patatas, yogures, huesos para el cocido,
verduras diversas, zumos sin azúcar,
papeles más higiénicos que éste
y la amargura de los pepinos.
Noto como se derriten en el bolsillo
los helados y las bolsas de espinacas,
como se oxidan las manzanas
aunque estén recién apuntadas con el bolígrafo
y el sudor pegajoso de los calabacinos
asediados por las latas.
Lo que entendí ternura al leerlo sin gafas
-y es que no importa lo que se escriba
porque se lee lo que se quiere-
ahora es ternera que habita carritos
y que sueña más allá de los guisantes
a un estante de las cuñas de queso.
En cada renglón de cada lista
hay una alacena revisada
y un hueco en la despensa de mi vida.
Pongo tu nombre varias veces con mayúsculas
en todas las listas de la compra
para tenerte en rodajas o finas lonchas,
cruda y sin conservantes en el corazón
y extenderte por mi piel como una crema.
Rebusco luego en los estantes y no te encuentro,
tacho todo lo demás según lo echo en el carro
y, al final, se me quedan tus nombres intactos
rozándome los bordes del bolsillo de la camisa.
Vuelvo a casa con el mismo hueco que tenía
agarrado a la literatura de la siguiente lista
y a esta insaciable adicción al chocolate
y a la poesía.
SOCIEDAD DE CONSUMO
Caminamos de la mano por el supermercado
entre las filas de cereales y detergentes
Avanzamos de estante en estante
hasta llegar a los tarros de conserva
Examinamos el nuevo producto
anunciado por la televisión
Y de pronto nos miramos a los ojos
y nos sumimos uno en el otro
y nos consumimos
(Óscar Hahn, Mal de amor, 1981)
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