sombra.

A eso de las nueve, recupero la edad que siempre he tenido, la que todos me ven en las ojeras, esa que silba entre mis dientes y me va ajando las mejillas de puro roce contemplativo. Esa edad que hace que todos lo que me observan se queden más tranquilos.

A las doce, más o menos, me desvisto con otra edad más tierna mientras me envejecen los pensamientos entre los árboles impasibles. Entonces busco, casi a punta de delirios, razones para los sonidos que se me estampan contra la rutina, motores sucesivos para la risa o, a veces, frigoríficos en los que guardar un silencio, una huida y la ausencia de los latidos.

Durante el almuerzo recobro la edad de los telediarios y el mundo me entra por un oído sin salirme por el otro, como al hortelano del perro. Después me vuelvo muy viejo, casi antiguo, me diseco y me secciono en contraseñas que guardan las monedas estériles de un tesoro que no es mío, de una fortuna que huele a humo.

La tarde me llama por mi nombre y entonces decido ser un niño, entrar en la edad de las limosnas que el azar pone en la cuesta por la que se baja hacia el infierno y los atascos, por donde se huye hacia el ruido de las contraventanas de los otros corazones tan afligidos como el que llevo en el bolsillo de atrás de un pantalón que se me cae con el alma.

Y en la noche llega la otra edad, esa edad de las hecatombes, cuando todo pasa sin que, sin embargo, pase nada. La edad de las telarañas en el teclado, la de las esperas infatigables. La edad terrible en que todo lo que ocurre siempre es más de lo mismo.

Tengo más edades de las que creemos que tengo. Me quedan sin contar, porque soy así de coqueto y no me gusta arañarme la piel si no es para ponerme los zapatos de otro, el puñado de edades que tengo ahora mismo, cuando el tiempo no es otra cosa que frío y palabras.

Obsérvame detenidamente. Vigílame de aquí en adelante y si algún día, en algún momento, me  ves teniendo la tuya,  esa edad tuya de andar por casa como si la vida fuese un bálsamo, detenme enseguida, méteme en el hueco de tu mano y no me dejes crecer ni un sólo minuto más que tú.


domingo, 25 de septiembre de 2011

Voyeur

Déjame mirarte a los ojos,
que descanse un momento en su nieve,
que me arme de valor de nuevo.
Déjame cortarme con su acero,
traspasar el horizonte de su brillo,
empaparme con su humedad.

No quiero asustarte, tan sólo
atrapar el instante, sobrevivir
al silencio incesante de las palabras,
intentar un malabarismo y mirarte
como si no nos conociéramos de nada.

Quiero saber cómo estoy, déjame
mirarte a los ojos, cuenta hasta tres,
parpadea vigorosamente para ahuyentarme
las mentiras, apriétalos como cuando duele
y entórnalos despues en una playa,
suavemente, méceme entre las olas,
rescátame de los naufragios,
mírame.

Y déjame mirarte aquellos primeros ojos,
los últimos, los que nunca he visto,
los que tienen sed, los risueños.
No te haré perder mucho tiempo, descuida,
una noche, una semana, un abril,
una vida será suficiente,
aprendo rápido.



MAYO

Déjame mirarte a los ojos.
Quiero saber cómo estás.
Rainer W. Fassbinder


Mira, ha entrado mayo,
Ha extendido su párpado azul sobre el puerto.
Ven, hace tiempo que no sé de ti,
Se te ve tembloroso, como esos gatitos que ahogamos siendo niños.
Ven, y hablaremos de las cosas de siempre,
Del valor que tiene ser amable,
De la necesidad de arreglárselas con las dudas,
De cómo llenar los huecos que tenemos dentro.
Ven, siente en tu rostro la mañana,
Cuando estamos tristes, todo nos parece oscuro;
Cuando estamos fuertes, el mundo se desmigaja.
Cada uno de nosotros guarda algo desconocido de las vidas ajenas,
Sea un secreto, un error o un gesto.
Ven y pondremos verdes a los vencedores,
Saltaremos desde el puente riéndonos de nosotros mismos.
Contemplaremos en silencio las grúas del puerto,
Porque estar juntos en silencio es
La mejor prueba de la amistad.
Vente conmigo, quiero cambiar de país,
Dejar este cuerpo mío a un lado
Y meterme contigo en una concha,
Con nuestra pequeñez, como los bígaros.
Ven, te espero,
Continuaremos la historia interrumpida hace un año,
Como si no tuvieran un círculo más
los abedules blancos de la rivera.

(Kirmen Uribe)

sábado, 18 de septiembre de 2010

Lo que me pasa

Por si alguien, en algún momento,
ha dudado alguna vez,
que sepa que esto es
lo que me pasa: el tiempo.


Parece estúpido el argumento
pero en él está la clave.
Lo que me pasa es el tiempo,
se me incrusta primero y, más tarde,
se me desconcha y me traspasa.


Y porque el tiempo me pasa
dejando en mí apenas un residuo,
quiero cambiar la acepción,
girar la vida por el centro
y ponerme a ser yo
quien pase el tiempo a mi ritmo,
y dejarle un copioso residuo
a la vida que haya alrededor.


Puede parecer que pierdo
un tiempo precioso, una memoria,
que nada podrá quitarme las pegatinas.
Y, sin embargo, yo soy la vida
cuando decido que sea el tiempo
el que me pierda a mí
entre las sombras.


CUANDO YO AÚN SOY LA VIDA


La vida me rodea, como en aquellos años
ya perdidos, con el mismo esplendor
de un mundo eterno. La rosa cuchillada
de la mar, las derribadas luces
de los huertos, fragor de las palomas
en el aire, la vida en torno a mí,
cuando yo aún soy la vida.
Con el mismo esplendor, y envejecidos ojos,
y un amor fatigado.


¿Cuál será la esperanza? Vivir aún;
y amar, mientras se agota el corazón,
un mundo fiel, aunque perecedero.
Amar el sueño roto de la vida
y, aunque no pudo ser, no maldecir
aquel antiguo engaño de lo eterno.
Y el pecho se consuela, porque sabe
que el mundo pudo ser una bella verdad.


(Francisco Brines)