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jueves, 6 de septiembre de 2012

Inflexión

De todos los allí segados por el tiempo
en los que alguna vez estuve,
ahora ya estoy al otro lado.

Los miro despacio, ausente,
desafiando el salto,
acusando el vacío agudo y pequeño,
el vértigo, este remolino
de haber vivido tan solo
aquello que consigo revivir.

Como el niño sacado a punta de reloj
de la tarde de juego en el parque
que ve, durante un instante,
a través de la ventana,
el pulular de otros niños
que siguen jugando como si él
no hubiera estado nunca,
entiendo lánguidamente
que recordar es hacer recuento
de todo lo que se ha perdido sin remisión.

Soy lo que se me ha ido,
la imprecisa retahíla
de eso que recuerdo que fui
-y que es mentira-.
Pero si pudiera tocarlo nuevamente
y quedar impune, y salir indemne,
tal vez, entonces,
este mismo hombre que se lamenta en verso
podría dejar de ser lo que recuerda
y empezar a ser lo que le espera.




CRISTALES EMPAÑADOS

Se fue, no tan despacio que no hubiera
un desajuste tenue en la calima
del asfalto, y su falda
parecía más triste en el andar y hubo
como una duda, o tal vez no, y la acera
se fue estrechando al alejarse y, luego,
pareció, quizás fuera
su delgadez, sus hombros, que no iba,
que volvía a la infancia, y en la calle
apenas cabía el sol y mi mirada
y una música urbana que, tan joven,
surgió de un bar con soledad y miedo.
¿Te veías tú, acaso, dime, como
si te pudieras ver, de espaldas, sola,
pegada a la pared, andando, yéndote?

Me fui. Recuerdo que el vacío
aquél era ya parte
de mí. Porque me estuve yendo
todo el tiempo que, arriba, la buhardilla,
cama deshecha, sábanas con restos
de calor, vasos, deja
ya de fumar, me estuve
dejando ir en no querer ser pasto
de ciudad, y las calles
y el ruido estaba en mí y tus ojos, habla,
¿por qué te vas?, estaban
alrededor de mí; ser pasto
de ventanas cerradas, un quejido
o una sirena a media noche, esquinas
donde comprar la nada, el estallido
de la nada, acompáñame, me estuve
yendo de mí todo aquel tiempo tan hermoso.

Se fue y era de noche
en torno a su cintura y sus vaqueros
gastados. La bufanda, con su historia
ella también, entretejida, daba
una vuelta a la tibia
cadencia de su cuello y la seguía
a través de la lluvia y algún perro
y la insolente luz de los semáforos
poniendo en orden el desierto y, lejos,
la otra oscuridad, la que está hecha
de violencia y portales y mugrientas
escaleras.

Me fui de tanta prisa
por conocer, de tanto estar contigo,
de tanta juventud, frío empañando
los cristales, de tanto amor, la estufa,
libros y discos en desorden, altas
madrugadas del beso, tus preguntas,
café para el cansancio, las paredes,
tu pelo, el desconcierto de estar vivo.

Toda esta vida me sostiene ahora.
Todo este tiempo aquél que es lo que tengo,
lo único que tengo. Tanto irse,
tanto perder, tal desapego,
tanta sinceridad, tan armoniosa
desventura, tan sabio desvarío,
tal desesperación, tanta belleza.

(Rafael Guillén)

lunes, 7 de noviembre de 2011

El amor es un perro

Una boca que no ladra, una lengua que besa. Como un niño diminuto que apareciese en el cuento debajo de una hoja, al hombre lo vuelve dócil y a la mujer la hace más tierna. Quienes lo tienen, parecen otros más jóvenes, menos mezquinos, más humanos y menos sujetos.

No necesita moverse, sólo ir mirando recovecos en la avenida. Mira sin decir nada y todos parecen entenderse. Se toca, se palpa, se suspira. El pecho se hincha y florece la paciencia.

Cambia las cosas de sitio sin que nadie proteste, anima a compartir rincones antes adquiridos en el sofá y todos le abren un espacio propio, un momento, un pensamiento, una caricia.

Y cuando lo sacas de paseo, el mundo se admira, la gente se para y la sonrisa se convierte en el gran signo mientras se mira al suelo. Sus necesidades son infinitas y extrañas, es cierto, pero todos las entienden y las facilitan.

A solas, más tarde, luego, en casa, todo paz. Caricias y mimos, tiempo devanado entre sus idas y sus venidas. Luego más paz, sueño sin ruido, cada quien lo duerme en su cama.

