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domingo, 25 de noviembre de 2012

Cuidadosamente

Entre las rutinas huecas de esta tarde
me pareció ver tu sombra clara.
Estabas allí, delante,
cuidadosamente arreglada
para ser invisible al olvido
que te ocultaba la cara,
y transparente al recuerdo
que me la mostraba.

En los dobleces de la noche,
cosida con mimo a la almohada,
me ha parecido, en un pestañeo,
que tu ausencia me miraba.
Estabas allí, a mi lado,
cuidadosamente tumbada
para no espantarme del sueño
en el que te soñaba
mientras tu perfume, aquel,
me invadía las sábanas.

Atrapado en tu ternura,
en mitad de la madrugada,
he encendido las luces,
he dado un salto de la cama
y me he puesto a escribir
para que no te vayas,
para que sigas aquí,
en este papel-pantalla,
cuidadosamente escrita
entre mis palabras.



Voy a llevarme lo cotidiano en este momento de la mudanza: las
sábanas y la lista de la compra. Porque las cosas pequeñas son las cosas que rellenan la vida y cada acto minúsculo repetido es el que nos dice cómo somos y cómo hemos sido.

También me llevo la hipoteca, esa que todos tenemos encima, que nunca se acaba de pagar y que no podemos subrogarle a nadie.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Odio ponerme romántico

Aborrezco volverme sensiblero, trasnochado, y acabar tomando el nombre de la Luna en vano. Me desapruebo cuando embadurno las cosas sencillas con metáforas estrambóticas y cuando sólo me salen palabras empalagosas de los labios.

Detesto descubrirme con la lágrima floja a punto de caramelo, suspirando por cosas que no tienen remedio. Reniego de mí mismo cuando, con la voz afectada y el gesto estreñido, me acerco despacio para susurrarte al oído todas esas palabras antiguas y huecas en las que nunca he creído.

Odio ponerme romántico, entrecortar las frases, trascender a destiempo y terminar hablando siempre de estrellas. Y relamer versos caídos de tu piel mientras observo en tus ojos que me miran del revés, como si de verdad me entendieras.

Porque, entonces, tengo la fea costumbre de hablarte de amor como un hecho consabido. Como si yo supiera lo que no sé, como si alguna vez lo hubiera vivido y pudiera jurar que siempre será cierto todo lo que ahora te digo.

Pero si es que yo no entiendo de eso, yo no sé clavar pupilas azules con mis ojos marrones. Ni puedo ver si titilan las luces del cielo, o si riela la luna sobre olas de plata, si no llevo puestas las gafas. Ni nunca coincidió mi gusto con el de Bécquer; que siempre me pareció que le faltaba ron y le sobraba melaza.

Y, sin embargo, ya ves, esta noche me gustaría saber hacer de todo eso. Entender de cosas sutiles, inventar palabras tiernas que me den sed y dejar que tus labios de miel me la quiten y me la vuelvan a dar otra vez.

Porque esta noche me empuja un no sé qué, una inquietud, un alboroto de mariposas, un agobio de sombras que secuestra los colores y no deja pasar la luz. Un qué sé yo que me inclina, doblando las manecillas, a recordar balcones y a extrañar golondrinas.

Me disgusta mucho ponerme romántico, no puedo soportarlo, lo odio profundamente. Pero, ya ves, algunas noches, de tanto en tanto, no consigo sustraerme a tu encanto, ni a tu ternura, ni a ese brillo enigmático que tiene esta noche la Luna.




CÓMO NO SER ROMÁNTICO

Cómo no ser romántico y siglo XIX,
no me da pena,
cómo no ser Musset
viéndola esta tarde
tendida casi exangüe,
hablando desde lejos,
lejos de allá del fondo de ella misma,
de cosas leves, suaves, tristes.

Los shorts bien shorts
permiten ver sus detenidos muslos
casi poderosos,
pero su enferma blusa pulmonar
convaleciente
tanto como su cuello-fino-modigliani,
tanto como su piel-margarita-trigo-claro,
Margarita de nuevo (así preciso),
en la chaise longue ocasional tendida
ocasional junto al teléfono,
me devuelven un busto transparente
(nada, no más un poco de cansancio).

Es sábado en la calle, pero en vano.
Ay, cómo amarla de manera
que no se me quebrara
de tan espuma tan soneto y madrigal,
me voy no quiero verla,
de tan Musset y siglo XIX
cómo no ser romántico.

(Nicolás Guillén, La rueda dentada, 1972)

domingo, 13 de junio de 2010

Lista de la compra

En el manuscrito tiemblan por la prisa
patatas, yogures, huesos para el cocido,
verduras diversas, zumos sin azúcar,
papeles más higiénicos que éste
y la amargura de los pepinos.

Noto como se derriten en el bolsillo
los helados y las bolsas de espinacas,
como se oxidan las manzanas
aunque estén recién apuntadas con el bolígrafo
y el sudor pegajoso de los calabacinos
asediados por las latas.

Lo que entendí ternura al leerlo sin gafas
-y es que no importa lo que se escriba
porque se lee lo que se quiere-
ahora es ternera que habita carritos
y que sueña más allá de los guisantes
a un estante de las cuñas de queso.

En cada renglón de cada lista
hay una alacena revisada
y un hueco en la despensa de mi vida.
Pongo tu nombre varias veces con mayúsculas
en todas las listas de la compra
para tenerte en rodajas o finas lonchas,
cruda y sin conservantes en el corazón
y extenderte por mi piel como una crema.

Rebusco luego en los estantes y no te encuentro,
tacho todo lo demás según lo echo en el carro
y, al final, se me quedan tus nombres intactos
rozándome los bordes del bolsillo de la camisa.
Vuelvo a casa con el mismo hueco que tenía
agarrado a la literatura de la siguiente lista
y a esta insaciable adicción al chocolate
y a la poesía.



SOCIEDAD DE CONSUMO

Caminamos de la mano por el supermercado
entre las filas de cereales y detergentes

Avanzamos de estante en estante
hasta llegar a los tarros de conserva

Examinamos el nuevo producto
anunciado por la televisión

Y de pronto nos miramos a los ojos
y nos sumimos uno en el otro

y nos consumimos

(Óscar Hahn, Mal de amor, 1981)