Y todas las mañanas trae en su lengua un rumor de café y claridad, un deseo de exhibición impúdica de sentimientos que empuja a sacarlo a la calle y a enseñarlo orgullosos.

El amor es un perro. Un perro que no ladra y que sólo muerde cuando se escapa. El amor es un perro muy perro, tan perro, que somos nosotros los que le ladramos antes de que venga y después de que se vaya.

Lo compruebo cuando me miro dentro del mar de los espejos y veo que todo está lleno de perros abandonados a su suerte, que es la nuestra.




TIEMPO

Perro de mí, me arrojo de comer
olas de oro, cristales, esmeraldas humanas,
las ciudades que tiemblan más allá de estos
límites
estallan como el fósforo en los mares nocturnos,
rostros de amor más grandes que este amor
eléctricos se encienden se apagan adelante,
los navegantes de la sombra
hemos crecido hasta mil años de ganas de vivir,
moriremos pequeños y paciencia,
apenas aprendices del amor.

(Juan Gelman, Velorio del solo, 1961)

lunes, 24 de octubre de 2011

Mis edades ocultas

Ignoro de donde han salido, pero tengo más edades que la creemos que tengo. Estreno alguna por la mañana, cuando todo es silencio de despertadores mal avenidos; una edad de poca monta, de deseos ateridos tras la persiana y sangre abarrotada que cabalga hacia ninguna parte desde ningún sitio de la sombra.

A eso de las nueve, recupero la edad que siempre he tenido, la que todos me ven en las ojeras, esa que silba entre mis dientes y me va ajando las mejillas de puro roce contemplativo. Esa edad que hace que todos lo que me observan se queden más tranquilos.

A las doce, más o menos, me desvisto con otra edad más tierna mientras me envejecen los pensamientos entre los árboles impasibles. Entonces busco, casi a punta de delirios, razones para los sonidos que se me estampan contra la rutina, motores sucesivos para la risa o, a veces, frigoríficos en los que guardar un silencio, una huida y la ausencia de los latidos.

Durante el almuerzo recobro la edad de los telediarios y el mundo me entra por un oído sin salirme por el otro, como al hortelano del perro. Después me vuelvo muy viejo, casi antiguo, me diseco y me secciono en contraseñas que guardan las monedas estériles de un tesoro que no es mío, de una fortuna que huele a humo.

La tarde me llama por mi nombre y entonces decido ser un niño, entrar en la edad de las limosnas que el azar pone en la cuesta por la que se baja hacia el infierno y los atascos, por donde se huye hacia el ruido de las contraventanas de los otros corazones tan afligidos como el que llevo en el bolsillo de atrás de un pantalón que se me cae con el alma.

Y en la noche llega la otra edad, esa edad de las hecatombes, cuando todo pasa sin que, sin embargo, pase nada. La edad de las telarañas en el teclado, la de las esperas infatigables. La edad terrible en que todo lo que ocurre siempre es más de lo mismo.

Tengo más edades de las que creemos que tengo. Me quedan sin contar, porque soy así de coqueto y no me gusta arañarme la piel si no es para ponerme los zapatos de otro, el puñado de edades que tengo ahora mismo, cuando el tiempo no es otra cosa que frío y palabras.

Obsérvame detenidamente. Vigílame de aquí en adelante y si algún día, en algún momento, me  ves teniendo la tuya,  esa edad tuya de andar por casa como si la vida fuese un bálsamo, detenme enseguida, méteme en el hueco de tu mano y no me dejes crecer ni un sólo minuto más que tú.


viernes, 2 de septiembre de 2011

Cristales rotos

Una vez un niño -muchas veces muchos niños, miles de veces miles de niños, todas las veces todos los hombres- me dijo con cara de incredulidad, mientras observaba los cristales desparramados por el suelo:
-Yo no lo he tocado. Se ha roto solo.

Esa vez a ese niño -muchas veces a muchos niños, miles de veces a miles de niños, todas las veces,a todos los hombres- le respondí con cara de incredulidad, mientras observaba los cristales desparramados por el suelo:
-Si se ha roto solo, solo se arreglará.

Pero no. El niño y yo esperamos en vano, observando los cristales desparramados por el suelo. No se arregló solo. No hubo más remedio que recoger los dichosos cristales desparramados por el suelo que tanto tiempo estuvimos observando.

Aquel niño, que era yo, dejo de ser niño recogiendo cristales desparramados por el suelo. Siempre hay un suelo del que recoger cristales que, ahora lo sé, no se rompieron solos.

Sea cual fuere la causa, todos los cristales rotos cortan y, además, no pueden arreglarse. No conviene empeñarse, ni aun siendo uno mismo el cristal que se resquebraja.